Rojamuerte La nieve en la sangre derramada #2
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La nieve en la sangre derramada #2

No es raro que Rona desconozca lo que realmente eran, los humanos y mi propia especie se encargaron de ello. Que Mircea lo sepa demuestra que la sabiduría de su gremio se antepone a la estupidez de sus congéneres.

—Me estoy arrepintiendo mucho, sea o no una leyenda. —El labio inferior de Rona tiembla y deja las flores que ha cogido, clavándolas como puede en la hierba plateada—. Dame la tuya, Gruñidos.

No es una leyenda, pero no se lo digo para no hacerle sentir peor.

Los míos tuvieron mucho que ver con la violación de las mujeres feéricas y el exterminio de sus hijos.

Me pregunto si seguiría apreciándome tras averiguar eso.

Yo ni siquiera era un pensamiento cuando ocurrió, pero mis bisabuelos estaban vivos por entonces; no eran guerreros, pero apoyaron la masacre de los draugr.

Me acerco y le entrego la flor, viendo que se le escapa una lágrima.

—Que la gracia de Iwa sea con vosotros, pequeños. Ruego perdonéis mi ignorancia.

Suelto un suspiro larguísimo y ella me mira. La lágrima le brilla en el mentón, antes de precipitarse por una de las flores.

—¿A ti también te da pena, Gruñidos?

Buena pregunta. Ni siquiera pensé en ello la primera vez que vine, obsesionado como estaba en encontrar a mi Rossana, pero se me está formando una bola de angustia en la garganta y creo que es por culpa tuya.

No tengo nada que ver con lo que ocurrió aquí, pero el Dios Muerto tiene motivos para odiarme y torturarme por siquiera atreverme a venir.

Mi mera presencia es un sacrilegio y mis remordimientos son su arma.

Asiento despacio y Rona se atreve a coger mi brazo, me lee como un libro abierto. Lo retiro bruscamente y casi la derribo cuando echo a andar. Mircea lo ha visto todo y tuerce el gesto.

—«Ohh, miradme» —imita mi voz— «Soy peligroso, no necesito amigas y la amabilidad me da urticaria»

—Déjalo, Mircea —dice Rona con voz grave.

Me acabo de portar como un imbécil y es normal que sienta que debe protegerla, así que me cargo la vergüenza a los hombros y aprieto los dientes.

—«Ohh, no hablo para no romper mi aura melancólica».

—¡Para ya! —grita Rona.

—Se ha agotado el cupo de palabras, tampoco es que vaya a contestar. Ni a disculparse.

Me detengo en seco, planteándome una réplica igual de hiriente.

Las florecillas me rozan las rodillas, manitas rojas que tratan de hacerme entrar en razón.

Las manos de mis hijos, quizá, igualmente descartados, asesinados, olvidados.

Los dientes me rechinan y sigo andando, un surco granate se forma a mi espalda.

Trato de pensar en los cabrones a los que persigo y de los que ellas no saben nada, en un vano intento por espantar el eco de las risas de mis niños.

Rona le pide a Mircea que se quede donde está y camina a mi zaga, sin abandonar la cautela.

—Yo no pienso así, Gruñidos, sé que no hablas porque te duele. Ni Mircea tampoco, lo que pasa es que no entiende que seas tan reservado después de lo que hemos compartido.

—Quiero estar solo.

—Algo me dice que eso no es así y que este sitio te emociona tanto o más que a mí.

Me detengo y se queda a unos pasos. Observo las flores, un par de pétalos me rozan la mejilla y los recojo. El viento se los lleva, se pierden en la distancia.

—Tuve dos hijos.

Se le escapa un resuello. Las flores se agitan tras ella, señal de que Mircea se acerca.

—No se lo contaré, te lo prometo.

—Puede saberlo —digo sin volverme—. No está bien que sean… un secreto. Se merecen mucho más y todo lo que puedo darles es eso, que alguien aparte de mí los recuerde. Quizá este sea el mejor lugar para hacerlo, solían jugar en un prado parecido.

Mircea se ha detenido junto a Rona, creo que guarda silencio porque nos ha oído. La mano me empieza a temblar y la cierro.

—¿Cómo…? —Por primera vez, Rona no está segura de seguir preguntando— ¿Cómo se llamaban?

—Thalon y Dynar.

—Los recordaré.

—Gracias.

Atisbo su lástima cuando la miro de reojo, antes de retomar la marcha. No es ofensiva si sale de ella, hasta me gusta que me haya seguido.

