Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 30 #3
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Capítulo 30 #3

Junto al cabrestante, Terreros daba las últimas voces para el izado de la vela mayor.

Los marineros respondían con movimientos que repetían los de generaciones anteriores: cobrar driza, hacer firme, amarrar.

El lino se desplegó con un chasquido sordo.

La Santa María se inclinó apenas, aceptando la fuerza, y comenzó a moverse.

Rodrigo sintió la cubierta cobrar vida bajo sus pies. La nao que había sido madera amarrada al muelle empezaba a tirar contra el viento, pidiendo rumbo.

Giró la cabeza una última vez hacia el muelle. El pantalán se reducía ya por la distancia, pero sus ojos encontraron, contra la pared del almacén de poniente, una silueta inmóvil con el sombrero calado.

La figura no saludaba. No se movía. Cuando Rodrigo la miró de frente, el hombre bajó la cabeza y dobló la esquina del almacén sin prisa.

No corrió. No miró atrás. El costado le tiró a Rodrigo cuando giró el tronco para seguirlo con la vista.

No alcanzó a ver si salía por el otro lado.

Cuando devolvió los ojos al mar, Mateo estaba a su lado, apoyado en la borda, mirando hacia el mismo punto del muelle.

—Lo viste —dijo Mateo.

—Lo vi.

Ninguno dijo quién creían que era.

Andrés de Huelva, piloto de la barra desde hacía treinta años, se había apostado en la proa con la mirada fija en el paso de Saltes, donde el río se encontraba con el mar y los bancos de arena podían tragarse una nave entera si el que la guiaba no conocía el cauce.

No daba órdenes. Solo levantaba la mano izquierda para indicar babor o la derecha para estribor, y el timonel obedecía sin cuestionar.

Andrés no había errado un paso en toda su vida de mar.

La barra quedó atrás sin incidentes. El mar abierto se extendió ante las tres naves.

Los almacenes donde había sangrado noches antes se convirtieron en formas sin detalle.

Los muelles donde había cruzado acero con Álvaro pasaron a ser líneas oscuras sobre un fondo gris.

Las mujeres alzaban las manos en el extremo del espigón.

Una de ellas tenía un niño sujeto contra el pecho y con la otra mano hacía la señal de la cruz, una y otra vez, mecánicamente.

Se empequeñecieron hasta volverse casi indistinguibles.

Fue Diego quien lo vio primero. Estaba a popa, revisando los cabos de la escota con la paciencia de siempre, cuando se enderezó de golpe y señaló hacia tierra.

—¡Rodrigo! —gritó Diego.

Rodrigo miró. En el extremo del pantalán, donde los tablones se adentraban más en el agua, alguien corría.

Agitaba los brazos. El sombrero le había caído y no se había detenido a recogerlo.

La distancia ya no permitía distinguir los rasgos, pero el andar urgente y la capa de paño basto eran suficientes.

—Es Fabián —dijo Rodrigo.

Rodrigo siguió la figura con el cuerpo inclinado hacia el agua.

El pantalán se reducía con cada respiración.

La figura llegó al extremo, se detuvo en el borde del agua como si dudara en saltar, y en su lugar empezó a gritar.

El viento trajo las palabras rotas. Llegaban consonantes sin vocales, trozos de frase mutilados por la distancia.

Rodrigo se inclinó aún más sobre la borda, como si media vara de esfuerzo fuera a ganarle al océano.

—Duarte —entendió Diego.

—Algo más. Escuchad —dijo Rodrigo.

Mateo señaló con la barbilla por encima del hombro de Rodrigo. Tierra adentro, sobre la primera línea de tejados de Palos, una columna de humo subía recta y oscura. Vertical, sin viento que la quebrara. A media altura se ensanchaba en penacho negro. No era cocina de mañana ni hoguera de basura.

Fabián seguía gritando. Había tomado aire y había vuelto a intentarlo, esta vez con la mano libre ahuecada junto a la boca, la cabeza echada hacia atrás para que la voz saliera lo más lejos posible.

—Escapado. Matado. Todos. —Fueron las últimas palabras de Fabián que el viento se molestó en traer.

Rodrigo se quedó muy quieto.

Los dos custodios. Los cuatro presos. La posada entera.

Duarte los había esperado, los había medido noche tras noche, había elegido la hora en que la flota zarpaba y la atención del puerto estaba en otra parte, y los había despachado a todos en la misma maniobra.

El filo para los custodios en el pasillo, el fuego para los encadenados en la celda del fondo.

Deliberadamente. Sin testigo que pudiera dar nombres después.

Aquel hombre menudo de facciones afiladas que había dejado caer los brazos en las marismas y había hablado en voz baja en el interrogatorio había interpretado bien su papel.

Fabián había caído de rodillas en el extremo del pantalán. Seguía mirando. No gritaba ya, no había nada más que gritar.

Rodrigo levantó una mano y la sostuvo en el aire el tiempo suficiente para que Fabián supiera que lo había oído. Fabián devolvió el gesto. Era lo único que la distancia permitía. Dos hombres alzando la mano sobre un agua que no se podía cruzar.

La Santa María siguió su rumbo. El pantalán se hizo línea, después punto, hasta que al final dejó de estar donde estaba. El humo se mantuvo en pie un poco más, recto y oscuro contra el cielo claro, antes de deshacerse sobre los tejados de Palos.

Ninguno de los tres habló durante un rato largo.

Tres naves. Noventa hombres. El viento de levante se sostenía. La proa apuntaba a poniente.