Rojamuerte Nunca se sabe con el dios muerto
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Nunca se sabe con el dios muerto

NUNCA SE SABE CON EL DIOS MUERTO

Rona canturrea mientras nos acercamos a Los Túmulos, la hierba plateada nos cubre hasta las rodillas y ondea a nuestro paso como si danzase con ella.

Es el hogar del Dios Muerto y dudo que alguien haya cantado para él en mucho tiempo.

La recibe con su bruma y las luciérnagas azulinas que pululan como estrellas terrenales, con lo que queda de la gente que murió aquí.

La santurrona trata de atrapar una y ríe al ver que sacudo la cabeza, diciendo que solo son luciérnagas.

—Hazle caso, Rona —dice Mircea—. No hay que molestar a los muertos.

—¿Qué quieres decir?

—¿No sabes lo que ocurrió aquí, lo que son todas estas colinas?

—No.

—Son tumbas, de cuando Utgard pertenecía a los draugr. El último rey está bajo la más grande, sepultado bajo miles de rocas. — Mircea señala con el dedo—. Sí, esa de ahí, la que más brilla.

—¿Enterraban aquí a sus muertos?

—Mejor no te lo cuento, tendrías pesadillas. Me contento con decirte que tu diosa no puede protegerte aquí, así que no los molestes.

—Iwa está en todas partes —dice Rona, convencida.

—¿Ves agua?

—Me protegerá con su lluvia.

—Nunca llueve en Los Túmulos.

—¿Y cómo crece esta hierba?

—Nadie lo sabe.

Nuestras sombras se proyectan sobre la hierba mientras avanzamos por el paraje plateado, tres intrusos tiznados que se alargan y contraen bajo un sol que no vemos.

Siempre es de noche en Los Túmulos, mas no se siente como tal.

Todo posee luz propia, hasta mi piel resplandece, pero cuando alzo la vista solo veo un firmamento tan oscuro como la profundidad de un pozo.

No recuerdo cómo llegué a la posada, pero sí recuerdo que me atraparon aquí.

Me pongo nervioso y aprieto el paso, oyendo cómo las mujeres exclaman a mi zaga, diciendo que no tienen las piernas tan largas.

No creo que a ellas les pase nada, pero a mí me están sudando las manos.

Gruño algo parecido a que se den más prisa y mis pupilas se clavan en el sendero que no parece terminar nunca.

«Lazor».

—Joder, ya empezamos.

—¿Qué? —jadea Mircea, a mi lado.

—No le caigo bien al Dios Muerto.

—¿Quién es ese?

—El dios de los draugr.

—¿Y eso por qué?

—Claro que sí, ¿por qué no extiendes una manta y nos sentamos a que te lo cuente? ¡Acelera, coño!

—Solo es una pregunta. —Mircea pone gesto contrariado.

—Menos hablar y más pisar.

—Voy a dar volteretas el día que por fin me cuentes quién eres.

—¡Ni se te ocurra subirte a los túmulos, Rona! —Lanzo el brazo hacia un lado.

—¿Y por qué no?

—Hazle caso, anda. Baja de ahí.

—Solo quería recoger unas flores, mira qué bonitas son.

Cojonudo, estoy cruzando la morada del Dios Muerto con dos mujeres que se lo toman como si fuese un paseo por el campo.

Me resulta tan absurdo que se me escapa una risotada nerviosa; no me oyen, porque las he dejado atrás.

A mi sombra le salen ojos y una sonrisa grotesca.

Se la devuelvo y enseño bien los colmillos, porque no le voy a dar la satisfacción de asustarme.

Pateo la hierba a mi paso, esquivando a la forma de apéndices tentaculares que amenaza con atraparme los tobillos.

Ya estoy viendo la linde de los árboles negros; en setenta latidos podría llegar a ella, pero las mujeres no y tampoco soy tan mierdas como para abandonarlas.

Puede que estén a salvo y puede que no, nunca se sabe con estas cosas.

No me puedo detener, así que camino con la espalda vuelta hacia los árboles, al tiempo que suelto un gruñido que las colinas me devuelven.

Las mujeres captan el mensaje y empiezan a correr, pero Rona tropieza con el bajo del vestido y cae de cara al suelo.

No, no ha tropezado con el bajo del vestido.

—¿Pero qué haces? —Mircea rompe a reír—. Mira que eres torpe.

—Túmbate conmigo, anda. Me quiero quedar un rato, nunca he estado en un sitio tan bonito.

—Mírate, ayer me decías que le tenías miedo al bosque y ahora te revuelcas en él y recoges florecitas.

—De haber sabido que era tan bonito, no lo habría dicho.

—Deja de hacer el ganso, anda, que Gruñidos se va a mosquear.

—Gruñidos siempre está mosqueado —suspira Rona—, ya ni siquiera me asusta.

—Pues a mí sí, así que levanta.

—No puedo.

—Oye, basta de juegos.

—Te digo que no pue… ¡AHHHH!

Corro al tiempo que levanto mucho las rodillas.

