La nieve en la sangre derramada
LA NIEVE EN LA SANGRE DERRAMADA
—¡Hay peces!
—¿Cómo que hay peces?
—¡Sí, mira ahí!
—Coño, pues es verdad.
—Podríamos pescarlos para el desayuno.
—No sé yo, Rona. Gruñidos dijo que no se puede cazar nada aquí.
—Pero las empanadas están frías.
Abro los ojos y me doblo hacia delante; una mueca de pánico súbito me deforma el rostro, después de haber dormido como en los mismísimos brazos de Iwa. Me incorporo con una mano. Tambaleándome, llego hasta la roca alta desde la que observan el manantial.
—¡Ni se te ocurra!
—Buenos días, Gruñidos. ¿Qué tal el sueñecito? Te quedaste dormido como una cesta de gatitos al lado de una estufa.
—Baja de ahí, Rona.
—Se te ha pasado rápido, por lo que veo. —Hace un mohín y se apoya en las manos para bajar, arrastrando la falda por el musgo—. ¿Te encuentras mejor?
Le doy la espalda y vuelvo al campamento, con un zumbido molesto en el oído izquierdo. Me siguen y Rona pregunta si puede bañarse en la poza, ignorando una vez más mi mueca de alarma.
—¿Es que no tienes ni el más mínimo instinto de supervivencia? —Me giro como un resorte—. Te recuerdo que te atacaron anoche.
—He soñado con Iwa y me ha dicho que estoy a salvo, que el bosque solo atormenta a los atormentados.
No sé si se lo está inventando, pero tiene razón. Qué gran paladín se ha perdido su Altísima.
—¿Y te ha dicho también que lo toques todo?
—Tienes un humor pésimo por las mañanas.
—Y tú siempre estás contenta, es igual de irritante.
—Cuidado, se va a agotar el cupo de palabras —interviene Mircea, dedicándome una mueca jocosa—. No te preocupes por ella, Gruñidos, la tengo vigilada.
—Convendría que volviese a cogerle miedo, joder.
—He dicho que la tengo vigilada, tranquilo.
—No soy una cría, me estoy cansando un poco de que me tratéis así. —Rona se agacha para revolver en el petate—. Pues empanadas frías y olor a muerto, qué le vamos a hacer. Gruñidos, casi me da miedo preguntarte… ¿Pero qué vas a desayunar?
—De momento voy bien.
—Qué alivio. —Saca una empanada a medio comer y la pone sobre los guijarros húmedos—. Vamos a ver… Hay que empezar a racionar las cosas… ¿Cuántos días de camino quedan hasta Mirkel?
—Cuatro o cinco días. Una vez salgamos del bosque será como coser y cantar —contesta Mircea, dándole un cariñoso apretón en el hombro—. Así que un cuarto ahora, otro a mediodía y otro para la cena… Eso nos deja con dos empanadas para mañana.
—Nos vamos a tener que apretar el cinturón.
—Puedo cazar para vosotras cuando nos alejemos del manantial.
—Este chico es la mar de útil, por poco que le gusten los cumplidos. —Rona me saca la lengua.
Me encantan sus cumplidos, tengo que contener una sonrisa cada vez que dicen uno. Por otro lado, las sonrisas de ese tipo me hacen sentir desnudo y vulnerable, por lo que suelo disfrazarlas con un gruñido; por eso piensan que no me gustan.
—¿Cómo es que pesas tanto? —pregunta Rona, mientras mastica—. Eres muy alto, pero no eres nada ancho… Diría que eres hasta delgado.
—Es todo músculo, por eso pesa. —Mircea me dedica una mirada curiosa—. Le pasa como a los caballos.
—Tengo los huesos muy pesados, lo uso a mi favor.
Mircea se estremece, puede que se deba a que acaba de recordar cómo despaché a los hombres que vinieron en mi busca.
—Mircea me ha dicho que eres un «drazir», ¿qué es eso?
—Mircea debería aprender a guardar secretos.
—No sabía que fuese un secreto. —La Caminante se encoge de hombros.
—No existen los secretos entre nosotros, ya no. —Rona levanta la barbilla y adopta un tono de voz tan solemne que me resulta cómico—. Nos hemos salvado la vida mutuamente y te hemos dado de beber nuestra sangre, somos como hermanos.
Pestañeo, porque esta chica no deja de golpear mis muros con el ariete de su optimismo. No termino de creer lo que ha dicho, pero me parece muy bonito, hasta me conmueve. La patata ennegrecida que tengo por corazón se ha saltado un latido y no puedo contener una sonrisa.
—Me gusta mucho eso —dice Rona.
—¿El qué?
—Que sonrías así. Tus otras sonrisas dan un poco de miedo.
No has visto la peor de todas, Rona, y espero que nunca tengas que verla. Se han compuesto canciones acerca de ella.
—Porque no le has oído cuando ríe de verdad —dice Mircea—. Es como si te acariciase una maza de espinas, pero es más bonito que esa sonrisa.
—¿Por qué hacéis eso?
—¿Hacer el qué?
—Decir esas cosas.
—Para que nos las digas de vuelta. —Rona se echa a reír—. Venga, di algo bonito de nosotras.
—Deberías ir más despacio con Gruñidos, lo vas a asustar.
Mircea tiene razón, me he rodeado el cuerpo con los brazos. Les dedico una mirada huidiza y me muerdo el labio, preguntándome si me atrevo a contestar. Finalmente levanto la cabeza y miro a Rona.
