Oniros
ONIROS
No he abierto la boca desde el incidente en La Sangre Derramada, pero las mujeres se encargan de hablar por mí.
Comentan batallitas de cuando eran más jóvenes y sueltan bromas que no entiendo del todo, aunque sirven para calmarme.
Me están dando espacio para que vuelva a salir de mi cueva de autocompasión, saben que lo necesito tanto como Rona necesita a su Iwa.
Camino a la zaga, a muchos metros por detrás, atento a todo lo que se mueve y repta en esta parte del bosque.
Todavía no puedo cazar, pero si logramos avanzar un poco más sin que Rona se canse no tendré que volver a alimentarme de ellas.
Lo cierto es que empiezo a tener mucha hambre, pero me ato en corto y trato de llevar la mente a otros lugares.
Mircea alza una mano y le pide a Rona que no se mueva, después camina hasta detrás de unos arbustos. Necesitará orinar, pienso, pero está frunciendo mucho el ceño.
—Gruñidos, te necesito por aquí.
Me acerco y veo que señala los restos de una pequeña hoguera que todavía humea un poco. Me agacho y recojo unas astillas ennegrecidas, para olerlas. Percibo una nota parecida a la del vino especiado, debe tratarse de un hombre herido.
—¿Qué te parece?
—Que no estamos solos.
—Hasta ahí llego, ¿pero percibes algo más?
—Es un hombre y está en apuros.
—Rona, no te vuelvas a alejar a partir de ahora, no estamos solos. —Mircea extiende una mano para que se acerque.
—Tampoco es que me aleje mucho.
—Te escabulles como un conejo y lo tocas todo, eso se acabó.
—Sigamos. Yo iré delante a partir de ahora —susurro—. Si nos lo cruzamos y tiene ideas cuestionables, se lo pensará.
—¿Conoces el camino?
—Claro que sí. —Echo a andar—. Necesitaré tus conocimientos una vez lleguemos a Mirkel, antes de eso no te preocupes.
—Eres una caja de sorpresas, Lessen.
—Un secreto con patas, mejor dicho. —Rona considera que ya se me ha pasado el disgusto y se coloca a mi lado—. ¿Y por qué viniste al bosque, Gruñidos?
Sacudo la cabeza y me dedica una sonrisa triste, todo lo triste que puede resultar viniendo de ella.
Fuerzo una parecida y miro al frente, porque se me están empezando a humedecer los ojos.
No se me ha pasado, Rona, haz el favor de dejarme en paz o esto será un festival de lágrimas; apenas he podido contenerlas antes.
Mircea tira de ella para dejar que vaya solo, gesto que agradezco y que compensa con creces la inquina que me dedicó. Creo que se siente culpable.
—Imagino que no querrás que paremos en Mirwood.
—Lo rodearemos.
—Rona necesita otro tipo de ropa.
—¿No tienes nada para ella en tu petate?
—Siempre viajo con lo justo y necesario.
—Salvo con cuarenta mil pociones que dudo que uses.
—No pasa nada, chicos —dice Rona—, me contento con esto que llevo.
—No seas bruta, no puedes ir con falda a todas partes.
Suelto un suspiro agudo y asiento, dándoles a entender que pararemos en Mirwood.
Es el único enclave humano dentro del bosque y algunos dicen que sus habitantes tienen más que ver con draugr que con humanos, pero no me lo termino de creer porque son unos cretinos.
Tengo un vago recuerdo de la última vez que estuve por allí, preguntando cómo llegar a la Sangre Derramada; me dieron indicaciones erróneas y estuve dos días buscándolo.
No serán hostiles con ellas, pero yo me estoy preparando para lo peor cuando Mircea señala a un lado y tomamos una senda ascendente, tan estrecha que debemos caminar en fila.
Nos estamos desviando de la ruta que me permitiría cazar de nuevo y estoy salivando.
Las ramas se balancean sobre mí, un cuervo de plumaje rojizo me observa con el pico vuelto hacia un lado. Frunzo el ceño en respuesta y me detengo. Grazna y eriza el cuello.
—¿Qué pasa? —Rona se detiene también, a unos pasos.
Ladeo la cabeza y el cuervo me imita. Sigo atento al brillo de sus plumas, ahora parecen más oscuras.
Me agacho despacio para coger una piedra y Rona le hace un gesto a Mircea para que se acerque, pero no lo hace; parece tan inquieta como yo, puede que no le gusten los cuervos.
Créeme, este te gustaría menos, si se trata del bicho diabólico que tengo en mente. Y ya no hablemos de su amo.
—¡No! —exclama Mircea.
Lanzo la piedra y echa a volar, junto a mis sospechas. Era otro efecto de luz, Lazor.
—No le gustan los cuervos. —Rona no sabe cómo interpretar lo que ha ocurrido y dedica una sonrisa socarrona a Mircea—. Una cosa más que sabemos de Lessen, ¿qué te parece?
Su compañera sonríe también, percibo más nerviosismo que alivio.
—Son unos bichos asquerosos, pero no les tiraría piedras. Recuerdan tu cara, ¿sabes? Y llaman a los demás para atacar cuando menos te lo esperas.
—Gracias por el consejo —mascullo, mis ojos todavía fijos en las ramas—. Lo tendré en cuenta.
