Los susurros
LOS SUSURROS
Un grito me despierta y su eco me abandona cuando me doblo hacia delante, retrayendo los labios en un gruñido ahogado.
Me aparto el pelo de la cara y deslizo la mano hasta el pecho, donde todavía siento la única quemadura que se ha quedado conmigo.
El corazón me atruena porque sigo vivo y es la certeza que me tortura cada vez que abro los ojos.
La aurora arroja su luz malva en mi otra mano, que cierro con fuerza en la tierra endrina, antes de incorporarme.
Las mujeres duermen a un lado, junto a las ascuas de la pequeña hoguera que prendí para ellas.
Se abrazan, y Rona tiene la cara metida en el cuello de la Caminante, que sueña con algo que le hace fruncir el ceño.
Decido que se quedarán un rato más en la morada de Oniros, donde todavía no se han convertido en renegadas.
Es un sentimiento que entiendo demasiado bien.
Me acerco a la lengua de plata que fluye a unos pasos y me lleno la boca con su fría esencia para quitarme el amargo regusto que me ha dejado el Dios de los Sueños.
Todavía siento su garra en la garganta, pero el beso del agua la afloja.
Recorro las escamas de mi cuello con los dedos y me quito la camisa, comprobando que se ha convertido en un batiburrillo de jirones.
Maldigo para mis adentros al pensar en que han visto lo que hay debajo, pero no dijeron nada de las escamas que me faltan cuando me desnudaron en la posada y no creo que vayan a decirlo ahora.
Deslizo la mano por los cortes que no se han cerrado del todo, debido al veneno de mantícora, y veo que la mayoría de tatuajes han resistido a la escabechina.
«Lazor».
Los hijos de puta siempre me encuentran, pero no puedo enojarme porque estoy en su reino. El agua bulle cerca de mis botas y se agita en espirales, dándome la bienvenida. Me agacho, apoyando los codos en las rodillas, y la contemplo unos instantes.
«¿Te las vas a comer también?».
Suelto una risita nasal, porque saben dar donde duele. Se lo concedo, no tengo ganas de replicar. Ya me convencieron hace unos días, es posible que vuelvan a hacerlo, solo tengo que comulgar con sus aguas un poco más.
—¿Lessen?
Miro hacia un lado, donde Mircea se agacha a poca distancia. Me recuerda un poco a los gatos, siempre elabora posturas parecidas y no parece que se dé cuenta. Arqueo las cejas en respuesta y sigo mirando el agua, que ha dejado de susurrar bajo mis sienes.
—¿Has descansado?
Me encojo de hombros y jugueteo con un guijarro, sintiendo su humedad y volviendo al presente.
Ella se sienta con las piernas cruzadas y respira hondo.
Parece que los demonios no la afectan. No suelen molestar a los que están en paz consigo mismos, y ella posee la confianza de un emperador. La envidio.
—¿Sigues queriendo que te lleve a Sorash? —pregunta.
—¿Seguro que quieres mezclar a Rona con todo esto?
—Ni siquiera sé qué es «todo esto». En cualquier caso, a Rona no le queda otra que seguirme. Se le hará muy duro, pero puede que con el tiempo le coja el gusto.
—¿Hace cuánto…? —me detengo, pero ella me insta a seguir—. ¿Hace cuánto que eres Caminante?
—Mi madre lo era antes que yo, por lo que podría decirse que desde que nací. Calmaderiva era nuestro punto de referencia —suspira, rascándose la mejilla—. Así es como conocí a Rona.
—¿Rona nació en la aldea?
—Sí, y sé que me vas a preguntar cómo es posible que siga el culto de Iwa.
—Se encoge de hombros—. Te diré que es por mi culpa.
Me la llevé al Nuevo Continente hace unos años y coincidimos con una procesión de penitentes que seguía el Camino del Agua, hasta Caldera de los Dioses.
Los Caminantes agradecemos los grupos, así que nos unimos a ellos por un tiempo.
Le parecieron fascinantes y desde entonces… En fin.
—No hay muchas cataratas en Utgard, dudo mucho que pueda rezar a gusto.
—Cree en Iwa a su manera, la he visto rezar delante de un cuenco lleno de agua.
Me echo a reír y se le ilumina la cara, es posible que la haya sorprendido. Lo confirma cuando asiente y dice:
—Tienes una risa muy bonita, esta vez no viene acompañada de un gruñido.
