Conciencia, esa perra rabiosa #2
Muevo la cabeza de lado a lado, los huesos del cuello crujen.
Me siento mucho mejor que ayer, aunque peor que hace unos días, mientras caminaba con gesto ausente por el Bosque del Draugr y los espíritus me susurraban sus amenazas.
Pienso en lo que hice anoche, en todo lo que dije y en cómo las traté, y mi perra conciencia empieza a morder.
Crujo las muñecas y los nudillos y estiro la espalda, emitiendo otro gruñido.
Tengo los músculos castigados, pero me recupero deprisa.
Me paso las manos por los hombros y aspiro entre los dientes al rozar las astillas de hueso que se encuentran donde una vez tuve las alas, cerca de los omoplatos.
Es un recuerdo amargo que asoma de cuando en cuando, es por eso que no me suelo tocar la espalda.
—Mi ropa.
—Se está lavando —dice Rona—, tenía tanta roña que casi se sostenía en pie.
—¿Dónde está?
—En un cubo lleno de agua, ¿te la vas a poner así?
Aspiro por la nariz y me lleno el pecho de una paciencia que pensé que me había abandonado.
No, ahí está otra vez, la maldita conciencia aguijoneándome la nuca.
Estas mujeres no tienen la culpa de lo que me pasa ni de lo que he hecho, solo quieren ayudarme.
Me abruma que quieran hacerlo, pero no tiene por qué significar algo malo.
Ya ni siquiera recuerdo la última vez que alguien quiso ayudarme.
Entorno los ojos y observo lo que no dicen con palabras; la de los ojos verdes siente curiosidad por mí, la de los ojos casi negros…
no estoy seguro. De todos modos necesito que alguien me diga cómo encontrar la senda de vuelta a Kuzhén, porque no recuerdo cómo he llegado a esta aldeucha de Utgard.
Creo que puedo darme por satisfecho después de haber meado en mitad del dormitorio, con el asco que le tienen a todo lo que salga de los mestizos.
Admito que me sorprende que Mircea esté entera, porque si mal no recuerdo, anoche se hirió con mi daga.
Un solo corte con eso y debería estar muerta, el filo lleva la magia del nigromante G’lar y es letal para los humanos.
Me debato entre decir algo o averiguarlo por mi cuenta y me inclino por lo segundo.
Vuelvo a crujir el cuello, esta vez sirviéndome de las manos, y miro a Mircea.
—Necesito volver a Kuzhén y tienes pinta de conocer la senda más rápida.
—¿Así que eres de por allí? Te hacía del Antiguo Reino.
—Vaya, qué lista eres —esgrimo la primera dosis de sarcasmo del día y me hurgo en un diente con la lengua—. ¿Y bien?
—La senda que conozco no es para mestizos, te cazarían a la mínima.
—Qué considerada —me rasco la barbilla con los nudillos y miro a la otra—. ¿Tienes más ropa?
—¿Que te pueda valer? No.
Un silencio incómodo, en el que me miran con el ceño muy fruncido.
Están decidiendo si lo mío es un teatrillo o si de verdad me he calmado.
Por mi parte decido sentarme en la cama, porque las rodillas todavía me fallan un poco, y me paso las manos por el pelo y el cuello, atrapando una hojitas secas que conservo desde que salí del bosque.
Me quedo mirándolas y las convierto en un polvillo antes de sacudirme las manos.
Mierda, ya me están saliendo las garras; me crecen enseguida, por mucho que me las arranque.
—Te pagaré la noche y para que me llenes el petate de víveres. Me iré en cuanto la ropa se seque.
—¿Qué petate?
—Me lo dejé abajo.
—No estaría respetando Las Sagradas Palabras si no te pregunto si sigues con la idea de matarte… —replica Rona, con la daga en alto.
—Eso es mío —la señalo
—…Porque si es así —continúa— tengo que tratar de convencerte de que no merece la pena, sea lo que sea.
Joder, ya me había calmado. Levanto la barbilla, las fosas de la nariz se me dilatan y aprieto los labios hasta convertirlos en una línea.
Rona se acobarda un poco, pero no parece que se arrepienta por la pregunta, porque separa los labios para añadir algo y las palabras que suelta se convierten en un quejido cuando alzo un dedo frente a mi cara.
—Una sola mojigatería más —no lo digo, lo rujo—. Una.
Si todavía tuviese escamas, estarían viendo cómo se me erizan hasta tornarse de un color oscuro.
Pero no las tengo, ya no. Solo me quedan las de los pómulos y las del cuello, así como las que me recorren la espina dorsal, que repican de una forma casi imperceptible.
Mircea esboza una mueca que roza la fascinación, no parece asqueada.
Eso que me llevo, pero no tengo tiempo para convertirme en un espectáculo de circo.
