Rojamuerte Esperanza, esa mala compañera #3
24%

Esperanza, esa mala compañera #3

Seguro que era una frase ingeniosa, pero se ha convertido en un chillido y le sigue un cúmulo de polvo, dientes y astillas cuando hundo la deteriorada balaustrada del puente con su cabeza.

El fortachón con pinta de gladiador lanza el puño y chilla también, mientras le rompo la muñeca y el brazo por dos partes, hago una finta y le pego la bota a la nuez.

—¡Lessen! —Mircea suelta un sonoro bufido, a mi espalda.

—Puedo matarlo, así no irá a contarle a La Urraca que nos ha visto.

—Déjalo.

—Será muy fácil.

—El hampa está por todas partes, he dicho que lo dejes.

Me agacho y despejo al grandullón con un firme bofetón.

—¿Qué le vas a contar a tu jefa, mamón?

—Os va a destripar.

La mano se me llena de nudos cuando hago presión en su garganta. El grandullón trata de quitársela con resoplidos y se pone tan rojo que parece que vaya a cagarse encima.

—¡Lessen!

—Hace solo unos meses desayunaba escoria como tú. —Me permito disfrutarlo un poco más, viendo cómo los ojos se le inyectan en sangre—. Y fíjate por dónde, me está apeteciendo otra vez.

—Hay que moverse, vendrán en cualquier momento.

—Enseguida, me estoy asegurando de una cosa.

Descarga un golpe en mi antebrazo y aumento la presión hasta que las comisuras se le llenan de espuma y babas. Boquea y me acerco más, para que pueda verme las pupilas. Ahí está, la lenta certeza de que se ha metido con un dragón. Deja de moverse, pareciendo que se ha decidido a escuchar.

—¿Te vas a quedar con mi cara? —Le doy otro bofetón, obligándolo a mirar a su colega, al que de hecho le falta media cara— ¿O con la suya?

—La suya.

Lo suelto y me limpio la mano con su zamarra, mientras que la otra lo manda con Oniros de un golpe. Paso por encima de Cara de Rata y reparo en que todavía respira, antes de seguir a Mircea por las callejuelas aledañas, abarrotadas de cajas y desperdicios.

—Eres un poco fanfarrón, ¿no? —farfulla.

—Sería un fanfarrón si no hubiese dejado a uno lisiado y al otro sin mandíbula.

—Lo de arrancar mandíbulas te va mucho, ya he visto. No tiene mérito ensañarse con la gente a la que claramente puedes machacar, así que sí: eres bastante fanfarrón.

—No tengo término medio con los que me tocan los huevos, no llamaría a eso fanfarronear.

—El mensaje había quedado claro al reventar el puente con la cabeza del primero, lo demás ha sido regodearse.

—Confieso que me he desquitado por lo de los guardias.

—Se trata de pasar desapercibidos para que pueda llevarte a Sorash. Los Caminantes no actuamos así porque un viajero con enemigos está muerto.

—Me gustaría verte en mi lugar por un solo día, a ver si me dirías que me calme.

—Ahora tendremos que dar un rodeo para evitar el territorio de La Grulla, enhorabuena.

—¿Ibas a pagar el peaje?

—Iba a solucionarlo como lo hacemos en mi gremio. Si alguna vez me das la oportunidad te demostraré que es más útil que arrancar mandíbulas.

—¿Nos he metido en un lío? No creo que nos hayan visto.

—Toda precaución es poca en Mirkel, está infestado de maleantes.

Subimos una escalinata empinada con numerosos comercios y tabernas a los lados y giramos para meternos por otro callejón angosto, en el que nos cruzamos con decenas de rateros y prostitutas.

Una de ellas me hace un gesto con la mano y comenta algo acerca del aguante que tiene con los mestizos, hasta chapurrea mi idioma.

La obsequio con un gruñido cuando intenta cortarme el paso y se echa hacia atrás, con un asomo de alarma en sus ojos embadurnados de pintura negra.

Mircea tira de mí hasta el letrero de una taberna llamada «El Dragón Cachondo» y entiendo de dónde acaba de salir la puta.

—Me estás llevando a un burdel para drazir.

—Burdel, taberna, posada, un poco de todo.

—¿Has estado antes?

—No, es un dato que me pasó otro Caminante. Me dijo que tienen una cerveza negra más espesa que la miel, que no me lo podía perder.

Estallo en carcajadas, truenan por el callejón y Mircea enarbola una ceja, deteniéndose.

—Es una alusión a nuestra corrida, tu amigo te quería meter en un lío.

—Coño… —Pestañea—. Pues tendré que devolverle el favor, si alguna vez me lo vuelvo a cruzar. —Se gira hacia la taberna y vuelve a detenerse—. ¿Cómo que «negra»?

—A veces es negro y a veces es blanco, depende de la época.

—¿Cómo que «de la época»?

—Se vuelve negro durante la época de celo, es cuando más fértiles somos.

—Una nunca se va a la cama sin aprender algo nuevo. —Empuja la puerta y entro tras ella.

La taberna está muy poco iluminada, pero cuenta hasta con un músico al laúd y me sorprendo, porque me imaginaba otro tipo de tugurio.

Hay más humanos que drazir y éstos se ocultan con abrigos parecidos al mío.

La mayoría se ha arrancado las garras y sus pupilas verticales me siguen, preguntándose tal vez por qué no tengo escamas en la cara, cuando me descubro.

