Rojamuerte El rostro de la muerte #2
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El rostro de la muerte #2

Me he quedado sentado toda la noche, con la espalda apoyada en un tronco y la pulpa del hombre en una garra.

La sangre de Rona me empapa la cara, su aroma se quedará conmigo hasta que encuentre el valor de hundirme en el arroyo que hay al otro lado.

Vino especiado y pastel de melocotón, a eso huele el claro.

Y a un toque de menta, debido al corte que Mircea tiene en el labio.

Tiene otra herida en el hombro, a causa del cuchillo que le clavó.

No me dejaría acercarme para curarla, aunque tampoco quiero hacerlo. Si la toco, será real.

—¿Por qué ha pasado esto? —balbucea.

No me mira, pero parece que me lo esté preguntando.

Abro la boca y solo me sale un lamento ronco, así que no digo nada.

Se vuelve hacia mí y sus ojos se han convertido en dos dagas, tan negras como el dolor que siente.

Me muerdo el labio y sacudo la cabeza, viendo que echa la pierna hacia atrás, soltando una nubecilla de polvo.

Me da en la mandíbula y no me muevo. Ni siquiera puedo mirarla.

—¡¿Por qué ha pasado esto?!

—No lo sé.

—¡No digas que no lo sabes, hijo de puta! —Me cubre de puñetazos.

Los golpes no duelen, pero sus palabras… Supe que esto iba a ocurrir y me quedé con ellas porque tuve fe, porque por una vez creí en algo. No en su diosa, sino en ellas. Lazor, nunca aprendes. Te lo dijeron los espíritus y te creíste más sabio que el Dios Muerto.

Envuelvo los puños de Mircea con las manos y ella forcejea, pero las ganas la abandonan y pega la cara a mi hombro; grita, chilla, se desgañita.

No recuerdo cómo se hace esto, hace demasiado que no consuelo a alguien, pero imagino que lo único que quiere es que la abrace.

Como mis hijos, cada vez que la morada de Oniros los turbaba; como mi esposa, cada vez que regresaba de uno de mis viajes.

La aprieto contra mí y pongo la mejilla en su coronilla, pensando que lo mejor que puedo hacer por ella es desaparecer y sin embargo, no puedo soltarla.

No quiero soltarla. Le debo este abrazo tanto como una explicación, pero de momento solo me atrevo con lo primero.

Estoy tan entumecido que no puedo llorar con ella, pero dejo que lo haga contra mí todo el día, hasta que el crepúsculo lo apaga y los grillos comienzan a cantar.

Daría el ojo derecho por volver a oír cantar a Rona, hay momentos en los que creo que lo haré.

La conocí hace poco más de una semana y ya la extraño como algo mío.

El tiempo se llevará su rostro como hizo con el de mis hijos, pero su esencia es eterna.

No existe Iwa, y si existe es peor que los mismísimos Oscuros.

Mircea se tambalea hasta el cuerpo de Rona y la besa en los labios, para tumbarse y rodearla con un brazo. Me mira de soslayo cuando paso por su lado y empiezo a preparar la hoguera para la noche.

—¿Cómo te llamas? —su voz suena tan áspera y rota que al principio no entiendo lo que dice.

Tomo aire y lo suelto despacio, vaciando las ganas de abrirme la cabeza contra un tronco.

—Lazor.

—Por favor… —Gatea hasta mí como si mis respuestas fuesen a devolverle a Rona—. Dime qué ha pasado.

Trago saliva y me paso la lengua por los labios, pero no la miro.

—Si pudiese recordarlo, te lo diría. No recuerdo lo que he hecho en las últimas seis lunas porque…

—¿Por qué?

Porque vendí mi alma a Los Oscuros y a los propios Hados. Porque juré ser su paladín como juré que jamás volvería a sentir nada. Porque es muy posible que destripase a la mujer del hombre que se pudre a solo diez pasos.

—Lessen… Lazor… ¡Como cojones te llames! Te lo suplico, dime por qué ha pasado esto… Rona no se lo merecía, Rona era… —Cierra las manos frente a la cara y se muerde un nudillo—. Rona era…

Las buenas personas llenan las zanjas que los malvados no dejan de cavar.

Se me humedecen los ojos y pestañeo, me siento tan aterido que apenas reacciono cuando me cruza la cara. Me está bien empleado, recibiré con gusto la segunda. Me da otro bofetón y me quedo con la cara vuelta hacia un lado.

—No voy a dejar de golpearte hasta que me digas qué ha pasado.

—Y seguiré sin decírtelo, porque no lo sé.

—Entonces dime qué hacías con la gente de la que habló el hombre, dime por qué los buscas… ¡LAZOR!

—Son adoradores de Los Oscuros y yo los acompañaba.

—¿Matabas a gente también?

—Es posible.

—¿Cómo que es posible?

Me levanto y empiezo a recoger mi saco de dormir, sus ojos me siguen, desorbitados. Lo mejor que puedo hacer por ella es callarme, si contesto sabrá que Rona murió por nada y la destruiré. Preparo el petate con movimientos bruscos, lo cargo a la espalda y me pongo las botas.

