Un mestizo sin escamas
UN MESTIZO SIN ESCAMAS
Si empezase a contarte mi historia, no me creerías, porque no hay ninguna diferencia entre un mentiroso y un cuentacuentos. Ambos juegan con la imaginación porque es su mejor arma, hasta que se convierte en todo lo que tienen. No saben vivir sin ella y es a su vez su maldición.
Si te contase cómo he llegado hasta aquí, con las botas mojadas y agujereadas, el abrigo lleno de remiendos y los labios amoratados por el frío…
Lo más probable es que pienses que soy un mendigo o un bandido al que le han salido muy mal las cosas.
Me has mirado un momento, puede que algo más al reparar en los tatuajes de los nudillos que apoyo en la mesa que nos separa, te has levantado para acercarte a la barra con la excusa de pedir otra cerveza y ahí te quedarás, viajera.
No hay nada en este mundo que desees más que poner un conglomerado de mesas entre nosotros.
Porque también te habrás dado cuenta de que me pasa algo en los ojos, al principio se ha asemejado a un destello tan tenue como el de una estrella moribunda, pero la línea de tu boca se ha tensado al cabo de un latido.
O puede que dos. Tres latidos. Te juro que no he querido mirarte, me llamaron la atención tus mitones porque me vendrían bien para ocultar los tatuajes, pero ha pasado y es cuestión de tiempo que se lo cuentes a alguien.
Puede que a la posadera con la que estás hablando, inclinada sobre la barra.
Escondo las manos bajo la mesa y las cierro, porque no quiero problemas.
Lo cierto es que estoy muy cansado, viajera, y espero que esta sea la última parada del camino.
Tengo frío y el aliento del fuego no sirve de nada, pero he entrado en esta posada buscando otro tipo de calidez; la de la charla cotidiana de la gente sencilla que se conoce de toda la vida, la de la risa de esa madre que juega con su chiquillo y le enseña a dibujar formas en la ceniza que se desprende de los leños viejos, la del borrachuzo que canta en casi un susurro y que parece evocar los labios de un antiguo amor.
Nada de esto me fue desconocido, viajera, aunque mi aspecto invite a pensar lo contrario; por eso lo busco en noches como esta.
Suspiro como si me quedase algo de vida en el cuerpo, viendo que la posadera me dedica miradas de soslayo.
De verdad que no quiero problemas, solo quiero llevarme esta calidez a esa vida que los sacerdotes me prometieron cuando era niño.
No me voy a enojar porque tengas miedo, pero…
Joder, piedad. Piedad por los retazos de este villano, viajera.
Piedad, aunque no me conozcas e ignores todo lo que he hecho.
Piedad, solo un ápice, mientras doy mis últimos coletazos de vida y pienso en cómo arrancármela.
Si te hubieses quedado y mis ojos no te hubiesen asustado, incluso te habría dicho mi nombre.
Me llamo Lazor y no tengo escamas, aunque las tuve.
Me conocen por otros nombres, pero no te los diría porque querría que te quedases un poco más, querría que me obsequiases con tu risa mientras me invento una fábula acerca de lo que me ha traído hasta aquí.
Te diría que el clima no deja de empeorar, que tengo frío y que no hay forma de calentarse con los tiempos que corren.
Halagaría esa capa que llevas, llena de bolsillos en los que sin duda escondes pociones que te ayudan a aguantar en el camino, y me contarías que estás de paso, como yo.
Nos emborracharíamos, emplearía las monedas que me quedan en sendos tragos de esta rica cerveza especiada, me bajaría la capucha del abrigo y entonces… Entonces moriría tu sonrisa.
No, no estoy hecho para esta calidez ni tengo derecho a pasar mi última noche en el mundo con una persona que ignora mi pasado. La falta de honestidad requiere de un tipo especial de cobardía. Y de cobardía voy sobrado.
Me levanto despacio, pero las rodillas me fallan y tengo que apoyarme en la mesa con unos dedos en los que ya te has fijado.
Pienso que quizás ha llegado el momento de dejar de ocultarme, de todos modos he venido a buscar la muerte y será bienvenida, ya sea por mi mano o por la de otros.
Quizás lo hayan dispuesto así Los Oscuros, ¿y quién soy yo para contradecirlos?
Me muerdo el labio por el esfuerzo que supone moverme y paso una pierna por encima del banco, luego la otra, para quedarme mirando en tu dirección.
Te vuelves y juntas las cejas, no pareces enojada pero tampoco estás contenta.
La posadera mete una mano bajo la barra, he visto ese gesto demasiadas veces.
No tengo reflejos para esquivar nada de lo que venga, y tampoco fuerzas.
Das unos cuantos pasos y tu mano frena mi hombro cuando caigo hacia delante. Te tambaleas, pero me sostienes, quizás para clavarme un puñal en las costillas. No tienes pinta de asesina, pero la vida que he llevado me ha sorprendido muchas veces.
—Joder… Sí que pesas ¡Rona, échame una mano!