Hubo un tiempo en que me conté entre ellos, a la espera de que alguna humana me dedicase un poco de afecto comprado.

Tal es la soledad de los drazir que huyen de su tierra.

Lo hacía a escondidas, porque el culto no lo aprobaba, y luego retomaba mis quehaceres como asesino de humanos.

Joder, no puedo ir a ningún sitio sin sentirme como un mierda.

—Un par de jarras de cerveza. —Mircea aplasta una moneda contra la barra.

—¿Y habitación?

—No, nada de habitación. Solo cerveza.

Me apoyo en la barra y observo la sala y al músico que canta como una gallina a la que están desplumando. Está claro que la gente no ha venido por él.

—Joder, cómo voy a gozar esto. —Mircea rodea la jarra que le entregan con las manos y se relame—. Bébete la tuya, anda, lo necesitas también.

—¿Cómo es posible que el Regente pase esto por alto? Se llama «El Dragón Cachondo».

—Imagino que el dueño del local dará una buena suma a la guardia para que hagan la vista gorda. Hay un lugar así en todas las ciudades grandes.

—Sabía que los hay, pero no en todas las ciudades.

—¿Has estado en alguno antes?

Tomo la jarra y doy un trago tan largo que por poco me la acabo.

—En un par.

—Así que has estado con humanas.

—Mhm.

—¿Cómo es posible?

—Me gustan las humanas —mascullo por lo bajo.

Arquea las cejas y bebe, aunque estoy más sorprendido que ella por haberme atrevido a confesarlo. No me apetece hablar de esto, pero si sirve para disuadirla de que me vuelva a echar la bronca por lo del puente no veo en qué puede hacerme daño.

—Te gustan las humanas.

—Ajá.

—Pero no son de tu especie.

—¿Y?

—¿Es algo así como un fetiche?

—¿Supongo? —Me rasco la cabeza, me mira con tanta fijeza que me pone nervioso—. ¿Por qué llamarlo «fetiche»? Simplemente me gustan.

—Y a mí me gustan los pelirrojos por ser pelirrojos, es un fetiche.

Me ve pestañear, llenándose la boca de cerveza.

No se me da bien aceptar cumplidos, pero ha sido una tirada de tejos o no me llamo Lazor.

Me convenzo de que lo he malinterpretado, porque ni una sola humana hasta ahora se ha comportado así conmigo, a no ser que hubiera monedas de por medio.

No se me olvida lo que ocurrió anoche, pero lo hizo al dejarse llevar por el dolor, en su sano juicio jamás…

Además, no soy pelirrojo, más bien… granate.

Bueno, el granate es una tonalidad de rojo.

Dependiendo de la luz parece marrón, aunque puede que se deba a lo sucio que lo tengo.

Me paso los dedos por el pelo en un acto reflejo y esboza una mueca jocosa al reparar en ello, por lo que aparto la mano como si me hubiese picado una abeja.

—¿Y todo lo que ha dicho la mujer de ahí fuera es verdad? ¿Qué quería decir con eso de que «no sangra»?

—Las humanas sangran cuando…

—¡Joder! ¿Pero qué tenéis ahí abajo?

—¿Si te lo enseño me dejas en paz?

Se pone roja como un tomate y me da una patada. Es una delicia ver cómo sonríe otra vez, aunque haya sido a costa de hablar de mi pene.

—¿Y entonces es posible hacerlo con vosotros sin sangrar, decía la verdad?

—Las profesionales no sangran, aunque no tengo ni idea de cómo lo hacen.

Hay un drazir que me ha estado mirando desde que he entrado, tiene un brillo dorado en los ojos y las escamas de sus dedos son de color turquesa y negro. El corazón se me acelera y me digo que sería demasiada casualidad, así que me vuelvo hacia la barra para pedir otra jarra.

—De tu encuentro con ese drazir tan amable del que me hablaste al principio del viaje… ¿Recuerdas algún detalle más?

—Tenía tus mismos tatuajes en los nudillos. —Casi se ha terminado la jarra y la empiezo a notar algo achispada—. Cuando me lo preguntaste en el bosque me diste miedo y te dije que no recordaba si los tenía, pero te mentí.

El que me mira no tiene marcas en los nudillos o al menos no puedo verlas desde aquí. Me relajo un poco y miro a Mircea.

—Lo comentaste con Rona, la noche en la que nos conocimos. ¿Mentiste también cuando dijiste que no sabes lo que significan?

Ella asiente.

—Solo los conozco de oídas, pero no tenía ni idea de todo lo que había detrás. Me dijeron que son las marcas de los apóstatas, que han renegado de todos los dioses.

—No es una definición desencaminada.

—¿Qué hay de esa daga que siempre llevas? He visto que solo usas las garras para defenderte, ¿por qué la llevas?

—Es una daga de G’lar, el nigromante del Mar Sangriento que nos daba las pociones y dirigía los ritos. El filo está imbuido en su magia y es letal para los humanos… Lo que me lleva a otra pregunta que siempre he querido hacerte.

—No sé por qué me están empezando a temblar las piernas.

—La noche que nos conocimos te herí con ella, cuando traté de recuperarla. Puesto que estabas bien al día siguiente y no volviste a mencionarla, no dije nada, pero… La herida debería haberte matado.

—No es plato de buen gusto que te digan días después que pudiste haber muerto y que se lo callaron.

—No me enorgullezco de ello, ya te he dicho que soy un cobarde.

Se echa el cabello hacia atrás con un aspaviento y suspira.