Esperanza, esa mala compañera
ESPERANZA, ESA MALA COMPAÑERA
Es la segunda vez que amanece en el claro, pero éste se siente más frío que el anterior.
Mi brazo rodea a Mircea mientras respira contra mi pecho, perdida aún en la morada de Oniros.
El Dios de los Sueños la ha agitado durante la noche y la he mecido con cada uno de sus ataques.
Lleva un rato tranquila, pero creo que está empezando a despertar.
—Debí hacerle caso —dice, aún somnolienta.
—¿Qué?
—Cuando dijo que debíamos ir por Hámmundur, no le hice caso y dije que el bosque era seguro. Debí haberla escuchado.
—No te hagas eso.
—¿El qué?
—Echarte la culpa. La culpa no te la devolverá, solo lo hará más difícil. Será mejor que me la eches a mí, o a los dioses.
—No quiero echarte la culpa.
—Pues culpa a los dioses.
—¿Te pasó a ti también?
—Sí.
—¿Qué te decías?
—Que maté a mi esposa porque no estuve allí cuando se la llevaron.
—Quiero ir con Rona.
—Lo sé.
—¿Me lo impedirás si decido ir con ella?
—No.
—Y quiero estar sola… y a la vez no.
—También lo sé.
—Pero no te irás.
—No.
—¿Por qué?
Deslizo un nudillo por su barbilla y nos miramos a los ojos.
Soy un tipo especial de cobarde, Mircea, pero eres la persona más valiente que conozco.
Me quedo contigo porque también te necesito, pero no te lo diré.
Me quedo contigo porque hace unos días ni siquiera esperaba volver a sentir esto y aunque lo temo, quiero atreverme con ello.
No sé lo que es, pero por una vez no estoy pensando en mí.
Vuelves a esconder la cabeza en mi pecho y el viento nos arrulla.
Te estremeces un poco y te cubro con mi pierna otra vez, porque sé que mi calor te basta.
No he dormido en toda la noche y ahora que lo peor ha pasado, puedo cerrar los ojos.
Me entrego a una duermevela extraña, en la que el rostro de Rossana me observa en silencio.
Tengo que paliar el escozor de esta quemadura y aunque no me lame las heridas como tú, me hace sentir algo parecido.
El anhelo por la muerte palidece cuando te necesitan.
Se lo debo a Rona y te lo debo a ti. Daré caza al rh’zir que te arrancó de mis brazos y que arrancó a Rona de los suyos. Y después, ¿quién sabe?
—Lazor.
Abro los ojos y contesto con un gruñido.
Mircea rodea su cuerpo con los brazos, con la capa ondeando a la espalda.
Dice que se quiere marchar, que el claro la acusa con susurros que le dan miedo.
Así que el Dios Muerto también le ha echado las garras, a la mujer con la confianza de un emperador.
Me levanto y nos preparamos en un silencio apuñalado por la ventisca que arrastra briznas plateadas.
El sendero parece distinto, ya no viene acompañado por las risas de Rona y todo se ha vuelto hostil.
Mircea sigue sin llorar, pero mantiene un rictus peor que el que te deforma la cara con el llanto.
Es decepción, es rabia, es un tipo especial de tristeza que solo te hiere una vez en la vida y que se graba a fuego en tus facciones.
Sus ojos no volverán a brillar como antes, su sonrisa permanecerá torcida y apenas se atreverá a asomar.
—¿Tienes hambre?
—Hay que racionar la comida —contesta, como si todavía tuviese que compartirla con Rona.
—Puedo cazar para ti.
Sacude la cabeza y sigue caminando al frente, quiere estar sola y a la vez no.
Ahora parece mucho más pequeña, se encoge como si estuviese a punto de quebrarse. El bosque empieza a abrirse frente a ella, revelando un horizonte gris e infinito. En cien latidos lo habremos dejado atrás y empezará el auténtico duelo.
Nos detenemos una vez cruzamos la línea de los árboles y Mircea mira hacia atrás; la imito y formulo una despedida muda, antes de seguirla por la senda empinada.
El viento azota con fuerza y ella se agita con él, como un junco en la orilla de un río.
No quiere que me acerque y no lo hago, pero le digo al cabo de un rato que necesito ir a cazar y asiente con la cabeza.
Después se deja caer en la base de una colina y su mirada ausente divaga en los nubarrones grises que arrojan sombras sobre nosotros.
Percibo la potencia de las patas de un ciervo, a unos ochenta latidos de distancia.
Estaba huyendo de algo y se ha detenido, creo que no está solo.
Me quito el abrigo y las botas y me apoyo en las manos y los pies, tratando de agacharme todo lo que puedo para que la hierba alta me oculte.
Su corazón se relaja, debe estar pastando más allá de las dos colinas que tengo delante.
Mis pupilas se contraen y mis escamas repican mientras avanzo despacio, preparado para aumentar la velocidad en cualquier momento.
Avanzo, me detengo y vuelvo a avanzar. Ya veo sus astas, lo acompaña un cervatillo de manchas blanquecinas. Todavía no me han percibido.
Me entrego a la caza, corriendo sobre manos y pies.
El hambre me otorga la potencia que necesito para alcanzarlo, la adrenalina lanza su velo rojo y salto por encima de la hierba como un león de montaña.
