Rojamuerte Una ligera brutalidad
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Rojamuerte

Rojamuerte

Por Claudia Laforet

© inepub.com

Una ligera brutalidad

No soy muy amigo de los prólogos. A menos que el prologuista tenga una sensibilidad y unos conocimientos que hagan que me resulte atrayente por sí mismo, como el prólogo de Borges para Crónicas marcianas , de Bradbury, en general son una oda al ego.

Ya sea al ego del autor, que busca que le digan lo maravilloso que es, o al del prologuista, que pretende promocionarse gracias a colar sus letras en un manuscrito ajeno como un okupa de tinta.

A veces consideran que el prologuista pueda atraer a algún lector nuevo con su ingenio y renombre. No creo que este vaya a ser el caso.

Sí que podría usarlo como recordatorio del colegueo entre servidor y la autora, contando alguna anécdota anodina que solo interesará a los implicados, como cuando Claudia y yo nos tomamos unas cervezas y su jarra era el triple de grande que la mía porque yo soy más de Cacaolats. Las apariencias engañan, dicen.

Además, a veces deslizan spoilers. A pesar de que encuentro esto detestable, quizá yo mismo peque al hablar de Rojamuerte , así que, si quieres ir completamente a ciegas, yo pararía aquí y volvería a este prólogo una vez terminada la novela.

Aquí nadie va a explicar cómo tal personaje es tan inútil que no sabe ni suicidarse bien clavándose una daga en el cuello, ni por qué la presencia de dos desconocidas le va a cambiar la vida.

De entrada, para mantenérsela. No, aquí no haré nada de eso, pero mejor avisar.

Así que cuando Claudia me propuso que escribiera el suyo, la verdad es que pensé negarme porque, como ya he dicho, detesto los prólogos con todas mis ganas.

Pero, en un acto de hipocresía, aquí estoy.

Ya llevo cuatro párrafos y ya estoy odiando este.

¿En vez de ensalzar a la autora o la obra, tendrá consecuencias funestas para mí?

¿Si todo lo que escribo me representa, estaré a la altura?

¿Se puede sufrir síndrome del impostor por un prólogo?

Volviendo a quién de verdad importa: puedo hablar de cómo la conocí en redes sociales hablando de cosas japonesas turbias, como Junji Ito, un autor que nos representa.

Escribe cosas feísimas, pero luego es un amor.

O eso dicen. También hablamos de cositas de fantasía romántica, como el triángulo amoroso de Berserk .

Nadie nos va a hacer cambiar de opinión al respecto.

Lo que hay entre Guts, Casca y Griffith es puro romance.

De cosas cerveciles también hablamos. Y de lo que le pareció mi novela, de la que no voy a hablar porque sería de muy mal gusto.

Pero, en definitiva, esta es una historia de dos personas que disfrutan escribiendo cosas oscuras y a las que la literatura ha propiciado que se encuentren.

Cuando Claudia me pidió mi opinión sobre Rojamuerte , temí que esto pudiese significar algunos desencuentros.

Debajo de esa armadura con pinchos hay una persona sensible.

Las apariencias engañan, de nuevo. Lo cual es maravilloso, porque solo las personas sensibles saben escribir de la siguiente manera:

Meto una mano bajo mis calzones y empiezo a decorar el suelo con lo que llevo conteniendo durante una noche entera, me vacío mientras las miro y esbozo una sonrisa ladeada.

La orina repta hasta los pies de la Caminante, que da un paso atrás, sin perder de vista mis manos.

Sigo sonriendo mientras me doy un par de sacudidas y después me la guardo.

Esto es lo que Claudia se trae entre manos.

Esto es lo que sale de ellas. Explícito, escatológico.

Grimdark. Quien se aventure en estas páginas no va a encontrar una fantasía limpia de bruñidas armaduras al sol y de héroes que ni mean ni follan.

Aquí todo es sucio, pero también hay espacio para el lirismo, para una prosa bella que entumece los apéndices que antes sostenían una polla para mear:

Me muerde de vuelta y apenas lo noto. Me está probando por primera vez y cierro la mano en su nuca, arrastrado por el oleaje que salta en sus acantilados.

Pero voy a dejarme de destripes. Recuerdo llevar medio manuscrito, cerrarlo y escribir a Claudia un mensaje: «Pero qué bruta eres». Nunca le dije qué escena propició esto. Tampoco la diré aquí. Si sigues leyendo, no digas que no te lo avisé. Y si ya la has leído, a ver si descubres cuál es.

Entra libremente y deja algo de la felicidad que traes, como dijo cierto conde aficionado a los espetos. Aquí solo vas a encontrar sangre.

Carlos di Urarte Autor de Salitre y Cenizas y Hábito y Mortaja