Esperanza, esa mala compañera #4
—Pues te diré que la nigromancia no me puede matar. —Bufa al ver que pongo los ojos en blanco y sonrío—. Me muevo en un hechizo de protección muy bueno, con el que me imbuyeron en La Torre. A ver si te crees que solo se pueden hechizar las dagas.
Pestañeo, porque no sé si me está tomando el pelo o si le acaba de dar una estocada de muerte a mi arrogancia.
—Si fuese así de fácil….
—No fue fácil y fue carísimo, pero una tiene que viajar segura. La nigromancia no es infalible.
—¿Cómo estás tan puesta en el tema?
—Mi padre era hechicero y aunque murió cuando era pequeña, se me quedó lo que a veces me contaba.
—No te creí cuando me lo dijiste y no te voy a creer ahora.
Da un par de palmadas en la mesa e hincha los carrillos, para soltar el aire de golpe.
—¿Y qué hay del hacha? Nos metimos en un lío de cuidado para comprarla y tampoco la usas.
—Es para los míos, no para los tuyos.
—Pero con las garras te basta, he visto como…
—Herir a humanos es fácil, pero las escamas son otra historia.
Las garras tienden a resbalar por ellas, se necesita un golpe muy certero para saltarlas; un filo de acero es más efectivo.
Por otro lado, es mejor llenar de veneno algo que no vas a llevarte a la cara en un acto reflejo, ya sea para quitarte el pelo de los ojos o…
—Veneno en el filo del hacha, ¿así es cómo planeas acabar con cuarenta dragones y un nigromante?
—Baja la voz. —Doy un trago y dirijo una mirada rápida hacia el salón que tengo a la espalda—. Lo cierto es que no tengo plan, imagino que me dejaré llevar hasta que me maten. El que más me interesa es Shal’karath, mi antiguo líder.
—¿Y dónde entro yo en todo eso?
—¿Qué quieres decir?
—También quiero devolvérsela a esos cabrones, Rona lo apoyaría. —Golpea con la jarra en la barra y pide otra—. Seré paladín de Iwa, en su nombre.
—No tienes ni idea de lo que estás diciendo. Me has visto en acción y por poco te meas encima, ahora imagina al líder de cuarenta cabrones con esas habilidades. Me vas a llevar a Sorash y ahí terminará todo.
—Pero dijiste que te quedarías conmigo.
Se está mordiendo el labio como si fuese a echarse a llorar, a medio camino entre una sonrisa y un mohín.
Me digo que debo ser más delicado, aunque tenga toda la intención de darle esquinazo antes de que la maten.
Hice muchas promesas con tal de hacerla sentir mejor y están volviendo para morderme el culo.
Doy otro trago y sus pupilas siguen clavadas en mí.
Venga, Lazor Lengualarga, a ver cómo coño sales de esta.
—Sabes lo que me propongo.
—Sí.
—Y sabes que lo más probable es que no sobreviva.
Hace una floritura con la mano cuando hago una pausa, sin abandonar el mohín.
—No puedo quedarme si van a matarme, ¿lo entiendes?
—Y te ayudaré con ello en todo lo que pueda, para que te quedes.
—Te estoy diciendo…
Me acaricia el brazo por encima del abrigo y observo el movimiento de su mano. No la retira y el recuerdo de anoche enseña los dientes, vuelvo a sentir el roce de sus cabellos en los labios. Nuestros ojos se encuentran y carraspeo.
—¿Sí?
—Que no te encariñes, ¿vale? —Retiro el brazo, de una forma un tanto abrupta—. Porque me he propuesto una misión igual de suicida que la del bosque. Te acompañaré en tu dolor tanto como pueda, pero esto va a terminar en algún momento y no puedes depender de mí para estar bien.
—Tengo el mismo derecho que tú a la venganza. Me hará sentir igual de bien, me hará sentir que Rona no ha muerto por nada.
—No es tu venganza, es la mía. Venga, dime, ¿de qué te quieres vengar? Es probable que matase a la mujer de ese tipo, a la tal Morgana, luego sería mejor que tratases de vengarte de mí.
—Por como hablaste del tema, creo que te cargaron con ello como te cargaron con la muerte de la mujer de la nobleza.
—¿Y si no es así? —Asiento al ver que no contesta—. A eso voy, la venganza en tu caso no tiene ningún sentido.
—Dijiste que el nigromante lo puso en tu pista.
—Es una suposición. Y que sepas que no me voy a vengar porque me vaya a hacer sentir mejor, lo haré porque sigo siendo un suicida, es lo que quiero que entiendas.
No tengo valor para seguir viviendo, pero tú sí.
El dolor se va a quedar contigo, te vengues o no.
Es mejor que aprendas a vivir con ello y que…
—¿Como aprendiste tú?
Miro hacia un lado y suelto una risita entre dientes, porque ha dado en el clavo de mi hipocresía.
—Me está bien empleado, me pasa por bocazas. No tendría que haberte contado nada.
—Ni haberme dicho que te importo.
—Otra metedura de pata.
—Pero te importo y conozco tu historia, así que quiero vengarme. Tu camino es ahora el mío. —Vuelve a beber y exhibe una sonrisita beoda—. Así que… ¿cuál es el plan?
—Te estás aliando con un asesino de masas y un apóstata, ¿qué diría tu diosa acuática?
