El rostro de la muerte
EL ROSTRO DE LA MUERTE
El chillido de Rona me despierta y tardo unos instantes en reaccionar, porque no sé si lo he soñado o si es real. Me doblo y me paso el dorso de la mano por los ojos, que tardan poco en acostumbrarse a la oscuridad.
No debería haber tanta oscuridad.
—¿Chicas?
—Less…
—¡Shh!
Me levanto y miro hacia un lado, alguien ha echado tierra para tapar las ascuas de la hoguera. Mis pupilas se ensanchan a medida que recorro cada recoveco del claro y distingo un par de siluetas a unos pasos. También el brillo de un acero.
—Suéltala, seas quien seas.
—No, estamos muy bien así.
Hago crujir el cuello y levanto una pierna para pasar por encima de los restos de la hoguera.
El desconocido da un paso atrás, con el filo de un cuchillo en la garganta de Rona.
Mircea está en el suelo, intuyo que apenas puede ver nada porque mira en todas direcciones.
El hijo de puta ha sacado a Rona del saco aprovechando que estábamos dormidos.
Mircea iba a montar la primera guardia y yo la segunda, pero…
¿Cómo de gilipollas he podido ser, para quedarme dormido a sabiendas de que había un hombre causando problemas por Mirwood y alrededores?
Tengo que dejar de distraerme, la sangre y el hambre son mi peor enemigo.
—No tienes ni idea de lo feo que se va a poner esto, amiguito.
—Claro que sí, eres el drazir al que busco.
Ladeo la cabeza y entorno los ojos, porque sus rasgos no me suenan; puede que se deba a la barba. No me ha llamado «mestizo», así que es posible que conozca mi pasado.
—Pues ya me has encontrado, suéltala.
—Eso no es lo que he venido a hacer.
—Te voy a dar… tres latidos, para que la sueltes. Si sabes lo que soy y quien soy, sabes también que no soy dado a los avisos. Te estoy haciendo un favor.
—La voy a destripar, como destripaste a mi Morgana. No me importa lo que hagas conmigo después, juré que me vengaría.
—Te estoy diciendo que no te conozco de nada y mucho menos a tu fulana.
Aprieta el cuchillo contra la garganta de Rona, que empieza a gimotear como si se estuviese meando encima. El olor de su orina se propaga por el claro, de hecho. La has hecho buena, ahora sí que te voy a matar.
Mircea se ha levantado y camina frente a mí, pero la hago a un lado y suelta un grito. Le susurro que se quede donde está y que no se meta, que lo voy a solucionar enseguida. Estoy mintiendo; a pesar de mi rapidez, Rona tiene las mismas posibilidades de sobrevivir que de morir.
Concéntrate, Lazor, no vas a perderla. Cinco latidos de aquí al desconocido, un latido más para empujarlo y echar a Rona a un lado. Mierda. Está en su puta garganta.
—¿Por qué no tratas de refrescarme la memoria? —Necesito ganar algo de tiempo.
—Solo un monstruo es incapaz de recordar algo así.
—Tu venganza será absurda si no me cuentas lo que he hecho. Tu fulana…
—¡Se llama Morgana!
—Como si se llama Tarta de Limón, quiero que me hables de ella.
—¿Para distraerme? ¿Crees que no veo lo que tratas de hacer? Me dijeron que no debo dudar contigo, que eres un demonio embaucador.
—Y tú no eres un asesino, de lo contrario no parlotearías tanto ni te temblaría la mano. No tiene sentido que destripes a la humana para vengarte de mí, suéltala y te daré la oportunidad de atacarme.
—¡Me dijeron que no debo dudar!
Claro que no tiene sentido, pero ni siquiera lo está considerando. Perdió la chaveta hace tiempo, el brillo de sus ojos se me antoja hasta febril.
—¿Quién te dijo eso?
Pestañea, parece que no lo recuerda o que teme recordarlo. Insisto, tratando de calmarme un poco:
—Háblame de lo que he hecho, venga.
—Te sigo el rastro desde Kuzhén. Ya ves que he tenido mucho tiempo para conocerte, Lazor Rojamuerte.
—Sigue.
—Tú y los tuyos, en Thrad. Era de noche, secuestrasteis a los niños y a las mujeres y os llevasteis a Morgana.
—No recuerdo eso.
—¡Mentiroso hijo de puta! ¡Lo llenasteis de estacas! ¡Hicisteis lo mismo que en Palerma!
—¡Te digo que no lo recuerdo! ¡Hace meses que no recuerdo una mierda de lo que me pasa, así que baja esos humos!
El enojo me ha hecho dar un par de pasos y veo cómo un hilillo de sangre repta hasta la clavícula de Rona.
—Te encerraron en Vhyterin hace dos lunas y no pude tocarte, pero cuando me enteré de que escapaste…
—De eso sí que me acuerdo.
—¡Una puta suerte! —Corta a Rona en la mejilla, que empieza a balbucear el nombre de su diosa— ¿Recuerdas por qué te encerraron?
—Por racistas.
Corta su otra mejilla y tengo que contenerme para no avanzar. He soltado tal rugido que seguro me han oído hasta en Mirwood.
—¿Qué pasa, te importa? ¿Cómo la estás usando, eh?
¿Y qué harás con ella cuando no la necesites?
¿Lo sabe, se lo has dicho? —Rona gime mi nombre y mueve los labios en una súplica, con el acero del desconocido cerca del ojo—.
