Oniros #3
La congoja empieza a treparme por la garganta y pestañeo, antes de ponerme en pie.
—Será mejor que… —carraspeo y me alejo—. Hay mucho camino por delante.
Empiezo a ver la minúscula aldea cuando la senda bordea una hondonada, llena de chozas bajas que rodean un pozo de piedra.
Un arroyo de buen tamaño pasa por la derecha del conglomerado y lo recibe un perezoso molino.
El humo de las chimeneas impregna el aire y se mezcla con la bruma que opaca la luz de los farolillos distribuidos por el puente cubierto que cruzamos.
La madera cruje a mi paso y las mujeres se mantienen a la zaga.
Qué tranquilo está esto, me digo, y no sé si es buena señal.
Dejamos el puente atrás y entramos en la plaza del pozo, el cubo que cuelga de la polea parece saludarnos con su golpeteo irregular y lo rodeo, encaminándome hasta una calle que recuerdo.
Rona comenta lo bonitos que son los balcones de madera tallada que flanquean nuestra avanzada, con aves y ciervos que ejecutan una eterna e inmóvil danza.
Me doy un momento para contemplarlos, ya que ni siquiera me fijé en ellos la última vez que vine y me parecen sublimes.
Puede que esta gente no tenga nada que ver con los draugr, pero tienen su mismo talento para la belleza.
Sigo andando y distingo el balanceo del cartel de la posada que busco.
Me abrocho el abrigo, me subo las solapas y me ajusto la capucha.
Meto las manos en los bolsillos también, porque no estoy seguro de si debería arrancarme las garras.
Mircea aprieta el paso y se adelanta con Rona, reparo en que sonríe al oír la música que se cuela bajo la puerta de entrada.
—Te has puesto tan serio que esperaba que nos atacasen en cualquier momento. —Me mira cuando me detengo junto a ellas.
—No cantes victoria.
—Me apetece muchísimo una cerveza. —Rona entra primero y la seguimos.
Un tambor y un laúd acompañan a nuestros pasos mientras cruzamos la taberna y nos dirigimos a la barra, donde un tipo con cara de malas pulgas presagia que no va a ser una visita agradable.
Rona no se desanima, le ofrece su mejor sonrisa y pide tres cervezas.
Me giro para contar el número de aldeanos que se ha fijado en mí y mis ojos relampaguean bajo la capucha.
Seis, contando a los músicos. Localizo un rincón sombrío y me planto en él con dos zancadas, porque el lugar no es precisamente amplio.
Sigo vigilando a los clientes que me dedican miradas de soslayo, mientras paso las piernas por encima del banco y me siento.
Rona está charlando con el posadero mientras Mircea le da discretos tirones en la manga, pareciendo que tiene tantas ganas como yo de interactuar.
Siempre se inclina por la discreción, mientras que ir con Rona es como estar atrapado en una procesión de juglares.
No seas tan confiada, no tienes ni idea de lo que les gusta afilar el cuchillo cuando reparan en mis tatuajes.
Se acercan con las cervezas y tengo que contener un suspiro de alivio.
—Nos estaba preguntando por ti.
—Imagino que sí —contesto, sacando una mano del bolsillo para acercarme la jarra a la boca—. ¿Qué le habéis dicho?
—Que no te gusta hacer amigos, pero que eres buena gente.
—Dice que un tipo extraño pasó por la aldea hace un par de días y que tuvieron que echarlo entre varios. Estaba siguiendo a alguien y se puso muy violento cuando le dijeron que no le podían ayudar.
—¿Siguiendo a quién?
—Dice que no está seguro, que el tipo estaba muy nervioso. — Rona da un trago y sonríe de oreja a oreja—. Me está gustando mucho Mirwood, mira por dónde.
—Puede que sea el mismo hombre que anda perdido por el bosque. —Mircea la acompaña y sonríe también—. Han mejorado con la cerveza, la última vez que estuve sabía a pis.
Las escamas del cuello se me erizan, porque el asunto me está dando mala espina y porque el hambre está empeorando. Mircea lo nota, sus pupilas se clavan en ellas y le da un codazo a Rona.
—¿Qué pasa, Gruñidos?
¿Me estaba siguiendo alguien? ¡Imposible!
, me habría dado cuenta. Por otro lado, el mundo no gira en torno a ti, Lazor, hay otros desgraciados que buscan la Sangre Derramada.
No eres el único que ha perdido a alguien con quien desea hablar.
Trata de disfrutar de esta cerveza y mantén la mente en blanco unos instantes, lo necesitas.
Doy un trago y fijo la vista en los músicos, que se han decidido por una canción más animada.
El del tambor deja la plataforma y es sustituido por un violinista.
