Conciencia, esa perra rabiosa
CONCIENCIA, ESA PERRA RABIOSA
Despierto en una bruma que no se disipa hasta que me convenzo de que no sigo soñando. Viene teñida de sangre y de todos los malos recuerdos que me han perseguido hasta que no pude aguantarlos y me abrí heridas que luego empapé en veneno.
La conciencia es una perra rabiosa, porque ataca a todas horas.
Especialmente de noche, cuando te adentras en el mundo de Oniros y el Dios de los Sueños te abofetea con lo que te has afanado en olvidar durante el día.
Sueñas que te follas a la mujer de tu hermano o que matas al cabrón que te la quitó o con la casa que ardió con tus padres dentro o vete a saber.
Y cuanto más pesa, más sueñas. Cuanto más pesa, más profundo hinca los dientes.
Y desgarra, tanto que te arranca un grito o dos, a veces incluso despiertas gritando.
Por lo menos tengo fuerzas para levantar la cabeza, aunque no puedo separarla mucho del almohadón, que lleva toda la noche apretado contra mi mejilla izquierda.
Lo he manchado de la sangre que me hice mientras me mordía, aprisionado entre las piernas de la viajera sin dios y sin patria.
Todavía me duele el golpe que me dio en la sien con la empuñadura de mi propia daga.
Abro y cierro la mandíbula y trato de rodar para colocarme de espaldas, pero solo logro caer al suelo boca abajo y me doy cuenta de que estoy en la misma situación.
La ira autodestructiva se me ha pasado un poco y no estoy pensando en suicidarme, sino en escapar.
Mis pupilas recorren el dormitorio y se detienen en la ventana que hay a unos siete pasos…
O a unas ocho sacudidas. Voy a tener que reptar como una serpiente si quiero salir de esta.
Empiezo a moverme y el sudor no tarda en acumulárseme en la frente y las mejillas, mientras hincho los carrillos y profiero gruñidos ahogados.
Siempre puedes caer más bajo, me digo. Estoy medio desnudo y me estoy machacando las heridas con los tablones del suelo, pero me obligo a ignorarlas y me recuerdo que hace dos lunas habría dado el ojo derecho por verme en estas y no en una mazmorra.
Me digo que he sobrevivido a un nuevo día, para bien o para mal, y que lo mismo tengo que empezar a pensar en liquidar a los cabrones que me metieron en esta espiral antes de liquidarme a mí mismo.
Puede que la venganza sea la calidez que estoy buscando, que no la vaya a encontrar en ningún otro sitio.
Así que me sigo moviendo y cuando estoy a solo una sacudida de la ventana, la puerta se abre a mi espalda.
Me quedo quieto, pero giro la cabeza para tratar de ver quién ha entrado.
—Loada sea Iwa por el nuevo día, viajero.
No logro verla, pero tiene la voz de Rona, la santurrona que convenció a la Caminante para que me salvase la vida.
Gruño y apoyo la mejilla en el suelo, con la cara empapada en sudor y muchísimas ganas de orinar.
Se arrodilla cerca, para deslizar un plato de comida en mi dirección.
Huele bien; tiene panceta, un par de tiras de cabra seca, huevos fritos y lo que parece una patata cocida con queso.
Odio las patatas, pero en este momento daría las piernas por un saco entero de esa mierda.
Con el hambre que tengo, soy capaz de tirarme a su yugular si me lo quita.
—Me ha parecido oír un golpe, así que he pensado que estabas despierto. —Ladea la cabeza y frunce el ceño—. ¿Qué se supone que tratas de hacer?
Me limito a mirarla, pero mis ojos se detienen en el plato más veces de las que puedo contar.
Estira un par de dedos y lo empuja para que quede a la altura de mi boca.
Me lanzo sobre la comida como un cerdo en un abrevadero, me estoy llenando la cara de huevo y ni siquiera paro para respirar.
Ella se sienta y me dedica una sonrisa melosa, apoyando la espalda en el armario; se santigua después y susurra algo para su diosa extranjera.
Termino de comer y doy una larga bocanada, me atraganto incluso y la santurrona se atreve a darme un par de palmaditas en la espalda.
Me dan ganas de darle las gracias, pero me acuerdo de lo de anoche y el corazón me vuelve a bombear con fuerza.
Odio a los putos santurrones y la condescendencia con la que miran a los demás, que disfrazan de amabilidad y altruismo.
Le dedico mi mirada más heladora y retrocede, como si estuviese tratando con un león de montaña…
O con un dragón. Lo segundo tendría más sentido.
No obstante, seguimos mirándonos a los ojos, hasta que se encoge de hombros y dice:
—Ya me darás las gracias, cuando pase la tormenta.
Me echo a reír, porque como le hable del temporal en el que llevo metido medio año es posible que se ponga a rezar por mi alma y eso sí que me cabrearía.
No tengo tiempo para esto, así que empiezo a ejercer presión en las ataduras que me ciñen las muñecas.
Ella sacude la cabeza y alza el dedo pulgar, para señalar la puerta.
—Si te ata Mircea, puedes olvidarte de eso.
Apoyo la frente en el suelo y hago oídos sordos, me pongo rojo por el esfuerzo, hasta que las ganas de orinar se hacen insoportables.
