Rojamuerte Lobo solitario
17%

Lobo solitario

LOBO SOLITARIO

«Una vez lo tienes, piensas que será eterno. Una vez lo pierdes, te preguntas cómo viviste sin ello».

La pradera roja me acaricia con sus espigas mientras avanzo y dejo una estela más oscura a mi paso.

Estoy siguiendo las de mis hijos, pero no lo saben.

Se han escondido en esta marea roja que se mece con el viento que se lleva todas las nubes a los picos de Sombrás y nos deja un cálido crepúsculo en el que jugar.

«Vuelve».

La franja oscura se mezcla con el azul del día que ya nos deja, la luna saluda al sol con impaciencia.

Tiene un tono rojizo. No puedo volver, seas quien seas, estoy jugando con mis hijos y luego iremos a cenar, porque su madre y mi madre nos esperan junto a la Gran Hoguera.

Es nuestro momento favorito del día, no puedes interrumpirnos.

«Vuelve».

Me giro hacia donde ya casi es de noche, las estrellas irrumpen como diamantes sobre ella. Se pasa una mano por el vientre abultado y alza la otra; no puedo verle la cara, pero creo que sonríe. Le digo que ya vamos, que los estoy buscando.

—Lessen.

¿Por qué me llamas así? Boba, ese es mi hermano, que a estas alturas ya debe estar esperándonos. Suelto otra risita, pero me sobresalto cuando la tormenta que devora al atardecer me saluda con sus truenos y el prado me devuelve un oleaje furioso. Tengo que encontrarlos.

—Despierta, Lessen.

Abro los ojos y tardo unos instantes en recordar dónde estoy.

Ya no siento la aspereza de las espigas en la palma de la mano, sino las sábanas del lecho en el que estoy tumbado.

Los leños crepitan a unos cinco pasos y el corazón de mis amigas a cada lado de mi cuerpo.

Rona duerme a mi espalda y me rodea con un brazo, mientras que Mircea me mira con ojos soñolientos.

—¿Cómo te encuentras?

—Estoy… vivo.

—Sí, contra todo pronóstico. Cuando te encontramos parecías un cadáver.

Contengo el aliento al recordar que se hirieron con mi daga y mis pupilas se detienen en el vendaje que posa cerca de mi cara.

Están vivas, puede que solo me lo imaginase.

Mircea advierte que he tensado la línea de la boca y vuelve a preguntar si estoy bien, fijándose también en la mano que cierro en su brazo.

—¿Usasteis mi daga?

—No. —Su aliento acaricia mis labios y me eriza el vello de la nuca—. Estábamos tan nerviosas que no la encontramos y tuvimos que reabrirnos las heridas con un trozo de cristal, te dimos también la última gota de antídoto de La Torre. No había tiempo, casi te nos vas. ¿Qué pasó, Lessen?

—El Dios Muerto…

Quiero continuar, pero me estoy perdiendo en la oscura calma de su iris y en sus pestañas, tan largas que le rozan los pómulos de cuando en cuando.

—¿Sí?

—Me odia.

—¿Por qué?

—Porque mi sangre está maldita.

—No me lo creo.

No contaba con que te lo fueses a creer, pero me ha gustado decirlo en voz alta. La primera confesión que hago en cinco años y ni siquiera estoy temblando. Esbozo una sonrisa ladeada y pasa un dedo por mi labio, para sostener mi comisura.

—Quiero que dure.

—¿El qué?

—Esto.

—«Ohh, miradme». —Imito sus burlas de hace unos días.

—«Mi sangre está maldita, ohh». —Imposta mi tono de voz y me provoca una risotada—. «Un dios me odia, uhh».

Rozo el dorso de su mano con las garras y mete los dedos entre ellas, para unir su palma a la mía. Es lo más íntimo que me atrevo a compartir con ella sin empezar a pensar como no debería. Pero las ondas tiznadas que perfilan su rostro…

—Ojalá se quedase en una broma, Mircea, no hay nada que desee más… Pero ya has visto lo peligroso que es viajar conmigo. Si no muero hoy, moriré mañana. Y puede que lo hagas tú también… o Rona.

—Pues creo que hay algo en alguna parte que no está de acuerdo, Lessen. Desde que te conocemos ya van dos veces que te salvamos la vida.

—Se supone que tú tampoco crees en nada.

—Sí que creo, a mi manera. Es muy solitario eso de no creer en nada.

—¿Y en qué crees tú?

—En ella.

Rona suelta un profundo ronquido en mi nuca y me echo a reír, por poco la despierto.

Mircea se apoya en un codo y la observa por encima de mi hombro, como quien contempla un bello e inesperado paisaje.

Una vez más, las envidio y las admiro por lo que tienen, así que me deslizo entre ellas y dejo que la abrace.

Mircea ni se ha dado cuenta de que me he levantado, está entretenida apartándole el pelo de la cara y admirándola como si fuese Iwa Reencarnada.

El sueño no me ha abandonado del todo y me veo haciendo lo mismo con mi hijo Thalon, porque solía tener unas pesadillas horrorosas y solo se dormía si le contaba un cuento y me quedaba tumbado a su lado.

