Rojamuerte Esperanza, esa mala compañera #2
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Esperanza, esa mala compañera #2

Me levanto y hago ademán de acercarme, pero me detengo. Murmura mi nombre otra vez, más rota, más frágil. Giro sobre los talones y me paso una mano por la cara, la mantengo en mi boca y suspiro. No hay nada que pensar, Lazor, te necesita. No serás la cuchilla, serás el madero en el mar rugiente.

Me tumbo a su espalda y la rodeo con los brazos, se queda dormida y no tardo en acompañarla.

—¿Qué haces? —pregunta Mircea.

—Me arranco las garras.

—¿Por qué?

—Para que no se nos eche la ciudad encima.

—¿Y no te duele?

—No.

—Pues pareciese que te vas a arrancar un dedo.

Es un tarea ardua, porque son tan duras como el mango del hacha que llevo a la espalda.

Por suerte, mis dientes también lo son y la fuerza de mi mandíbula se encarga de lo demás, pero he mentido al decir que no duele.

Es como si me estuviese arrancando una costilla, por muchas veces que me haya obligado a pasar por ello.

Mircea está más habladora que ayer, para mi gran alivio.

Por un momento pensé que decidiría seguir a Rona y sentí algo parecido al pánico, cuando la agarré del brazo en mitad de la noche para que se quedase conmigo, tumbada.

No debí hacerlo, debí respetar su duelo y hacerme a un lado si llegaba a lo peor…

Pero no pude. Ella trató de zafarse y la abracé tan fuerte que no pudo moverse; rompió a llorar contra mí y dijo que echaba de menos su tacto, que no volvería a sentirlo y que el pensamiento la estaba matando.

Conozco demasiado bien esa angustia y, a pesar de que mi fortaleza peligra cada vez que cedo, me encontré mirándola a los ojos y preguntándole qué podía hacer para paliarla.

«Acaríciame», suplicó, sacudida por el mar rugiente.

«¿Cómo?», contesté con cautela, moviéndome con ella en el convulso oleaje.

Tomó mi mano y se la puso en la nuca, cerró los ojos cuando mis nudillos comenzaron a moverse.

«¿Así?», musité. La tormenta amainó, lo percibí en su respiración pausada.

«Rona lo hacía cuando no podía dormir», confesó.

«Sigue por la espalda, hasta que me quede dormida».

Mis dedos trazaron la línea de su nuca, trémulos, vacilantes.

No recuerdo la última vez que hice algo así ni creí que volvería a hacerlo.

Otro suspiro, sentí cómo su congoja me rozaba la barbilla.

Ocultó la cara en mi cuello y empecé a susurrar más promesas, de esas que no puedo cumplir, hasta que Oniros me tomó el relevo.

Y algo me golpeó, cuando sentí el roce de sus cabellos en los labios; una oleada de miedo, mezclada con culpa y una intensísima gratitud, tan cálida como devastadora.

El desgaste de la crueldad me ha quitado mucho, porque un monstruo no extraña el afecto ni lo busca, y no pensé que volvería a sentirlo así.

Es casi sacrílego. La calidez que añoro y que no merezco, en un momento que le he robado a Rona.

La siento desde que las conocí, pero ha adquirido un matiz que me perturba.

Empezó en el claro y se desbocó cuando intentó besarme, hunde las garras en mí por mucho que me afane en hacer como que no ha ocurrido.

Me dije que estoy confuso, mientras presionaba los labios contra su frente y la obligaba a quedarse conmigo, a aguantar las acometidas de un mar en el que acabará ahogándose.

Hipócrita, déjala ir. El bosque se ha encargado de ahondar en algo que debo controlar antes de que me lleve a arrepentirme aún más…

¿Pero estoy confundido? ¿Es solo eso? Lo mitigué un poco cuando me despertó hace unas horas, con un amago de sonrisa.

Después ha comido algo de la pata de ciervo, que hemos metido en mi petate.

Eres más valiente de lo que crees, Mircea.

La segunda noche que pasé sin mi familia tuvieron que agarrarme entre cuatro para impedir que me cortase las venas.

Tú solo has necesitado caricias y vuelves a estar más o menos entera.

El sendero se abre y da lugar a las altas murallas de Mirkel, que a esa hora de la mañana parecen de obsidiana.

Nos reciben una infinidad de carros que pasan sin demora, acompañados del bullicio de comerciantes y transportistas.

Los esquivamos al quedarnos a un lado del ancho camino.

La capucha del abrigo me cubre la mitad de la cara y he ajustado las correas a conciencia, para que no se me abra con un golpe de viento.

No llamo la atención especialmente, están ocupados con sus quehaceres, pero los guardias serán otra historia.

Ya los veo, esperando ociosos junto al portón principal.

Mircea se pone un poco nerviosa, pero me pide que no hable.

—¡Alto!

—Venimos de Calmaderiva —dice Mircea.

—¿Y qué os trae a Mirkel?

—Queremos llegar a las Sierras del Fuego.

—¿Y eso por qué?

—Estoy llevando a mi nuevo amigo hasta allí.

