Hambre #2
Me cargo al buitre bajo el brazo y camino por la rama, para después encaramarme al tronco. Las astillas vuelven a saltar a mi paso, porque me estoy deslizando con las garras de los pies y de la mano derecha. Doy un salto hacia atrás cuando llego abajo y me giro hasta donde está Mircea.
Es verdad, no está sola y levanta las manos por encima de la cabeza.
—No te metas en esto, comecoños.
—Me estáis metiendo vosotros.
Me paso la lengua por las comisuras de los labios y suelto al buitre, que cae en un pequeña lluvia de plumas.
Tengo la cara embadurnada de sangre y los desconocidos han palidecido al verme.
Choco las garras de la mano entre sí, ya me han crecido del todo y relampaguean como dagas de obsidiana, una sutil advertencia que cualquier criatura con dos dedos de frente entiende.
Me paso el brazo por la boca y doy un paso, pero uno de ellos alza una ballesta y me apunta al pecho.
—Te voy a mandar de vuelta al Abismo, demonio. Habrás engatusado a las bolleras, pero en Calmaderiva tenemos cuentas pendientes con los de tu especie.
Tomo aire y lo suelto por la nariz, porque están en desventaja y no lo saben.
Si falla el tiro y no es diestro con esa cosa —por cómo la sostiene, no lo parece— tardará lo suyo en recargarla, dándome el tiempo suficiente para rebanarle el cuello.
Después iré contra su amigo de la espada larga, que la sostiene entre las piernas y tiembla como una brizna de hierba.
No creo que haya matado a un hombre en su vida, y el peso del arma lo desequilibra.
Con un golpe lo tendré escupiendo dientes hasta el próximo Mihon’da.
Finalmente, me lanzaré contra el tercero, que sostiene una daga que podría cubrir con la palma de mi mano.
Si ese proyectil no me atraviesa el ojo, están muertos.
Doce latidos, puede que trece porque acabo de comer y el estómago me hace lento.
Ni siquiera voy a usar la daga de G’lar, la lucha me servirá como entrenamiento.
—¿Qué hay? —ronroneo—. Os voy a contar lo que va a pasar: vais a dar la vuelta y me vais a dejar terminar con lo que estaba haciendo, porque me toca los huevos sobremanera que me molesten cuando como.
Si queréis, podéis contarle a los follamadres de vuestros amigotes que habéis dado caza al mestizo que ha aterrorizado a vuestra aldeucha, por mí como si lo silbáis…
Pero dad la vuelta. No lo voy a repetir.
—Amenazaste a Fhar.
—¿A quién?
—Al armero al que le compraste el hacha.
—Joder, cómo se está alargando esto… —suspiro y miro hacia un lado— Le recordé que no hace mucho que os ayudamos a limpiar estos bosques de auténticos demonios. Le recordé que su racismo no viene a cuento y aprovecho para deciros lo mismo. Dad la vuelta, tengo hambre.
La ballesta se dispara, aunque no creo que lo haya hecho a propósito; está tan nervioso que su dedo ha bailado con demasiada premura en el gatillo. Por poco me alcanza, me roza el brazo derecho y basta para cabrearme.
Clavo las manos en tierra a medida que me impulso y paso tan deprisa junto a Mircea que se tambalea y cae al suelo.
Mi garra derecha se hunde bajo la mandíbula del de la ballesta, que se ha agachado para recargarla, y lo levanto con un solo brazo.
Cinco garfios le perforan el hueco blando que le separa la barbilla del cuello y no me avergüenza admitir que estoy disfrutando con lo fácil que ha sido.
El de la espada trata de asestarme un tajo en el costado, pero giro con el primer tipo todavía clavado en la mano y sus piernas lo golpean con tanta fuerza que trastabilla y cae de culo.
Una estela de sangre me acompaña cuando suelto al primero y aparto la espada de un manotazo, que sale volando porque la tenía agarrada con una sola mano.
Le clavo las garras del pie en los huevos, chilla como un cerdo y trata de retroceder, desgarrándoselos.
