El arte de la sangre
EL ARTE DE LA SANGRE
Las telúricas aguas del manantial refulgen como una esmeralda y lamen las orillas de guijarros grises, que centellean como perlas.
El aire está impregnando con la humedad de las pequeñas cascadas que lo cruzan de lado a lado, muriendo en una profunda poza de rocas verdinas; en su fondo se agitan las monedas de Los Hados, que ningún mortal se atreve a coger.
Los sauces sacuden sus melenas plateadas cuando me acerco, como si me saludaran.
Es un lugar hermoso, pero está maldito para mí; siento su odio cuando me detengo a esperar que las mujeres me alcancen. Rona exclama a mi lado y hace ademán de avanzar, pero le pongo una mano en el hombro.
—Recuerda que vas conmigo y que tu diosa no está en estas aguas.
Se estremece, recordando lo que ha ocurrido en Los Túmulos. No está segura de lo que ha visto ni sentido, pero se le eriza el vello del brazo. Asiente, coge la mano de Mircea y dejan que vaya delante.
«Lazor».
—Solo estoy de paso —susurro.
—¿Y de quién son estas aguas? —Rona no me ha oído, el lugar le causa una fascinación peligrosa.
—De Los Hados —contesta Mircea, apretándole la mano—. ¿Sabes quiénes son?
—Conozco las leyendas de Los Tejedores, los que enredan los hilos del Destino. Son padres de Ushuaia, la Diosa de la Profecía.
—Eso es, qué lista.
—Este es el último lugar del mundo en el que queréis hablar de dioses —gruño.
—¿Por qué?
—No te va a contestar, Rona. Le encanta soltar cosas que parecen de gran importancia, con las cejas muy juntas y el labio encogido, para luego quedarse callado y dejarte haciendo eses. Me conozco la treta.
—Acamparemos aquí. —Suelto el petate bajo un sauce.
—¿Ya? Pero si apenas hemos avanzado.
—En realidad llevamos caminando todo el día, mira. —Mircea señala el cielo—. Ya está oscureciendo.
—Pero si parece…
El tiempo es un embustero en el Bosque del Draugr, de ahí que me quedase atrapado durante no sé cuánto tiempo.
Rona se está dando cuenta del peligro de dejarse llevar en este lugar y la Caminante, que siempre lo ha tratado con cautela, comienza a decirle que no debe fiarse de sus ojos y oídos, sino de su corazón; lo hace con una dulzura abrumadora, mientras le coge la mano; no parece que le esté dando una mala noticia.
—No te pido que vuelvas a tenerle miedo, pero…
—Cautela, ahora y siempre.
—Que bien suena el lema de mi gremio en tus labios.
—Ven aquí.
Aparto la mirada cuando se besan y me agacho para formar un círculo de piedras donde encender una hoguera.
Debo prepararme para las pesadillas, el motivo por el que temo a este lugar. Me planteo no dormir, pero necesito recuperar fuerzas. Me doy cuenta entonces de que no he comido desde por la mañana, al fijarme en la vena que le palpita a Mircea en el cuello.
«Lazor».
Las mujeres no están en lo cierto, Los Hados no tienen nada que ver con los Celestiales.
Son semidioses del Mundo Inferior, que hasta los draugr temían.
Estas aguas salen de sus cuevas y salones, nutren a las bestias de Los Oscuros y una sola gota es capaz de sumirte en la amargura más nefasta.
Lo sé, porque sus garras me arañaron por dentro la última vez que estuve aquí.
Porque vi sus rostros hace años y no he podido olvidarlos.
—¿Estás bien?
Me giro, sobresaltado. Mircea me observa con sus ojos de búho y el aroma de su sangre me golpea.
—Tengo que cazar algo.
Paso por su lado, pero me detengo porque sé que no encontraré nada. No aquí, donde todo lo que me lleve a la boca será letal. Para colmo, el regusto del Dios Muerto no me ha abandonado del todo. Estoy sudando, necesito comer algo.