Mis dientes se clavan en su lomo mientras trata de derribarme y el cervatillo escapa.
Noto una punzada en el costado, pero no lo suelto, clavándole las garras con saña mortífera.
Deja de agitarse y se desploma, profiriendo resuellos ahogados.
Su sangre entra en mi boca cuando le parto el cuello y lo desgarro.
Sigo mordiendo, desgarrando músculo y tendón, llenándome la cara con una esencia que huele a tierra y a raíces. Joder, cómo necesitaba esto.
La tristeza da más hambre que el odio.
Un ronroneo hace que levante la cabeza y distingo los ojos dorados de lo que andaba tras la pista del ciervo.
Es otro tipo de depredador y está decidiendo si seré una buena presa o si le dejaré compartir la mía.
Rujo y él devuelve el rugido, aunque mucho más leve.
Sigo comiendo y se acerca, cauteloso, al percibir el repicar de mis escamas.
Es un auténtico león de montaña, no tenía ni idea de que cazaran por aquí. Sus fauces se cierran en la carne del ciervo, a poca distancia de las mías, y lo compartimos en un coro de gruñidos.
Mircea ni siquiera me mira cuando regreso con una pata bajo el brazo.
Le digo que he cazado para ella y asiente, al tiempo que se levanta para retomar la marcha.
Estoy tan embadurnado en sangre que espero dar con algo parecido a un arroyo antes de llegar a Mirkel.
Cuento con ello, pero si no habrá de bastar con el cielo que amenaza tormenta.
Hacemos un alto entre las colinas, a media milla del puerto de montaña que nos conducirá a las Sierras del Fuego.
Sé que no tiene hambre, pero prendo una hoguera y preparo la pata del ciervo para que la encuentre algo apetecible.
Para mi sorpresa, coloca frente a ella lo que queda de las empanadas de carne.
El labio inferior le tiembla y se pasa la mano por la nariz, que vuelve a moquear.
—¿Tienes hambre?
—No, pero si no me los como, estaré insultando su memoria. Los hizo para mí… y también para ti. —Me mira, hablando con voz atiplada—. ¿Me ayudas?
Me siento junto a ella y compartimos las empanadas. Mastica como si estuviese tragando fuego y trata de no echarse a llorar, pero consigue terminar su ración. Después junta las manos y formula una plegaria para una diosa en la que no cree, aunque parece convencida de que la escuchará.
—¿Me ayudas con esto también?
Odio rezar, pero se lo debo a Rona. Junto las manos y cierro los ojos, recordando mis últimos momentos con ella y lo que una vez susurró en mi oído: «Verás como empiezas a creer en algo».
—No se ha ido, Lazor, todavía la siento. ¿La sientes tú?
—Y la seguirás sintiendo. Veo a Rossana y a mis hijos todas las noches.
—Si es así… ¿Por qué no crees en nada?
—Porque para creer se necesita esperanza.
No soy capaz de predecir lo que hace a continuación y lo esquivo por muy poco. Mi mano la detiene cuando su nariz roza la mía. Ahí está, el aguijonazo de la pérdida que te quieres arrancar a toda costa.
La duda asoma a sus ojos y le tiemblan los labios con el horror de la soledad descarnada.
Un momento de flaqueza como este y nos ganaremos un sitio especial en el Abismo.
Traicionaremos el recuerdo, lo heriremos de muerte, apuñalaremos todo lo que queda de lo que perdimos.
Ya he ardido en ese fuego, pero no tienes que hacerlo conmigo.
—¿Por qué?
—Porque no quieres hacerlo, Mircea.
—Sí que quiero.
—Te harás más daño.
—¿Cómo?
—Conmigo. Estarías combatiendo el fuego con fuego y te consumirías más deprisa. —La aparto de nuevo, con más delicadeza—. Por favor, hazme caso. He estado en tu lugar, sé cómo se siente. Si quieres llorar, lloraremos, pero no me conviertas en la cuchilla que esgrimes contra tu muñeca.
—No quiero palabras bonitas, quiero que me folles.
—No, no quieres.
—¡Joder! —Se levanta con un resorte— ¡¿Y cómo me lo sacudo sino?!
Se aleja dando pisotones contra la gravilla y la maleza, con los puños crispados y un grito que muere en su garganta.
Tardo unos instantes en recobrar la calma, pero me digo que debo ser el que la conserve por los dos.
En otras circunstancias, ni me lo habría pensado.
Es vergonzoso y pueril, por lo que trato de paliarlo con otra oleada de malsana autocompasión.
Me quedo mirando las llamas y la pata de ciervo que empieza a soltar un humillo delicioso. Nunca dejo de tener hambre y me apetece devorarla hasta el hueso, pero la retiro del fuego y la guardo para Mircea. Puede que vuelva y puede que no, es difícil saberlo.
Regresa al cabo de largo rato, con la cara llena de tierra y el pelo cubierto de hojitas secas.
Extiende el saco de dormir y me da la espalda.
No tengo sueño todavía, así que me quedo pensando en todo lo que haré una vez llegue a Sorash, me fuerzo a hacerlo para empujar la congoja a un lugar en el que deje de molestarme. Necesito rabia y necesito ira.
—Lazor —me llama en apenas un murmullo—. Abrázame.