Esperanza, esa mala compañera #5
Vuelvo junto a Mircea, que me recibe con una ceja arqueada, ha estado intentando poner el oído todo lo que ha podido e intuyo que no lo ha conseguido.
Por otro lado, el drazir con el que charla no se lo ha puesto fácil.
Me apoyo en la barra y esbozo una mueca que expresa lo territorial que soy y lo jodido que lo va a tener si se queda, pero solo sirve para sacarle una sonrisa, antes de volver a la conversación.
Los Iniciados del culto se dispersaban como gorriones cada vez que la veían, pero tiene el temple de un sacerdote.
No sé si Mircea lo está escuchando, pero no deja de hablar.
Para mi sorpresa, la oigo soltar una risita y veo que le toca el hombro.
Tiene unas escamas magníficas, doradas y muy brillantes.
Debe tratarse de otro puto artista y me pregunto por qué hay tantos, no hace mucho que me conté entre ellos y me recuerdan a lo que perdí, como un mal herpes.
La envidia me bombea en las sienes y me retuerce la línea de la boca, mientras doy otro trago y me propongo lanzarlo contra el bardo que sigue destrozando canciones populares.
Carraspeo y Mircea se vuelve a mirarme, diciendo:
—Este es mi amigo Lessen. ¿Y tú eres…?
—Garaad. —Escamas Bonitas extiende una mano de garras ausentes para que se la estreche, pero me quedo mirándola—. Es la primera vez que conozco a una Caminante e imagino que no eres cronista.
Sus ojos verdes me escrutan de hito en hito y tengo la sensación de que he conocido a este tipo antes, aunque es del todo improbable. Por otro lado, es cuestión de tiempo que me reconozca, lo raro es que todavía no lo haya hecho.
—¿Ah, sí? ¿Por qué te lo imaginas?
—No tienes ese j’nezerin, no sé si me entiendes.
—¿Chapurreando palabras del sur del Antiguo Reino? Claro que sí.
—¿Se te dan bien los dilectos de por allí?
—De miedo.
—Cierto es que hablas la lengua de este lado de maravilla, admirable habilidad.
Mircea se inclina hacia un lado y la sostengo para que no se caiga del taburete.
—¿Os habéis juntado todos? —esbozo una sonrisa incisiva.
—Algunos lo hacemos de cuando en cuando, para contrastar información y ponerla en común. Somos como arañitas, tejiendo un telar.
—O como moscas.
Garaad ladea la cabeza, pensando en cómo encontrarle sentido a mi analogía. Pestañea y se encoge de hombros, dirigiéndose a Mircea:
—¿Y de todos los drazir que has conocido, cuál te ha parecido el más fascinante?
—Este que tengo aquí.
Arqueo las cejas y veo que inclina mucho la cabeza hacia atrás, para encontrarse con mis ojos y dedicarme una mueca ebria.
Escamas Bonitas asiente y me mira también, pareciendo que quiere que le cuente por qué.
Cronistas, son como sanguijuelas. Nunca me han caído bien porque la mayoría decidió abandonar el Antiguo Reino; de haber contado con más de ellos, es posible que mi aldea se hubiese salvado.
Pero no había ni uno cerca para advertirles acerca de los rh’zir que andaban aterrorizando a las buenas gentes desde hacía lunas.
No, prefieren echar raíces en los tugurios de una tierra que los odia y no los necesita, porque son más cobardes que yo.
—Ya le he dicho a tu amigo que no estoy interesado, ¿os habéis compinchado o qué?
—Oh, bueno… No quisiera molestar.
—No molestas. —Mircea ríe por lo bajo.
—Sí que molestas.
No lo he dicho, lo he rugido. Mircea me lanza otra sonrisa y se me antoja desagradable, porque parece que se esté anotando una victoria. El drazir se inclina levemente y se aleja, dedicándome una sutil disculpa.
—¿Qué te dije? —apunta Mircea con la sonrisa aún en su rostro—. Sabía que daríamos con gente interesante, ha sido un acierto venir.
—¿Te das cuenta de lo peligroso que es que hagas eso?
—No he hecho nada, se ha acercado sin más.
—No hables con otros drazir, por favor.
—¿Es un ruego? ¿Estás celoso?
—Mira que dices tonterías.
Me da un codazo cuando me siento en el taburete y le devuelvo un gruñido, pensando en todas las chorradas que me acabo de tragar por parte de un tipo que no conozco de nada.
Pero lo que ha dicho de Zaros tiene sentido, el tipo me la tendrá jurada del mismo modo que Shal’karath.
El motivo por el que me buscan lo desconozco, pero lo bueno que puedo sacar de esto es que no tendré que moverme mucho hasta que me encuentren.
Y en tal caso, ¿qué hago con Mircea? Sus ojos de búho me estudian mientras mascullo para mis adentros como una vieja.
