Un mestizo sin escamas #2
Te agachas a mi lado para cogerla; he cerrado los ojos, pero percibo tu respiración agitada.
Dame el golpe de gracia, viajera, sostienes en tu mano la única salida que me queda.
No te mueves, imagino que estás examinando el filo y los grabados de la empuñadura, preguntándote cómo un mendigo tiene un arma de semejante nivel.
Si es verdad que eres Caminante, la habrás visto antes y sabes qué clase de sangre mancha el filo. Derrama la mía y estaremos en paz.
La puerta vuelve a abrirse y te levantas enseguida, no le cuentas a Rona lo que has visto y yo me limito a seguir con los ojos cerrados, maldiciendo el momento en el que he decidido entrar en esta posada. Los Oscuros nunca me lo han puesto fácil, es un hecho, pero esto ya es ridículo.
—¿Qué te pasa? –pregunta Rona, mientras se agacha junto a Mircea.
—¿Eh? Nada, nada.
—Me vas a tener que ayudar a desvestirlo —dice Rona—. No me hace ni puta gracia, pero hay que honrar Las Sagradas Palabras.
—Nunca he visto a uno de estos desnudo.
—Para todo hay una primera vez.
—¿Es que tú sí?
—Tengo una taberna. —Rona se encoje de hombros—. ¿Tú qué crees?
—No sabía que ser tabernera implicase acostarse con uno de estos.
—Suelen tener mucho dinero encima, si lo combinas con que nadie los toca y que se sienten muy solos…
—Joder, me estoy dando cuenta de lo poco que te conozco —dice Mircea.
Me levantan el torso, soltando gruñidos y algún improperio. No se lo estoy poniendo fácil, me he decidido por la resistencia pacífica. Tampoco es que me pueda defender. Noto cómo la camisa se desliza por mi pecho y cómo me estrangula la nuez, cuando se queda atascada.
—Espera… Los cordones…
—La puta madre… —susurra Mircea—. Mira esto.
Silencio, el que suele acompañar a un momento tenso.
Rona susurra una oración y Mircea no la imita, es posible que no sea creyente.
Terminan de quitarme la camisa y se detienen para mirar las heridas, que a estas alturas deben tener el aspecto de un vómito de callejón.
Tengo que contenerme para no reaccionar cuando noto una mano fría en el abdomen dándome toquecitos con un par de dedos.
Puede que me esté aplicando la medicina de la que hablaban, pero no va a conseguir nada.
Es veneno lo que infecta estos cortes, seas quien seas; lo sé porque me los he hecho yo, motivado por ese tipo especial de cobardía.
—No sé cómo no está muerto —dice Rona.
—Es posible que se muera dentro de un momento —sentencia Mircea.
—Pero estas otras heridas… Las tiene por todas partes, mira.
—No son heridas, son tatuajes.
—Nunca he visto nada igual, ¿y tú?
—Es la primera vez que los veo.
—Ayúdame con los pantalones —dice Rona.
Las hebillas de las correas repican y el cuero me pellizca la piel al deslizarse, siento como si me estuvieran clavando agujas en las piernas.
Por poco retraigo los labios, la última vez que me quité los pantalones fue hace una semana, cuando me hice las heridas que me palpitan por encima del vientre.
Ni el mismísimo veneno de Jashkhar ha podido matarme, pero estos pantalones me van a arrancar el grito más fuerte de toda mi vida.
Lo retengo tras los dientes, por suerte no se dan cuenta.
—El caso es que este es guapo.
—Vaya comentario —suspira Mircea.
—Te lo digo en serio, los que he conocido eran más bien feuchos. Una pena, habría aceptado sus monedas de mil amores.
—Se le está levantando la piel, ¿qué hago?
—¿Más cortes? —Rona busca nuevas heridas.
—Parece que está pintado al carboncillo.
—No te queda otra que tirar y encomendarlo a la piedad de Iwa.
No puedo contener un bufido, porque es el comentario que más me desagrada de todos lo que he tenido la desgracia de oír.
No solo me mofo porque una diosa extranjera tenga cabida en Utgard, sino porque habla con tal convicción que pareciese que va a salir volando.
Detienen lo que hacen. Creo que me están mirando.
—¿Has oído eso? —pregunta Rona.
—Ha… gruñido.
—¿Crees que nos oye?
Una me sacude el hombro y contengo la respiración, para quedarme más rígido que una tabla.
Me abre un ojo y me encuentro con las pecas de su nariz y un iris marrón, casi negro.
Está comprobando si se me ha dilatado la pupila y es lo único que no puedo controlar; pasa de la verticalidad a una redondez que casi parece humana y la chica se inquieta un poco, pero no se aparta.
—Estás despierto.
Rona tira de mis pantalones y se me escapa el grito que he estado conteniendo.
La viajera retrocede y veo que se ha guardado mi daga en la cintura del pantalón; lleva una mano a la empuñadura sin pensarlo, en un acto reflejo que casi me resulta enternecedor.
Nos miramos a los ojos por una fracción de segundo y cuando desvía la mirada, le hace un gesto a su amiga, para que se acerque.
Están manteniendo las distancias, porque piensan que me quedan fuerzas.
—Tranquilo, mestizo, te estamos ayudando. —Rona levanta las manos—. ¿Hablas mi idioma?
