Las espadas son de cobardes
LAS ESPADAS SON DE COBARDES
La aurora despunta con un tono plomizo y adquiere el color de la sangre seca en el horizonte que se desdibuja entre los tejados de la aldeucha, mientras desperezo mis castigadas rodillas y marcho por el camino embarrado que conduce a la armería.
Mircea va a mi lado, enfundada en una manta de piel de oveja que ha visto mejores días; la sujeta con firmeza sobre los hombros, no quiere arrastrarla por el barro. Está tiritando.
—¿No tienes frío? –pregunta.
—No.
—Cuando llegaste estabas muerto de frío.
—Cuando llegué tenía un pie en el Otro Lado y rezumaba un vial entero de veneno. En condiciones normales, es difícil que lo sienta.
—Claro, claro —asiente, como si tuviese alguna idea de lo que estoy diciendo—. Así que no puedes enfermar por el frío.
—No.
—Pues me estás dando frío con solo mirarte, me habría gustado que por lo menos te hubieses puesto el abrigo.
—El abrigo huele a pescado, no sé qué coño hicisteis con él.
—No huele a pescado —dice ella mientras aprieta más la manta sobre su cuerpo—, debe ser que los mestizos también tenéis el olfato atrofiado.
—Sensible, diría. Podría oler la peste de ese abrigo desde por lo menos media milla y eso significa que los míos también.
—¿No te apetece cruzarte con los tuyos?
—No.
—¿Por qué?
El silencio nos acompaña mientras subimos una cuesta y distinguimos los farolillos que alumbran el cartel de la armería.
—No huele a pescado —rezonga Mircea.
Parece que es de las que siempre quieren tener la última palabra, lo que no sabe es que me pasa exactamente lo mismo.
—Lo habéis metido en un cubo en el que antes había pescado y no me da la gana que me confundan con una sardina. Suficiente tengo ya.
—¿Te confunden mucho con otras cosas?
—La gente me ha llamado de todo, si es lo que estás preguntando. Tú incluida.
—¿Yo? ¿Qué quieres decir?
—Me has llamado «mestizo» más veces de las que puedo contar. No lo soy. Ya ni me molesto en corregiros, pero quiero que sepas que estás muy equivocada.
—Luego sí que te molestas en corregirnos.
Resoplo en respuesta, concediéndoselo.
—¿Y entonces cómo te llamo?
Cierto es que todavía no le he dicho mi nombre.
Es más seguro de ese modo, si nos separamos en el camino y la capturan, ni siquiera sabrá decir con quién ha estado.
No hay muchos como yo fuera de las Sierras del Fuego y del Antiguo Reino, pero los suficientes como para despistar.
La miro, tengo que agachar un poco la cabeza porque me llega a la altura del pecho.
—Lessen.
—¿Lessen? No tienes cara de «Lessen».
—Imagino que no habrás visto muchas caras como esta, para tener esa opinión.
—Es una cara muy normal.
Enarbolo una ceja y ella se encoge de hombros, como si no acabase de decir que no se nota que soy drazir.
Claro que se me nota, debo hablar con la boca medio cerrada porque sino me asoman los colmillos, por no mencionar las escamas rojas de mi cuello y pómulos y las dos protuberancias que oculto bajo el pelo, donde antes estuvieron mis cuernos; no se notan mucho, lo admito, salvo cuando me lo recojo en la nuca.
—Todavía no me has dicho por qué tengo que acompañarte — digo.
—Porque el armero me ha preguntado un par de cosas y no tengo modo de contestarlas, como la talla de tu mano. Dice que un hombre debe sujetar el arma que le va a salvar la vida antes de adquirirla.
—Debe ser el primero con el que doy que respeta su oficio hasta ese punto. No obstante, corremos el riesgo de que no me la venda.
—Nos conocemos desde críos, no te preocupes.
Nos detenemos frente a la puerta corredera de una fragua y Mircea tira del pomo.
El repicar del martillo contra el yunque nos recibe, pero el hombre no se da cuenta de que entramos hasta al cabo de unos diez latidos.
Sus ojos de arrugas pronunciadas se detienen en la mujer que me acompaña y sonríen, pero se apagan en cuanto se posan en mí.
Deja el martillo en un aplique, coloca la pieza que está trabajando en una mesa y se remanga, para quedarse cruzado de brazos.
—No me dijiste que vendrías con un mestizo.
—¿Y eso qué más da? Es un cliente.
El armero se pasa la mano por la barba y me mira de hito en hito, con los ojos tan entornados que parecen dos líneas. Cuadro los hombros sin darme cuenta, mi cuerpo está demasiado acostumbrado a la hostilidad.
—¿Qué hace un mestizo en Calmaderiva?
—Lo que haría cualquier otra persona —intento suavizar el tono de voz, pero no funciona.
—No eres una persona —deja clara su postura, levantando la barbilla—. Quiero saber si le estoy vendiendo armas a un asesino.
—Todos los que usan armas son asesinos —replico con sequedad—. Tu oficio se lucra con la muerte.
Arquea las cejas; parece que mi respuesta lo ha sorprendido, aunque no para bien.
Le hago saber que me importa una mierda cuando alzo la barbilla y dejo mis escamas al descubierto.
Si hay algo que me da más asco que un santurrón, es un puto asesino que se las da de héroe.
La muerte es la muerte y los motivos por los que matamos no tienen nada de honroso.
Mira a Mircea y ésta se pasa una mano por la nuca.
—Tiene un piquito de oro.