—¿Qué pasa, Lessen?
Respiro por la nariz, cada vez más fuerte.
Joder, ¿por qué no me hizo caso? No, la culpa no es suya.
Dice que soy buena persona, pero una buena persona les habría dado esquinazo antes de abandonar el arroyo.
Ahora están metidas en esta pesadilla conmigo y ni siquiera saben quién soy.
¿Debería contárselo? ¿Serviría de algo? Me llevo las garras a la cabeza y me raspan el cuero cabelludo mientras las deslizo despacio.
Su pulso es hipnótico y me obligo a retroceder cuando Mircea da un paso.
—Quiero pedirte perdón por lo de antes, por haber pensado que le estabas haciendo daño a Rona. No vi lo que os atacó, pero estoy segura de que le has vuelto a salvar la vida.
Asiento y me muerdo el labio. Me estoy mareando un poco y muevo la lengua dentro de la boca, porque se ha vuelto pastosa. Me estoy relamiendo como un puto león de montaña.
—¿Por qué respiras así?
—¿Me haces un favor? —Le dedico una mirada hambrienta.
—Claro.
—¿Por qué…? —Doy un paso, respirando por la boca— ¿Por qué…? —Doy otro paso y vuelvo a pasar la lengua por los labios.
—¿Sí?
Le brillan los ojos, en los que se reflejan las aguas de Los Hados. Su cara queda a un palmo de la mía, siento su aliento en la barbilla.
—¿Por qué crees que quiero tus disculpas? —Hago una pausa con la vista clavada en su cuello, soltando el aire por la boca— ¿Por qué te sigues empeñando en hablar conmigo cuando…? —Me muerdo el labio otra vez, se me escapa un gemido inaudible— ¿…Cuando no quiero seguir oyéndote?
Mircea echa la barbilla hacia atrás y esboza una mueca de profundo disgusto. Su vena me queda muy cerca, tan cerca que estoy salivando. Me pregunto lo que será solo un sorbito. Ni siquiera lo notaría, no sé por qué arman tanto jaleo cuando…
—No va a funcionar —dice.
—¿El qué?
—Has usado esa táctica tantas veces que no funciona. Ya me has dicho que te importamos. ¿Por qué no pruebas a contarme lo que realmente te pasa? ¿Por qué estás tan nervioso?
—No estoy… nervioso.
—¿No? Pues creo que esta es la primera vez que te veo temblar y sé que no es porque tengas frío.
—Se pasa la mano por el lado del cuello que no puedo dejar de mirar, como si pensase que tiene un bicho reptándole— ¿Qué pasa?
—No contesto, así que continúa—. Venga, no puede ser tan malo.
Quiero devolverte el favor, aunque sea escuchándote.
Sé que hemos agotado el cupo de palabras, pero creo que lo necesitas.
Si no se lo cuento la estaré poniendo en un grave peligro…
y al mismo tiempo le estaré dando la razón a todos los bocazas que me consideran un monstruo.
Soy un monstruo, pero por otros motivos.
No quiero darles la satisfacción, ni quiero ver cómo huye despavorida, porque lo cierto es que me está empezando a caer bien y sí, me está empezando a importar.
En el momento en que lo diga todo se vendrá abajo y aunque estoy preparado, aunque la bofetada del mundo sea el pan de cada día, por una vez tengo algo parecido a una amiga. Parecido… y cálido.
—¿Recuerdas eso que dije de que como mucho? Pues estoy muerto de hambre y no puedo cazar.
—¿Y no te vale una empanada?
—No funcionan así las cosas, mucho menos cuando estoy tan cansado.
—¿Y cómo lo solucionamos?
—No lo solucionamos, ese es el problema.
—¿De qué tipo de problema estamos hablando? Porque me estás empezando a asustar.
—Sangre. Necesito sangre.