—Tengo que mear.
—Vaya, por fin hablas. Eres un hombre de pocas palabras.
—Tengo. Que. Mear.
—¡Vale, vale! Pero antes tengo que asegurarme de que no me vas a asesinar si te suelto.
—¿Y cómo cojones quieres asegurarte de eso? —mi voz suena como una piedra de afilar y veo que se estremece un poco— ¿Me tengo que mear encima o qué?
—¿Crees en algo?
—¿Qué?
—Que si crees en algo, en algún dios o diosa… O en varios a la vez. ¿Crees que hay algo por encima de ti, a lo que debes rendir cuentas cuando mueras?
Suelto un resuello por la nariz y me llevo la lengua a la comisura del labio, para palpar el agujero que me hice con los colmillos.
Sigo teniendo agujero, lo que quiere decir que no estoy cicatrizando como debería.
Necesito cazar, necesito comida de verdad.
Me sigue mirando fijamente, por lo que pongo los ojos en blanco y digo entre dientes:
—No hay nada por encima de mí ni de ti ni de nadie, solo un montón de estrellas para las que importamos una mierda.
—Pues no creo que te vaya a soltar, puedes hacértelo encima — suspira al tiempo que se levanta, apoyándose en una mano.
—Espera. —Se vuelve y veo que curva la comisura del labio—. Creo en Los Oscuros.
—Sombría religión la tuya, no sé si me convence que…
—Creo que lo único que me espera al morir son Los Oscuros —la interrumpo—. Eso no significa que les tenga cariño.
—Vale, algo que tenemos en común. —Asiente y coloca las manos a la espalda—. ¿Y temes al Juicio?
—No, porque ya sé lo que va a pasar. No va a cambiar nada si te mato o no, pero ahora solo quiero mear y me gustaría poder agarrármela.
—Pero no puedes jurar por nada, ergo no hay garantías de que no me mates.
—Venga ya, Rona, no somos animales. —Es la voz de Mircea, a su espalda. No sé cuánto tiempo lleva ahí, pero suena a que se está divirtiendo—. Yo tampoco creo en nada, ¿te fías menos de mí? Anoche no estaba en sus cabales, pero fíjate que le ha cambiado hasta la cara. Yo digo que lo soltemos.
—¿Vacío la taberna, por si las moscas?
—Eso que nos lo diga él —se pone de rodillas y las arrastra hasta quedar cerca de mi cara—. ¿Qué dices, mestizo? ¿Vaciamos la taberna?
Sus ojos pardos me escrutan, enmarcados por un ceño poblado al que le falta un trozo en una esquina.
Le devuelvo el gesto y me veo reflejado en sus pupilas, con la peor pinta que he tenido en la vida.
No es que me importe mucho, pero tengo los pómulos tan hundidos que parezco un cadáver.
¿Cuánto llevo vagando sin rumbo? Recuerdo el momento en que me hice los cortes, pero no recuerdo cómo lo planeé.
Fue en el bosque y creo que he estado dos semanas vagando por él, pero puede que haya sido menos.
No recuerdo el viaje por el Mar del Silencio ni haber llegado a Desierto de Plata, ni siquiera recuerdo haber robado el veneno de la Gran Mantícora.
Hasta ahora me ha movido el odio por mí mismo, en el que ni siquiera ha existido el paso del tiempo.
Sacudo la cabeza cuando caigo en la cuenta de que Mircea no va a dejar de mirarme si no contesto y por fin se aparta, para decirle a Rona que me va a soltar.
La posadera pone el grito en el cielo y Mircea le entrega mi daga, pidiéndole que esté atenta al menor movimiento.
—¿Está Rogont abajo? —pregunta.
—Y tanto, no se ha ido desde ayer.
—Pues de poco nos va a servir si Gruñidos se desboca.
—Oye, que ha sido idea tuya soltarlo.
—No seré religiosa, pero esta es la mayor prueba de fe de mi vida.
Tiene otra daga, con la que corta las sábanas que unen las muñecas a los tobillos.
Un latigazo de dolor me recorre la espalda y se me aloja en la nuca, cuando mis pies se desploman como ladrillos.
Me quedo un momento tumbado, estirando las piernas y pensando que no voy a poder moverlas nunca, sudando como un condenado en el cadalso, y las mujeres retroceden con las dagas en alto.
Rona esboza un rictus inquieto, pero la Caminante me mira inexpresiva.
Pasa un rato hasta que logro apoyarme en las manos y me alzo con un tambaleo.
Retroceden un poco más cuando mi sombra las cubre; Rona está prácticamente en la puerta.
—La letrina está…
Meto una mano bajo mis calzones y empiezo a decorar el suelo con lo que llevo conteniendo durante una noche entera, me vacío mientras las miro y esbozo una sonrisa ladeada.
La orina repta hasta los pies de la Caminante, que da un paso atrás, sin perder de vista mis manos.
Sigo sonriendo mientras me doy un par de sacudidas y después me la guardo.
—Bueno, pues ya está. —Rona parece desanimada por lo que acabo de hacer, como si hubiese esperado que nos fuésemos a dar todos la manita.