Diez latidos hasta que se ponga feo, el presentimiento me recorre la espina dorsal y mis escamas se vuelven negras.

Esquivo a las sombras que se extienden y reptan desde las colinas, si sigo creyendo que no son reales estaré a salvo. Pero ese es el problema.

Con el Dios Muerto nunca se sabe.

Mircea sigue tirando del brazo de su amiga, que ha empezado a chillar que algo la está agarrando.

Echo a la Caminante a un lado y me lanzo sobre las sombras que reptan por los hombros de Rona, quieren cerrarse en su cuello.

Su mirada vidriosa se encuentra con la mía un instante; está empezando a entender lo que pasa.

Las siento resbaladizas y viscosas mientras se las retiro y noto los golpes que Mircea me arrea en la espalda; piensa que le estoy haciendo daño a su amiga, porque todavía no las ha visto.

Clavo los dientes en la que casi le rodea el cuello y siento un regusto a podrido; me estoy metiendo la esencia del Dios Muerto en la boca y voy a pagarlo caro, pero la chica se lo merece mucho menos.

Mircea suplica a mi espalda, tira de mi abrigo y no consigue moverme. La santurrona suelta un grito ahogado y veo cómo la piel del cuello se le arruga y hunde, por lo que vuelvo a descargar los colmillos contra el tentáculo que ahora trata de metérsele en la boca.

Me alzó con ella en los brazos cuando consigo desprenderla de la hierba y echo a correr, con Mircea tratando de seguirme el ritmo y gritando que la suelte.

Esquivo los tentáculos que tratan de atraparme los tobillos y le pido a Rona en un susurro que no crea en lo que ve, que solo es un mal sueño y que los sueños no pueden hacerle daño.

Me lo digo a mí mismo también, cuando un tentáculo me roza un brazo, abriéndome una herida.

Los árboles están a veinte latidos, si logro llegar hasta ellos…

Siento un tirón que me lanza de cabeza contra la hierba, la santurrona gime bajo mi peso y se revuelve. Me agarro a ella antes de que otro tirón me deje el tobillo en carne viva y Mircea empieza a entender lo que ocurre, al ver que el pantalón se me desgarra. Ayuda a su amiga a levantarse y grito:

—¡Los árboles!

Se alejan y nada las persigue, porque el Dios Muerto está centrado en mí.

Han sido el cebo. Soy un estúpido por pensar que no iba a volver a ocurrir, que con ignorar a los espíritus iba a bastar.

Me vuelvo para defenderme con garras y dientes hasta que logro ponerme en pie, sirviéndome de mis reflejos para saltar, esquivando y retrocediendo.

«Lazor».

Rujo en la cara de una sombra que imita mi silueta y descargo las garras contra su pecho.

La rodeo con las piernas y le hundo los dientes, cayendo sobre ella.

Seré el mismísimo Abismo para ti, pero me vas a soltar.

No creo en ti ni en tus sombras, pero tú sí que crees en mí. Te voy a a despedazar si no me sueltas.

Un zumbido me hace cerrar los ojos y grito para ahogarlo, mientras caigo de espaldas. El cielo se lanza contra mí, baja en picado y me aplasta.

Su sudor sabe a miel y empalaga del mismo modo.

Pero su sangre… Su sangre es la esencia misma de Astharoth.

Me crepita en la lengua, me hace cosquillas en la garganta y desata mi furia descarnada en embestidas más fuertes.

Me lleno la boca con ella y se tensa como la cuerda de un arpa, cerrando la mano en uno de mis cuernos.

No, no me hagas esto.

Me muerde de vuelta y apenas lo noto. Me está probando por primera vez y cierro la mano en su nuca, arrastrado por el oleaje que salta en sus acantilados. Dice que mi sangre sabe a moras, dice que se la quiere beber toda. «Bébetela», suplico.

Prefiero que me mates, mándame de una puta vez con Los Hados.

—¡Lessen!

Abro los ojos y pestañeo, arrullado por el viento que decora mi rostro con briznas plateadas. El recuerdo me abandona, pero su sabor se queda. Nunca se sabe con el Dios Muerto.

Me alzo sobre un codo y miro hacia un lado, reparando en que las mujeres agitan los brazos y gritan bajo el cobijo de los árboles negros.

Es posible que me hayan visto batallando contra algo invisible, que mis lamentos las hayan asustado, porque parecen muy nerviosas.

Me levanto y me sacudo los pantalones, que se han llenado de un polvo gris.

Es polvo de huesos, lo que nutre la hierba de Los Túmulos.

Los restos de los seres feéricos que existieron antes de que los humanos los diezmaran, antes de que mi especie los ayudase a hacerlo.

Recojo la pernera de cuero que se me ha vuelto a desprender y voy al encuentro de los árboles. El viento juega con mi pelo y me lo pone en la cara. Lo peor ya ha pasado, me digo, ahora solo queda llegar al Manantial.

—¡¿Pero qué coño ha sido todo eso?! —brama Mircea.

Paso por su lado y me pierdo entre los árboles, con su recuerdo crepitándome en la lengua.