Lobo solitario #2
Sus leves jadeos marcan el momento en que salto por encima de las rocas y caigo con las garras crispadas a los lados, en posición de ataque.
Una pupila redonda y otra alargada se retan, se estudian, se enfrentan.
Sabe que soy mucho más grande y que solo tendrá una oportunidad, por lo que empieza a describir círculos, buscando mi punto más vulnerable.
Lo miro de soslayo durante unos latidos, dejando que se confíe, que me huela, que decida si merezco la pena.
Me ha seguido el tiempo suficiente como para saber que esto es todo lo cansado que estaré, que mi resistencia no ha flaqueado lo suficiente.
Choco las garras entre sí para indicarle que estoy preparado.
Aplana las orejas y me enseña los dientes.
La tierra se levanta bajo sus patas cuando pasa corriendo por mi lado, dos veces, tres. Dejo que me alcance a la tercera, porque quiero que la sangre lo envalentone. Gira y se detiene a pocos pasos, viendo que me pongo a su altura y apoyo una garra entre nosotros. «Vamos», dicen mis ojos.
Se tira a mi garganta y le clavo las garras en el cuello, sin lograr atraparlo. Retrocede con un leve gimoteo y vuelve a enseñarme los dientes, con menos convicción que antes. Su cola está más baja y la sangre cae en regueros por su pelaje gris.
—Tienes hambre, pero yo también —musito—. Lo siento, pero así deben ser las cosas.
Sus latidos se me antojan tan parecidos a los míos que me arranca una sonrisa. Me sentí como él hace unos días, vagando sin rumbo en busca de algo que sé que va a matarme. ¿Qué le pasó a tu manada? ¿Te descartaron o los descartaste? ¿Dejaste de serles útil? ¿Y qué te queda después de eso?
Se lanza contra mí, caigo de espaldas y detengo sus dentelladas con las garras, clavándolas a cada lado de su cuello.
Se revuelve y desgarro su carne con los dientes, llenándome de una esencia con notas de barro y heno.
Lo abrazo con las piernas y rodamos con el crujido seco que acompaña a su cuello.
Los cautos pasos de mis amigas se acercan mientras meto las garras en su estómago y empleo la fuerza que me queda en vaciarlo y partirle la caja torácica.
Sé lo que quiero y no tengo tiempo para ceremonias.
Le arranco el corazón y me lo llevo a la boca, para deleitarme con la dura textura de su carne y la sangre que me llena los carrillos a rebosar.
No he tenido muchas oportunidades de cazar lobos y pienso disfrutarlo el tiempo que haga falta.
—¿Y bien?
No quiero ni contestar, suelto un gemido extasiado y sigo a lo mío.
—Pues supongo que ha ido bien. He dicho… —Carraspea— ¡Mircea!
—¿Eh?
—Estoy hablando contigo, ya que Gruñidos no me escucha.
—Sí, sí.
—Poco más y se te cae la baba.
—Jamás he visto nada igual —dice Mircea.
Me detengo, porque estoy empezando a sentirme como una atracción de circo. Me vuelvo hacia ellas con el labio arrugado y veo que Mircea se muerde el suyo.
—Sí, está bien. Dejadme solo.
Espero a que se alejen y me lanzo sobre las entrañas, pienso comer hasta que la idea de volver a hacerlo me provoque nauseas.
Mis sentidos aletargados despiertan después de días sin probar bocado.
Sigo su olfato cuando termino, cubierto de sangre como si me hubiese metido en una barrica de vino.
Oigo sus voces en el viento a pesar de que no están cerca, huelo el aceite que Rona se unta en las manos y el bálsamo que Mircea usa para sus labios castigados; al halcón que sobrevuela el bosque y al oso que sale de su cueva para echar una meada.
Cargo la piel del lobo en el hombro, un tétrico recordatorio de lo que podría haber sido de mí si no las hubiese encontrado.
Soy un tipo de costumbres, si puedo llevar conmigo algo que consiga torturarme en una mínima parte, no desaprovecho la ocasión.