Reparo en sus mejillas sonrosadas, en la sangre que bombea tras ellas, y me paso la lengua por los labios.
—¿Cómo vas de hambre? —pregunta Mircea.
—Lo mismo quieres averiguar si tienen algo que hayan cazado recientemente, que todavía sangre —dice Rona.
—¿Y si no lo tienen? —Mircea se frota la cabeza, nerviosa.
—Iré a cazar por la noche —digo—, esta zona debería ser segura, pero…
—¿Pero?
—El Dios Muerto me tiene en su lista negra.
—¿Podrías ser más claro por una vez?
—No.
—Bueno, pues voy a preguntar a ver qué tienen.
Se levanta y Rona me dedica una sonrisa a medio camino entre la cordialidad y el apuro, porque no sabe si estoy cabreado o si tengo hambre.
El estómago vacío me disgusta, lo siento tan seco como la boca que me lleno con cerveza, pero le estoy dando vueltas a lo del hombre.
Me quedo mirando la espuma que empieza a menguar.
Pum. Pum. Pum. La vena de su cuello me saluda alegremente.
—¿Hace cuánto que estás solo?
La pregunta me pilla por sorpresa y pestañeo, aunque no la miro. Llevo muchos años sintiéndome solo, aunque no he estado solo salvo por las últimas dos lunas.
—No lo recuerdo.
—Tanto, ¿eh? —Da toquecitos en la mesa, alrededor de su jarra—. ¿Y te está gustando nuestra compañía? Sé que Mircea dice que soy un poco payasa y que no callo ni debajo del agua, pero…
—Me está gustando —la interrumpo, hablando en un murmullo—. Me cuesta un poco hablar de mí, pero es… agradable.
—Ya lo harás, no hay prisa. Tenemos todo el camino por delante, ¿y quién sabe? Lo mismo te ayuda a curarte.
—¿A curarme?
—De aquí, Lessen —estira una mano.
Trago saliva, pero no me aparto. Mi corazón retumba contra las yemas de sus dedos como si la estuviera buscando, como si quisiera escapar de mí para que lo sane.
Nadie puede hacerlo, pero un sentimiento que me aterra más que la ira de Los Oscuros lo envalentona.
Cálmate, corazón, ya no se puede hacer nada por ti.
Suelto un resuello entrecortado y me levanto. Rona encoge la mano y abre la boca para disculparse, pero ya estoy encaminándome hacia la puerta.
—Joder, Rona… ¿Qué has hecho ahora? —dice Mircea, que regresa de la barra.
—Creo que esta vez sí que lo he asustado. ¿Vamos tras él?
—Necesita un poco de espacio, Doña Preguntas.
—¡Pero si no le he preguntado nada!
La luz ocre baña el empedrado de la calle, cuando me detengo. Reprimo las malditas lágrimas y reanudo la marcha hasta la plaza, con la cabeza gacha y los labios retraídos.
«Lazor»
—No me digas que también me vas a torturar aquí —mascullo, yendo hasta el puente—.
Creía que habíamos hecho las paces. Solo quiero cazar, pon algo frente a mí que no sea sagrado ni vayas a echar de menos y te juro que no te lo pediré más.
—Me paso la manga del abrigo por la cara y gruño—.
No sé por qué la has puesto en mi camino, pero no es justo…
¡No es justo! —Respiro más fuerte, la melancolía da paso al enojo—.
Eso ya estaba superado, la esperanza mata más rápido que el acero.
Me detengo al ver que alguien camina en mi dirección, apenas hace ruido.
Debe tratarse de una niña, pero cuál es mi sorpresa cuando doy con unas piernas largas, que parecen hechas de madera y hueso.
Mis pupilas reptan por la criatura despacio; se asemeja a un árbol joven con infinidad de nudos y lianas que acaban en una cabeza con cornamenta y hocico de perro.
No tiene ojos, sino dos llamitas que refulgen en las cavidades del cráneo y que parecen mirarme.
«Lazor»
—Aquí me tienes, remátame de una vez. —Extiende un brazo hacia mi y sus nudos palpitan como bombeados por un corazón del que sé que carece—. ¿Así que hacemos las paces?
Me he inclinado sin darme cuenta y estoy acercando los dientes a sus palpitaciones; cierro la boca, pero no alcanzo a morder nada.
«Lazor»
Lo veo al otro lado del puente, camina a cuatro patas y echa a correr hacia la senda por la que hemos venido.
Pum. Pum. Pum. Me quito las botas y el abrigo sin pensar, porque lo único que me importa es alcanzarlo y beber del dulce néctar que me ha ofrecido.
Me agacho hasta quedar en cuclillas y apoyo una mano en el suelo.
Diez latidos, puede que once.