¿Os ha dicho que os odia? ¿Os ha dicho lo que hace con nosotros?
¿No? Pues escucha —sus ojos inyectados en sangre me arponean, no he visto tanto odio en la vida—: Te encerraron porque tú y los tuyos os dedicasteis a masacrar cinco poblaciones de Kuzhén, entre las que estaba la mía.
—Te diré lo mismo que le dije al Sumo Inquisidor: no fui yo. No puedo decir lo mismo de mis compañeros y te gustará saber que ando tras su pista, para devolverles el favor.
—¿Que no fuiste tú? ¡¿Y cómo es que sé tu nombre, desgraciado?!
—¿Quién te puso en mi pista? Te han ayudado, ¿verdad?
—No… No lo sé…
Solo puedo pensar en una persona que juega así con la mente, hasta el punto de que no recuerdas ni tu nombre.
El enojo se mezcla con el pánico y me impide pensar con claridad.
No tengo ni idea de por qué lo ha azuzado en mi contra, puede que simplemente se aburra.
Le gusta jugar con la desesperación, se alimenta de ella.
—Lessen… —Apenas oigo la vocecilla de Rona— No dejes que me mate.
—¡Si no lo hago yo, lo hará él! —Me señala con el acero, que luego vuelve a su mejilla.
—No me conoces, pero no soy tu enemiga.
—¡¿Crees que siempre he sido así?! ¡Soy lo que soy por él! ¡En esto nos convierten!
Los trémulos dedos de Rona se deslizan por la manga del brazo con el que la aprisiona, en una tierna y muda súplica.
—Que Iwa sea contigo, viajero, y que halles la piedad en su abrazo.
Tres latidos y uno más para empujarlo antes de que le corte otra cosa a Rona. Venga, Lazor, puedes hacerlo.
Espera… ¿Dónde está Mircea?
Los nervios me han hecho perderla de vista y me doy cuenta de lo que está pasando cuando Rona suelta un chillido helador y el hombre se tambalea, con la Caminante encaramada a su espalda.
Le ha clavado su daga en la mejilla, pero no lo ha hecho bien y el tipo se está defendiendo.
Me abalanzo sobre ellos, tiro de Mircea para mandarla hasta el otro lado del claro y mi garra se clava en el pecho del desconocido con un sonido hueco y blando, arrancándole un buen trozo de carne.
Cierro la otra en torno a su cuello y lo estampo contra un tronco, al tiempo que echo el codo derecho hacia atrás.
Le astillo el esternón, antes de cerrar la mano en torno a su frenético corazón.
Lo sostengo un instante y siento el familiar borboteo en las sienes.
El velo rojo empieza a caer, pero el chillido de Mircea me devuelve al momento.
Lo aplasto al tiempo que suelto un rugido y el hombre se desploma y cae hacia delante cuando me echo a un lado, con la mano llena de pulpa.
—¡RONA!
Me giro con un resuello entrecortado al distinguir el brillo de la sangre en su cuello. Aparto a la Caminante de un empujón, mi rodilla golpea su sien y por poco la dejo inconsciente, pero no hay tiempo para preocuparse por eso. Me echo sobre Rona y trato de cubrir el corte con la mano.
Pero le quedan veinte latidos de vida.
No creo que lo que tengo en mente funcione, la sangre maldita solo es eficaz con los malditos, pero formulo una oración para su diosa mientras me abro la muñeca con los dientes y la pego a su boca.
—¡Bebe!
Abre los ojos y sus labios apenas pueden cerrarse en mi herida, pero empieza a succionar.
Aparto el brazo y me vuelvo a abrir la muñeca, porque cicatrizo rápido.
Sigue succionando, pero se vacía en regueros que resbalan entre mis dedos y sus ojos empiezan a perder brillo.
Susurro que toda va a ir bien, que no puedo perderla, que Iwa tampoco puede perderla, que es la flor más bonita del bosque.
Oniros, dime que es cosa tuya. Dime que voy a encontrarla sana y salva al despertar. Dime que sus ojos no se están despidiendo de mí.
Su mano me acaricia la mejilla y se desploma a un lado.
Los párpados le pesan y su aliento se vuelve cada vez más leve.
La esperanza mata más rápido que el acero.
—Rona… Rona…
Me abro la muñeca otra vez, pero ya ni siquiera respira.
Me echo hacia atrás, huyo de ella porque no quiero creerlo. Es cosa del Dios Muerto, si no lo creo no es real.
Mircea se ha recuperado del golpe y suelta un grito desgarrador. Se abraza a ella, gimotea contra su frente, susurra su nombre, suplica a unos dioses en los que no cree.
Oniros, si es cosa tuya he tenido suficiente.
Pero que sea cosa tuya, te lo suplico.
Mircea no se ha movido de su lado, como si esperase que en algún momento vaya a despertar.
La aurora se cuela en el claro y decora el cuerpo de Rona con destellos dorados y rojizos, como si su diosa la estuviese acompañando por última vez.
El rumor del arroyo sofoca sus quejidos mientras se balancea, con la mano de su amada en los labios.
No deja de musitar su nombre y a veces lo grita, cuando la certeza la apuñala.
Conozco ese dolor y por eso no me acerco, porque es solitario, desgarrador, cruel y tiene que sentirlo de ese modo.
Si me acerco le estaré robando algo que solo le pertenece a ella. Y ya le he robado mucho.