Capítulo 30
Soltar amarras
Los días previos a la partida apenas encontraba descanso, y cuando lo hacía era sentado contra la pared de la posada, con la espada cruzada sobre las rodillas y un oído abierto al puerto.
El muelle de Palos no descansaba. Marineros, carpinteros, toneleros y estibadores se cruzaban en un ir y venir que olía a brea caliente, cáñamo nuevo y sudor de bestia de carga.
Mujeres con niños a la cadera bajaban al amanecer para ver a sus hombres subir y bajar de las naves cargando barriles.
Frailes del monasterio de La Rábida recorrían el muelle murmurando letanías que nadie escuchaba ni interrumpía.
Al mediodía del segundo día ordenó inventario público de provisiones. No en la intimidad de la bodega con media docena de oficiales, sino a plena luz, en el muelle, con los barriles dispuestos en hilera y cada tripulante invitado a verificar con sus propias manos lo que embarcaría.
—Setenta barriles de agua dulce, sellados y marcados con lacre del intendente —anunció Mateo en voz lo bastante alta para que alcanzara al último hombre de la fila.
Rodrigo dejó que varios marineros se adelantaran a golpear las duelas, a levantar tapas y oler el contenido. Pedro de Terreros fue el primero en meter la mano hasta el fondo de un tonel y sacar un puñado de bizcocho.
—Está seco —dijo, más para los suyos que para Rodrigo.
Un marinero más joven, detrás de Terreros, murmuró algo que no llegó a ser frase. Rodrigo lo localizó con la mirada. Flaco, nervioso, ojos que se movían demasiado.
—¿Tenéis algo que decir? —preguntó sin elevar la voz—. Aquí se habla de frente o no se habla.
El joven tragó saliva.
—Dicen… dicen que hay barriles de arena lastrada en la segunda bodega. Que se contaron como víveres para inflar las cifras.
Un silencio cortó el muelle. Rodrigo no se movió.
—Carvajal —dijo Rodrigo—. Abrid la segunda bodega.
Mateo ya estaba bajando la escalerilla antes de que la orden terminara. Tres marineros lo siguieron. Se oyeron golpes de madera, chirriar de clavos, y al cabo de un rato subieron cargando entre cuatro un barril que dejaron caer sobre el muelle con un golpe que hizo temblar el embarcadero.
—Abridlo —dijo Rodrigo.
Mateo clavó la palanca bajo la tapa y tiró. Dentro, carne salada en capas de sal gorda, prensada y embalada según ordenanza. Subió un tufo denso, a sangre curada y salitre, y varios marineros se adelantaron a comprobar la profundidad de la capa.
—Cada barril de esa bodega es igual a este —dijo Rodrigo, dirigiéndose a todos—. Podéis abrirlos vosotros mismos. No habrá bodega cerrada ni tonel que no hayáis visto por dentro. Lo que embarca hoy es lo que lleva cada hombre a la boca mañana.
Terreros lo miró un instante más de lo necesario, sopesando la palabra contra el hombre que la pronunciaba. Después le devolvió un gesto breve y volvió la vista a los barriles.
Aquella tarde, Joaquín se acercó con el hábito de andar como si el suelo fuera un documento que conviene leer antes de pisar.
—He cruzado los inventarios con la copia sellada que dejamos en Palos antes de la carga —dijo, bajando la voz—. Hay una discrepancia de un día en la fecha de recepción de un lote de bizcocho. La copia dice martes, el original dice lunes.
—¿Error de copista?
—Podría —concedió Joaquín, aunque su mirada decía lo contrario—. Coincide con la jornada en que capturamos a Duarte.
Un día de diferencia en un registro de carga.
Nada que levantara alarma en una toma de cuentas ordinaria.
Los números estaban limpios, la tinta uniforme.
Pero la irregularidad estaba ahí, en el espacio de un día entre dos registros que deberían haber coincidido.
La copia y el original no podían discrepar por azar.
—No es error aislado —murmuró Rodrigo—. Es método. —Tomó el pliego y lo giró hacia la luz menguante—. Si la documentación en tierra puede alterarse, si los registros que viajan a Sevilla ya no dicen lo que firmamos, entonces la batalla no es solo naval.
—Nunca lo fue, Rodrigo —dijo Joaquín.
Era uno de los pocos hombres que lo tuteaba, y solo lo hacía en momentos como aquel, cuando la conversación dejaba de ser informe.
Al anochecer del segundo día, Sancho subió a bordo de la Santa María con el paso silencioso del artillero, la mecha del arcabuz aún humeando en el serpentín y el romero entre los dientes. Se plantó delante de Rodrigo con la economía de quien no piensa gastar más de diez palabras.
—He interceptado conversación junto a la Niña . Dos mozos. Sebastián Ximénez y Pascual Carrasco.
—¿Qué decían?
—Que la ruta es más larga de lo que afirma el Almirante. Que las provisiones no alcanzarán si cambia el viento. Las palabras de siempre, señor.
—¿Quién se las puso en la boca?
—Un pelirrojo junto a los corrales. Barba cerrada, capa parda, voz baja. No vendía nada. Solo dejaba caer frases, escogiendo a los más jóvenes.
Rodrigo lo reconoció antes de que Sancho terminara.