Es posible que Rona tenga algún consejo acerca de cómo preparar la piel para convertirla en una capa o algo parecido.
El cabrón era grande, hasta en eso nos parecíamos.
—¡Por fin! —exclama Rona cuando entro en el claro— ¡Nos aburríamos sin ti!
—Mira que eres mentirosa. —Mircea enarbola una ceja—. No te ofendas, Gruñidos, pero nos lo hemos pasado de muerte.
—Tampoco hacía falta contárselo.
—Ya veo que hemos salido ganando todos. —Me siento, esbozando una sonrisa de satisfacción plena—. Madre mía, tengo ganas hasta de aullar.
—¿Pero quién eres y que has hecho con Gruñidos? —Rona se acerca con movimientos cómicos, agitando un dedo—. ¿Dónde están tus gruñidos, Gruñidos?
—¿Quieres gruñidos? —Le dedico una mirada traviesa.
Pone los brazos en jarras y se mueve de lado a lado.
—¿Serías siquiera capaz de gruñir?
Me lanzo a atraparla y rodamos juntos, mientras gruño y ronroneo en su cuello.
Nos llenamos de hojitas y el claro me devuelve su risa, mientras Mircea nos sigue de cerca y se burla.
Me quedo tumbado con los brazos y las piernas extendidos y sigo riendo, pareciese que los árboles ríen conmigo.
El puto Dios Muerto me ha dejado en paz y vuelvo a ser el acantilado que contiene al oleaje.
—Tienes que cazar todos los días, Gruñidos, ese era tu problema. ¿Ves qué fácil?
—Ojalá fuese tan fácil como eso, pero lo tendré en cuenta.
—Aunque me ha dado un poco de pena el lobo.
—Que no te la dé, murió haciendo lo que quería y eligió su momento. No hay nada de triste en eso.
—Pero eras ese lobo hace unos días —dice Rona—. Imagina que te hubiésemos dejado hacer lo que querías.
La miro con los ojos muy abiertos, porque se me ha cortado la risa de golpe. Rona se alza sobre las manos y me dedica una mirada inquieta, quizás pensando que me he enojado con ella. Se relaja cuando vuelvo a sonreír y asiento.
—Tienes una habilidad increíble para ver a los demás, Rona. No creo en ningún dios, pero si empezase a hacerlo, sería por lo que haces conmigo.
La euforia me está soltando la lengua, pero me importa un carajo.
—¿Qué hago contigo?
—No haces nada, simplemente… eres.
Mircea se sienta con nosotros y nos mira con ojos risueños, deleitada por las no tan sutiles confesiones que le hago. Me echo hacia delante y la miro también.
—Y tú te pareces a mí cuando era una persona y no un demonio. Te admiro y te envidio, porque jamás podré volver a eso. Eres la persona más fuerte que conozco.
Pestañea y veo que empieza a respirar más deprisa, a medida que se tiñen sus mejillas y orejas. Baja la cabeza y se pasa una mano por la nuca, después asiente. Me vuelvo a tumbar y rompo en profundas risotadas.
—¿Se puede uno emborrachar con sangre? —susurra a Rona, mirándola de soslayo.
—No lo sé, pero es adorable.
—¿Lo dejamos aquí y hacemos la cena?
—Sí, dejemos que se revuelque un poco más.
Cierro los ojos y me echo un sueñecito, en el que vuelvo a cazar al lobo y me doy cuenta de que me estoy cazando a mí mismo.
Me tumbo de lado cuando despierto y me quedo mirándolas mientras bromean y discuten por tonterías.
Gateo hasta donde están y sigo mirándolas.
No puedo dejar de hacerlo, hay tanto que quiero decir y tanto a lo que temo desde que estoy con ellas.
Lo mío es un tipo especial de cobardía, por lo que no digo nada y sigo contemplándolas hasta que me pesan los párpados y me rindo al sueño, arrullado por el sonido de sus voces.