Me echo el cabello hacia atrás y arqueo las cejas, invitándola a decir algo.
—Hay una senda por la cordillera exterior de las Sierras del Fuego —dice al fin—. Poco vigilada.
—Me vale.
—Pero es jodida de seguir, con muchas otras que bifurcan. Necesitarás un guía.
—¿Cuánto?
—¿Cuánto… qué?
—Tu precio, Caminante.
Mircea tuerce su boca de conejo y parece que se lo piensa, dando toquecitos en el suelo con el talón de la bota.
Ya lo sé, anoche estuve a punto de estrangularte, me habría llevado por delante a cualquiera que retrase mi cita con Los Hados y ahora te pido que me acompañes.
Me preparo para una negativa, va a ser complicado lo de moverse en solitario fuera del Antiguo Reino, pero si lo he hecho antes…
—¿Podrías pagarlo? Porque no te quedan muchas monedas, que digamos.
Pestañeo y tardo unos latidos en contestar, por poco notan mi confusión y no me conviene.
—Te pagaré una parte ahora y otra al término.
—Cobro por adelantado por estos servicios —dice Mircea—, no sabes la de veces que se me han dado a la fuga a mitad de camino.
Observo las venas del brazo derecho, sigo una con una garra incipiente y la miro.
—Podrían darte mucho por mi sangre, de Valle de los Escalofríos a Lazeen.
—¿Cuánto es mucho?
—Unos… —suelto el aire y mis ojos se pasean por el techo— Cincuenta mil dragones.
—Con eso no cubro lo que me ha costado salvarte, pero que no se diga que no soy buena persona —se encoge de hombros y mira a Rona.
—Tengo mucha sangre, haz la cuenta.
—¿Y qué hay de la mitad que me vas a dar ahora?
—La encontrarás en el abrigo que me habéis quitado.
—¿Y a qué vamos a Kuzhén?
—Eso no es de tu incumbencia… de momento, puede que nunca. Limítate a llevarme.
—¿Y vamos a estar todo el viaje gruñéndonos? Porque no me gustan los trabajitos de ese tipo.
—Es posible que no me limite a gruñir. —Me levanto y me vuelvo a crujir el cuello, tengo un tirón más que molesto que no me logro sacudir—. También rujo, bufo, grito y en ocasiones todo a la vez, depende de lo mucho que me toquen los huevos.
—Un amor, vaya —comparte una mirada con Rona, que en ese momento está formulando un «no» con los labios—. ¿Me lo puedo pensar?
—Me voy a quedar hasta que se seque la ropa, si para entonces no te has decidido me buscaré la vida.
—¿Qué diría Iwa? —se dirige a Rona— ¿Algún consejo de tu amiga La Altísima?
—Pues… diría que tienes que ayudarle. Por otro lado, se quedaría satisfecha con que le hayas salvado la vida. —Se rodea el cuerpo con los brazos—. Si su vida peligra, debes ayudarle.
—Me preocupa más la mía, mira a ver si eso te ayuda a pensar más deprisa.
—¿Y podéis pensar fuera del dormitorio? —señalo la puerta y luego la daga— Repito: eso es mío.
Rona se acerca con cautela y me ofrece la empuñadura. La cojo y examino el filo minuciosamente, con intención de que se aleje.
—¿Cómo te llamas?
Suspiro y me tumbo en la cama, pasando un dedo por mis nudillos tatuados.
—Un puto encanto, lo dicho —suspira Rona.
Se dirigen a la puerta y giro la cara.
—Armas.
—Estás en una posada, tenemos camas, almohadones y cerveza.
—¿Y la aldea tiene armería, santurrona?
—Me llamo Rona.
—¿Tiene armería? —levanto la voz.
—¡Sí!
En otra vida os habría tratado bien, me habría desecho en disculpas y dado las gracias.
En otra vida no tendría la sensación de que os vais a echar sobre mí para atarme, amordazarme y vender mis escamas.
Ya me habéis atado, pero por un motivo distinto…
Y no sé qué hacer con eso. Me llamáis «mestizo», habláis de mí como si no estuviese presente y del dinero que le sacáis a los de mi especie cuando nos sentimos solos…
Y luego me salváis la vida, a sabiendas de que me la quitaré.
No, no tengo ni la más remota idea de qué hacer con eso. No te digo mi nombre y no te miro.
—Si voy solo no me las venderán, voy a necesitar que vaya una de vosotras en mi lugar.
—¿Con qué dinero?
—Con el que me vais a prestar. —Esbozo mi sonrisa más incisiva—. ¿No dices que tu diosa quiere ayudarme? Pues empecemos por ahí.
Soy un esputo del Abismo con una idea sangrienta y un deseo de muerte. Eso es todo lo soy y seré, no hay cabida para la conciencia.