Hambre
HAMbrE
—He metido cinco empanadas de carne, diez manzanas y un queso entero —dice Rona—. Creo que tendréis suficiente hasta que lleguéis a la frontera con Hámmundur.
—Con solo las empanadas tendríamos suficiente para llegar hasta el mismísimo Valle de Sombrás —dice Mircea—. Pero no vamos a Hámmundur.
—¿Cómo que no?
—Será más rápido y seguro si cruzamos el bosque.
—No me fastidies, Mircea. Que sea un poco más seguro que antes no quiere decir que lo sea del todo.
—No importan los años que pasen, que seguirás olvidando que hablas con una Caminante. Por si eso no te vale, me acompaña un mestizo que me saca dos o tres cabezas.
—¿Y estás segura de que quieres hacer esto? —Rona tuerce el gesto.
—Completamente, es más inofensivo que un corderito.
Las oigo cuchichear un rato más, hasta que pierdo la paciencia.
Rona aprieta los labios y le dedica una mirada inquieta a su amiga, viendo que me acerco con el petate a la espalda y el ceño fruncido.
Se cogen de las manos y Mircea se inclina para besar su mejilla, pero no lo hace como si solo fuesen amigas.
El profundo afecto que le dedica es fugaz y piensa que no las he visto, sin sospechar que me importa un carajo.
Con todos los prejuicios que la gente me clava nada más verme, sería un hipócrita si me escandalizase por eso.
Bueno… Soy un hipócrita con muchas otras cosas, pero no con eso.
Rona la empuja levemente y le da un apretón en la mano, antes de retirarla.
—Vuelve, por favor.
—Siempre lo hago. —Mircea le pasa los nudillos por la mejilla y se sitúa a mi lado.
—Tranquila, he comido esta mañana —digo con una media sonrisa—. Los dragones solo comemos una vez a la semana y no parece que tenga mucha carne que aprovechar.
Rona me dedica una mueca de disgusto y me recuerdo a mí mismo que no se me dan bien las chanzas. Para una que hago, la dejo más intranquila que antes. La despido con un asentimiento de cabeza y ella levanta la mano y la agita levemente.
Nos alejamos por el camino embarrado y nuestros pies emiten un sonido de succión.
Anoche volvió a llover y Mircea empieza a mostrar signos de enfermedad, la nariz le moquea y no hace más que pasarse el dorso de la mano por ella.
Veo que hurga en su petate y que se mete una hierba en la boca; me ofrece un poco y sacudo la cabeza.
—¿Tampoco cogéis resfriados?
—No.
—No enfermáis, no tenéis frío, coméis una vez a la semana… O sois la forma de vida más resistente del mundo o me estás tomando el pelo.
—Es mentira, lo de que como una vez a la semana —me encojo de hombros—. Podría terminarme esas empanadas de una sentada y seguiría teniendo hambre.
—Pues estamos apañados, no encontraremos una posada hasta llegar a Mirkel. Espera, ahora que lo pienso… Hay una al otro lado del bosque, pero…
—No te preocupes, cazo mi propia comida.
Caminamos en silencio, pasando por delante de una hilera de chozas y de la fragua del barbudo racista.
Está en la puerta y nos sigue con la mirada mientras se fuma una pipa.
La que parece su esposa esboza una mueca cargada de recelo y le susurra algo al oído.
Se les unen otros, que salen de sus hogares para ver cómo nos alejamos.
Me tenso un poco, pero me recuerdo que me tienen más miedo del que yo pueda tenerles.
Mircea los saluda con la mano a medida que nos los vamos cruzando, enumerando una larga lista de nombres.
Una procesión de labios arrugados y ceños fruncidos nos acompaña hasta poco antes de llegar a la linde del bosque, donde nos detenemos.
—Podemos hacerlo de dos modos —dice Mircea, señalando—: cogemos la senda de la derecha, que da un pequeño rodeo pero evita el Manantial de Los Hados o…
—Nada de rodeos.
—Pero es el Manantial de Los Hados.
—Soy un mestizo que te saca dos o tres cabezas.
—Has estado poniendo el oído, ¿eh? —me dedica una mueca jocosa.
—Me ha hecho gracia.
—Dudo mucho que algo pueda hacerte gracia, Lessen. —Se lo piensa un momento y me mira de reojo—. ¿Y no vas a decir nada más?
—¿De qué? —Echo a andar por la senda de la izquierda.
—¿No has visto nada más? —Me alcanza.
Resoplo, porque sus líos amorosos me la traen floja y no quiero mantener una conversación acerca de qué dios prohibe qué. No parece que quiera dejar el tema, porque sus ojos de búho me escrutan con minuciosidad mientras aparto helechos y sorteo árboles.
—No vamos a hacer esto.
—¿El qué?
—No me interesa que nos conozcamos más allá del trabajo que tenemos entre manos.
—Así que nos vamos a pasar todo el camino en silencio.
—Sí, especialmente en este bosque. Hace un momento te temblaban las rodillas, al pensar en el Manantial.
—Oye, te estás saliendo de la senda.
—Porque quiero mear, ¿te importa?
—Con el espectáculo del otro día pensaba que simplemente lo haces donde te apetece —No contesto, mientras me apoyo en un árbol y hago lo propio, dándole la espalda—. Es broma, por cierto. No imagino que seáis tan… salvajes.