—No me digas que es verdad lo que dicen de que…
—¡No es verdad! —bramo, aunque no he querido levantar la voz.
Retrocede un poco, con una mano cerrada en el pecho—.
No es verdad, lo de que comemos bebés humanos y todas esas gilipolleces.
Lo que sí es verdad es que necesitamos sangre y carne cruda.
—He conseguido bajar la voz y su expresión se relaja—. Créeme, me hace tanta gracia como a ti.
—Vale…. Vale… —Sube y baja las manos, con los dedos extendidos—. Vamos a calmarnos y a pensar. ¿De cuánta sangre estamos hablando?
—Me basta con unos pocos sorbos.
—¿Cuántos sorbos? Porque no somos un pellejo de vino.
—No pienso beberme la vuestra. Además de que está asquerosa por todo lo que os metéis en el cuerpo, sería peligroso.
—Pues ya me dirás qué hacemos entonces. ¿Cuáles son las consecuencias de que no lo hagas?
Mi silencio le hace abrir mucho los ojos y asiento en respuesta, porque no sirve de nada negarlo.
En otras condiciones podría aguantar más, pero este bosque saca lo peor de mí.
De aquí a una hora empezará el sudor frío y de aquí a dos empezaré a mirarlas con otros ojos; de aquí a tres caerá el velo rojo y… Bueno, prefiero no pensar en eso.
—¿Y si nos cortamos cada una y te ofrecemos seis sorbos? Lo ponemos en un cuenco y te lo tomas como si fuese sopa.
—¿También os vais a cortar un dedo?
—Joder, así que también necesitas carne.
—¡¿Qué acabo de decir?! —rujo.
—Estoy tratando de asimilarlo. Vamos a volver con Rona, seguro que se le ocurre algo.
La agarro del brazo y suelta un quejido, creo que lo he hecho con demasiada fuerza.
—La santurrona se va a asustar y complicará las cosas, tiene más escrúpulos que tú.
—¿Rona? No te dejes llevar por las apariencias, anda.
—¿Chicos? —Rona se acerca, alertada por mis gritos— ¿Va todo bien?
—Pues no. —Mircea le hace un gesto para que se quede donde está y me mira—. Confía en ella también, por favor. Te podemos ayudar.
Hago un aspaviento y la santurrona se acerca, cautelosa. Lleva dos tazas humeantes en la mano.
—Será mejor que lo diga sin más, no hay tiempo para remilgos.
—Mircea coge una de las tazas y da un sorbito—. Gruñidos tiene hambre y no le valdrá nada de lo que tenemos. Necesita sangre y carne cruda.
—Pues que cace, como esta mañana.
—No hay nada que cazar por aquí —mascullo.
—Oh.
—Eso es. Se me ha ocurrido que nos cortemos y le ofrezcamos tres sorbos de sangre por cabeza.
—Me apetece tanto como agarrar la sífilis, pero…
—Y está el problema de la carne.
—Oh.
—Ya.
—Bueno, pues… —Rona se rasca la cabeza y me mira—. Estoy segura de que Iwa también contempla esto, así que te doy permiso para…
—Oye, oye… Dudo mucho que tu diosa quiera que llegues tan lejos.
—Iwa es ayuda y sacrificio, Mircea, en todas sus formas. Sería una hipócrita si me negase. Vamos a ver… —Se mira las manos y las piernas—. Tengo más carne en los muslos y en el trasero.
—Qué locura…
—Te dije que no quería que me acompañaseis y no me hiciste caso —intervengo con la cabeza gacha, porque no puedo mirarlas sin relamerme—. Es posible que ahora empieces a tomarme en serio porque ir conmigo no es un puto juego.
—Si te parece dejamos los reproches para otro momento.
—Intentaré aguantar sin carne, veamos si sirve con la sangre… Pero voy a necesitar más de lo que tienes en mente.
—¿Cuánto es más?
—Córtate y te diré cuándo parar.
Comparten una mirada inquieta y Rona toma la delantera, yendo hasta la hoguera.
