Lo correcto
LO CORRECTO
—¿Cómo lo hacemos? —susurra Mircea a mi lado, agazapada tras unos arbustos que lindan con la parte trasera de la posada.
—Te quedas mientras saco a tu amiga de ahí.
—¿Y ya está, no hago más?
—No quiero estar preocupándome por las dos a la vez. Te quedas y nos esperas.
—Me sé defender, quizás no como tú, pero tengo mis trucos.
—No admito discusión, si quieres que te ayude lo hacemos a mi modo.
Camino en cuclillas hasta otro conglomerado de húmeda vegetación y me quito las botas, viendo cómo Mircea me lanza una mirada vidriosa.
Llevo la daga de G’lar por si no basta con esto, pero cuento con que no la necesitaré porque la aldea parece tranquila, no percibo asomo de alarma ni oigo gritos.
Lo que tengo que pensar también es en cómo sacarla de la posada sin apenas dar explicaciones, porque es cuestión de tiempo hasta que la cosa estalle.
No imagino que vaya a querer abandonar su negocio como si tal cosa.
Mis pupilas pasan de la puerta trasera al balconcillo destartalado de una de las habitaciones de la planta superior, el que está más cerca de donde me encuentro; dos salidas nada desdeñables.
Siete latidos de la puerta hasta los arbustos donde espera Mircea y trece desde el balcón, contando con que tendré que cargar con Rona en volandas.
Me quito los restos de sangre seca de la cara, que en nada me van a ayudar a convencerla, y camino agachado.
Mi estatura no juega a mi favor, por lo que me apoyo en pies y manos para llegar hasta la puerta trasera, en la que hay varias pilas de cajas que me ocultarán.
Mircea me ha dado la llave y la siento apretada contra la palma mientras avanzo.
Vuelvo a agacharme y acciono la cerradura, me cuesta un poco porque la adrenalina que me palpita en las sienes está empezando a agitarme.
La puerta se abre con un chirrido y cuento con que no lo hayan oído; para mi gran suerte, la taberna ya tiene algunos parroquianos que charlan animadamente.
Me muevo por el almacén, colocándome de lado para no tirar las cajas que flanquean mi avance, y cuando llego a la siguiente puerta acerco la oreja.
La voz de Rona me asegura que se encuentra bien, está cobrando el menú del día a un cliente y defendiéndose un poco de sus lisonjas.
En algún momento entrará en el almacén, pero no sé si contamos con tiempo para esperar a que lo haga.
Mi mano rodea el pomo de la puerta mientras vuelvo a agacharme y lo hago girar, atento como estoy al más mínimo indicio de agitación.
—He tenido que subir un poco el precio, no ha sido cosa mía.
—¿Cómo no va a ser cosa tuya si eres la que lo vende?
—Me podría explayar y decirte que los huevos se han puesto por las nubes con la gripe aviar, pero te va a dar igual.
Estoy caminando sobre pies y manos, porque lo que hay al otro lado es la barra desde la que atiende Rona.
Está de espaldas a mí y no percibe mi presencia hasta que me acerco lo suficiente; se gira para echar mano de una jarra y estrangula un grito al ver que me llevo un dedo a los labios, la jarra se le resbala de la mano y la atrapo de puro milagro.
—¿Qué te pasa?
Reacciona con un pestañeo confuso, evitando que el cliente se asome sobre la barra. Le pone una mano en la cabeza y empuja, provocando que suelte un improperio áspero. Intuyo que es el tal Rogont, el tipo que la ayudó a subirme al piso superior. Huele igual.
—Se me va a acabar el barril, tengo que ir al almacén a coger otro.
—Te ayudo.
—Siempre que me ayudas, me das más trabajo. Quédate sentadito y vigílame a los otros.
La sigo hasta el almacén, todavía agachado. Deja la puerta abierta y la cierra con brusquedad una vez entro.
—¿Pero qué coño pasa?
—Estás en peligro, tienes que venir conmigo.
—¿Dónde está Mircea?
—Esperando fuera.
Entorna los ojos, no se fía de mí y es comprensible, porque veo que se detienen en las comisuras de mis labios.
Me rasco la barbilla y una pelusilla de polvo y sangre se me acumula bajo una garra.
Caigo en la cuenta de que lo más probable es que se esté imaginando que me he comido a su amiga y de que la siguiente será ella.
—Si quieres que vaya contigo, primero tengo que ver a Mircea.
Me maldigo por haber rechazado la oferta de la Caminante, no he caído en la cuenta de esto porque he vuelto a actuar sin pensar y ahora voy a tener que secuestrarla.
Gritará y pataleará y nuestro tiempo de huida se reducirá al mínimo, porque Rogont saltará por encima de la barra al oír el jaleo y avisará a los otros siete clientes.
