El rostro de la muerte #4
»En ese momento no hice nada, pero al día siguiente me encaré con mi líder y quise saber por qué no íbamos tras la pista de los que me lo habían arrebatado todo, exigí mi venganza, amenazando con retirarme de la lucha una vez diese caza a los malditos.
Todavía recuerdo su risa, cuando dijo que era un siervo del Abismo y que el Abismo siempre se queda contigo…
Cuando me recordó que jamás encontraría a mi mujer y a mis hijos en el Mar Áureo, que más me valía seguir matando porque no iba a recuperar mi alma.
¿Y sabes que hice? Me quedé. Me quedé porque solo tenía odio y la muerte que me esperaría al abandonar el culto.
Me aferré a mi cobardía una vez más para no afrontar lo que ocurriría si me marchaba.
Sin embargo, empecé a hacer preguntas, tanto que me convertí en una molestia.
Y ellos empezaron a drogarme para que estuviese callado, para que actuase por inercia, para que la bestia asomase a todas horas…
De ahí mi falta de memoria. El nigromante G’lar hace eso, te llena de pociones y juega con tu mente, como seguramente ha hecho con el hombre que ha matado a Rona.
Recuerdo que me cubrieron de cadenas otra vez y recuerdo lo que dijo Shal’karath, mi líder:
»—Me has tenido delante todos estos años y ni por un latido has reconocido el rostro de La Muerte. O puede que lo hayas hecho, pero eres un tipo especial de cobarde.
»Me dejaron para que me encontrase la Inquisición de Vytherin, que me cargó con el asesinato de una mujer de la nobleza a la que ni siquiera recuerdo.
Me torturaron durante dos lunas. Ya tenía la mente clara, así que planeé mi fuga con un solo objetivo: venir a este bosque para hablar con Rossana una última vez, ya que no la encontraré al otro lado del Velo, y suplicar su perdón; después me suicidaría.
El Dios Muerto me atrapó una vez llegué al bosque, cuando me arrodillé en La Sangre Derramada y solo obtuve silencio.
Me mostró momentos de mi vida anterior, momentos que ya no recordaba, y las pesadillas con las que Oniros me maldijo hicieron lo demás.
Entonces me rajé con la daga de mi Orden y froté las heridas con veneno de mantícora, que es lo único que puede matarme.
Lo demás son destellos, no recuerdo ni cómo llegué a la posada, pero recuerdo que quise pasar mi última noche en el mundo contigo…
Como si me lo mereciese. Y caísteis sobre mí, dos criaturas celestiales.
Oculto la cabeza entre las rodillas y el claro me devuelve el eco de mis gruñidos angustiosos.
La quemadura que me acompaña desde la noche en que murió mi familia crepita y chispea en mi pecho, siento cómo su humo me sale por la boca, cómo me incendio.
Mi llanto no lo apagará, mis gritos no lo apagarán. Arderá por siempre.
Mircea camina hacia el arroyo y ahí se queda, dándome la espalda. Sus hombros se sacuden cuando me acompaña con su llanto ahogado. No puedo quedarme, aunque quiera hacerlo. Si me quedo, te convertirás en esto.
Recojo mi petate, dedicándole una última mirada.
Adiós, viajera.
—No fue tu culpa. Su muerte, no fue tu culpa.
Me detengo cerca de la senda, pero no me vuelvo. Mircea continúa:
—Y yo también comulgaría con Los Oscuros por ella. Lo haría una y mil veces y ardería como lo hizo el dragón de tu cuento.
Sí, Mircea, así es como empieza, así es cómo te atrapan. No se me ocurre qué decir, por lo que sigo sin moverme.
—¿Dices que ese nigromante ha matado a Rona?
—No estoy seguro, pero apesta a él. Se mete en tu cabeza, puede que todavía me la tenga jurada. He estado viendo a un cuervo estos días y no he querido creer que…
—¿Un cuervo?
—Tiene una mascota de plumas rojas y negras. Es posible que me equivoque porque no se separa de esa cosa, pero con él nunca se sabe.
Más silencio. Se le crispan los hombros.
—No me dejes sola con esto, Lazor. No sé si alguna vez te he importado, pero te importaba Rona.
Conciencia, esa perra de dientes afilados. Y algo más, que todavía no me atrevo a nombrar.
Suelto el petate y me siento frente al fuego, que ha comenzado a menguar.
Danza en las lágrimas que todavía se me escapan y se precipita en gotas doradas sobre la hierba.
Oigo que se acerca para agazaparse a mi lado, cubriéndose con la capa.
Estiro el brazo y la envuelvo con él, dejando que pegue la mejilla a mi pecho.
—Gracias —musita.
Ya no llora, pero es preferible que lo haga, porque cuando la miro me veo a mí mismo.
No te conviertas en esto, Mircea.
Pasa un rato en el que no se mueve, creo que se ha quedado dormida.
La cojo en brazos y la recuesto en su saco de dormir, pero cuando me retiro me coge la mano.
Me quedo mirando sus deditos pálidos, aferrándose con fuerza a mis garras brunas.
Me levanto y me suelta, pero la rodeo para tumbarme a su espalda y le doy el abrazo que nadie me dio cuando perdí a mi familia.
Si no tiene nada a lo que aferrarse en este momento, mañana querrá morirse.
Cualquier madero en el mar rugiente, por endeble que sea, nos empuja a seguir nadando.
—¿Cuándo se va, Lazor? —susurra.
—¿El qué? —susurro de vuelta.
—El dolor… ¿cuándo se va?
—No se va. Habrá días malos, pero ninguno será como este. No es un gran consuelo, pero por lo menos sabrás que no volverás a sentirlo así.
—¿Y luego?
—Luego… No hay luego, vivirás en este ahora el resto de tu vida. En este claro, donde reíste con ella por última vez y donde la perdiste.
—¿Y me dejarás a solas con ello?
—No. Me importas, Mircea.
Cierro los ojos al pegar los labios a su nuca y la rodeo con las piernas también, pensando que así la protejo.
Quizás lo necesite tanto como ella. Si no tengo nada a lo que aferrarme en este momento, mañana querré morir.