Rojamuerte Un mestizo sin escamas #3
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Un mestizo sin escamas #3

No me voy a levantar, Mircea. Tu amiga me ha partido una silla en el costado y ni Astharoth Reencarnado podría levantarme.

Soy la marea baja que lame las orillas bajo el acantilado.

Los párpados me vuelven a pesar y respiro tan lento que es posible que me encuentre en los Salones del Olvido esta misma noche.

Dulce, dulcísima muerte, llevo esperando tu beso dos semanas y lo que me va a mandar contigo es una puta silla en las costillas.

Oigo cómo rasgan las sábanas, entre jadeos y gruñidos.

Mi mente viaja a hace dos lunas, cuando me pudría en las mazmorras del Sumo Inquisidor de Vytherin.

Siento las laceraciones de las cadenas en las muñecas y los tobillos, la sangre reptando hasta el codo mientras me hacen unas preguntas para las que no tengo respuesta; pero no quieren respuestas, solo buscan mi sufrimiento, que pague por algo que ni siquiera he hecho.

«No fui yo», gimo entre dientes, a sabiendas de que las marcas del azadón al rojo vivo solo se quedarán conmigo unos días.

Mi cicatrización rápida los frustra; por eso se emplean a fondo.

«No vais a conseguir nada con fuego», les lleno la cara de sangre, cuando escupo. «Soy fuego».

Noto una rodilla en la parte baja de la espalda y la arqueo con un gruñido. Parece que saben lo que hacen, puede que la Caminante lo haya hecho antes.

—¿Cómo lo subimos a la cama? —pregunta Mircea—. ¿Llamo a Rogont?

—Ese patán se va a ir de la lengua, nos apañaremos solas.

—¿Y luego qué?

—Luego… Bueno, luego lo curamos y que él solito se suicide fuera de mi posada.

—Digo yo que es un poco absurdo lo que estamos haciendo, si va a morir de todos modos.

—Aquí respetamos Las Sagradas Palabras, te guste o no —sentencia Rona—.

Ya sé que no es tu diosa ni la de nadie, pero es lo que hay.

Tal cómo están las cosas, no me apetece que Los Oscuros me juzguen con dureza cuando por fin me encuentre ante ellos.

Tengo toda la intención de perderme en las costas del Mar Áureo.

—Lo que acaba de ocurrir ha sido cosa de intervención divina, no te lo voy a discutir.

Vaya fuerza tiene, el muy cabrón. Si es así cuando se está muriendo, no me quiero imaginar de lo que será capaz en plenas facultades; lo mismo nos conviene que muera, no me apetece amanecer destripada.

Ya no me meto en lo que tengas pensado hacer para curarlo…

A no ser que una bruja haya escupido en ese ungüento, dudo mucho que pueda hacer algo por sus heridas.

—Esto que llamas «ungüento» es Matamales.

—¡Y una mierda! —dice Mircea—. Te habrías endeudado hasta las cejas para conseguirlo.

—No me ha hecho falta, me follo a un buhonero que me lo deja a muy buen precio.

—De verdad que no te conozco, Rona.

—Estás sangrando —dice ella, señalándola.

—Es un corte superficial, se ha hecho más daño que yo.

Asumo que estos dos seres de luz me van a intentar curar, aunque no hay Matamales que pare el veneno de mantícora y eso no lo saben.

Me lo podría callar, pero si lo hago estaré sufriendo durante días y aunque me lo merezco, no me apetece abandonar el mundo entre gimoteos de infante.

Voy a morir como un guerrero, con la hoja de mi daga en el cuello y no cubierto por mis propios meados.

Arrastro la mejilla por el suelo y hago lo posible por abrir un ojo, que se clava en los de la viajera.

—Es… veneno… de… mantícora.

—Joder.

—Mátame ahora. —El ojo se me empaña, puede que esté llorando—. Por favor.

Mircea aprieta los labios, veo cómo duda durante un par de latidos y finalmente sacude la cabeza, al tiempo que se mete una mano en un bolsillo de la capa. Me enseña un frasco muy pequeño, el líquido en su interior brilla como la plata líquida y se refleja en sus ojos oscuros.

—No me apetece usarlo, y menos contigo.

—¿Qué es? —su amiga frunce el ceño, sus ojos van del frasco a mí.

—Yo sí que me endeudé hasta las cejas, es antídoto de La Torre.

—¡Coño! ¡Por eso has tardado tanto en volver, estabas en el Nuevo Continente!

Y con nigromantes de La Puta Torre, menuda coincidencia. No me libro de la influencia de ese maldito gremio ni medio muerto, aunque los mencionados no tengan nada que ver con los que han tensado mi cadena.

—Esto sí que me lo ha dado una bruja, sabes que no me echo al camino sin tomar ciertas precauciones. —Una pausa, en la que veo que suelta un bufido—. ¿Qué hago?

—No sé, ¿cuánto cuesta la bendición de nuestra amada Iwa?

—Y dale, sabes que no soy religiosa.

—Así que lo soy por las dos. Te daré lo que pagaste por ello.

Sacudo la cabeza como puedo, pero la viajera se mete el frasco en el bolsillo y empiezan a arrastrarme hasta la cama, que cruje y da una sacudida cuando por fin logran echarme sobre ella.