—Por favor —susurro, acercándome a su cara—. Tu diosa te está echando una mano, aunque no puedas verlo.
Apelar a su fe tampoco funciona, porque me he lucido con comentarios sarcásticos acerca de la misma desde hace dos días. Solo sirve para que dé un paso atrás y acerque la mano a la puerta. Suelto un gruñido leve y descargo el puño contra el pomo, que rueda con un sonido metálico.
Siete latidos. Tengo siete latidos.
La rodeo con un brazo para cargármela al hombro, tirando cajas a mi paso.
El estruendo y los gritos de Rona causan el efecto que esperaba, porque oigo las pisadas de Rogont y los golpes en la puerta a medida que esquivo botellas, tarros y montones de vegetales.
Lanzo una patada y vuelan las astillas, antes de echarme al frío húmedo de la mañana, con la posadera descargando puñetazos en mi espalda y armando un lío de cojones.
Echo a correr y paso por delante del arbusto en el que nos espera Mircea, sosteniendo la daga cerca de la cara.
Abre los ojos como platos y emprende la carrera a mi zaga, la posadera se calma un poco al verla.
Los árboles nos ocultan al cabo de cuarenta latidos, Mircea se ha tenido que parar hace unos momentos porque no puede seguirme el ritmo y ahora me encuentro a solas con Rona, entre un conglomerado de helechos. La suelto y cae de culo, llenándose de hojitas y tierra húmeda.
—¡¿Pero qué coño os pasa a los dos?!
Levanto un dedo y miro hacia un lado, esperando que Mircea aparezca de un momento a otro. No se me dan bien las explicaciones y solo conseguiría asustarla.
—¡¿Por qué estás cubierto de sangre?! —Se levanta y retrocede, topándose con un tronco.
—He comido.
—¿Cómo que has comido?
—Te lo va a explicar Mircea, cuando quiera que nos encuentre.
—Me lo vas a explicar tú.
La miro y me saco un trozo de cartílago de entre los dientes.
—Creo que he matado a dos de los tres tipos que han salido en nuestra búsqueda, con intención de matarme.
El tercero llegará a la aldea en algún momento y les contará lo que le dé la gana, por lo que irán a por ti al estar relacionada con Mircea.
La sangre no es de los tipos, al menos no toda, me pillaron comiendo.
Me mira con la mandíbula distendida, sus pupilas tiemblan un poco y se deja caer. Se da un momento para contestar y cuando lo hace balbucea:
—Lo has empeorado. Si hubiesen ido a por mí, les habría explicado que…
—Os llamaron «bolleras», no creo que os tengan mucho cariño. Si han ido en mi busca por un comentario que le hice al gilipollas que me vendió el hacha, imagínate lo que te harán por la muerte de otros dos gilipollas.
—Hay gente que me tiene cariño, Rogont entre ellos.
—Pues es una puta suerte que Rogont pueda defenderte de una muchedumbre furiosa, lo mismo también le salen alas y pico y te saca volando antes de que te ahorquen en la plaza del mercado.
—Si les hubieses dado la oportunidad de…
—Pues venga, ahí tienes la senda. Seguro que ya te echan de menos.
—No los conoces, no tienes ni idea de si…
—Que no los conozco… —río entre dientes, pasando una mano por donde antes estuvieron mis escamas— ¡Que no los conozco!
—suelto un rugido que le hace dar un bote— ¡No tengas la cara de decirme eso cuando acabo de salvarte la vida!
¡Un poquito de puta gratitud…! ¡Ni siquiera debería haberlo hecho porque no os lo merecéis, joder!
—Me acerco y me agacho, clavándole la mirada.
Mi voz bulle como una poza de brea, hablo tan bajo que se convierte en un siseo—.
No merecéis nada de lo que haga por vosotros y aquí está la prueba.
El verdadero gilipollas en esta historia soy yo, porque no aprendo.
Me levanto y echo a andar, aplastando helechos a mi paso. Oigo la voz de Mircea a mi espalda y no me detengo, lo único que quiero es perderlas de vista. Me tiembla el cuerpo y el velo rojo me nubla los sentidos cuando lanzo un zarpazo contra un tronco.
Rossana se lo llevó todo, sin ella voy a seguir dando tumbos hasta conseguir que me maten y lo peor es que la he visto en sus ojos acuosos, me ha devuelto la misma expresión que retorció su boca, justo antes de perderla.
No, no la perdí. La maté.
Tengo que empezar a llamar a las cosas por su nombre, tengo que mirar a la realidad a la cara y tengo que dejar de revolverme.
No soy un mártir, soy un puto asesino. La falta de honestidad requiere de un tipo especial de cobardía.
