Capítulo 29 #2
—Si aguantáis cinco días sin fiebre, la carne cerrará limpia —dijo Benavides—. Si forzáis ese hombro antes de tres días, perderéis movilidad en el brazo para el resto de vuestra vida. Y eso no se arregla con vinagre.
—Puedo manejarme.
Benavides lo miró con esos ojos recelosos que habían visto más heridas que años tenía.
—Eso se lo digo a los que pueden elegir. A vos os digo que no empuñéis espada hasta pasado mañana. Y si la empuñáis, no vengáis a quejaros.
Rodrigo probó la guardia con la mano derecha.
La empuñadura aguantaba, pero el hombro hervía bajo la venda y el brazo perdía potencia a media estocada.
Veinte años de esgrima estaban en ese hombro y ahora le pasaban cuenta.
Pensó en la izquierda, que nunca había gobernado más que la daga auxiliar, la antorcha en las rondas nocturnas y el cuchillo de partir pan.
No hizo con la idea más que dejarla pasar.
Rodrigo se abrochó el jubón con una mano, porque la otra apenas le respondía. Volvió a la posada con el costado tirando a cada paso.
Miguel y Diego llegaron a media mañana de regreso de los almacenes. Diego traía la tablilla donde había anotado los hallazgos con su letra apretada, y Miguel cargaba un saco de arpillera con los restos de las cuerdas cortadas.
—Catorce tapones aflojados en tres depósitos —leyó Diego de la tablilla, sin levantar la vista—. Seis cuñas entre duelas, todas en barriles de aceite de lámpara. Nueve cuerdas de amarre con cortes parciales en la gaza. Y dos más en la jarcia de repuesto, que no habíais revisado anoche.
—¿Los del norte? —Rodrigo cruzó los brazos.
—Limpios. El que preparó esto sabía dónde tocar.
Rodrigo dejó caer la barbilla una vez. El sabotaje pedía semanas. Manos que entraban y salían del muelle sin levantar sospecha habían trabajado tapón a tapón y corte a corte hasta dejar la flota lista para reventar al primer golpe de mar.
—Hay otra cosa —dijo Miguel. Dejó el saco en el suelo y sacó un fragmento de cuerda más grueso que los otros, del diámetro de un puño—. Esta es distinta. La quemaron por dentro. Le metieron una mecha fina por el alma. Tira limpio por fuera. Tira y revienta.
Rodrigo tomó el fragmento. Lo abrió con los dedos.
El interior era ceniza negra que se deshacía al tacto, pero la superficie exterior conservaba la apariencia de una cuerda sana.
Un sabotaje invisible a los ojos y al tacto.
Solo se detectaba por el peso. Una cuerda quemada por dentro pesa menos que una entera.
Miguel la había encontrado porque le pareció demasiado ligera al levantarla del gancho.
—Buen ojo —dijo Rodrigo.
Miguel no respondió. No hacía falta.
Diego anotó el hallazgo en la tablilla. Rodrigo guardó el fragmento de cuerda junto a las otras pruebas.
Cada pieza del inventario de sabotaje confirmaba lo mismo.
Detrás de Mendoza operaba una red entera, y esa red tenía manos en el puerto que seguían trabajando aunque él estuviera encadenado en un almacén.
Aquella tarde buscó a Joaquín en el rincón de la posada donde el cifrador había establecido su mesa de trabajo, con un candil que llevaba encendido desde la víspera.
Sobre la mesa, junto a los pliegos del cifrado, Joaquín había dispuesto en fila las pruebas físicas recogidas en las últimas semanas, la cuña de madera extraída del barril, el trozo de cuero con las muescas copiadas, el trapo empapado en aceite con el eslabón de pedernal envuelto dentro, y tres fragmentos de cuerda con los cortes parciales que Miguel y Diego habían encontrado esa mañana en los almacenes.
Cada pieza etiquetada con un número y una fecha en la letra menuda de Joaquín.
Un archivo de guerra sobre una mesa de carpintero.
—Necesito una carta para la Corona —dijo Rodrigo—.
Dirigida a la secretaría personal de la Reina.
Informando de la detención de Álvaro Mendoza por conspiración contra la expedición, sabotaje de pertrechos y provisiones, y agresión armada contra un oficial al servicio de Sus Majestades. Que incluya la relación de pruebas.