Lo dejo aullando, para volverme hacia el muchacho que sostiene la daga con ambas manos y retrocede.
—¿Qué vas a hacer? —Le muestro mi sonrisa más benevolente.
No se lo piensa, echa a correr por la senda y se pierde entre los árboles, pegando más botes que un conejo.
Me vuelvo a mirar al de la ballesta, que yace sin mandíbula inferior. No creo que este pueda correr mucho.
Giro sobre los talones y miro al chaval que todavía se agarra los huevos y gime. Mircea nos observa con los ojos desorbitados, metida en un charco y con barro hasta las orejas. Le tiendo una mano y sacude la cabeza al ver los restos de carne que cuelgan de mis dedos.
Vuelvo junto al chico al que he convertido en eunuco, lo levanto por el abrigo y le doy tal patada que empieza a gatear en la dirección contraria.
Suelto una risita y vuelvo sobre mis pasos, para recoger los restos del buitre y el petate; después me pongo las botas y echo a andar por la senda.
Sus corazones no me han tentado ni me han hecho salivar, ha sido limpio y rápido.
Menos limpio que rápido, pero vamos progresando porque no ha caído el velo rojo.
—No te pago por quedarte sentada. —Miro a Mircea por encima del hombro.
Tarda un poco en venir a mi encuentro y tiembla como un pajarillo.
No es para menos, acaba de ver de lo que soy capaz en un día en el que no estoy recuperado del todo y empieza a entender que se ha metido en la boca del lobo, que está ayudando a un hombre que no ha dudado en matar y malherir a unos desgraciados que no sabían ni lo que estaban haciendo.
Y no imaginas de lo que seré capaz cuando alcance a los hijos de puta a los que estoy buscando, aunque no me lo pondrán tan fácil como estos.
Me limpio la mano con el forro del abrigo, porque la sangre del de la ballesta tiene un pestazo que me trepa por las fosas nasales y se me clava a las sienes. Si mal no recuerdo, hay un arroyo que queda cerca donde podré lavármela.
—Los conozco desde niña —la oigo musitar.
Hago un esfuerzo por ponerme en su lugar, porque está verdaderamente asustada. Habrá visto muchas cosas en el camino, pero dudo que haya visto a un drazir guerrero en acción y sé que no es plato de buen gusto.
—Y te han llamado «bollera».
—No los habría matado por eso, son solo… palabras. Ahora me preocupa Rona, si Myzin vuelve y les cuenta lo que ha visto…
—Se desangrará antes de llegar.
—Me refiero al de la daga.
—No creo que pueda ni hablar, ni que se atreva.
—Pero aun así… —susurra en un hilo de voz— Rona… Irán a por Rona…
Suelto un largo suspiro al detenerme. He actuado sin pensar, como de costumbre.
Soy muy consciente de lo que hace la gente cuando tiene miedo y está enfadada, la toman con el primero que tienen a mano y suele acabar mal, mucho más en aldeas pequeñas.
Suelto un improperio en mi idioma y cierro los ojos, porque la he hecho buena.
Estas mujeres no han dejado de ayudarme desde que me conocen y lo mínimo que puedo hacer es evitar que lapiden a la posadera que adora a una diosa extranjera y se acuesta con otras mujeres.
¿Lo mínimo? Hace un año la habría matado por siquiera atreverse a mirarme.
Ya no somos esa persona, Lazor… ¿O sí? ¿Qué coño somos?
—Espérame aquí, voy a encontrar al capullo de la daga.
—No lo entiendes, Lessen. Si no vuelven a la aldea, será mucho peor. Siempre le digo a Rona que se pone en el blanco de su odio por cómo es y esto es lo que necesitan para…
Gruño y doy la vuelta, por poco choco con ella mientras sigo gruñendo improperios y me pregunto a cuánta gente tengo que matar antes de que acabe el día.
Le doy un bocado al buitre antes de lanzarlo a un lado y mastico con fiereza, con el fulgor del mismísimo Abismo en los ojos.
Este ni siquiera era el plan, pero los humanos siempre lo complican todo.