Presiono la punta de la lengua contra un colmillo y trato de ignorarla, pero está hablando de que conoció a otro mestizo que tenía muy buenos modales y que además fue muy amable y no se qué chorradas más. Giro un poco la cabeza, de modo que solo ve mi perfil.
—¿Dónde lo conociste?
—En Sorash.
Me la guardo y me giro con el ceño fruncido, algo que no le sorprende, pero se da cuenta de que no lo frunzo como de costumbre. No hay drazir en Sorash y si los hay, son los que pretendo encontrar. Me acerco más y trastabilla al retroceder.
—¿Cómo era?
—Pues tenía escamas por casi toda la cara, negras y turquesa.
— Mircea hace un esfuerzo por recordar—.
Sus ojos eran como los tuyos, pero el iris era muy verde, según la luz hasta parecía amarillo.
El pelo… Creo que tenía el pelo negro, no tan largo como el tuyo, pero hacía un contraste muy bonito con sus escamas. Era así como… brillante.
—Vaya, parece un tío muy pintón, pero me suda los cojones lo bonito que tenga el pelo. ¿Alguna cicatriz en la cara? ¿En el cuello?
—Pues ahora mismo no lo recuerdo.
—¿Tenía esto? —Le enseño los nudillos.
—Puede que sí o puede que fuesen cicatrices —sacude la cabeza—, ahora mismo no estoy segura.
—Venga ya, Caminante, sabes lo que es esto.
—Te digo que no lo sé.
No tengo ni idea de qué hacia Negramuerte congeniando con una Caminante, pero su descripción ha bastado para erizarme todas las escamas del cuello.
—¿En Sorash? ¿Al otro lado de la Montaña Susurrante?
—Sí, claro… A no ser que lo hayan cambiado de sitio.
—¿Por qué habló contigo?
—¿Qué?
—Os odian, quiero saber por qué habló contigo.
—Le vendí algo.
—No compran, roban.
—Pues a mí me lo compró.
—¿Qué le vendiste?
—Una poción.
—¿Qué poción? —suelto un profundo rugido, sin apenas separar los labios.
—Una que adquirí en La Torre, de efecto saciante. Dijo que tenía mucha hambre.
—No tiene sentido.
—Oye, me estás asustando. No tengo ni idea de por qué fue amable conmigo, lo mismo quería echar un polvo.
—Les dais asco, lo dudo mucho.
—No sé qué hay entre vosotros pero no soy tu enemigo, haz el favor de retroceder.
Vuelvo a la senda al tiempo que suelto un gruñido largo y me sigue, esquivando un par de árboles.
—¿Y recuerdas cuándo fue? —pregunto sin volver la mirada.
—Hace una luna.
El rastro puede haberse enfriado, pero es mejor que ir a Kuzhén a dar palos de ciego.
—Cambio de planes, me vas a llevar a Sorash.
—¿Cómo? —Abre los ojos como platos.
—Y no quiero ir por las sendas habituales.
—¿Y qué pasa con Kuzhén? —Aprieta el paso, tratando de igualar el mío— ¿Es por lo que he dicho? ¿Buscas a otros mestizos?
—¿Qué te he dicho, Mircea?
—Que no me meta en tu vida.
—Pues eso.
El silencio nos acompaña hasta el corazón del bosque y me empieza a entrar hambre.
Dejo el petate a un lado del camino y oteo las ramas de los árboles.
Cierro los ojos y percibo el batir de unas alas que me indica hasta dónde debo trepar.
Mircea todavía no sabe lo que me propongo, pero aprovecha para tomar asiento en una roca y me observa con curiosidad cuando me acerco a un árbol.
Me quito las botas y las garras de mis pies quedan al descubierto, las separo y las muevo un poco.
Me encaramo al tronco, que suelta astillas a mi paso, se menea con mis sacudidas y me rocía de hojitas secas, hasta que desaparezco.
La oigo silbar, ya a mucha altura por encima de su cabeza.
Percibo el particular olor del nido que trina en una rama que tengo a mi derecha y mis garras se deslizan y clavan en su corteza, cuando me lanzo y caigo en cuclillas sobre la misma.
Los polluelos están desprotegidos y pían con más estridencia al ver que me acerco, pero un remolino de plumas frena mi avanzada y me veo peleando contra los picotazos de lo que parece un buitre de las nieves.
Le clavo las garras, pero el animal se defiende con las suyas e intenta alcanzarme en los ojos.
Cierro los colmillos en su pescuezo y la sangre entra a borbotones por mi garganta; el enfrentamiento ha terminado con un ruido seco y blando.
Me siento en la rama y mis pies cuelgan sobre el bosque, mientras desgarro la carne del buitre con los dientes y los polluelos me taladran los oídos.
Me vuelvo a mirarlos y considero que no tengo tanta hambre como para comérmelos también, con su madre tendré bastante, hasta la noche.
Pienso que sería una crueldad dejarlos ahí, tan desprotegidos, y la dualidad de mi naturaleza vuelve a sorprenderme.
Cazo para alimentarme, mas me repatea dejar a unos polluelos sin su madre.
Suelto una risita y vuelvo a dar otro mordisco, balanceando los pies.
—¡Lessen! ¡EH, LESSEN!
No logro ver a Mircea por la frondosidad de las ramas, así que contesto de vuelta:
—¿Qué?
—¡Que no estamos solos!