Señaló la fila de objetos sobre la mesa.
—Todo esto viaja con la carta. Menos el cuero con las muescas. Ese se queda conmigo.
Joaquín lo miró.
—Sin el cuero, la carta pierde su pieza más fuerte. Es la prueba del cifrado.
—Y la única que conecta los mensajes con el infiltrado a bordo. Si la carta cae en manos equivocadas entre Palos y Sevilla, quien está dentro sabrá que tenemos su cifrado. Y si sabe que tenemos su cifrado, cambiará de método antes de que podamos atraparlo.
Joaquín sopesó el argumento y dejó la pluma sobre el tintero.
—¿Mencionamos la red? ¿Sevilla, Córdoba, los genoveses?
—Lo que Álvaro dijo en el muelle, sí. Pero como declaración del prisionero, no como hecho probado. Que la Corona investigue.
—¿Y la inicial?
—La inicial no sale de esta mesa. Todavía no.
Joaquín mojó la pluma y comenzó a escribir.
Su caligrafía era más limpia que la de Rodrigo y más formal que la de cualquier escribano del puerto, porque Joaquín había aprendido a escribir en la cancillería de un obispo antes de que la guerra lo reclamara para oficios menos piadosos.
Escribía sin apremio. Una sola línea torcida bastaría para que un letrado de la Corte sacara a Mendoza del juicio antes de que pisara Sevilla.
Dos veces se detuvo, tachó una línea y la reescribió.
La primera vez cambió «conspiración» por «actos contra la seguridad de la empresa real» , que tenía más peso jurídico.
La segunda cambió «según declaración del prisionero» por «según confesión espontánea del detenido ante testigos» , que cerraba una puerta que un letrado de la Corte habría abierto en la primera audiencia.
Joaquín levantó la cabeza de golpe. Miró hacia la puerta trasera de la posada, la que daba al callejón de los toneles, y se quedó quieto con la pluma suspendida sobre el papel.
—¿Habéis oído?
Rodrigo no había oído nada. Había estado releyendo la segunda línea.
Joaquín se levantó, cruzó la sala con los dedos manchados de tinta y abrió la puerta trasera un palmo. El callejón estaba vacío. En la tierra húmeda del umbral, una bota había pisado y retrocedido sin cruzar el arco. El barro conservaba el relieve, fresco, brillante todavía.
Cerró la puerta. Volvió a la mesa. No dijo nada. Mojó la pluma y siguió escribiendo. Pero apoyó el pliego dos dedos más cerca del pecho que antes.
La carta ocupó un pliego entero, sin fórmulas superfluas, escrita como se escribe lo que puede acabar en manos de un juez o de un enemigo.
Rodrigo la leyó dos veces. La segunda con más detenimiento, buscando lo que un letrado buscaría. La grieta, la ambigüedad, la palabra que permite una lectura distinta de la que se pretende. No la encontró.
La firmó. La selló con lacre y la guardó en el cinto.
Las pruebas físicas —la cuña, el trapo, el eslabón, los fragmentos de cuerda— las envolvió Joaquín en un paño encerado y las ató con un cordel doble que selló con un segundo lacre.
La misma técnica que usaban los correos de la Corona para garantizar que nadie abriera un paquete sin dejar marca.
En el almacén sur, los dos guardias de Álvaro se turnaban cada hora. A cada relevo, el entrante preguntaba lo mismo al saliente, si había probado de nuevo la cuerda. Ninguno lo había visto hacerlo. Ninguno se fiaba de la comprobación anterior.
Al amanecer del segundo día, seis jinetes armados esperaban en el camino de tierra que salía del puerto hacia Moguer.
Los caballos resoplaban en el relente del alba y las monturas olían a cuero húmedo.
Mateo los había elegido personalmente. Hombres que obedecían sin preguntar y que llevaban años escoltando heridos sin perder uno por descuido.
Duarte, Esteban, Barahona, el carpintero y el escribano quedarían en la posada bajo custodia de Fabián hasta que la partida de la flota liberara los hombres necesarios para una segunda escolta.
Álvaro iba primero porque era el nombre que la Corona esperaba.
Los otros cinco saldrían después, cuando Palos dejara de ser puerto de espionaje y volviera a ser lo que era.