Asiento, dedicándole una mirada fría y penetrante. La viajera mira a su amiga y luego a mí, para añadir:
—Estás enfermo y si no te curamos, morirás.
«Pero es que quiero morir», me gustaría contestar, pero hace tanto que no uso la voz que es posible que solo oigan un estertor.
Me limito a asentir otra vez y la viajera da un paso, con las manos donde las puedo ver.
El pecho le sube y baja con fuerza, como si temiese que me vaya a tirar a su yugular, pero mis ojos están clavados en la daga.
Se da cuenta y me la enseña, empuñándola con firmeza.
—Te la devolveré cuando considere que es seguro.
—¿Nos podemos acercar más? —Rona me enseña el bote de la medicina que me estaban untando—. Es para tus heridas.
Niego con un gesto, dedicándole una mueca sombría. Rona mira a la viajera y ésta se encoge de hombros, pareciendo que no se le ocurre nada más que decir y que de hecho no quiere. La daga sigue en su mano y se la guarda, ignorando que he alzado el brazo para que me la entregue.
—¿Qué hacemos? —susurra Rona.
—No quiere que lo curemos, así que propongo que simplemente lo dejemos aquí.
—Iwa no lo vería con buenos ojos.
—Dudo mucho que a Iwa o a cualquier otro dios le importe lo que le pase. —Mircea señala mis manos—. ¿Has visto las marcas de sus dedos?
—¿Los tatuajes? ¿Qué pasa con ellos?
En eso tiene razón y se me escapa una sonrisa que parece inquietarla más. Nunca se me ha dado bien sonreír, los colmillos me la deforman de un modo grotesco. Vuelvo a la frialdad y mi voz suena como una cuchilla herrumbrosa cuando digo:
—Malditas sean todas y cada una de tus Sagradas Palabras.
Rona se santigua, llevándose dos dedos a la frente y luego al corazón. La viajera no parece molesta por mi provocación, mas se cruza de brazos.
—¿Entonces qué quieres? —pregunta en tono desafiante.
—Quiero que me devuelvas mi daga y que me dejéis solo. En el abrigo encontraréis suficiente dinero para una noche. Podéis quedaros tranquilas, porque no habrá dos.
—¿Qué significa eso? No creo que te recuperes durante la noche.
—No me quiero recuperar.
Rona se rasca la nuca y murmura algo parecido a que no lo entiende, pero su amiga comparte una mirada con ella y cae en la cuenta de lo que trato de decir.
—¿Por qué quieres morir?
—Lo único que te incumbe es que pague por la habitación.
—Te equivocas —dice Rona—, en el momento en que tenga que sacar tu cadáver a rastras…
—Pues discúlpame por el inconveniente y coge todas las monedas que me quedan —cierro una mano con fuerza, estoy tan harto de los humanos que me cuesta no ponerme a gritar—.
Esto no dista mucho de los servicios que ya has prestado a mi especie, solo que esta vez no tendrás que follarte a una cosa llena de escamas.
No parece que tengan intención de hacerme caso, mi voz ha temblado por un momento y se ha roto hacia el final de la frase, señal de que no tengo paciencia para juegos, pero siguen sin moverse y su expresión se ha tornado confusa.
No dudo que les importe poco mi suerte, pero no tienen agallas para dejar que me mate mientras siguen con su vida en el salón de abajo.
Mi pupila se contrae cuando tomo aire por la nariz y me lleno de todo el aplomo que voy a necesitar para lo que me propongo hacer.
La daga me queda a cuatro pasos, pero me tendría que impulsar sirviéndome de unos brazos tan sólidos como una hoja marchita y emplear esa misma fuerza para empujar a la viajera en el pecho, al tiempo que echaría mano de la empuñadura.
Confiando en que no iguale mis reflejos —tratándose de una Caminante, es posible— y no me lance un puñetazo o un codo a la cara, tendría aproximadamente unos ocho latidos.
Su amiga reaccionaría también, por lo que reduzco los ocho latidos a seis.
Ha llegado el momento de la verdad, Lazor, se acabaron las mentiras y las medias verdades.
Los muelles de la cama crujen y chirrían cuando me impulso, más deprisa de lo planeado.
Benditos muelles. Tengo las piernas largas y la ira las ha imbuido de una fuerza que creía extinta, así que reduzco los seis latidos a cuatro.
Mi antebrazo se clava en el cuello de la viajera antes de que pueda reaccionar, soy un puto ariete que no se esperaba cuando la empujo hasta la pared contigua.
Mi mano maltrecha se engancha con la costura de su pantalón y aspiro entre los dientes al cortarme con el filo, pero no me detengo.
No hay acantilado que pueda contener esta ola.
Soy la fuerza de las Nueve Furias, soy Astharoth Reencarnado, soy el fuego del mismísimo Valtigar.
Atrapo la empuñadura y me echo hacia atrás, pero el mundo se astilla y cimbrea cuando un golpe inesperado me corta la respiración.
Caigo hacia un lado y vuelco la mesa en la que trato de buscar apoyo, la daga resbala por el suelo y Rona la detiene con la bota.
—¡Putos mestizos! —espeta—. ¿Estás bien?
—¡Hay que atarlo antes de que se levante!