—No hables como si yo no estuviera. —Las escamas que me recorren la espina dorsal se crispan—. ¿Me vas a vender algo o no?
—Lo estoy decidiendo. ¿De qué lo conoces, Mircea?
—Es una historia entretenida, pero no tenemos tiempo para eso. Te basta con saber que es trigo limpio.
No lo soy, pero esbozo una sonrisa ladeada, que recibe con otra sonrisa. Esta chica no tiene ni idea de lo que me propongo y sigue poniendo el cuello por mí, lo mínimo que puedo hacer es sonreír. No mucho, no quiero que este cabrón se eche atrás al verme los colmillos.
—Bueno… —el barbudo racista suspira y se vuelve hacia el conglomerado de espadas que hay a un lado— ¿Qué te interesa?
—No me gustan las espadas, ¿tienes hachas?
—Ahí —señala vagamente una pared.
Me vuelvo hacia el lugar donde hay cuatro colgadas, la luz de la mañana se refleja en sus filos cuando me acerco.
Son poca cosa, con un mango así no tengo ni para empezar, pero hay una que cuenta con doble filo y que parece más pesada que las otras.
La cojo y compruebo que el peso esté equilibrado, nunca se sabe con este tipo de hachas.
Retroceden cuando la blando en horizontal, tan deprisa que se convierte en una estela blanca.
El armero palidece, pero Mircea parece muy complacida.
La lanzo al aire y veo cómo gira, para recogerla con la mano.
Presiono la punta triangular del mango contra la palma; podría abrirle la cabeza a un humano, pero otro como yo apenas lo sentiría, más si cuenta con escamas.
—¿Y bien? —pregunta el armero, inquieto.
—¿No tienes nada más grande?
—¿Para tus manos? No. Lo mismo te va mejor una espada.
—Las espadas son de cobardes.
—¿Y eso por qué?
—La longitud de la hoja va en función de lo poco que se quiere acercar uno al contrincante. Si vas a pelear, debes estar dispuesto a mancharte las manos. —Miro hacia un lado—. Y tienes hojas muy largas.
—No estoy de acuerdo con nada de lo que has dicho, pero mientras pagues…
—Te va a pagar ella —señalo a Mircea con el hacha.
La mujer se hurga en los bolsillos de la capa y saca un puñado de monedas de cobre, preguntando cuánto pide. El hombre me dedica una mirada de soslayo y le da un precio absurdo, algo que ya me esperaba. Gruño un insulto en mi idioma, viendo que le hace sacar las monedas buenas, las de plata.
—Bueno, pues un placer.
—No es un placer en absoluto —masculla el armero—. No vuelvas a meterme en una encerrona, Mircea.
—Necesito un cincho para el hacha.
—Ahí tienes unos cuantos, aunque no creo que se vayan a ajustar bien a tu espalda.
Los examino y veo que tiene razón, pero Mircea apunta que Rona puede arreglarlo para mí, que se le da bien trabajar el cuero. Se lo compramos por otra cantidad absurda y me empiezo a sentir mal por la chica.
—Vamos, Lessen —pasa a mi lado, disimulando su disgusto.
—No hace mucho que Utgard se servía de mi especie para protegerse de lo que venía del Bosque del Draugr, humano. —No he terminado, por lo que no me muevo—. Entonces os parecíamos enviados de los dioses.
—Y es una suerte que ya no tengamos que recurrir a vosotros —el armero esboza un gesto burlón—. No hace mucho que os alimentabais de la sangre de los nuestros, de eso también nos acordamos.
—Vamos, Lessen —repite Mircea, con un tono de voz más frío.
Retrocedo sin darle la espalda, aunque me obligo a calmarme.
Si me quedase a enumerar todo con lo que se equivoca podríamos estar aquí hasta mañana y no es de los que quieran escuchar, el odio es su combustible y prefiere volcarlo en todo lo que no sea él mismo y su especie.
Lo entiendo, porque a mí tampoco me gustan los humanos.
Otra muesca en el largo cuchillo de mi hipocresía, pero tengo más motivos que ellos para el odio.
Lo despido con un movimiento de barbilla y él hace lo mismo.
—No tendrías que haber hecho eso.
—¿El qué? —gruño, examinando uno de los filos.
—Suficiente es que Rona te haya aceptado en la posada. La gente no olvida estas cosas y no tienes que quedarte a vivir aquí para ver las consecuencias. El rumor se va a propagar como una mala enfermedad y le has dado motivos.
—No sé en qué momento te he hecho pensar que tu puta aldeucha me importa.
—No hace falta que seas así conmigo, ¿sabes? No voy a hacerte daño.
—No podrías.
Volvemos a la posada en silencio, creo que la he cabreado.
Es la primera vez que pone esa cara y me digo que no me importa, que todo lo que me tiene que importar es llegar hasta los hijos de puta que me hicieron esto.
Pero se ha portado bien conmigo, así que pongo una mano en la puerta, antes de que la abra.
—Gracias.
—¿Cómo? —pestañea.
—He dicho… gracias.
La comisura de su boca se curva y mira mi mano, para que le deje abrir la puerta. La bajo y mis garras resbalan por la madera, antes de echarme a un lado. Entra y el ceño no la abandona, aunque ya no parece enojada. Eso que me llevo.
—¿No vienes? —Se detiene, sujetando la puerta.
—Voy a cazar.
—Tenemos comida, no hace falta que…
Le doy la espalda y echo andar, dejándola con la palabra en la boca.