—Y bien, ¿qué ha pasado?
—Tengo una buena noticia y una mala.
—Te escucho.
—No, aquí no. Llevas una buena encima y estoy viendo que no eres discreta cuando te pones así.
—¿Y si cogemos una habitación?
—Será mejor no gastar monedas, dormiremos al raso.
—¿En un callejón fangoso?
—No dista mucho de lo que llevo haciendo dos lunas.
—Pues perdóneme si gusto de viajar con más clase, pero para eso prefiero alquilar una habitación. —Hace una seña al posadero y le entrega un par de monedas—. Una habitación, gracias.
—La cuatro está libre. ¿Solo para una hora?
—No, joder, no vamos a follar. —Me señala con el pulgar y hace una mueca con la boca—. Ya me lo ha dejado claro.
No sé si está de broma, pero se me han erizado las escamas del cuello.
Cualquiera tomaría mi espanto por enojo, porque no soy precisamente Don Sonrisas y he cerrado el puño sobre la barra.
Espanto y un tipo de hambre que no me puedo sacudir.
Cede ante el enojo, porque la idea me causa tanto o más placer que un sorbo de tu sangre y tú no estás en tus cabales, basta de putos juegos porque yo tampoco estoy en los míos.
Ignóralo, Lazor. No. Pienses. Es absurdo.
Lo mejor será mirar hacia otro lado, eso es.
La rodilla se me empieza a mover de arriba abajo y no para hasta que me doy cuenta.
—Puf. —El posadero arquea las cejas.
—Ya, no es plato de buen gusto. —Mircea le devuelve el gesto, aunque más exagerado—. ¡Dos intentos seguidos! ¡Dos!
—¿Puedes dejar de contarle nuestras cosas al posadero?
—Me cuentan de todo, chaval, no te preocupes.
—Gruñidos es muy de secretos, ¿sabes? No le gusta nada hablar de sí mismo. Perdón, Gruñidos.
—Se le ve reservado, sí.
—Grrr.
—¿La cuatro, entonces? —pregunta Mircea.
—Eso es, ya está preparada.
—Oye, por curiosidad…
—¿Sí? —Se inclina sobre la barra, con pinta de que se está divirtiendo más que Mircea.
—¿Tenéis drazir mujeres aquí también?
—Hombres y mujeres, sí.
—Pues lo mismo a mi amigo le apetece eso más, apúntaselo en mi cuenta si te lo pide.
—¡Au! —se carcajea, pero se le quitan las ganas al encontrarse con mis pupilas.
La observo mientras se levanta, por poco cae de frente al tropezar con el taburete.
Cuento cinco jarras que se ha bebido y suspiro, haciendo lo imposible porque no se vaya de morros contra un cliente.
Me vuelvo hacia el posadero y sus labios gesticulan «cuatro», al tiempo que señala unas escaleras ascendentes.
La cojo en brazos y antes de abandonar el salón dirijo una última mirada al cronista, que está escribiendo algo con una vistosa pluma de águila.
Alza su copa de vino y sonríe antes de verme desaparecer.
Mircea juega con un mechón que me cae desde la frente mientras la llevo escaleras arriba, dedicándome una triste sonrisa. Se lo pone bajo la nariz y simula que es un bigote, haciendo que todo el cabreo y el susto que me he llevado hace un momento empiecen a esfumarse.
—Soy sir Rojamuerte.
—Eres idiota.
—Pero te estás riendo.
—¿Cómo es posible que te hayas terminado cinco jarras de una sentada?
—Porque te echaba de menos, ¿nadie te ha dicho que no se deja a una dama esperando?
—No eres una dama y yo no soy un caballero.
—¿Y por eso nos tenemos que tratar mal?
—¿Quién te está tratando mal?
—Duerme conmigo esta noche.
—Es lo que pienso hacer, imagino que tendrás la cortesía de compartir la cama conmigo después de hacer que te lleve como a una princesa.
—No, Lazor, ya sabes a lo que me refiero.
—Joder.
—¿No te gusto, es eso?
Podría decírselo, estoy seguro de que mañana no se acordará. Es un momento demasiado cálido como para estropearlo con titubeos.
—Claro que me gustas. ¿No recuerdas lo que te dije en el claro, que eres todo lo que fui y te admiro?
—¿Y entonces por qué me rechazas?
—Te encariñarás y me encariñaré y todo será más complicado.
—¿Te asusto?
—Me asustas.
—¿Cómo te voy a asustar con este bigote rojo?
—No va a funcionar, Mircea.
—Yo encima y tú debajo, verás que funciona de fábula.
—Escucha, lo entiendo, acabas de perder a alguien importante y la cabeza no marcha bien cuando…
—¿Y crees que lo quiero por eso?
—¿Y por qué más lo ibas a querer?
—¿Me permites una confesión?