—Me meto mucho contigo porque siempre estás contenta, pero cuando cantas disipas todas mis sombras.
Me miran boquiabiertas y el silencio me pone más nervioso, por lo que giro la cabeza y mantengo las pupilas fijas en un sauce.
—Vaya… Creo que es lo más bonito que me han dicho en la vida. No te ofendas, Mircea.
—No tengo tanto talento como aquí el amigo, no te preocupes. Qué callado se lo tenía.
Me froto las palmas de las manos y me levanto para empezar a recoger lo que he sacado de mi petate.
Podría añadir que he sido cuentacuentos, que en su día me gané la vida así en el Antiguo Reino, pero me tiembla el cuerpo con solo haberme atrevido a devolver un cumplido.
Me miro las manos y veo que las garras me han crecido un poco más, no me las arrancaré porque sé que las vamos a necesitar; lo haré cuando salgamos del bosque, no puedo caminar así por Mirkel.
—¿Y no habrá ningún cumplido para mí?
Mircea se ha cruzado de brazos, parece que finge indignación por el mohín que me dedica, pero no estoy seguro. La barro con los ojos, de cabeza a pies y a la inversa.
—Tienes el pelo muy bonito.
Resopla y se lleva las manos a las caderas, ofreciéndole a su compañera una mueca de decepción.
Tampoco sé si lo ha fingido, pero me he vuelto a poner nervioso porque su pelo me gusta muchísimo.
Ignora la magnitud de lo que acabo de decir: mi esposa lo tenía igual.
Hay veces en las que te miro y el corazón se me desboca, Mircea.
Me vuelvo hacia el manantial y me dan ganas de hacerle un corte de mangas, porque he superado la noche sin una sola pesadilla y estoy seguro de que se debe a mis nuevas amigas.
Me digo que la arrogancia es lo que me metió en un problema con Los Hados, que no me conviene tensar la cuerda con niñerías.
Pero me acerco a la orilla, carraspeo intensamente y suelto un escupitajo cargado de mocos, que se hunde en las aguas como un guijarro. Que aproveche.
Mircea se acerca con mi petate y me lo entrega con una sonrisa cargada de significado, sus ojos brillan como las monedas que hay en el fondo de la poza.
Después me palmea el brazo como diciendo: «buen trabajo» y se aleja con Rona, que ya ha empezado a trepar por las rocas.
Se iría abajo de no ser por Mircea, que le sujeta el brazo de cuando en cuando con el sutil afecto de una madre.
Es precioso lo que tienen, creo que las envidio.
Hace mucho desde que me sentí del mismo modo con una compañera que me lamía las heridas; no quiero pensar en ella y me acompaña en cada latido.
No era humana, pero tenía un corazón muy parecido al suyo.
Es posible que haya cruzado El Velo en un último intento por protegerme, que las haya encontrado para mí porque soy un desastre cuando estoy solo.
Las sigo y sonrío, aunque no me ven hacerlo.
—Qué bonitas son, son casi tan rojas como las escamas de Gruñidos.
—O como sus tatuajes.
—O como su pelo. Mira, Gruñidos. —Rona se acerca con una de las flores que ha cogido—. Es tu flor.
Mi mano envuelve el tallo y la miro mientras camino. Es un contraste curioso, el de mi garra negra sujetando algo tan bonito. Gruño como respuesta y Rona corre para alcanzar a Mircea, diciendo que le gustan mucho las flores de este bosque, que las quiere recoger todas para coleccionarlas.
Estamos atravesando el prado de La Sangre Derramada, un nombre que le viene que ni pintado.
Hay flores rojas allá donde alcanza la vista, se alzan como champiñones y tienen una forma parecida, de pétalos muy finos que forman una corona abultada.
Son las flores de los muertos, dicen que si rezas aquí acudirán raudos.
Es el motivo por el que vine hace un par de semanas, porque me pudo la desesperación y necesitaba creer en algo.
Cometí el error de seguir avanzando, aunque ahora que lo pienso no parece un error del todo.
Si no lo hubiese hecho no las habría conocido, lo que me lleva a una preocupación que empieza a agarrotarme: no deberían venir conmigo a Sorash, las estaría matando.
No sé cómo verbalizarlo sin hablarles de lo que me propongo, y no parece que se vayan a contentar con que simplemente diga que es peligroso.
Son más valientes de lo que yo he sido jamás.
—¿Cómo se llama este sitio?
—La Sangre Derramada —contesta Mircea.
—Uf, qué tétrico. ¿Por qué se llama así?
—Me temo que todo lo que te cuente de este bosque te producirá pesadillas —advierte Mircea.
—Ponme a prueba, anda.
—Durante la guerra contra los draugr, las mujeres y los niños feéricos se escondieron aquí. Se llevaron a las mujeres y consideraron que los niños no les iban a servir, así que…
—Joder.
—Dicen que hay una flor por cada niño.
—Así que acabo de arrancar a un niño.
—Sí, si te crees las leyendas.
—Es horrible, no me importa que fuesen demonios.
—No lo eran, por mucho que diga la gente. —Mircea detiene un momento el paso y mira a Rona a los ojos—. Los draugr no salieron del Abismo y eran muy pacíficos, descendientes de las mismísimas hadas. Los obligamos a luchar y los culpamos por defenderse.
—¿Y qué hay de los bichos contra los que combatieron los nuestros? —pregunta Rona.
—Criaturas que habitaban el bosque y lo protegían, no tenían nada que ver con demonios.