Era el de la escribanía. El que Mateo había señalado el día que Álvaro salió hacia Sevilla.
Seguía suelto, y ahora trabajaba dos pasos más adelante.
Ya no vigilaba puertas, sembraba rumores entre marineros sin experiencia que repetían lo escuchado sin preguntarse de dónde venía.
—¿Los mozos? —Rodrigo apoyó la mano en la borda.
—Asustados. Han escuchado a otro y lo repiten.
—Dejadlos. Convocad reunión general esta noche.
Sancho giró sin más palabra y se marchó con aquel paso suyo, terco y silencioso, midiendo la cubierta como si calculase distancias para un disparo.
La tripulación se congregó en el muelle cuando la oscuridad ya había caído sobre Palos y las únicas luces eran las antorchas clavadas en los postes del espigón.
El viento traía algas muertas y brea, y las llamas parpadeaban con una irregularidad que daba a los rostros aspecto de máscaras cambiantes.
Rodrigo avanzó al centro. No llevaba discurso preparado. Frente a hombres que ya habían oído rumores en susurros, una arenga ensayada habría sonado a otra mentira más.
—He sabido que circulan rumores sobre la duración del viaje y la suficiencia de los víveres —dijo—. Los habéis oído todos. Algunos los habéis repetido.
El murmullo que recorrió el grupo tuvo la textura de la ropa mojada que se retuerce, breve, incómodo.
—La ruta hasta Canarias es conocida por cualquier piloto que haya tocado la costa africana.
Desde allí, vientos constantes hacia poniente.
Las provisiones que habéis contado esta mañana con vuestras propias manos cubren lo necesario.
El que os ha pasado otra versión la pasa con un fin concreto, que volváis a casa antes de zarpar. Su provecho no es el vuestro.
Terreros, desde la segunda fila, habló con ese timbre que cortaba el aire.
—¿Y si los vientos no son constantes, capitán?
—Entonces ajustaremos raciones y rumbo. Para eso lleváis oficiales a bordo. Y para eso lleva el Almirante veinte años estudiando las corrientes que vosotros no habéis visto.
Colón dio un paso adelante. Llevaba un crucifijo pequeño de madera en la mano derecha. Los dedos lo sujetaban como sujetan un instrumento conocido, sin que tuviera que pensar en él.
—He navegado la costa africana hasta Guinea —dijo—. He cruzado el mar entre Lisboa e Islandia en pleno invierno. No os conduzco al abismo.
Se hizo el silencio. Colón paseó la mirada por los rostros iluminados por las llamas, y Rodrigo vio algo en aquellos ojos que no había visto antes. No la convicción del visionario, sino la fatiga del hombre que lleva demasiados años pidiendo que le crean.
—Al que oiga pasando rumores sin fundamento de boca en boca —retomó Rodrigo, cortando el silencio antes de que se espesara— lo trataré como perturbador del orden.
Si tenéis inquietud legítima, acudid a mí o al Almirante.
Si escucháis a hombres sin cara y sin nombre, recordad que ninguno de ellos embarcará con vosotros.
La quietud que siguió tenía otro peso. Una decisión aplazada, no una vacilación.
Los hombres comenzaron a dispersarse en grupos de dos y tres.
Terreros fue el primero en moverse, y los veteranos se desplazaron tras él sin necesidad de orden.
Llevaban demasiados años cumpliendo el mismo gesto.
Un marinero viejo de la Niña , con las manos deformadas por treinta años de jarcia, pasó junto a Rodrigo y le tocó el brazo con dos dedos, sin detenerse.
Más atrás, dos grumetes caminaban juntos hacia las naves. Rodrigo captó un fragmento de su conversación al cruzar la zona donde la luz se apagaba.
—¿Tú le crees? —dijo el primero, en voz que se creía baja.
—Yo creo al que me enseña lo que llevo dentro del tonel —respondió el segundo—. Al que me lo cuenta desde una esquina oscura, no.
Rodrigo no necesitaba más.
Los suyos se habían dispersado al cierre de la asamblea, cada uno a su puesto. Mateo permaneció a su lado cuando el muelle quedó vacío.
—Han escuchado —dijo Mateo.
—Han escuchado —repitió Rodrigo—. Lo que hagan con ello es otra cosa.
—Terreros te ha medido.
—Lo sé.
—¿Y? —Mateo no apartó los ojos.
—Que si tiene que elegir entre un capitán que abre bodegas y una sombra que no da la cara, elegirá al que tiene las llaves. Eso basta.
—¿Y si no basta? —insistió Mateo.
—Entonces tendremos problemas más serios que rumores de pasillo.
Mateo asintió con la mandíbula apretada y no añadió nada.
La noche tuvo la longitud de todas las vísperas de zarpe.
Rodrigo no se acostó. Cruzó el muelle seis veces entre la medianoche y el alba, contando los faroles encendidos, comprobando que las guardias dobladas seguían en pie y que los nuevos apostados no se habían movido del sitio.
Diego lo acompañó en dos de esas rondas y no dijo nada.
Había visto lo mismo que él. Dos sombras en el extremo del muelle norte, inmóviles durante más de una hora, antes de que las nubes taparan la luna y desaparecieran sin que ningún hombre del puerto pudiera jurar haberlas visto.