Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Aguja e hilo

Rodrigo cruzó el umbral y el olor de la posada le llegó de golpe.

Pólvora, sangre fresca y el vaho metálico que dejan los cuerpos cuando el suelo no ha absorbido aún la mitad de lo que les sale.

Había dos cadáveres contra la pared del fondo junto a los bancos volcados, uno más atravesado en el umbral del pasillo y otro boca abajo sobre la mesa larga, desangrándose todavía sobre los pliegos.

Julián estaba sentado en una silla con el brazo derecho colgando y un trapo doblado apretado contra el hombro.

Fabián estaba de rodillas junto a él, la manga propia oscura hasta el codo.

Mateo entró detrás de Rodrigo y cerró la puerta reventada como pudo, apoyándola contra el marco. Miguel dejó el cuaderno manchado sobre la mesa limpia, junto a los papeles que Joaquín había apartado a tiempo.

Nadie preguntó por el duelo. Nadie preguntó por Álvaro. Todos lo sabían ya.

—Sentaos, señor —dijo Mateo.

Rodrigo se quedó de pie mirando el salón. Luego se sentó en el banco más cercano a la mesa de Joaquín, sin decir palabra. La mano izquierda seguía contra la herida. La mano derecha se apoyó en el borde del banco y se quedó ahí.

Mateo dejó el montante apoyado contra el muro y fue a por el zurrón de aguja e hilo.

Joaquín volvió a su mesa, recogió lo que quedaba de los pliegos utilizables y dejó libre una esquina limpia.

Miguel trajo el cubo de agua y los trapos de vendaje.

Diego entró un rato después —había dejado a Álvaro en el almacén del sur con dos hombres— y corrió el pestillo de la puerta aunque ya no hiciera falta, porque la puerta estaba partida y el pestillo no agarraba bien en la madera astillada.

—Quitaos la camisa —dijo Mateo.

—Puedo hacerlo yo.

—Quitaos la camisa, señor.

Rodrigo obedeció. La tela se despegó de la herida con un tirón que le arrancó un siseo entre los dientes.

Debajo, la línea del tajo cruzaba las costillas en diagonal, superficial pero limpia, del grosor de un dedo meñique, con los bordes separados lo justo para que la carne de debajo asomara rosada entre la sangre que ya empezaba a oscurecerse.

Mateo examinó el antebrazo. La piel estaba intacta salvo por una línea roja, apenas una quemadura, donde el filo había pasado tan cerca que había cauterizado los vellos sin llegar a abrir la piel.

—Este fue el primero —dijo Mateo.

—Finta de hombro. Lo leí tarde.

Mateo pasó al hombro. El tajo era limpio, de filo bueno, la piel abierta sin desgarro del músculo. Apretó los bordes con el pulgar y el índice. Rodrigo no se movió.

—Este no necesita hilo. Pero dolerá durante días.

Bajó al costado. Examinó el corte bajo la luz del candil, con los ojos de quien ha cosido carne en campaña más veces de las que recuerda.

—No es profunda —dijo Mateo—. No ha tocado músculo. Pero hay que cerrarla antes de mañana o se abrirá con cualquier movimiento.

—Cerradla, pues.

Miguel aplicó el trapo mojado. Limpió con más fuerza de la necesaria. Rodrigo contuvo el gesto de dolor.

—Más suave —dijo Mateo.

—Perdón —murmuró Miguel.

—No importa —respondió Rodrigo, con algo que en otro hombre habría sido una sonrisa.

Mateo sacó del morral la aguja curva y el hilo encerado.

Cargaba con aguja, hilo, pedernal y un trozo de tocino duro desde Granada, cuando aprendieron todos que entre una herida cosida y una mortal hay un palmo de hilo y una mano firme.

Enhebró sin prisa. Rodrigo cogió el borde de la mesa con ambas manos.

—¿Pelea bien? —preguntó Mateo mientras hundía la aguja en el primer borde de la herida.

—Pelea frío.

—Peor que bien, entonces.

—Peor que bien.

El hilo entró por un lado de la carne y salió por el otro con un tirón parejo. Rodrigo apretó los dientes. El dolor de la aguja era distinto al del acero. Más pequeño, más insistente, más honesto.

—Tajo limpio, sin sierra —dijo Mateo, examinando el corte mientras tensaba el segundo punto—. Buen acero. No es espada de soldado.

—De maestro de esgrima.

—Se nota. Un soldado os habría abierto el costado a lo ancho, buscando tripas. Este buscaba desangrar. —Hundió la aguja de nuevo. Rodrigo exhaló por la nariz—. Es más difícil de coser, por cierto. Así que dadle las gracias de mi parte.

—Se las daré si vuelvo a enfrentarme a él.

—Procurad no volver a enfrentaros a él o quizás no tengáis la misma suerte.

—¿Hablará? —preguntó Joaquín desde su rincón, sin levantar la vista del papel.

—Ante un juez —dijo Rodrigo—. Lo que diga antes no tiene valor.

Cuatro puntos. Cinco. El hilo se tensaba con cada pasada y la piel se fruncía en torno a la costura con esa arruga que Rodrigo conocía bien, la marca del hilo encerado, el dibujo que los veteranos llevaban por todo el cuerpo y que contaba las veces que la muerte había pasado cerca.

Mateo cortó el hilo con los dientes, limpió la costura con vino agrio que Rodrigo sintió como una brasa líquida, y vendó con un trapo limpio que apretó lo justo para que la presión sostuviera sin ahogar.

