Rojamuerte Oniros #4
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Oniros #4

Raspo el empedrado cuando me encorvo y corro a cuatro patas, con el viento enfriando el sudor que me repta por la espalda.

Traqueteo por el puente y el polvo del camino se levanta a mi paso, mientras la adrenalina bombea mis aletargados músculos y las ramas me arañan y sisean.

Soy uno con el bosque, con la dulce esencia que impregna mis fosas nasales y susurra mi nombre.

Derrapo cuando la senda se divide y me alzo un momento, olisqueando, los ojos cerrados.

Sí, ahí está. Clavo las garras en tierra y me impulso hacia la espesura, salvando obstáculos y guiándome tan solo por el olfato.

Me apoyo en un árbol y luego en otro, saltando en zigzag y evitando la cornamenta de un ciervo de lomo plateado.

«Lazor»

Hinco los colmillos en su cuello y él trata de tirarme, pero le he clavado las garras. Lo domino entre resuellos entrecortados, pausando su latido y acelerando el mío. Sabe a flores y a rocío, a resina y a… algo pastoso que no logro identificar. Me arde en la lengua.

No, detente. Algo no va bien, Lazor.

Pero no puedo parar, sigo desgarrándolo como si masticara un bloque de mantequilla. Se sacude debajo de mí una última vez y me encorvo para abrirle el estómago, estoy tan ansioso por zambullirme en su esencia que meto la cabeza para sacarle las tripas con la boca.

Entonces un aguijonazo, que se salta un latido.

Me doblo hacia delante, con la mano crispada en el pecho.

Otro aguijonazo, más intenso que el anterior.

Se me corta la respiración y apoyo la cabeza en el follaje húmedo, sintiendo la corrosión en la garganta.

No puedo tragar y tampoco respirar. Me araño las escamas del cuello, tengo una bola de cañón en la tráquea.

Mi respiración se convierte en un siseo débil cuando me levanto y me tambaleo hacia donde debe estar la senda.

«Lazor»

Voy a morir en Villa Su Puta Madre porque le tengo más miedo a la esperanza que a cazar en la morada del mismísimo Dios Muerto. Me arrastro hasta la senda y gateo como puedo, con un torrente negro saliéndome de entre los dientes. No es vómito, es sangre.

Alzándome un poco, empleo mis últimas fuerzas en correr por la senda, dando más tumbos que un borracho. Me estoy acercando al puente, si logro avanzar un poco más quizá me encuentren a tiempo.

Me apoyo en el pozo y por poco caigo por él. De no ser por los pocos reflejos que me quedan ya estaría ahogándome. El empedrado se me clava entre los omoplatos. Me zumban los oídos, todo se funde en negro, ya apenas respiro. Levanto una mano y alguien la coge y tira.

—¡LESSEN!

No puedo abrir los ojos, pero estoy seguro de que son mis amigas.

Están tratando de arrastrarme hasta la posada.

Creo oír cómo Mircea discute con alguien, le pregunta si tiene ojos en la cara y un poquito de decencia.

La pequeña mano de Rona está en mi frente, pasa un dedo por el mentón y musita que tengo la boca llena de algo negro, que puede que sea veneno.

Mircea la está emprendiendo a gritos. No te van a escuchar, lo que necesito es que alguien se abra una vena y me deje beber.

La sangre viva se come a la sangre muerta, pero no puedo ni mover los labios para decírselo.

El Dios Muerto vuelve a jugar conmigo, nos está poniendo a prueba.

—¡Tenemos que arrastrarlo hasta el bosque! —Es la voz de Mircea.

—¡No podemos ni moverlo!

—Os ayudaremos, niñas —dice una voz desconocida—. Que se quede en mi casa.

—¡Joder, por fin!

—Por tres cobres.

—Sois unos mierdas.

—¡No, espera! —interviene Rona—. ¡Te daremos lo que pidas! Me están arrastrando, pero ya apenas siento el suelo. Estoy tan entumecido que floto, que me mezclo con la bruma. Así que esto es la muerte, una eternidad liviana de la que ningún sonido escapa.

—¿Crees que funcionará?

—No lo sé.

—Tiene la piel gris.

—Date prisa.

—No encuentro la daga.

—Usa la suya.

El terror me devuelve al momento, oyendo cómo la desenfundan. No, no la uses. No te acerques a ese filo. Trato de sacudirme y tan solo alcanzo a mover un dedo. ¿Será mi daga? Los secretos las van a matar y no soy capaz de despegar los labios.

Un goteo cálido cae en el puente de mi nariz y suelto un jadeo entrecortado cuando se cuela en la boca.

Una me separa la mandíbula mientras que la otra se echa sobre mí, presionando el brazo contra mis dientes.

Viviré y morirás, así lo ha querido el Dios Muerto.

El gozo que me resbala por la lengua y la garganta queda sofocado por lo que dije hace unos días: las buenas personas llenan las zanjas que los malvados no dejan de cavar.

Abro los ojos y me encuentro con los tuyos, negros como las tormentas del Mar del Invierno.

Susurras que estoy a salvo, susurras que siga bebiendo.

Sacudo la cabeza, con los colmillos en tu herida y los ojos empañados por una angustia que no eres capaz de leer.

Se echa a un lado y le toca a Rona, se me sube encima también.

Suelto un quejido al clavar los dientes en su herida y cierro los ojos.

Oniros vuelve a reclamarme y puede que esta vez no me suelte.