Abro los ojos como platos y la miro como si se hubiese vuelto loca. El guardia hace una seña con la barbilla para que me descubra y no me queda otra que hacerlo. Arruga el labio y mira a su compañero, soltando una risita jocosa. Por lo menos no me han clavado la alabarda en el estómago.

—¿Eres consciente de que el Alto Regente se lava las manos si entras, mestizo?

—Sí —contengo un gruñido.

—¿Y de que no hay posada que acepte tu hospedaje?

—También.

—Tendrás que firmar en el registro, ese libro de ahí. —Señala a un lado—. Es para vagabundos, pero para el caso es lo mismo. Con una «X» bastará.

Tomo el carboncillo que hay en el atril que sostiene el libro; en un arrebato de rabia infantil escribo una «L» y lo acompaño de un gruñido inaudible.

El guardia observa lo que hago y comenta que quiere una «X», demostrando que es casi tan imbécil como yo.

Mircea me dedica una mirada cargada de significado y tacho mi marca para hacerlo tal y como me ha ordenado el alfeñique al que podría desmontar de un golpe.

Paso por su lado y me palmea el hombro, añadiendo:

—Registro, a ver ese petate.

Lo suelto a sus pies y veo cómo mete las narices en mis cosas, que no son muchas. Saca el envoltorio grasiento en el que guardo la pata y dice que no puedo entrar con ello.

—¿Cómo que no?

—Son las normas.

—Está bien, nos contentamos con pasar. —Mircea interviene, porque he empezado a enseñar los colmillos.

—¿Qué llevas a la espalda, mestizo?

Se ha dado cuenta del bulto bajo el que oculto el hacha y me quito el abrigo al tiempo que mascullo un improperio en mi idioma, que tiene mucho que ver con el minúsculo tamaño de su polla y el complejo de dios que va de la mano con llevar un emblema de la nobleza.

Escruta mis tatuajes con la cara arrugada y comenta algo con su compañero mientras la saco del cincho y se la muestro.

—No puedes entrar con esto.

—Es mía. —Mircea vuelve a intervenir, sacando el albarán que nos dio el armero—. ¿Lo veis? Está a mi nombre.

—¿Tienes un documento que corrobore tu identidad?

—Aquí lo tengo.

Los ojos del guardia divagan entre el documento y Mircea, para luego clavarse en mí.

—Ahora tu petate.

La Caminante hace lo propio y después de unos instantes en los que me cuesta cada vez más contenerme, se retiran a un lado.

—No echaba de menos esto —suelto un gruñido más potente que los anteriores, mientras entramos en la ciudad.

—Es que te pones muy gallito de buenas a primeras.

—Porque me provocan.

—¿Cómo es posible que te hayas movido por T’har Khul con esos humos, sin que te hayan matado?

—Me movía con otros cuarenta.

—Bueno, pues ahora no estamos con tu culto, así que contrólate.

—¿A dónde vamos?

—Conozco una posada en la que hospedan a mes… Drazir.

—El guardia ha dicho…

—Otro al que se le olvida que soy Caminante. —Se echa a reír y se interrumpe enseguida, quizás recordando lo que solía pasarle con Rona.

—No quiero que paremos, apenas es mediodía.

—¿No quieres aprovechar para hacer algunas preguntas?

—Dudo que se les haya perdido nada en Mirkel.

—¿No os conocéis entre vosotros?

—Es como si yo te preguntase si conoces a todos los humanos del mundo por el simple hecho de que son humanos. Hay miles de los míos en el Antiguo Reino.

—Cierto es que el comentario ha sonado un tanto racista, te pido disculpas.

—¿Un tanto?

—Cálmate, estás casi gritando.

—Me crispan las poblaciones humanas y mucho más que ni siquiera me hayas contado que ibas a decir que soy drazir.

—Te iban a pedir que te descubrieses de todos modos. —Me pone una mano en el brazo para evitar que derribe a una mujer que carga con un saco de harina—. Venga, cálmate un poco y probemos en la posada. Me apetece mucho una jarra de cerveza.

Seguimos caminando y tengo el corazón tan agitado que respiro por la boca.

Mircea se queda muy cerca y a veces me coge del brazo, supongo que porque piensa que me calma.

Cruzamos un pequeño puente para salvar el arroyo marrón que discurre entre casuchas altas y cuando llegamos al final nos cortan el paso; un hombrecillo con cara de rata me mira de arriba abajo, sirviéndose de un cuchillo para comerse una manzana que se parece más a una pasa.

El que va con él nos saluda con un movimiento de barbilla y cruza los brazos para hacernos saber que tiene los músculos definidos.

Suelto una risita nasal, más furibunda que sardónica.

—Peaje, queridos.

—¿Por el Puente del Cojo? —se burla Mircea—. Si son cuatro palos y una tabla.

—Si queréis cruzar a esta parte de la ciudad, sabed que pertenece a La Grulla.

—Como si pertenece a tu perra madre, no verás ni un cobre. — Me cuadro tras Mircea, haciendo acopio de la nimia paciencia que me queda—. Déjanos pasar, primera y única advertencia.

—¿Y este valiente? —Cara de Rata se inclina mucho hacia un lado para mirarme— Puesto que hablas de mi perra madre, te diré que la tuya…