Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Mateo durmió dos horas contra la pared de la posada, con el messer al alcance de la mano y los ojos entreabiertos como un perro viejo.

A las tres de la madrugada Rodrigo encontró a Joaquín repasando a la luz de una vela las últimas copias del cifrado, con los dedos manchados de tinta y la caligrafía más apretada que de costumbre, como si la noche le pesara también en la mano.

El viento giró al levante cuando faltaba una guardia para el alba. Exactamente lo que Colón llevaba semanas pidiendo.

El amanecer del día señalado llegó limpio. El cielo sobre Palos no tenía una sola nube ni una bruma. Solo azul sobre azul y un viento del este que prometía mar abierto. Días así no admitían testigos discretos.

En la cubierta de la Santa María , Colón se acercó a Rodrigo con las manos libres y la mirada del navegante que mide el calado de un puerto desconocido antes de arriesgar la quilla.

—Capitán Salazar.

—Almirante.

—Una vez que soltemos amarras, la autoridad sobre la navegación es mía. La seguridad de las naves y la disciplina de los hombres, vuestra. ¿Estamos de acuerdo en esa línea?

—Mientras no se crucen —respondió Rodrigo.

—Se cruzarán —Colón esbozó algo que no era sonrisa—. Es cuestión de tiempo.

—Entonces lo resolveremos cuando ocurra. No antes.

—Es la hora —dijo Colón.

En el muelle, mientras la tripulación tomaba posiciones y los últimos familiares se retiraban con la lentitud que precede a una ausencia larga, Miguel se acercó a Rodrigo.

—¿Embarcamos todos? —preguntó.

Rodrigo no respondió de inmediato. Lo estudió en silencio. Miguel había llegado a Granada como un muchacho que no había sostenido un arcabuz en su vida. Lo que tenía delante era otra cosa.

—¿Quieres hacerlo? Una vez a bordo, el mar no admite cambios de opinión.

Miguel guardó silencio un instante. Rodrigo lo vio viajar con la mirada a algún lugar que no estaba en el puerto de Palos.

Quizá la ladera de Granada donde le pusieron un arma en las manos por primera vez.

Tal vez la noche de los almacenes, cuando aprendió a guardar una puerta sin que le temblara el pulso.

—Sí —dijo.

Rodrigo le observó las manos. Quietas. Templadas. Las mismas que hace un tiempo no podían sostener un arcabuz sin temblar ahora colgaban a sus costados. Ya no necesitaban que nadie les enseñara qué hacer.

—Entonces embarcamos todos —afirmó Rodrigo.

Las campanas de La Rábida comenzaron a sonar graves, lentas, y su eco se extendió por el río Tinto hasta confundirse con el chapoteo del agua contra los cascos.

Los frailes bajaron al muelle, sus hábitos pardos balanceándose al compás de una marcha que no obedecía al ritmo del puerto. Avanzaban a paso de rezo.

La bendición fue breve. Agua, latín, una cruz trazada en el aire con un hisopo que ya había bendecido barcos que no volvieron.

Fray Juan Pérez permaneció junto a un noray con las manos unidas, murmurando una oración que nadie le había pedido y que cubrió la maniobra como una tela.

Rodrigo la recibió con la cabeza descubierta y la espada envainada, de pie junto al palo mayor.

Joaquín lo esperaba junto a la pasarela, el rollo de documentos descifrados envuelto en cuero encerado y atado con un cordel doble.

—¿Dónde los guardo?

—En vuestro camarote. Bajo llave. Y no le habléis a nadie de la inicial hasta que yo lo diga.

—¿Ni siquiera a Colón?

—A nadie. Si el que está dentro sabe que lo buscamos, desaparece antes de que lo encontremos. Y un hombre que se esconde en un barco lo hace cortando una jarcia, abriendo un tonel, encendiendo una mecha.

Joaquín subió por la pasarela sin titubeo.

Rodrigo recorrió cada nave por última vez.

En la Santa María comprobó el cierre de la cámara de cartas náuticas, pasando la mano por el candado y tirando de él con fuerza seca.

En la Pinta revisó la bodega de pólvora, la estiba de los barriles de agua y el estado de la jarcia del trinquete.

En la Niña , la más pequeña, verificó las juntas de calafateo y la disposición de los cabos.

Fabián aguardaba al pie de la pasarela de la Santa María . No subió. Cuando Rodrigo llegó a su altura, se miraron un instante.

—El puerto seguirá hablando. Cuando volváis, tendréis nombres —dijo Fabián.

—Lo sé. Gracias. ¿Joaquín se ha encargado de pagaros?

—No os preocupéis por eso. Tenéis cosas más importantes entre manos.

No se estrecharon la mano. Fabián se hizo a un lado. Se quedaba en tierra con sus hombres, los ojos y los oídos que la expedición dejaba en el puerto, la red que seguiría escuchando lo que el mar ya no podría oír.

Diego salió a su encuentro cuando pisó de nuevo la cubierta de la capitana.

—Todo dispuesto —dijo.

Las pasarelas fueron retiradas una a una.

Las amarras comenzaron a deslizarse por las argollas del muelle con un sonido grueso, casi animal, un quejido de algo que no quiere soltar lo que sujeta.

La madera gimió cuando el agua comenzó a separar el casco del muelle, una succión grave, el mar reclamando lo que la tierra había retenido demasiado tiempo.

Un espacio de agua oscura apareció entre el casco y la piedra del embarcadero.

La Pinta salió la primera. Martín Alonso Pinzón daba voces desde la cubierta que llegaban fragmentadas por la distancia, y su tripulación respondía con una agilidad que hablaba de meses navegando juntos.

La carabela se separó del muelle con un tirón limpio que dejó las argollas oscilando en la piedra.

La Niña fue la siguiente. La más rápida de las tres.

Vicente Yáñez Pinzón, el menor de los hermanos, gobernaba su cubierta sin gritos ni aspavientos.

Daba una orden, señalaba un cabo, y el siguiente movimiento ya estaba en marcha antes de que el anterior terminase.

Ligera, de aparejo latino, la carabela respondía al viento como un caballo joven, todavía sin medir el peso de la carga.

Se deslizó fuera del atraque sin esfuerzo aparente, y en cinco respiraciones ya había ganado el canal de salida.

La Santa María fue la última en despegarse.

Pesada, lenta en responder al timón, con ese balanceo hondo de las naos de carga que llevan más lastre que ambición en la bodega.

Los marineros empujaron con palancas y la marea ayudó, pero la capitana se tomó su tiempo, como un animal viejo que obedece cuando le place y no antes.

Rodrigo observó la maniobra desde la cubierta de la capitana. El viento soplaba del este, constante y sin ráfagas, suficiente para hinchar las velas mayores sin castigar la jarcia.