Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 28 #2
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Capítulo 28 #2

Joaquín no añadió nada.

—Tenemos los dos nombres. El carpintero y el escribano pueden ser vigilados esta misma noche. El tercero…

—El tercero lo buscamos en el mar —dijo Rodrigo—. Si es de los nuestros, se delatará cuando no tenga tierra donde esconderse.

La conversación se deshizo en órdenes concretas.

Mateo saldría con dos hombres a buscar al carpintero y al escribano antes del alba.

Diego aseguraría los almacenes del muelle con guardia doble.

Joaquín guardaría los documentos descifrados en un lugar que solo él y Rodrigo conocieran.

Álvaro quedaría bajo custodia en el almacén sur hasta que un cirujano lo viera.

Después, escolta armada hasta Sevilla para ser juzgado por la Corona.

Los cuerpos de los atacantes de la posada y de la calle los retirarían los veteranos de Fabián antes del primer claro.

Habían hecho lo mismo con el hombre del acceso norte noches atrás.

Muerte en riña de puerto, sin más explicación.

Julián quedaría en la posada bajo los cuidados del propio Fabián hasta que pudiera moverse sin abrir la costura de la herida.

Lope sería enterrado al amanecer, callado y sin ceremonia, en el campo pequeño que los hombres de Fabián usaban para los suyos.

Diego cogió a dos de sus hombres de guardia y salió hacia el muelle para asegurar los almacenes.

Mateo se detuvo antes de salir. Era la primera vez en toda la noche que no se movía hacia algo.

—Rodrigo —dijo. El nombre, no el título. El gesto tenía más peso que cualquier discurso—. Habéis hecho bien en no matarlo.

—¿Desde cuándo estás de acuerdo conmigo?

—No lo estoy. Pero veo por dónde os movéis. Suficiente para mí.

—Mateo.

—Señor.

—Si mañana sale algo torcido en el muelle, quiero que seas tú quien tome las decisiones. No Miguel, no Diego. Tú.

Mateo no apartó la mirada. Llevaba suficientes años para saber que cuando Rodrigo decía «si sale algo torcido» había calculado ya el escenario y quería a su lado a un hombre que supiera decidir sin dudar.

—Descansad algo —dijo Mateo—. Aunque sea sentado.

—Ve.

Mateo salió. Rodrigo se quedó con Joaquín, que seguía en el rincón con los pliegos extendidos sobre la caja de herramientas, una columna de cifras a la izquierda y otra a la derecha, sin apartar los ojos del papel.

Miguel no había recibido orden ninguna. Estaba junto a la ventana, mirando la calle oscura con la expresión que tiene un hombre joven cuando descubre que el mundo es más complejo de lo que le habían contado.

—Miguel —dijo Rodrigo.

El joven se volvió.

—Antes de que llegara, estuvisteis los cuatro aquí sentados esperando. ¿Qué hiciste tú?

Miguel tardó en responder.

—Miré la calle. Conté los faroles apagados. Pensé en qué haría si viniera alguien que no fuerais vos.

Rodrigo lo observó. El candil le daba al rostro de Miguel una seriedad que no había tenido meses atrás.

—Da más miedo que con veinte hombres alrededor —dijo Miguel, casi para sí mismo—. Pero también se piensa mejor.

Rodrigo lo miró.

—¿Por qué?

—Porque esta vez no había a quién esperar, señor. Tenía que pensar yo.

Rodrigo no respondió. Pero algo en la manera en que lo observó cambió, una fracción, un matiz.

—Mañana al alba irás con Diego a revisar los almacenes del muelle —dijo Rodrigo—.

Tapón por tapón, cuerda por cuerda, barril por barril.

Colón tendrá que esperar dos vientos más.

Le mandaré recado al amanecer. Una expedición que zarpe con los cascos preparados para arder no llega a Canarias.

Lo que encontré esta noche en dos almacenes puede estar en diez más.

Quiero un inventario de cada sabotaje antes de que la primera pasarela suba a bordo.

Miguel bajó la cabeza una sola vez. No preguntó por qué. No dijo sí señor. Dijo «sí» y nada más, con el peso del que recoge una herramienta gastada porque le toca cargarla.

La vela de Joaquín se consumió. Miguel encendió otra.

El costado latía bajo la venda con cada respiración, un pulso lento y caliente.

Rodrigo abrió la ventana para que entrara el aire.

El puerto hedía a barro lavado y brea mojada.

El amanecer aún estaba lejos, pero los perros del muelle ya se movían entre los cobertizos con esa inquietud que precede al alba, y en algún lugar del puerto un gallo cantó antes de hora, ronco y equivocado, y nadie lo mandó callar.

Rodrigo desplegó el mapa de rutas sobre la mesa y puso una piedra en cada esquina.

El papel crujió como la piel seca de un animal muerto abandonado al sol.

Las líneas trazadas a pluma marcaban una ruta que cruzaba el océano hacia lo desconocido, y en algún punto de esa ruta, entre las coordenadas y los cálculos de leguas, había un hombre identificado solo por una inicial que esperaba una señal que ya no iba a llegar por la vía prevista.

Joaquín se sentó frente a él con los papeles descifrados y una pluma nueva. Miguel limpió las manchas del suelo y guardó los trapos sin que nadie se lo pidiera.

Mateo los trajo antes de que el primer rayo de sol tocara los mástiles.

Los había encontrado juntos en un cobertizo detrás del almacén sur, sentados sobre sacos de estopa, con un candil apagado entre los dos y la cara de quien espera una señal que no llega.

No se habían resistido. El carpintero era un hombre de manos anchas y espalda encorvada que ni siquiera levantó la vista cuando Mateo le ató las muñecas.

El escribano había intentado hablar, explicar, justificar, y Mateo lo había callado con una sola frase que Diego repitió después a Rodrigo con media sonrisa.

«Si lo que ibais a decir vale menos que vuestra vida, mejor guardadlo».

Los encerraron en la posada, en cuartos separados de los demás presos, bajo llave y guardia de los hombres de Fabián. Serían interrogados antes del alba.

Nadie durmió.