—¡¿Y ahora te vas?!

No contesto, cruzando el claro y pasando por encima del hombre que se interpone entre mí y la senda.

—Realmente eres un monstruo.

Me detengo y le ofrezco mi perfil ensombrecido.

—Si me quedo, también morirás.

—¿Y crees que eso me importa? —Se levanta, da un par de tumbos y me encara, la rabia la hace enorme—. ¡Lo que quiero son respuestas y quieres marcharte sin dármelas!

—Quiero marcharme porque no quiero que mueras.

—Quieres marcharte porque eres un cobarde.

—Por eso también, sí.

—Ayúdame a enterrarla, Lazor… ¡Al menos me debes eso!

Observo el cuerpo de Rona y asiento, haciendo acopio de ese valor que dice que no tengo. Lo justo es que le ayude a hacerlo, como me ayudaron los míos con el cuerpo de Rossana. Y después me marcharé, porque no dejaré que arda conmigo.

Cojo en brazos a la flor más hermosa del bosque y Mircea le cierra los ojos.

Le hemos puesto una estola en torno al cuello, cubre los cortes de sus mejillas también y parece que solo duerme.

La Caminante canta a mi lado, dice que es la canción favorita de Rona.

Tarareo la melodía con ella, porque la cantó casi cada mañana desde que nos conocimos.

Encontramos un montículo de hierba plateada después de un rato caminando y la dejo en el suelo, para disponerme a cavar con las garras.

Estoy haciendo esto en tierra sagrada, desconozco el coste que tendrá para mi alma, pero no lo hago por mí.

El Dios Muerto lo entenderá. Mircea permanece a un lado con ella, despidiéndose de todo lo que tuvieron.

Cuando está lista cojo a Rona en brazos y la deposito en su nuevo lugar de descanso, pidiéndole al Dios Muerto que la deje danzar en sus túmulos, que la deje bailar por siempre con los niños de La Sangre Derramada.

Fue muy feliz en tu gracia, se quiso quedar por siempre.

Le pido a Iwa que la deje nadar en el Mar Áureo, porque no hay ni una de sus criaturas que se lo merezca más.

—Hasta siempre, santurrona.

Mircea llora contra mi pecho una vez hemos terminado y la ayudo a retornar al campamento. No tengo corazón para dejarla sola, pero debo hacerlo. Se lo debo a Rona. Lo haré dentro de un rato, quizás cuando se duerma.

Solo te queda huir, Lazor, caminar hacia la muerte como el lobo al que diste caza. Ushuaia te bendijo con su profecía y estuviste tan ciego que te la comiste sin siquiera dedicarle un pensamiento, le arrancaste el corazón y volviste a medirte con los dioses.

La dejo sentada junto a la hoguera y me encargo del hombre de la barba negra.

Nunca supe su nombre y nunca lo sabré. Puede que matase a su esposa y voy a ser el que lo entierre; me he convertido en una broma cruel de Los Oscuros.

Yo podría haber sido él, hace mucho tiempo.

Y lo fui, en cierto modo. La violencia es una rueda que no deja de girar y que atrapa a los corazones desesperados.

No hay lugar en este mundo para gente como Rona, ni para su Morgana, ni para mi Rossana, ni mis hijos.

Los Celestiales nos pusieron en él para vernos morir en la desolación que crearon, como el niño que le arranca las alas a la mosca.

Vuelvo al campamento y recojo mi petate, ni siquiera tengo intención de despedirme de Mircea, pero se levanta y me agarra del abrigo. La arrastro conmigo y me intercepta, tratando de empujarme.

—¡Pues no te marcharás! —Agarra mi petate y tira de él hasta arrancármelo—. ¡Vas a contestar a todo! —Lo patea como si se tratase de mi cara—. ¡Respuestas, ahora!

—Las respuestas no te devolverán a Rona.

—Juro que si me dejas, peinaré cada confín del mundo hasta encontrarte.

La veo capaz; las Nueve Furias encienden su mirada parda, aderezada con las lágrimas que se le escapan mientras habla.

—No puedo.

—Sí que puedes.

—No me atrevo.

—¡Se lo debes a Rona! ¡No puede haber muerto por nada!

Pero es que ha muerto por nada, esa es la realidad de la que te quiero proteger.

Me paso la mano por el pelo y libero un suspiro áspero, porque la entiendo y está a un paso de romperse del todo, de llegar a un punto de no retorno del que también la quiero proteger.

No sé cómo la verdad ha protegido a nadie, a mí desde luego no me protegió, pero Rona lo habría querido así.

—Primero te tienes que calmar. Me cuesta mucho hablar de esto, así que quiero que te calmes.

Contiene un sollozo y pasa un momento hasta que asiente. Me agarra del abrigo y no puede moverme, pero dejo que piense que es así, caminando tras ella. Nos sentamos frente a la hoguera y respiro hondo. Ya viene, ese tipo de angustia que te agarrota la garganta y hace que te tiemblen las manos.