Rojamuerte El rostro de la muerte #3
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El rostro de la muerte #3

—Tuve escamas hace un tiempo, así como… —trago saliva, porque me estoy mareando.

Mircea no me da tregua, sus ojos siguen el movimiento de mi nuez y vuelven a clavarse en los míos—.

Así como esposa y dos hijos. —Otra pausa, en la que vuelvo a tomar aire—.

Tu especie no suele entrar en el Antiguo Reino, pero cuando lo hacen, nos masacran.

No todos somos guerreros, como le gusta pensar a los tuyos, pero cada aldea cuenta con varios para protegerla.

Es un honor que pasa de generación en generación, desde mucho antes de los Años de la Sangre, y a veces ni siquiera tienen que usar las habilidades para los que los preparan.

Mi aldea no corrió esa suerte, en su mayoría eran ancianos y niños.

No supieron defenderse porque nunca lo necesitaron.

Un silencio, en el que el gesto de Mircea se suaviza. Su ceño desaparece y se abraza las rodillas, oculta la barbilla tras ellas. Imito su postura, porque también quiero hacerme pequeño.

—Yo era cuentacuentos, me ganaba la vida yendo de aldea en aldea. Tenía alas, algo raro entre los de mi especie, de las que me servía para… —Me llevo una mano al hombro y Mircea asiente—. Eran tan rojas como mis escamas, ni grandes ni pequeñas, pero eran mi orgullo y el sustento de mi familia.

»Estaba de viaje cuando ocurrió, así que no me atraparon cuando se llevaron a Rossana y a los niños.

Le cortaron la cabeza al único guerrero de la aldea y la clavaron a las puertas del templo, dándome a entender que la lucha no había sido rápida.

Todos mis amigos y vecinos yacían bajo la estaca en la que lo clavaron, sin escamas ni ojos.

¿Recuerdas eso que dije de que pagan una fortuna por nuestra sangre?

Pues también por lo demás. Busqué entre sus restos y no encontré a Rossana y a los niños.

El corazón se me llenó de esperanza, me dije que los encontraría, que seguramente habían escapado; comenzó a menguar cuando supe que se los habían llevado, pero me obligué a conservarla, me dije que lograría razonar con ellos, que si ofrecía mis alas a cambio…

Otro silencio, más largo que el anterior. He cerrado una mano en la rodilla y me estoy haciendo sangre. Mircea repara en ello y se acerca, pero doy un respingo cuando hace ademán de tocarme. Si lo haces no podré seguir, si lo haces me derrumbaré y es posible que decida ir con ellos.

—Los perseguí y los encontré. Algunos ni siquiera eran humanos, sino rh’zir; drazir renegados que se ganan la vida expoliando a su propia especie.

No me estaban esperando, pero por entonces no sabía defenderme y me llenaron de cadenas.

Mis hijos ya estaban muertos, arrastraron sus cuerpos ante mí y dijeron…

Bajo la cabeza para darme un momento y veo los surcos que mis lágrimas han formado en la tierra, redondos e irregulares. Continúo con la voz rota, tan mortecina que en ocasiones susurro.

—Dijeron: «¿Cuántas escamas darías a cambio de su vida?

». Rossana me pidió que no lo hiciese, ella…

Pero estaba embarazada, quería que los dos sobreviviesen.

La miré a los ojos y le prometí que la sacaría de allí, le pedí que confiara en mí.

Contesté que daría hasta la última de mis escamas, hasta mis alas, si la soltaban.

Y entonces me lo quitaron todo y luego… —Me llevo la mano a donde antes estuvo uno de mis cuernos y mis hombros se sacuden con un fuerte sollozo—.

Luego mataron a Rossana. No solo la mataron, la…

—Los oídos me zumban y empiezo a ver doble.

Noto la mano de Mircea en mi hombro y me obligo a continuar—.

Me dejaron medio muerto, en mitad de un paraje.

Me encontraron otros de los míos, llevaban un tiempo tras su pista.

Me ayudaron a recuperarme, me enseñaron a defenderme, me prometieron que me vengaría de los rh’zir y de los humanos que me lo quitaron todo.

Solo tenía que hacer una cosa a cambio: entregar mi alma y mi vida a Los Oscuros, resurgir como uno de los dragones que crearon en el Principio de los Tiempos, con el fin de diezmar a los humanos.

No me lo pensé siquiera, el odio era mi combustible, vivía por y para él.

El odio me convirtió en un auténtico dragón, en un guerrero del culto más despiadado de T’har Khul, en un berserker que no distinguía amigo de enemigo cuando se lanzaba a la masacre.

Era su chucho enloquecido, de suerte que no recordaba nada tras las matanzas, pero me jaleaban como si hubiese sido tocado por el dedo de los mismísimos Oscuros.

No es tinta —Recorro con un dedo las espinas que me rodean la muñeca—.

Al menos no en su mayor parte, G’lar la mezcló con la sangre de los bebés a los que asesinaba.

No hay un solo centímetro de mi cuerpo que no esté marcado con la sangre de mis víctimas.

La magia y las pociones que me suministraba me aportaron una resistencia con la que mi especie no suele contar.

—Levanto las manos y choco las garras entre sí—.

Nada puede matarme, salvo el veneno más potente del mundo, porque debo resistir hasta acabar con el último de los humanos.

Eso me dije, cada día, durante cinco años…

. Y durante ese tiempo, ni una sola vez fuimos tras la pista de los humanos y los rh’zir que me hicieron esto.

—Me paso la mano por el pecho, me araño tan fuerte que vuelvo a hacerme sangre—.

Una noche me di cuenta de que me había convertido en lo mismo que mató a Rossana y a mis hijos.

Secuestramos a una familia de Mezeen que nada tenía que ver con mis desgracias.

Cuando la mujer se arrastró hasta mí y me miró a los ojos, vi a Rossana.