Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 29 #3
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Capítulo 29 #3

Sacaron a Álvaro del almacén sur entre dos de ellos, uno a cada brazo.

Caminaba, pero cada paso le costaba una negociación con el costado cosido y el omóplato vendado.

Los marineros que preparaban las naves se detuvieron a mirar.

Algunos se apartaban al paso del prisionero con la misma distancia instintiva con que se apartan de un perro que puede morder.

Otros lo miraban de frente, con curiosidad dura.

Por el muelle corrían rumores desde hacía días, ninguno con nombre, todos con el mismo poso.

Alguien había estado tocando lo que no debía.

Un grumete escupió al suelo cuando Álvaro pasó a su altura. Nadie lo reprendió.

Lo montaron a caballo con esfuerzo. Las heridas no le permitían izarse por su propio pie, y el vendaje de la espalda se manchó de rojo al forzar el brazo hacia el arzón.

Le ataron las muñecas a la perilla de la montura con un nudo que Mateo comprobó personalmente, tirando de él tres veces con fuerza creciente.

—Si intenta huir, no lo matéis —había ordenado Rodrigo—. Si intenta suicidarse, tampoco. Lo quiero vivo en Sevilla. La carta lo acompaña.

Mateo había callado. Una orden de llevar vivo a un hombre como Mendoza pedía más manos, más horas y más suerte que la de matarlo allí mismo, y ambos lo sabían.

Rodrigo observó la partida desde el extremo del muelle.

Mateo caminó junto al caballo de Álvaro los primeros veinte pasos sin apartar la vista del animal.

A la altura del portón del muelle, entre los curiosos había una mujer con dos críos, un fraile de La Rábida y dos estibadores que habían soltado la carga para mirar.

Además, apoyado contra la fachada encalada de la casa del herrero, distinguió al pelirrojo de la escribanía.

Las manos dentro de la capa, el sombrero calado.

Miraba pasar al caballo de Álvaro y registraba en silencio cada detalle, rostro del prisionero, número de jinetes, paso de la escolta, dirección de la marcha. Información que entregaría después.

Mateo no le devolvió la mirada. A tres pasos del pelirrojo, apoyado contra el mismo muro con la misma quietud, un hombre que Mateo conocía de los almacenes de Fabián mascaba un trozo de pan y miraba el suelo.

Esa pieza ya estaba en su sitio. Cuando el camino se ensanchó y los jinetes pudieron formar, soltó la brida, dio una palmada en el cuello del animal y se apartó sin mirar al prisionero.

No volvió la cabeza hasta la curva. Cuando lo hizo, el hombre del pelo rojo ya no estaba contra la pared.

Álvaro no miró atrás. Cabalgaba con la espalda recta pese al dolor, la barba de días manchada de brea y sangre seca, los ojos fijos en el camino que se abría hacia el este.

El polvo que levantaban los cascos se quedó flotando en el aire mucho después de que las siluetas desaparecieran tras la primera curva del camino de Moguer.

Mateo regresó al muelle y pasó junto a Rodrigo sin detenerse.

—El pelirrojo de la escribanía —dijo Mateo al pasar—. Y un hombre de Fabián a tres pasos.

Rodrigo no preguntó dónde. Siguió caminando hacia la Santa María . Si el pelirrojo se movía, Fabián lo sabría antes del mediodía.

En la cubierta de la Santa María , Colón había observado la partida apoyado en la borda de estribor. Cuando Rodrigo alzó la vista, el Almirante le sostuvo la mirada un instante. Después bajó a la cubierta principal y se acercó.

—Un hombre menos en el puerto —dijo—. ¿Cuántos quedan a bordo?

Rodrigo entendió la pregunta. Bajo la aritmética latía la misma inquietud que arrastraba desde la noche del almacén.

—Los suficientes para que nos mantengamos alerta —respondió. Colón asintió una vez. La mirada se le fue al horizonte.

—Os di un día, capitán. Han pasado más de los que podía pagar.

Cada amanecer que la flota sigue amarrada, en la Corte se escribe una carta que no habla bien de mí.

Por suerte, el viento ha llegado tarde para el calendario de la Corte y a tiempo para el mío.

—Colón miró el este por encima del hombro de Rodrigo—.

No os imagináis cuántos vientos he prometido a la Reina que llegarían antes.

Volvió a su camarote con paso resuelto. Tenía mapas que consultar y decisiones que no quería compartir.

Joaquín se acercó cuando el polvo del camino terminó de asentarse.

—Hay algo que acabo de cerrar. Las últimas líneas del cifrado las he resuelto esta madrugada, con la luz mala de la posada.

El mensaje incluye una nota sobre Mendoza.

Dice que escribe con la derecha pero maneja la izquierda con igual soltura.

Dados, cuchillo, espada corta. Lo llaman «el de las dos manos» .

Rodrigo sopesó la información en silencio. Si Álvaro peleaba con la zurda tan bien como con la diestra, la herida del antebrazo derecho no lo inutilizaba. Lo transformaba. La izquierda, vendada, seguía sirviendo —suficiente para una hoja corta—.

—Deberíais haberlo dicho antes —dijo Rodrigo.

—Lo supe después del duelo. No antes.

Rodrigo no dijo nada, pero la advertencia quedó grabada.