A menudo fantaseaba con lo que sería de mayor, si seguiría mis pasos y los de mi padre.

«La gente siempre nos necesitará, Lazor.

Somos la esperanza de los más necesitados, porque en los mundos que inventamos para ellos lo tienen todo», solía decir.

Todavía recuerdo su voz, tan profunda y rasgada como la mía, aunque no la de Rossana ni la de mis hijos; es curioso lo que el tiempo descarta y lo que deja.

Abandonamos Mirwood al mediodía porque me entretengo dándole un abrupto y contundente agradecimiento al cabrón que me acogió por tres cobres y abusó de la desesperación de mis amigas.

Sus ojos desorbitados me observan desde el rincón en el que lo dejo desmadejado como a un títere, mientras me ajusto las solapas del abrigo.

—¿Tienes unos pantalones que le puedan servir a mi amiga?

—¿Eh?

—Que si tienes… —Me acerco dando pisotones y suelto una risita ronca al ver que está a punto de mearse encima—. ¡Unos pantalones!

—S-sí.

—Te doy quince latidos, si no estás aquí para entonces me haré un monedero con tus huevos.

Rona se ha cruzado de brazos y frunce los labios en una mueca que se me antoja hasta infantil; no le hace ninguna gracia que me lo haya tomado de este modo.

Extiende una mano cuando el hombre regresa resollando y le entrega unos pantalones que le quedarán enormes.

Mircea sonríe de oreja a oreja y le guiña un ojo cuando salimos por la puerta, que por poco arranco de los goznes.

No me quedarán muchas fuerzas, pero siempre sé de donde sacarlas con los malnacidos.

Emprendemos la marcha por la calle de la posada, con Rona mascullando improperios y santiguándose. No me molesta lo que piense, porque un dios que vea esto con malos ojos no me interesa. Bueno… Es posible que me moleste un poco, por lo que camino más despacio y dejo que me alcance.

—Tenemos que establecer unas normas básicas de comportamiento.

—Mhm.

—Aunque no apruebe lo que hizo, todo se puede arreglar hablando.

—¿Y si no lo quiero arreglar, Rona?

—Pues… ¡Es que así no se hacen las cosas! La violencia solo conduce a más violencia.

—Nos ha devuelto el dinero.

—Y también ha soltado media dentadura —me reprende.

—He sido suave con él, te lo aseguro. En otros tiempos me habría llevado tres dedos.

—Vaya si ha sido suave —se mofa Mircea.

—¡Lessen!

Me detengo por mera cordialidad, porque me está cortando el paso como si no pudiese seguir andando con ella delante.

—No más violencia, salvo cuando sea estrictamente necesaria — sentencia Rona—. Las Sagradas Palabras no aprueban esto.

—No te voy a buscar un problema con tu Altísima por poner del revés a un desgraciado.

—Eso no es lo que me importa, la honro porque estoy de acuerdo con ella. De no ser por él estarías muerto.

Me cruzo de brazos también y la miro con la barbilla erguida, reprimiendo una risita. Me recuerda a una ardilla enfadada; es posible que tenga el mismo tamaño y todo.

—No voy a volver para pedirle disculpas, si es lo que estás pensando.

—Deberías, pero no te lo voy a pedir. Lo que quiero es que me prometas que te controlarás.

Suelto el aire por la nariz y me rasco una ceja. Me tomo mi tiempo, porque cada vez se pone más roja y si sigue así le van a acabar saliendo bigotes.

—No puedo prometerlo, pero lo intentaré.

Se hace a un lado y Mircea la rodea con un brazo, para susurrar algo que la anima a reír.

El día transcurre en calma y siento la sombra del Dios Muerto menos pesada, a medida que nos acercamos a una senda que nos conducirá fuera del bosque.

Comento que ya puedo cazar y se aseguran al menos diez veces de que estoy diciendo la verdad, tanto que me enternecen y digo que pueden quedarse cerca mientras lo hago, por si saliese mal.

No lo saben, pero les estoy ofreciendo acceso a una parte muy vulnerable de mi intimidad, porque la caza es sagrada para los drazir.

Las tradiciones de mi pueblo me abandonaron hace largo tiempo, pero todavía les tengo cariño.

Nos detenemos cerca de un cúmulo de rocas en las que podré ocultarme de un lobo solitario al que he percibido hace un rato.

Nos lleva siguiendo desde Mirwood, e intuyo que es porque se ha quedado sin ovejas que robar.

No he dicho nada a mis amigas, porque pretendo sorprenderlas.

Hace mucho que no me luzco y lo hago por pura vanidad, porque también me encantan los retos.

Le entrego mi hacha a Mircea y ésta le pasa su daga a Rona, por si las cosas saliesen mal.

Sigo contando con destreza para burlar sus dentelladas, pero los lobos son rivales temibles.

Me quito el abrigo y las botas mientras permanecemos agachados, sintiendo los latidos del lobo como si fuesen los míos.

Ha perdido la paciencia y ahora sigue nuestro rastro con ansia.

Debe tener mucha hambre. El cúmulo de helechos se agita a unos catorce latidos y un par de ramas chocan entre sí. Cuatro latidos más y empezará lo bueno.