Un copo de nieve flota hasta mi cara cuando estamos a punto de dejar el prado y oigo las risas de mis amigas.

Me vuelvo para contemplar cómo un delicado torrente blanco se precipita sobre las flores y sonrío al verles girar y bailar sobre sí mismas, recibiéndolo con una alegría estremecedora.

Los niños las saludan a su manera o puede que vuelva a ser cosa del Dios Muerto.

No me doy cuenta de que se me han humedecido los ojos hasta que Rona corre hasta mí y tira de mis manos sin que me dé tiempo a apartarme.

—Te vas a cortar, suelta.

—¡Baila conmigo, Gruñidos!

Me rodea las muñecas con las manos para no herirse con mis garras y giramos juntos, envueltos en una marea de pétalos rojos y copos de nieve.

Mi cara debe ser un cúmulo de cicatrices y colmillos porque he empezado a reír, pero Rona no se asusta.

Estoy intentando no dejarme llevar del todo porque giramos cada vez más rápido y los pies se le empiezan a levantar del suelo.

Mircea corre a nuestro encuentro y se echa a reír; contempla nuestra danza con la sonrisa más cálida que me ha dedicado, pese al enojo de hace un rato.

El grito de Rona me asusta, así que la suelto y vuela hacia la Caminante.

La he herido, una línea carmesí cruza su palma y Mircea rueda y se levanta para comprobar que no sea grave.

Joder, no sé de qué me sorprendo, no me correspondía disfrutar de esto.

Me dejo caer y oculto la cara tras las manos, soltando un gruñido lastimero que amenaza con convertirse en un sollozo.

Me doblo hacia delante para convertirlo en un grito ahogado.

Estoy maldito y si se quedan conmigo acabarán muriendo, me lo dijeron los espíritus.

—¡No pasa nada, Gruñidos! —Rona corre hasta donde estoy al ver mi reacción, zafándose de Mircea— ¡Mira, no es nada! —Se arrodilla frente a mí, cubierta de pétalos—. Ha sido culpa mía.

—No te me acerques.

—Vamos, vamos… —Su mano sana se posa en las mías, es muy pequeña en comparación—. Mírame, anda.

Me descubro y me encuentro con su iris verde y su sonrisa pecosa. Me muestra la herida y su aroma me tienta, porque sé que sabe a pastel de melocotón.

—¿Te apetece un aperitivo?

Suelto un bufido y se echa a reír. No tiene pensado tirar la toalla conmigo.

Cojo su mano y mi nudillo acaricia el corte; acerco los labios como por inercia y la oigo suspirar, cuando lo beso y me quedo así unos instantes.

Paso la lengua por el mismo y suelto un leve gruñido, que recibe con otra risita.

No está enfadada, ni siquiera está asustada; me lo dice su sangre.

No sabe que acabo de besarla como se besan los drazir cuando quieren pedir disculpas y me lo guardo para mí de una forma un tanto vergonzosa.

—¿Te sientes mejor?

—Mhm.

—Pero bueno, hay que ver lo cómodos que os habéis puesto. — Mircea se acerca con brío alegre—. Todavía queda mucho camino hasta que podamos hacer un alto.

—Me quedaría aquí a vivir —contesta Rona, levantándose.

—Y fíjate que te ha parecido tétrico al principio. —Mircea le rodea los hombros con un brazo y le da un beso en la sien—. Perdóname por lo de antes, Gruñidos, es que a veces… no te trago.

—No me trago ni yo. No hace falta que te disculpes.

—Y otras veces me caes bien. Me ha gustado lo que has dicho de mi pelo y en especial lo que has dicho de Rona. Procuraré recordarlo cuando vuelvas a ser un borde.

—Eso es, él es un borde y tú siempre quieres tener la última palabra. —La santurrona nos lanza una sonrisa de oreja a oreja—. Y yo soy una cotilla de la leche, por eso tenía una posada. No pasa nada, tan amigos otra vez. Nadie es perfecto.

—Venga, no hay que demorarse.

—Vamos, Gruñidos.

Me doy un momento para reponerme y las sigo, cargando el petate al hombro. Antes de llegar a los árboles dirijo una última mirada al prado, dando las gracias al Dios Muerto y pidiéndole perdón por mi osadía.

«Lazor».

—Ya sé que te sabes mi nombre, pero me gustaría que dijeses algo más.

El silencio otorga, que sepa mi nombre es suficiente como para darme algo en lo que pensar.