La seguimos y vemos cómo rebusca en el petate de su compañera, para sacar un cuenco de madera; luego extiende una mano y le pide la daga a Mircea, que sigue sin parecer convencida de lo que está a punto de ocurrir.
Tiene razón, he subestimado el coraje de la santurrona y me está dando una lección que no voy a olvidar.
Rona se sienta con las piernas cruzadas y apoya el cuenco entre los muslos, después pasa el filo de la daga por su antebrazo y veo cómo la sangre resbala en hilachas.
Plop. Plop. Plop. Me contengo para no abalanzarme sobre ella, tengo los músculos tan rígidos que duelen. Mircea se arrodilla y espera su turno.
—Tú dirás cuándo, Gruñidos.
—Un poco más.
Me quito el abrigo, me arrodillo y gateo hasta donde están, mis pupilas moviéndose con el goteo. Me miran con un deje de miedo y fascinación cuando las escamas de la espina dorsal se me erizan y emiten un sonido parecido al del aleteo de un gorrión. Me detengo muy cerca y susurro:
—Ya.
Rona le pasa el cuenco a su amiga y se levanta para curar y cubrir su herida.
Los ojos pardos de Mircea se clavan en los míos antes de cortarse y veo cómo aspira entre los dientes, ha sido más profundo de lo que conviene.
La sangre mana a borbotones sobre el cuenco y mi respiración se acelera, estoy tan cerca de su herida que tengo que cerrar los ojos.
Mis escamas vuelven a repicar y siento que me pone el cuenco cerca de los labios.
—Bebe.
Me lleno la boca con la esencia de mis nuevas amigas y suelto un profundo gruñido, todavía con los ojos cerrados.
Rona sabe a pastel de melocotón y Mircea a menta recién cortada y a cacao; la combinación es tan deliciosa que me acabo el cuenco en cuatro latidos y apuro con la lengua lo que queda.
La esencia de los humanos tiende a causarme rechazo, pero esto…
La calidez que añoro bombea en mis músculos, crepita en mi pecho y me la pone tan dura como el granito.
Me dejo caer hacia atrás y suspiro, entregándome al éxtasis de lo mejor que he probado en muchísimo tiempo.
No he consumido tanta como para que sus emociones me cosquilleen tras las sienes, pero sé que no quieren hacerme daño.
La sangre es un arte para los drazir, porque contiene el secreto del alma.
No solo nos nutre, toda nuestra sociedad gira en torno a ella.
—Parece que se ha calmado —dice Mircea con cautela.
—Ostras, qué herida tan fea. Voy a usar el Matamales.
—¿Lo llevas contigo? ¿Cómo?
—Me lo metí en el bolsillo de la falda y ahí se quedó.
—Bueno, pues ni se te ocurra usarlo. No hace falta.
—Ni siquiera hemos puesto la daga al fuego —se queja Rona—, no quiero ni imaginar la de mierda que tiene.
—Pues ya sabes qué hacer, es la mejor manera de que deje de sangrar.
—Voy a ello, pero presiónala así.
—No importan los años que pasen, que seguirás tratando de darme lecciones. Sé perfectamente cómo curar una herida.
—Habla en voz baja, sabionda. Creo que se ha dormido.
Abro los ojos y las estrellas de Los Hados bailan en mis pupilas.
Mi respiración se vuelve profunda y siento un hormigueo que me recorre los brazos y trepa hasta la nuca.
Me paso la lengua por los dientes, recogiendo los últimos retazos de Rona y Mircea.
Creo que bastará con esto, pero si no salimos pronto del bosque lo vamos a tener que repetir y no sé cuánta sangre están dispuestas a ofrecer sin debilitarse.
¿Por qué me ayudan? ¿Por qué les importo tanto? No pueden ser humanas, es imposible.
Los párpados me pesan y me entrego a Oniros, que por una vez no me ataca con las bestias de su reino.