Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

El prisionero

Rodrigo salió a la calle antes de que la noche terminara de morir.

Llevaba en pie desde antes del alba. El puerto entero quedaba suspendido en esa hora donde lo oscuro ya no manda y lo claro todavía no se atreve, y las tres naves reposaban amarradas, oscilando lo justo para que las amarras no dejaran de sonar.

La madera del embarcadero crujía con los cambios de marea bajo sus botas, y las jarcias vibraban bajo un viento leve del suroeste que apenas bastaba para mover los gallardetes.

En la posada, los otros cabeceaban a ratos contra las paredes o sobre los brazos cruzados en la mesa.

Él había salido a la calle con la espada al cinto y el mapa de la noche anterior todavía impreso en la retina.

Tapones aflojados, cuñas entre duelas, cuerdas cortadas, el almacén de brea, el tintineo del cuchillo de Álvaro cayendo sobre la madera, el arcabuz que le pasó a un palmo de la cadera, y después el acero trabado en el tercio fuerte y la espada de su enemigo girando en el aire antes de caer sobre los tablones del muelle.

El costado le tiraba con cada respiración.

Mateo había cosido bien, los puntos aguantaban y la venda seguía firme, pero el cuerpo cobraba su precio con rigidez.

El hombro respondía a medias. Levantar el brazo derecho por encima del pecho costaba un esfuerzo que Rodrigo evitaba sin que nadie lo notara. El dolor lo mantenía alerta.

Recorrió el muelle con la mirada. Cada sombra era una pregunta.

Cada bulto entre los noráis podía ser un hombre agazapado, un barril preparado, una mecha encendida.

Los almacenes que había revisado horas antes con las manos manchadas de aceite rancio seguían con el candado descorrido desde primera hora.

Miguel y Diego estaban allí dentro, cumpliendo la orden, tapón por tapón, cuerda por cuerda, barril por barril.

Pablo Benavides apareció por el camino del puerto cuando el sol ya calentaba la madera del muelle.

Era el cirujano del muelle, un hombre de mirada recelosa y manos gruesas que olían siempre a vinagre y a esa grasa de carnero con la que preparaba los ungüentos de campaña.

Había servido en Alhama y en Ronda, y de ambas plazas conservaba la costumbre de trabajar deprisa y hablar despacio, porque en los cercos había cosido tantas heridas que ya no le temblaba el pulso al meter la aguja.

Rodrigo lo llevó primero al almacén sur, donde Álvaro Mendoza yacía sobre una mesa de estiba, maniatado, con los ojos abiertos y fijos en la claraboya como si estuviera contando las motas de polvo que flotaban en el rectángulo de luz.

La sangre de la noche se había secado en costras oscuras sobre la camisa, el jubón y los tablones debajo de él.

La herida del omóplato, donde la daga de Rodrigo había entrado y salido, tenía los bordes hinchados y sucios de fibras de tela incrustadas en la carne.

Benavides no preguntó quién era ni qué había hecho.

Le cortó las ligaduras de las muñecas con un cuchillo de desuello, le abrió el jubón sin pedir permiso y examinó las heridas una por una.

El cuerpo de Álvaro mostraba cuatro, la del omóplato, la del antebrazo derecho que había soltado los dedos sin gobierno, el corte horizontal entre las costillas, y el dorso de la mano izquierda donde la hoja de Rodrigo había mordido.

Benavides las limpió con paños empapados en vinagre caliente.

Al llegar al antebrazo derecho, examinó el corte con más atención.

La hoja había entrado lo bastante hondo para afectar los tendones que gobernaban los dedos, aunque no los había cortado por completo.

El olor era agrio, penetrante, casi insoportable en el espacio cerrado del almacén.

Cada aplicación arrancaba una contracción involuntaria de la mandíbula de Álvaro.

—Habéis tenido fortuna —dijo Benavides mientras introducía la aguja en la piel del costado con regularidad mecánica—. Media pulgada más profunda y os estaría preparando para el responso.

Álvaro esbozó una sonrisa fatigada.

—No creo en la fortuna, maestro.

—Entonces creed en lo recio del hueso —replicó el cirujano sin levantar la vista—. Que una costilla os ha parado el acero donde el valor no habría servido de nada.

Álvaro no respondió. Benavides anudó el último punto del costado, aplicó sobre la sutura un emplasto de consistencia parduzca cuyo vaho rivalizaba con el del vinagre, y pasó al hombro herido.

—Este es el peor —dijo, palpando los bordes con el pulgar—. Hoja fina, entrada limpia, pero ha tocado el hueso. Y la tela ha entrado con ella.

Con unas pinzas de hierro que sacó del morral, fue extrayendo fibras de lino incrustadas en la carne una por una, sosteniéndolas a la luz de la claraboya para comprobar que salían enteras.

Cada extracción le tensaba el hombro a Álvaro y un espasmo de dolor le recorría la espalda hasta la cintura.

Benavides trabajaba sin prisa. Había enterrado a hombres por una fibra olvidada dentro de la carne, y contaba los días en silencio.

Tres hasta la fiebre, diez hasta la mortaja.