Trago saliva, porque no recuerdo la última vez que me hicieron un cumplido. En los tres días que llevo con estas mujeres me han llamado «guapo» y han dicho que tengo la risa bonita. No sé cómo gestionarlo, así que miro al frente y murmuro:
—Confieso que estuve a punto de decirte que me llamo «Gruñidos», cuando me lo preguntaste.
—Es posible que te llame así, a partir de ahora.
Me siento tentado de preguntarle por mi daga, de averiguar si sabe lo que significa tener algo así.
No ha vuelto a mencionarla desde que me la devolvió en la posada, es probable que no tenga ni idea de con quién trata.
Compartimos el silencio unos instantes más y me siento también, reparando en que los susurros ya no me atormentan. Ella se los ha llevado todos.
—Quiero darte las gracias por otra cosa. —No digo nada, dejo que continúe—. Por no haberte enfadado cuando supiste que somos pareja. Es más, es como si te cabrease que nos juzguen por ello.
—No entiendo mucho de amor, pero no creo que a nadie le deba importar con quién te acuestas. Lo que me ha cabreado es que los hayáis seguido defendiendo, cuando está claro que os odian.
—¿Así que hay que descuartizar a quienes no piensan como nosotros?
—No tengo tolerancia con los intolerantes y no entiendo a los que los toleran. —Me encojo de hombros—. Me cabrea lo que no entiendo.
—Buen trabalenguas, pero estoy segura de que ellos piensan igual. Se cabrean con lo que no entienden y luego viene la violencia.
—La vida es violencia.
—¿Siempre has sido así, Lessen?
—Soy drazir, está en mi naturaleza. Durante un tiempo renegué de ella, aunque no te lo creas, y las cosas me fueron tan mal que tuve que resignarme. El mundo no te deja ser otra cosa.
No es verdad, no todos los drazir son violentos. Me lo digo para que me sea más fácil y a veces hasta me lo creo.
—¿«Drazir»?
—Puedes olvidarte de lo de «mestizo».
—Pues lo mismo te sorprendes, con eso que dices de tu naturaleza.
—Lo dudo.
—No sé yo, vamos a viajar con Rona y su optimismo se te acaba contagiando, lo digo por experiencia. ¿Puedo preguntarte algo más?
—Supongo.
—No pude evitar fijarme en los tatuajes que tienes por todo el cuerpo, cuando te desnudamos en la posada.
—Insinúa una sonrisa amistosa al ver que chasqueo la lengua—.
Hasta ahora no he dicho nada porque te pusiste muy bravo cuando me enseñaste los de los nudillos.
Son muy bonitos, ¿pero por qué están hechos con tinta roja?
Los que he visto hasta ahora son negros o azules.
En algún momento tenía que ocurrir, lo raro es que se haya contenido tanto.
No es tinta, la respuesta le haría estremecerse y tendría pesadillas hasta el día de su muerte.
Y no son bonitos, nacen bajo las escamas de mi cuello, se abren en el pecho y bajan por el abdomen, la espalda y los brazos en regueros que simulan una zarza espinosa, me los rodean hasta terminar en las muñecas.
Todo esto acompañado de docenas de runas diminutas que cubren la mayoría de cicatrices que dejaron las escamas que ya no tengo.
Intuye por mi expresión que no voy a contestar y se levanta, ayudándose con una mano.
—Oye… —digo.
—¿Sí?
—Creo que eres algo parecido a una buena persona y debo decirte que es mejor que no viajéis conmigo. Cuando te lo pedí me importabas una mierda, pero la conciencia me está machacando.
—¿Dices que te importo? —Esboza una sonrisa.
—He dicho que me importabas una mierda y que ahora no, no es lo mismo que decir que me importas.
—Eres único con los halagos.
—Hablo muy en serio, es mejor que no vengáis conmigo. Seguro que se te ocurre a dónde ir con ella, podéis tener una vida larga y feliz si simplemente…
—Vamos a ir contigo porque necesitamos el dinero —sentencia Mircea—. Para tener esa vida larga y feliz.
—Joder, mira que eres dura de mollera. Te estoy diciendo…
—Creo que la voy a despertar, le animará una buena empanada de carne. ¿Quieres un poco?
Suelto un sonoro suspiro y me doy por vencido, porque sé que no me va a escuchar.
—Pensaba cazar el desayuno, vais a necesitar las empanadas mucho más que yo.
—¿Te dan alergia los alimentos cocinados o qué?
—Necesito que estén crudos y que sangren, lo otro no me llega a nutrir como es debido.
Me levanto también y cruzo el arroyo de un salto, para encaminarme hacia una pendiente musgosa.