Trato de apartarte de mí porque tu tacto me causa pavor.
El tacto de cualquiera hace que me arda la piel y que me enfurezca.
Y te juro que no quiero enojarme, te juro que estoy muy cansado y no quiero sentirme así antes de abandonar el mundo.
Cierro la mano en tu garganta o hago el amago, porque tengo los dedos tan entumecidos que ni siquiera te siento.
No te das cuenta, puede que pienses que me estoy apoyando en ti.
Me tambaleo hacia atrás, pero la tal Rona frena mi caída y me deposita en el suelo, agarrándome bajo las axilas.
Tiene los ojos de un verde sucio, me recuerdan al último otoño en el que sentí algo parecido a la felicidad, a la calidez que añoro.
Rona… Te daría las gracias si no pensase que no me estás haciendo un favor.
—¿Lo tienes?
—No, qué va, es como mover la tapa de un sepulcro. ¡Oye, Rogont! ¿Vas a quedarte mirando o nos vas a ayudar?
—Se ve que lo tenéis controlado.
—Borracho hijo de puta… —masculla Rona—. Te patearé el culo como no lo muevas.
Los tablones de madera crujen bajo el peso de Rogont, ha dejado de cantar y suelta un gruñido cuando se detiene junto a Rona y me mira con el labio arrugado.
—¡Un puto mestizo! ¿Para esto me haces levantarme?
—Mira que eres racista —dice la otra mujer—. Sé útil y ayúdanos a levantarlo.
—¡Coño, sí que pesa!
Me levantan y cierro los ojos, porque los párpados me pesan y las voces se hacen tan distantes que apenas las oigo.
El tan esperado silencio, esto es el preámbulo y por Los Oscuros que voy a disfrutarlo.
Dejadme ir con ella, aunque sé que no tengo derecho a pedirlo.
Sus manos se me clavan como garras, no saben que tengo el cuerpo lleno de unas heridas que nunca cicatrizan. Nunca. Cicatrizan.
—Eso es… Así…
—Está empapado.
—Y ardiendo —añade Rona—. ¿Sabes dónde guardo las medicinas?
—Dímelo al oído, no querrás que lo oiga Rogont.
—Os ayudo a subir a un mestizo por las escaleras y me venís con esas.
—Has hecho suficiente, ya puedes irte. Y tú acércate, Mircea.
Susurran. ¡No, por favor, no quiero vuestras medicinas!
Creo que el tal Rogont se aleja y lo siguiente que siento son sus manos, las de los ojos verdes, Rona, acomodándome la cabeza en un almohadón; las tiene ásperas, su tacto debería parecerme desagradable, pero las siento como la caricia de la madre que nunca merecí.
Soy un pozo de pútrida autocompasión y he arrastrado a estas dos mujeres al fondo, las estoy sumergiendo en sus aguas y no se dan cuenta mientras me retiran el abrigo con no poco esfuerzo.
Me estremezco al sentir la brisa en las plantas de los pies, cuando me quitan las botas y la suerte de calcetines que he llevado durante una luna entera.
—¿Qué le habrá pasado? —dice Mircea—. Los tiene llenos de llagas negras, fíjate.
—Pensé que no es algo raro de ver en Caminantes.
—¿Pero cómo va a haber Caminantes mestizos? Y aunque los hubiera, te digo que este no lo es, porque solemos tener mucho cuidado con el estado de nuestros pies. ¿Qué sería de nosotros sino?
—Es como si se los hubiesen quemado, mira estas marcas. —Rona las señala con el dedo.
—Lo que veo son unas garras más grandes que mi mano.
—Dan un poco de miedo. —Rona se pone en pie—. Voy a ver si encuentro eso, dudo que lo hagas tú. ¿Estarás bien sola?
—No me digas que te crees lo que ladra Rogont, después de la bronca que le has echado.
—No me suelen gustar los mestizos, pero lo digo con la boca pequeña.
«Mestizo», el eufemismo más dañino de toda La Creación, esgrimido por pusilánimes con más miedo que seso.
Llámame «monstruo», llámame «abominación», pero no me llames «mestizo».
Atrévete a llamar al horror por su nombre.
No me libro de ello ni con un pie en los Salones del Olvido.
Si no se me hubiese entumecido la cara me verías sonreír ante semejante ironía, pero no lo verás, porque he recuperado cierta movilidad en la mano y la estoy deslizando por las sábanas, hacia la daga que escondo bajo esta camisa húmeda.
Un tirón pequeño y otro un poco más fuerte, para ponerme la hoja en la yugular que me palpita al ritmo de un tambor de guerra.
Vamos, Lazor, que no te domine ese tipo especial de cobardía, ya casi lo tienes.
Abro un ojo y veo que la viajera me está dando la espalda, hurgando en el abrigo harapiento que me han quitado.
La daga se desliza por la sábana con un murmullo sordo, pero resbala de mis dedos húmedos y cae al suelo. Mierda.
—¿Pero qué coño…?