—¿Siempre habláis tan poco? —dijo Álvaro, con la voz aplastada contra la mesa.

—Hablo cuando hace falta. Ahora hace falta que os quedéis quieto.

—¿Cuánto tardaré en mover el brazo?

—Semanas. Si tenéis suerte y no se infecta.

—¿Y si necesitara moverlo antes? —preguntó Álvaro, y cerró los ojos.

Benavides detuvo las pinzas un instante. Miró a Rodrigo, que seguía en el umbral. Después volvió a la herida.

—Si movéis el brazo antes de que cierre, no lo volveréis a mover. Os lo digo como cirujano que ha visto cómo termina.

Álvaro no preguntó más. Benavides lavó la herida con vinagre, cerró el corte con cuatro puntos apretados que hundió en la carne con la regularidad de un zapatero remendando cuero, y cubrió los puntos con un vendaje de lino empapado en grasa de carnero que selló los bordes con la adherencia lenta del sebo.

Pasó a la mano izquierda, donde el dorso estaba hinchado y la piel tirante entre los huesos.

Ahí no cosió. Lavó, untó el emplasto y vendó con presión recia.

Volvió al antebrazo derecho, limpió el corte y lo cerró con varios puntos.

Después comprobó otra vez los dedos. Respondían, pero sin fuerza.

Cuando terminó, volvió a atarle las muñecas por delante del cuerpo, con un nudo más suelto que el de campaña de Rodrigo, lo justo para que la falta de riego no matara lo que la aguja acababa de salvar.

—Vivirá —dijo Benavides a Rodrigo, que esperaba en el umbral—. Si no se le ocurre hacer heroicidades en el camino.

—No irá lejos —respondió Rodrigo.

Entró en el almacén. Álvaro giró la cabeza para mirarlo.

La mejilla aplastada contra la mesa tenía la marca de las vetas de la madera impresas en la piel, lo cual significaba que llevaba horas en la misma posición.

Los ojos que le devolvieron la mirada estaban demasiado abiertos, demasiado fijos.

Había pasado la noche calculando lo que venía después.

Rodrigo observó las ligaduras. El nudo de Benavides seguía intacto, pero el cáñamo tenía marcas de fricción en la cara interna, junto a las muñecas.

Álvaro había probado la resistencia de las ataduras.

Sabía que el nudo no cedería sin cuchillo, y solo quería conocer el margen de movimiento.

Cuánto juego tenía. Cuánto podía mover las manos antes de que el cáñamo mordiera.

—Seréis escoltado a Sevilla —dijo Rodrigo—. Allí daréis los nombres que me ofrecisteis esta noche. Ante juez, no ante mí.

Álvaro se incorporó hasta quedar sentado en el borde de la mesa. El movimiento le costó un gruñido que no intentó disimular. La sangre fresca manchó el vendaje del hombro.

—Un juez de la Corona no me protegerá de los hombres que nombro.

—Eso no es asunto mío.

—¿Y si os dijera que uno de ellos embarca con vos?

Rodrigo no alteró la expresión. Ya lo sabía.

La inicial del cifrado se lo había dicho la noche anterior.

Pero que Álvaro lo formulara en voz alta, mirándolo a los ojos, con la muñeca marcada por la cuerda que había estado probando toda la noche, cambiaba el peso de la frase.

Cualquier grieta sería un dato, y Álvaro contaba los datos en silencio, los pesaba y los archivaba para usarlos cuando hicieran falta.

—Lo que digáis aquí no tiene valor —respondió Rodrigo—. Lo que digáis en Sevilla, ante escribano y bajo juramento, sí. Elegid bien dónde habláis.

Álvaro lo estudió un instante más. Después se recostó de nuevo sobre la mesa, sin prisa, midiendo el aire que entraba en el costado cosido.

—Sois un hombre de ordenanzas, Salazar. En el mar no os servirán.

Rodrigo no respondió. Salió sin mirar atrás. La última imagen que se llevó fue la de las manos de Álvaro, atadas por delante junto al borde de la mesa. La izquierda, vendada, descansaba sobre la madera con los dedos relajados. Nadie la vigilaba.

Fue a buscar a Benavides para lo suyo.

—Sentaos —dijo el cirujano, señalando un barril volcado junto a la puerta.

—No tengo tiempo para…

—Sentaos, capitán, o haré que os sienten.

No esperó respuesta. Le abrió el jubón sin mirar los ojales, con dedos que ya no calculaban, y examinó la costura de Mateo bajo la luz de la mañana. Apretó los bordes con el pulgar y el índice.

—¿Quién os cosió?

—Carvajal.

—Pues le debo un trago. Ha aguantado la noche sin reventar, que es más de lo que puedo decir de la mitad de las costuras que veo en este puerto. —Pasó al hombro. Retiró la venda con un tirón seco que le arrancó un siseo—. Este se ha movido. Apretad los dientes.

Reajustó el vendaje con tres tirones que Rodrigo sintió hasta la mandíbula. Después examinó el antebrazo, donde el filo había rasgado la manga sin abrir la piel. Lo frotó con vinagre que ardió como brasa sobre la piel enrojecida por el roce de la hoja y dejó el brazo libre, sin inmovilizar.