—No os lo toquéis hasta mañana —dijo Mateo—. Si sangra, llamadme. Si no sangra, callaos y dormid.

—No habrá tiempo de dormir.

Mateo examinó la venda una última vez antes de apartarse.

—¿Os duele?

—Sí.

—Bien. Los que no duelen son los peligrosos.

Rodrigo se puso la camisa limpia que Miguel había sacado del arcón.

El algodón raspó la venda y tiró de los puntos, pero el dolor ya se estaba convirtiendo en ese latido sordo y constante.

Rodrigo sabía vivir con él. Había vivido con él en Granada, y en los meses de campaña antes de Granada, y en todos los sitios donde el cuerpo aprende a no quejarse.

Joaquín había recogido sus papeles sin que nadie se lo pidiera y los había llevado a la caja de herramientas del rincón.

Se había lavado las manos en el cubo, pero el puño derecho de la camisa seguía oscuro donde la sangre del de la mesa le había empapado la tela hasta el codo, y Joaquín no había vuelto a mirárselo desde entonces.

La expresión de su cara no tenía el alivio de un código resuelto.

Cerraba el cuaderno despacio, dejando los dedos un momento sobre las tapas, postergando la lectura en alto.

—Mientras estabais fuera —dijo, acercándose—, terminé de aplicar la clave. Todo el cifrado de las muescas y los pliegos de jarcias usa el mismo sistema. Santa María , diez letras, desplazamiento posicional.

Rodrigo se incorporó en la mesa, con la venda caliente contra las costillas.

—¿Qué dice?

—Instrucciones completas. A quién avisar cuando la flota zarpe, con qué señales y en qué orden.

El mensaje identifica tres hombres en el puerto que esperan confirmación para actuar.

Dos están identificados: un carpintero de ribera del muelle norte y un escribano del astillero que lleva semanas copiando rutas.

Gente menor. Manos que ejecutan, no cabezas que planean.

—¿Y el tercero?

—Una inicial. Nada más. Pero la manera en que el mensaje se refiere a él… lo llama de los nuestros. —Joaquín dejó la pluma sobre la mesa—. El carpintero y el escribano son prescindibles. Álvaro los reclutó para tareas menores. Pero el de la inicial es distinto. Ese no fue reclutado. Ese ya estaba.

Alguien dormía dentro del perímetro. Comía del mismo pan, conocía los horarios de guardia y la disposición de los documentos. Un nombre sin cara cosido al forro de la expedición, tan cerca que Rodrigo podría haberle dado la espalda esa misma mañana sin saberlo.

—¿Tenéis candidatos? —preguntó Rodrigo.

—Tengo sospechas. No tengo pruebas. Y una acusación sin pruebas, ante la Corona, vuelve contra quien la formula.

Diego se acercó desde la puerta. Sacó del jubón un pliego sellado.

—Esto llegó mientras estabais en el almacén, antes de que reventaran la puerta. Un mensajero de Sevilla. Lo recibí yo, lo despaché por el callejón de las huertas y le ordené no volver hasta el alba. Insistió en la urgencia.

El sello era de cera roja con la marca de la secretaría personal de la reina —no cancillería oficial, sino el despacho donde se movían los asuntos que no debían pasar por registro—.

Rodrigo rompió el lacre con el pulgar. La cera se partió en dos mitades desiguales y cayó sobre la mesa con un golpe seco que Joaquín miró de reojo, porque atendía de esa forma todo lo que sonaba a documento.

Cinco líneas en tinta ferrogálica, de la caligrafía apretada y oblicua de Lucio Domínguez de Quintana. Sin fórmulas de cortesía, sin preámbulos.

«A Rodrigo de Salazar, en Palos. Se ha tenido noticia de movimientos inusuales en torno a vuestra expedición.

Determinados mercaderes genoveses, vinculados a intereses portugueses, han mostrado inquietud respecto a la ruta proyectada.

Se os insta a extremar vigilancia sobre comunicaciones y tripulación.

Hay sospecha de infiltración en puertos menores del sur.

Por mandato indirecto de Su Majestad. Firmado: Lucio Domínguez de Quintana».

Rodrigo leyó la carta dos veces. La segunda con la mirada quieta sobre cada renglón, sopesando lo que escondía cada palabra. Domínguez las había elegido con el cuidado de quien escribe sabiendo que esos renglones pueden terminar siendo arma o escudo en manos ajenas.

Joaquín se había acercado mientras Rodrigo leía. No pidió ver la carta. No hacía falta. Leía al revés con la misma facilidad con que leía al derecho, un talento que nunca explicaba y que nadie le preguntaba de dónde venía.

—Genoveses —dijo Joaquín entre dientes, como si masticara la palabra—. Los mismos que aparecen en el cifrado. Dos fuentes distintas, la misma red.

La carta confirmaba lo que Álvaro había confesado con otras palabras apenas una hora antes. La conspiración no era local. Tenía raíces que cruzaban fronteras y se alimentaban de oro que no era castellano.

Rodrigo dobló la carta. La guardó junto al cuero con las muescas copiadas.

—Red genovesa con dinero portugués —dijo quedo—. Álvaro era la cara visible.

—Casi os abre el costado de un tajo —dijo Mateo.

—Casi —dijo Rodrigo—. Pero el tajo no es el problema. El problema es lo que viene después.