La emprendo a golpes contra el tronco, lo hago con tanta fuerza que las raíces empiezan a ceder.
Soy el puto Astharoth Reencarnado y el acantilado que contiene a la ola más grande del mundo, que arrastra los rostros de todos los que siguen respirando mientras yo ni siquiera puedo hacerlo.
El bosque me devuelve una cacofonía de jadeos ásperos y gruñidos, el árbol me devuelve sus gemidos.
Echo la cabeza hacia atrás y rujo contra su verdor inclemente, contra el atardecer sanguino que asoma entre sus ramas.
—Lessen.
Giro un poco la cabeza, mirándola de reojo. Su cuerpo queda parcialmente oculto por otro tronco, pero veo que todavía sostiene la daga. No sé por qué estás aquí, pero no deberías. Soy Rojamuerte, huye mientras puedas.
—Márchate —contesto a duras penas, porque la rabia no me deja ni respirar.
Mircea sale de su escondite y se acerca cautelosa, sus ojos pasando del tronco mutilado al pecho que me late como el tambor de una galera. Deja mi petate y mis botas en el suelo y los empuja con el pie.
—No sé qué te han hecho mis semejantes, pero no somos como ellos.
Sé que no lo quieres oír y que no me crees, pero no me quedaré tranquila si no te lo digo.
Puede que lo recuerdes algún día. Te estoy muy agradecida por lo que acabas de hacer y sé que Rona también, es buena persona.
Es mejor persona de lo que yo seré jamás.
Me paso la lengua por los dientes y me giro, dominándola con mi estatura.
—Las buenas personas llenan las zanjas que los malvados no dejan de cavar.
—Cierto, pero sin ella estarías muerto. Y creo que tú también lo eres, aunque te odies… así. —Señala el árbol—. No es fácil hacer lo correcto en un mundo tan jodido, lo sé bien.
—No me habéis dejado hacer lo correcto.
—¿Qué quieres decir?
—Lo correcto habría sido que me dejaseis morir.
Da un respingo cuando echo mano de mis botas, parece que por un momento ha pensado que me iba a lanzar a golpearla. Me las pongo con un par de sacudidas y cuando bajo la cabeza me doy cuenta de que me falta media pernera del pantalón.
—Está aquí. —Mircea se agacha para agarrar el trozo de cuero que se ha quedado enganchado en el árbol—. Rona puede arreglarlo. Si vuelves con nosotras… —Se pasa la mano por la nariz, que todavía le moquea—. Tengo lo necesario en mi petate.
Nos sostenemos la mirada en un silencio que se prolonga unos latidos, su corazón retumba como el mío.
Sé que me necesitan, pero no se atreve a decirlo.
No quiero que me necesiten, sé cómo acabará esta historia.
La conciencia me aguijonea, recordándome que están en esta situación por mi culpa.
Siempre hay otro modo de hacer las cosas, pero solo sé moverme por la vida a cabezazos.
Asiento despacio, volviendo a una calma que no durará mucho.
Recojo mi petate y la sigo por la escabechina de arbustos y helechos que he dejado a mi paso.
Rona nos recibe con una escueta sonrisa cuando regresamos al lugar donde la dejé y Mircea le entrega el trozo de cuero, diciendo que tiene que arreglarme los pantalones.
La santurrona se santigua al ver el estado en el que vuelvo, debo tener el aspecto de una bestia del Abismo.
—Tenemos que movernos, sugiero que vayamos al Manantial — añade Mircea—. La gente de la aldea le tiene mucho miedo, dudo que nos busquen por allí.
Rona asiente mientras se rasca el brazo, dedicándome una mueca inquieta.
Sigue a su compañera cuando echa a andar y me quedo a la zaga, porque todavía no me he calmado del todo.
Soy una diatriba de gruñidos y vuelvo a tener hambre, he consumido gran parte de mis fuerzas en reventar el árbol, que ha quedado como recordatorio de mi rabia asesina.
Mircea se vuelve de cuando en cuando para comprobar que las sigo, pero Rona no se atreve ni a mirarme.
Hacemos un alto al llegar a un arroyo, porque la posadera ha empezado a respirar con mucha fuerza y a gemir que lo ha perdido todo.
Mircea trata de calmarla con un sentido abrazo y susurra palabras de consuelo en su hombro.
Soy una maldición a la que os aferráis, me digo, mientras tomo asiento en una roca y hago lo posible por no mirarlas.
Decidimos hacer noche en el pequeño claro, en silencio y acompañados por el viento que ulula con fuerza y que arrastra los susurros de los demonios que se alegran de mi regreso.
«Sabíamos que volverías, Lazor, siempre fuiste un cobarde».