Hacemos un alto junto a otro arroyo y deciden que acamparemos. Los sudores han vuelto y mis miradas esquivas se lo confirman, por lo que Rona saca el cuenco de madera del petate y pone la daga de Mircea al fuego.
—Puedo aguantar un poco más. —Muevo los pies de delante hacia atrás, sentado junto a la hoguera.
—Hay un tipo herido en alguna parte del bosque, te necesitamos fuerte —replica Mircea, girando el filo sobre las llamas—. ¿Quién se corta primero? ¿Me toca a mí?
—Mira que no lo hagas como ayer, menuda escabechina.
—Miri qui ni li higuis quimi ayir —Mircea le saca la lengua.
—Sabionda.
—Santurrona.
—¡Eh, eso es cosa de Gruñidos! —protesta Rona, en broma.
—Yo te llamaba así mucho antes, solo que no te lo decía a la cara.
—Traidora.
—Ten, córtame tú.
Oigo cómo Mircea aspira entre los dientes y el aroma de su sangre hace que gire la cara, como si una mano invisible me estuviese sujetando el mentón.
Mis pupilas se dilatan mientras gateo hasta dónde están, con el brío de un animal hambriento.
Me lamo las encías de la mandíbula superior y Mircea extiende el antebrazo frente a mi cara.
Me echo hacia atrás con una mueca atónita, no tiene ni idea de lo que me está ofreciendo.
Las cadenas que contienen a Rojamuerte chirrían y le pego un codazo en la cara para que vuelva a su parcela.
—Venga, así no tendremos que lavar el cuenco.
—No sabes lo peligroso que es esto —advierto—, no es un juego.
—Estoy sangrando mientras parloteamos, haz el favor de dejar de titubear.
Mis ojos pasan de la Caminante a Rona, que asiente como diciendo: «mira que eres exagerado». Suelto un gemido de puro anhelo y rabia, porque me estoy acercando a su brazo a pesar de que no quiero.
—Te voy a hacer daño.
—Solo tienes que sorber.
—Si lo hago así te acabaré mordiendo.
—Pues piensa en mí como si no fuese un bistec.
Me inclino y abro la boca, atrapando el hilillo de sangre. No me contento con eso y paso la lengua por la herida, notando que se estremece. Joder, qué rica está. Otro lametón y me aparto, lo juro. Y otro. Y otro.
Cierro la boca en su brazo y empiezo a sorber, pero retraigo los labios y mis dientes la arañan, sumido como estoy en un torbellino rojo y violeta.
Siento su mano en mi nuca, creo que me está acariciando y tengo que hacer lo imposible por no seguir.
Mi ronroneo le saca una risita cuando me aparto con el corazón desbocado y el brazo de Rona viene a mi encuentro; lo sujeto con toda la delicadeza de la que soy capaz y cierro los ojos, respirando cada vez con más fuerza.
Noto su peso sobre mí cuando me echo hacia atrás, lamiendo y succionando.
Se me escapa un gemido ahogado y posa los labios en mi frente, no sé si lo ha hecho a propósito.
La rodeo con los brazos y la aprieto contra mí, con la vergonzosa certeza de que nota lo excitado que estoy.
No, Lazor, no conviertas esto en otra cosa.
Quietas las putas manos. Te estás alimentando y nada más.
Echo la cabeza hacia atrás y respiro con la boca abierta, mirándola a los ojos. Por un momento veo a la mismísima Iwa, echada sobre mí.
—¿Ya está? Estoy un poco mareada.
Se levanta y va junto a Mircea para que le cure el corte y yo me quedo tendido como si acabase de echar un polvo.
En cierto modo lo he hecho, no saben que es una práctica habitual entre parejas drazir.
Lo que temía era precisamente esto, el deseo es una bofetada que me cuesta encajar.
Las miro mientras intercambian alguna que otra palabra y se cuidan mutuamente. Quiero eso. Te echo de menos, Rossana.
Gateo hasta mi petate y extiendo el saco de dormir cerca de donde están. Me tumbo dándoles la espalda, porque me están entrando muchas ganas de llorar. Joder, vaya día. Una de ellas se acerca y deposita un fugaz beso en mi coronilla, intuyo que ha sido Rona.
—Buenas noches, Gruñidos.
—Buenas noches —contesto en un hilo de voz.
—¿Estás bien?
—Mhm —gimo.
—No sé qué te pasó, pero ahora somos hermanos y me lo puedes contar cuando estés preparado.
Vaya hermanos, pienso.
—Mhm —sorbo por la nariz.
—Déjalo en paz, Rona, ¿no ves que quiere estar solo?
—Eso no es verdad, está harto de estar solo. Me ha abrazado tan fuerte que casi me parte en dos.
—Mhm.
—Oye, Gruñidos.
—¿Hmm?
—Doy gracias a Iwa por haberte conocido, empecé a incluirte en mis oraciones anoche. ¿Quieres que le pida que deje de doler, lo que sea que te duele?
—Por favor —suelto un sollozo mutilado, porque me he tapado la boca.
—No te preocupes, que yo se lo pido. Verás cómo empiezas a creer en algo.
—Gracias.
El sonido de sus voces me devuelve la calma poco a poco, hasta que me pesan los párpados.