Rojamuerte Oniros #2
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Oniros #2

Por favor, Oniros, no me tortures esta noche.

Deja que sueñe que todavía lo tengo todo, deja que sueñe con un tiempo en el que no me sentí así de solo.

Deja que sueñe con mis escamas y las suyas, fundiéndose junto a la Gran Hoguera.

Deja que sueñe con mi madre y mi hermano, hasta con mi padre si es tu deseo.

Deja que sueñe con mis hijos y sus caras sonrientes.

Deja que sueñe con todo lo que el tiempo empieza a disipar de mi memoria y llévatelo cuando abandone tu reino, porque no quiero añorarlos.

Por favor, Dios de los Sueños, aunque sea por una puta vez… Devuélvemelo todo.

Nueve colmillos tenía el dragón,

Cinco de oro, cuatro de latón, Y cuatro dedos perdió el ladrón,

En Sombrás y en D’ngor…

El leve toque de palmas chocando entre sí me arranca del sueño más bello que he tenido en dos lunas.

He visto sus escamas refulgiendo a la luz de la tarde, mientras se persiguen por la roja pradera de mis ancestros, y ahora debo dejar que se pierdan en la bruma del claro.

Sus risas se confunden con las de Rona y Mircea, que chocan las palmas entre sí mientras recitan una cancioncilla que no esperaba oír fuera del Antiguo Reino.

—Cualquiera que nos vea nos tomará por chiquillas —ríe Mircea.

—¡Pero es divertido!

—Tienes una fastuosa habilidad para que hagamos siempre lo que digas.

—¡Venga ya! —resopla Rona—. ¿Hace cuánto que no disfrutas de algo tan simple como cantar y chocar palmas?

—¡Por lo menos veinte años, esa es la cuestión!

—Siempre tan comedida. —Rona se levanta y ejecuta una postura teatral—. Soy Mircea Piensa Mucho, nada de lo que hago es disparatado.

—Creo que seguimos vivas por eso. —Mircea arquea las cejas al ver que le hace una sentida reverencia—. Qué payasita eres.

—Te gusta esta payasita. —Rona se arroja en sus brazos y cae en la cuenta de que las miro—. ¡Gruñidos!

Saludo mientras me rasco un ojo y la santurrona viene a mi encuentro, levantando un remolino de hojas. Lleva algo envuelto en una estola y me lo ofrece con ojillos brillantes. Suspiro al ver de qué se trata.

—No lo hemos cazado, así que deberías poder comértelo, ¿no? Se ha caído desde ahí arriba —señala al cielo—, hace un rato.

Fuerzo una sonrisa, porque estoy mirando una paloma maltrecha que parece haberse partido el cuello con algo.

Está llena de tierra y más rígida que la mano de un usurero.

Rona sabe que no puedo cazar en esta parte del bosque y se ha ceñido al más estricto sentido del concepto; no tengo corazón para decirle que al Dios Muerto le importa un bledo cómo lo haga, mientras no me coma a ninguna de sus criaturas.

Chasqueo la lengua y la cubro con la estola.

—Es que ahora no tengo hambre, pero…

—Entonces es peor de lo que pensaba, no puedes comer nada de este bosque.

—Hay zonas en las que sí, puede que en los alrededores de Mirwood.

—¿Y te sientes… fuerte? ¿Nuestra sangre te ayuda?

Me miro las manos y las cierro al percibir un tembleque. Su sangre es de lo más delicioso que he probado, pero como sustento deja mucho que desear. No he logrado engañarla y tuerce el gesto, para dirigirse a Mircea:

—Gruñidos no está bien, deberíamos ir a donde pueda cazar.

—¿Y dónde es eso? —La Caminante se acerca—. Lo que está claro también es que debemos conseguirte unos pantalones en condiciones, vas a acabar con una pulmonía.

—Puedo aguantar —intervengo—. Lo que propones supondría desviarnos un par de veces y no quiero que el rastro se enfríe más.

—¿Qué rastro?

Frunzo los labios y me levanto, para empezar a recoger el saco de dormir. Mircea se echa a reír y rodea a su compañera con un brazo, diciendo:

—Y se acabó el cupo de palabras.

—¿Dónde aprendiste esa canción, Rona? —las sorprendo, hablando con el tono más amigable del que soy capaz.

Mira a Mircea y se echa a reír cuando la besa en la mejilla.

—Me la enseñó Piensa Mucho, hace tanto que ni lo recuerdo. Éramos muy pequeñas.

—¿Has estado en el Antiguo Reino, Mircea?

—Mi madre, que era la Caminante más valiente que el mundo haya conocido —contesta, henchida de orgullo—. Amante de hechiceros y azote de duendes, así era ella.

—¿Amante de hechiceros? —Arqueo las cejas, terminando con lo que hago.

—¿No te lo crees? Soy hija de uno.

Silbo y suelto una risita, porque estoy convencido de que me toma el pelo.

—Si fuese así, tendrías los ojos de color violeta.

—¿Y eso por qué?

—Porque todos los hechiceros los tienen.

—¿Y qué sabrás tú de hechiceros, Lessen?

«Más de lo que me gustaría», me contengo en contestar.

—¿Y cómo se llama ese supuesto hechicero que se enamoró de tu madre? —pregunto, en cambio.

—Nadie ha dicho que se enamorasen, se emborracharon y… ¡Pop! Aparecí yo.

—No hay persona a la que se lo cuentes que no reaccione así — dice Rona—, lo mismo vas a tener que inventar otra cosa.

—Pensaba que me creías.