—Rona le tenía mucho cariño a este asesino de masas, así que imagino que no le importa.
—Dame un momento.
Me levanto del taburete con la jarra en la mano, porque el tipo de las escamas turquesa está empezando a tocarme los huevos.
Hago gala de mi estatura mientras me acerco, por si no le vale que no tenga escamas, y lanzo una pierna por encima del banco que hay al otro lado de la mesa en la que está sentado.
—¿Qué hay, Miraditas?
—Lazor Rojamuerte, ¿me equivoco?
Crujo los nudillos con la presión justa, resuenan a modo de advertencia.
—Depende, quítate la capucha.
Se descubre para confirmar que me he equivocado con él, su cara no me suena y tiene las escamas verdes, aunque con la luz adquieran un tono azulino.
Suss párpados son grandes, semejantes a los míos, y una cicatriz en vertical le ha reventado las escamas del derecho.
Por lo demás es hasta atractivo, de mandíbula cuadrada y labios gruesos.
Me fijo en el color de sus garras, le han empezado a crecer y son de un tono nacarado.
Debe ser del este del Antiguo Reino, de ahí que esté en Mirkel.
—¿Quién eres y por qué me miras?
—Me temo que no nos conocemos personalmente. Soy Y’rmin Reeze, cronista. Te he reconocido por tu falta de escamas y por los carteles que han colgado por medio T’har Kul. Te están buscando y me pregunto por qué no estás siendo más discreto.
—Los tienes cuadrados, te concedo eso.
—¿Por qué?
—¿Hace falta decirlo? Si sabes quién soy, también sabrás que no es acertado acorralarme.
—Nadie te está acorralando y no ha llegado el día en el que tema a una simple conversación.
Barre la libreta que descansa entre nosotros, a la que se le han pegado unas miguitas, dando la impresión de que no está preocupado. Relajo los hombros y me digo que será interesante escuchar lo que tiene que decir, aunque sea por la entereza de la que hace gala.
—¿La Inquisición de Vytherin me busca, dices? Me extraña que tenga tanto alcance.
—La Inquisición por un lado y un viejo amigo que te sonará un poco más. —Baja la voz y se apoya en la mesa, al inclinarse—. Zaros Mor’fn.
—¿Eres amiguito del lameculos de Shal’karath? Pues dile que le estoy buscando.
—Oh, no, por favor. —Agita la mano, jocoso—. Soy un simple cronista, lo mío es la información y nada más.
—Entonces habrás averiguado también que me echaron del culto.
—Dado el ahínco con el que Zaros te busca, pensé que sería al revés, que escapaste. Nadie busca lo que no quiere.
—¿Por qué me cuentas todo esto?
—Porque cualquiera que huya de esa chusma es mi aliado, están poniendo el Antiguo Reino patas arriba. Los humanos no nos quieren en su territorio y ni siquiera podemos vivir tranquilos en el lado de la cordillera que nos corresponde. ¿A dónde iremos?
—Hmm. —Doy un trago—. Venía calentándome las garras, pero va a resultar que me equivocaba contigo.
—¿Quién es tu amiga?
Chasqueo los dedos frente a su cara, para que deje de mirarla. Me fijo también en que charla animadamente con otro drazir que se le ha acercado.
—Tengo que irme, me están levantando a la novia.
—¿Novia, eh?
—El sarcasmo pierde gracia cuando se explica.
—Raro es que no lo haya percibido en tu voz, se me da de miedo. ¿Quién es?
—Que me haya equivocado contigo no quiere decir que te vaya a contar mi vida, cronista. Te pido también que olvides su cara, no tiene nada que ver con todo esto. —Me levanto—. Gracias por los secretos.
—Vamos, no pretendía espantarte. —Sonríe al ver que resoplo por la nariz—. Era mera curiosidad. Tengo entendido que los seguidores del culto aborrecéis a los humanos. Veo que no eres como ellos y siento… cierto tipo de esperanza.
—La esperanza y yo no nos llevamos bien.
—Me hace pensar que si el mismísimo Empalador de Palerma, el adorador de Los Oscuros más acérrimo y sanguinario, ha querido dejarlo atrás, otros lo seguirán, quizás los suficientes como para echar a esa chusma de Las Sierras del Fuego y del Antiguo Reino.
—Búscate a otro héroe para liderar la revolución, solo quiero asesinar a Shal’karath.
—¿Por qué?
—No es asunto tuyo.
—Bueno, pues si en algún momento crees que puede serlo, búscame. Vengo aquí a menudo.
—Me apetecería más buscarme verrugas genitales que buscarte a ti, pero lo tendré en cuenta si alguna vez me siento con ganas de escupirle sentimentalismo a un cronista.
—Tienes una lengua afilada, Rojamuerte, pero sospecho que no eres tan malvado como piensas. Tienes el corazón ennegrecido y retorcido, pero los remordimientos no son propios de los malvados.
—¿Qué te hace pensar que tengo remordimientos?
—Tengo un don para adivinar estas cosas.
—Últimamente no me lo dejan de decir y eso solo significa que el mundo se está yendo tan a la mierda que la gente se agarra a un clavo ardiendo.
—Ya lo veo.
—¿El qué?
—Que la esperanza y tu no os lleváis bien, pero quizá debas hacerle espacio en tu cama de vez en cuando.
—Me retiro, gracias por el sermón.