—¡Buena caza, Gruñidos!
Rona se encuentra más animada cuando regreso al pequeño campamento, tiene la cara metida en un trozo de empanada y ríe un poco con las bromas de su compañera, que en ese momento le rodea los hombros con el brazo.
Me sigue con los ojos cuando paso frente a ellas y me quito los pantalones; después me acerco sin mirarla, estirando un brazo para ofrecérselos.
—Gruñidos quiere que le arregles los pantalones, Rona —dice Mircea con un suspiro—. Creo que he agotado el cupo de palabras que nos dirigirá en todo el día.
—Ef que eftoy comiendo. —Coge los pantalones con una mano.
—Cuando termines. No tenemos que partir hasta dentro de una hora. ¿Crees que los tendrás listos?
—Puef fí, no veo por qué no.
Le ofrezco también la camisa, aunque dudo que pueda arreglarla.
Cuando la miro veo que no me equivoco, la sostiene con el ceño muy fruncido y los carrillos llenos de migas.
Se la pasa a Mircea y ésta reprime una risita, diciendo que es más fácil reconstruir una ciudad.
Me pongo el abrigo y huelo la solapa cuando la subo para ocultarme el cuello.
Sigue apestando a pescado, pero no me apetece pasear con el torso al descubierto, las escamas de mi espina dorsal son más llamativas que las otras y sigo sintiéndome un poco inseguro con mi aspecto, por no hablar del peligro que conlleva exponer los tatuajes.
Mircea se echa a reír al reparar en cómo arrugo la nariz.
—Y dale con que va a llover… ¡Que no huele a pescado!
—Lo metería en el arroyo si no me molestase andar chorreando todo el día.
—Pues no te vendría mal, vuelves a estar cubierto de sangre.
Me paso una mano por el abdomen, atrapando la viscosidad que lo cubre, restos de los dos conejos y del zorro que he devorado.
La agito hacia un lado y la pulpa cae con un ruido blando cerca del fuego, antes de encaminarme hacia el arroyo.
Lo cierto es que no estoy seguro de lo que estoy a punto de hacer, estas aguas me odian más de lo que me odian los humanos.
Miro hacia atrás brevemente, me bajo los calzones y los dejo en una roca, pero cambio de parecer y los recojo, para adentrarme con ellos en el agua que apenas me llega a la cintura.
Los hundo y froto la tela entre sí, ignorando los susurros que han vuelto con la contundencia de un caballo de guerra.
Dicen que les haré daño, dicen que el hambre empeorará a medida que avancemos, dicen que soy un cobarde, dicen que pertenezco al Abismo.
Los insulto entre dientes, frotando con cada vez más fuerza, porque no le pertenezco a nadie, porque di la espalda al culto precisamente por eso, porque no me sale de los huevos que traten de convencerme.
Soy un asesino despiadado, arruino las vidas de los que se cruzan en mi camino, pero solo me pertenezco a mí mismo.
Ya no soy un chucho de Los Oscuros.
Me detengo antes de reducir a jirones los únicos calzones que tengo y los lanzo a la orilla, para luego zambullirme.
Sus manos me reptan por la cara y sigo ignorándolos.
Me baño donde quiero, cazo lo que quiero, siento lo que quiero.
Las protuberancias me raspan las palmas de las manos cuando me echo el cabello hacia atrás y libero un suspiro. Ya está, era así de fácil.
Fijo las pupilas en el campamento cuando oigo a Rona cantar; hace mucho que no disfruto de nada así. Su voz acaricia algo dentro de mí y lo ata en corto con una cadena de hilo dorado; resplandece tanto que disipa las sombras. Los ojos se me humedecen y pestañeo, hasta me estremezco.
Sé que empeorará cuando lleguemos al Manantial, pero me ayudarán a distraerme de los susurros; se vuelven muy tenues cuando las tengo cerca. No deberían viajar conmigo, pero la bestia que dormita bajo mis costillas no se ha agitado ni una sola vez desde que estoy con ellas.
Es buena señal.
Un cuervo se posa en una rama alta, se agita bajo su peso. Sus plumas poseen un tono rojizo y me alarmo, hasta que reparo en que se debe al reflejo del sol. Es un efecto de luz. Cálmate. Solo hay un cuervo en toda La Creación cuya presencia me crispe y está a mucha distancia.
Una distancia que salvaré y toda la crueldad que esgrimí en su nombre se volverá contra ellos. Mala hierba nunca muere y vaya si prende, el pensamiento me saca una sonrisa fiera.