Tengo las manos atadas a la espalda y estoy tan débil que no puedo ni rasgar la tela.

Me dan la vuelta como pueden y pienso que si me quedasen fuerzas…

No, no quiero pensar en lo que haría, no sirve de nada.

Ya no soy ese hombre, pienso dejar el mundo con algo de decencia.

Una de ellas me monta a horcajadas, sus rodillas me aprisionan los codos para evitar que me mueva.

Es la viajera. Manipula el frasco con mucho cuidado y una gota tan espesa como la sangre resbala del borde y centellea antes de fundirse con una de mis heridas.

Me muerdo el labio para no gritar, clavándome los caninos y haciéndome sangre; las lágrimas me arden en los pómulos mientras se sacude sobre mí, haciendo lo posible porque no la tire al suelo.

Respiro por la nariz cuando el dolor remite un poco y veo cómo otra gota baja hasta el corte que me cruza el abdomen, en una fina línea de plata.

Me vuelvo a sacudir, esta vez casi la tiro, y Rona se coloca en un extremo para poner todo el peso en mis hombros.

La cosa se repite mientras las insulto en mi lengua, mientras me cago en Las Sagradas Palabras, mientras las amenazo con comerme a todos sus parientes y amigos.

El antídoto se extiende por mis heridas purulentas como un río de lava, crepita en ellas y el dolor me manda al momento en el que Rossana me montó del mismo modo, aunque en una situación completamente distinta.

¿Por qué estoy pensando en eso ahora, mientras el antídoto me derrite por dentro?

Estoy más lejos de ella de lo que jamás he estado y si logran curarme…

Bueno, soy un tipo especial de cobarde. Me costará otra luna reunir el valor para envenenarme y cortarme el cuello.

Me sacudo una última vez y resuello por la nariz, con la mandíbula tan apretada que la siento como un yunque.

La sangre me palpita en la punta de la lengua, me la paso por el labio inferior y suelto un improperio inaudible.

Mis salvadoras están igual de agotadas, una se deja caer en el suelo y la otra se me quita de encima y se aleja, jadeando.

El antídoto me ha despejado la mente, ya no tengo los oídos embotados ni me pesan los párpados.

Arrugo el labio superior hasta que mi mueca se asemeja a la de un chucho rabioso y bramo:

—¡Espera a que me pueda soltar, Caminante! ¡Os mandaré mañana mismo con vuestra puta acuática, si tantas ganas tenéis de ir con ella!

—Se le ve agradecido —dice Rona.

—Y con fuerzas, fíjate qué grito.

—Rogont tiene que estar temblando allá abajo.

—¿Qué te dije? Mañana vamos a tener muchos problemas. Me he dejado cuarenta mil leones en curarlo y para nada. —Mircea suelta un profundo suspiro.

—¿Y cuánto es eso en dragones?

—Al cambio sale a unos ciento cincuenta mil.

—¡Su puta madre! —Rona no puede evitar subir el tono.

—Vamos, que la posada es mía hasta que me lo puedas devolver.

—Pues sí que nos ha salido cara la causa perdida.

No sé qué me enoja más, que me estén ignorando para intercambiar chanzas o mi propia indefensión, pero basta para que la tela empiece a silbar en mis muñecas.

Por desgracia, se dan cuenta. Sacan otra sábana de un armario y la rasgan, para después darme la vuelta, con más cautela que antes.

Le doy un cabezazo a una y la mando al suelo, pero la otra me clava el codo en un lateral de la mandíbula y veo las estrellas.

La Caminante sabe defenderse, me lo deja claro cuando saca la daga y me la pone en el cuello.

Es un acto reflejo muy estúpido, porque lo echo hacia delante con intención de clavármela y por poco lo consigo.

—¡Que no te vas a morir hoy! —me golpea con la empuñadura en la sien— ¡Puto gilipollas!

—¡Mis muertos, me ha roto la nariz! —Rona se lleva las manos a la cara.

—Ahora te miro, deja que refuerce las ataduras.

Clavo los dientes en el colchón, con tanta rabia que me lleno la boca de plumas.

La llamo por su nombre y me acuerdo de su madre, le digo que me la voy a follar hasta que sangre.

No le importa lo más mínimo, mientras se me sube a la espalda y me aprieta bien las ataduras que me ciñen los tobillos a las muñecas.

Después me da una palmadita en el hombro y estoy tan desesperado que suelto un sollozo ronco, con la cara apretada contra el conglomerado de plumas que por poco me trago.

Miro hacia un lado cuando me tranquilizo un poco y muestro los dientes al sonreír, cuando reparo en las líneas carmesí que le bajan por la nariz a la santurrona que me ha metido en esta mierda.

Ni siquiera parece enfadada, por lo que me cabreo más.

Nunca me ha gustado la gente como ella porque nunca he sido amigo del optimismo; no lo entiendo y por tanto, lo temo.

No hay nada más peligroso que la fe ciega, porque te empuja a seguir luchando cuando todo está perdido.

Siseo que es mi enemiga, siseo que soy un enviado de los mismísimos Oscuros y que Iwa no podrá protegerla.

Ni siquiera frunce el ceño, se deja ayudar por Mircea y salen de la habitación sin mirarme.

Solo me queda gritar y lo hago casi toda la noche.