—Y te creo. —Por el tono de su voz, no parece que sea así—. Pero dime, si yo fuese diciendo que soy hija de una arpía y de un sapo, ¿te lo creerías a la primera?

—Pero es que lo eres.

—Tampoco eran santos de mi devoción, pero creo que te has pasado. —Rona me mira—. ¿Qué hay en Sombrás?

—¿No lo sabes?

—Sé lo que sabe todo el mundo, que es la parte más recóndita del Antiguo Reino y que hay que evitarlo porque está lleno de dragones. Es como la historia de Mircea… Puede que sea verdad, pero no conocemos a nadie que lo haya visto.

—No está lleno de dragones, pero hay algunos.

—¿Los has visto?

—No, los drazir no vamos por allí, pero en las noches de tormenta los oímos. Su rugido se confunde con los truenos.

—¿Y no será solo la tormenta?

—Eso depende de lo que quieras creer. Si los temes es mejor que pienses que es la tormenta y nada más.

—Antes me daban miedo, pero ya no.

—¿Y eso por qué?

—Porque tú no me das miedo y te pareces a un dragón.

Esbozo una sonrisa que no ve mientras me alejo para coger agua del arroyo, pero me sigue.

—Cuéntanos una historia de tu hogar, Gruñidos.

—Se me da fatal contar historias. —Empiezo a llenar mi cantimplora y me pasa la suya.

—Si se te dan igual que los cumplidos, seguro que me gusta.

Mircea se apoya en un árbol cercano. Creo que se ha dado cuenta de que Rona logra sacarme más palabras que ella y parece que le divierte mucho.

—Cada comunidad tiene sus propias historias, pero puedo contarte la que todos tenemos en común.

—Me quito las botas para sacudirlas—. Trata del origen de nuestra especie, algo que te ayudará a entender por qué estáis tan equivocados cuando nos llamáis «mestizos».

Somos mestizos, pero no tenemos nada que ver con los humanos.

Rona se sienta cerca de mí y extiende un brazo para que nos acompañe Mircea, que se recoge la capa antes de hacer lo propio. Mi maldición enseña los dientes cuando recuerdo que hacía esto con mis chiquillos hace tan solo cinco años, pero no me acobardo.

—Los drazir somos hijos del dragón Ridegar y de la lamia G’rmera.

—¿Qué es una lamia? —pregunta Rona.

—¿Recuerdas las criaturas que son mujeres y a su vez serpientes? —interviene Mircea—. Te hablé de ellas cuando fuimos al Nuevo Continente, las que están en Pantano de Sal.

—Pero las llamaste de otro modo.

—Las llaman «gorgonas» por allí, la verdad es que tienen muchos nombres. Las que existen matan con la mirada.

—Pero también dijiste que son un mito. —De pronto parece un poco asustada—. ¿En qué quedamos?

—Será lo que quieras creer. —Mircea se encoge de hombros y me mira—. ¿De ahí lo de la sangre? Las lamias beben sangre.

—Supongo que sí. —Me rasco un brazo repetidamente. Estoy empezando a ponerme nervioso—. El caso es que Ridegar y G’rmera se enamoraron cuando lo tenían prohibido.

—¿Por qué?

—Porque Ridegar es un renegado del Abismo, como todos los dragones, y G’rmera era una criatura abisal.

—¿Por qué es un renegado del Abismo?

—Y dale —dice Mircea—. Déjale continuar, anda.

—Se cuenta que Los Oscuros, Regentes del Abismo, crearon a los dragones, en una de las muchas ocasiones en las que trataron de acabar con las criaturas de La Creación.

Los dragones atacaron a los humanos, y se dieron cuenta de que estos eran seres imperfectos a causa de los dioses, y que no tenían más culpa que aquellos que los habían puesto en el mundo, por lo que los dragones se enfrentaron a Los Oscuros y fueron expulsados del Abismo.

Debía ser un castigo, pues no gozarían de su protección, pero al final fue una bendición, porque ganaron su libertad y prosperaron.

—Es una historia muy hermosa.

—Oh, pero eso no es todo… G’rmera fue expulsada, pero enfermó.

Los dragones son las únicas criaturas lo suficientemente fuertes como para sobrevivir fuera del Abismo, algo con lo que Ridegar no contaba.

Los Oscuros, siempre dispuestos a negociar con el alma de los desesperados, visitaron al dragón y le ofrecieron un trato: si volvía al Abismo para servirlos, salvarían su vida.

No podría volver a ver a su amada, pero sobreviviría y sería libre.

—¿Y qué hizo?

Esbozo una mueca melancólica y Rona asiente.

—Y Los Oscuros se los llevaron a ambos, pues también son los Dioses del Engaño, pero el destino de G’mera fue mucho peor que el del dragón…

¿Pues que hay peor que ver cómo torturan a tu amado día tras día?

Oniros, Dios de los Sueños y padre de Los Oscuros, la condenó a verlo cada vez que abandonaba el mundo de la vigilia.

«Esto es lo que ha comprado tu libertad», decía.

La lamia se suicidó, pensando que volvería con su amado al Mundo de las Sombras, pero solo los muertos pueden entrar en los Salones del Olvido.

—No mataron a Ridegar —dice Rona.

—Y nunca lo harán, esa es su condena.

El silencio se hace con el pequeño claro y el sol palidece.

—Los odio —musita Rona.

Suelto un largo suspiro, porque el sentimiento es mutuo. No puedo culpar a los Oscuros por mis desgracias, porque me las busqué solo, pero los odio y me aterran. Oniros me persigue por haberlos abandonado y siento que mi destino es ahora el de G’rmera.