Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Había oído el primer hachazo desde dos calles.

No había corrido —nunca corría—, pero había acortado el paso.

Al llegar a la bocacalle de la posada, con el arcabuz cargado y la mecha viva en el serpentín, vio a un hombre saliendo corriendo de la puerta reventada, a cuatro pasos de él.

No el del jubón verde. Otro. Sin cuaderno, sin nada en las manos, las zancadas desencajadas, mirando atrás más que adelante.

Sancho no alzó el arcabuz. Lo disparó desde la cadera.

A cuatro pasos, Sancho sabía que no necesitaba apuntar.

La pelota entró por el esternón del hombre y salió por la espalda con la mitad del omóplato izquierdo pegada a ella.

El impacto lo lanzó tres pasos hacia atrás.

Cayó de espaldas contra el empedrado y quedó allí, con los brazos abiertos.

—¡Sancho! El del jubón verde —gritó Joaquín desde la puerta—. Se lleva mi cuaderno.

Sancho alzó la vista.

El del jubón verde ya había puesto cuarenta pasos entre él y la posada, y corría hacia el puerto con algo blanco apretado contra el pecho.

En la primera bocacalle frenó, se metió dos varas y volvió a salir.

Un muro de tapia y un montón de leña. No perdió el tiempo de mirar atrás.

La calle era larga, recta, encajonada entre dos paredes de cal, y terminaba en una neblina que venía del río y no se movía.

No había viento que la moviera. Sancho llevaba tres semanas subiendo y bajando aquella calle dos veces por noche.

Mateo apareció en el umbral de la posada con el montante en la mano. Miguel detrás, ya bajando el primer peldaño del escalón de la calle, preparándose para salir corriendo. Diego asomó detrás de Miguel. Joaquín, en el último lugar, le puso a Miguel una mano sobre el hombro.

No apretó. Solo la apoyó.

Miguel se detuvo.

Joaquín le dio dos toquecitos al muchacho en el hombro con la punta de los dedos. Uno. Otro. Sin mirarle. Mirando a Sancho.

Sancho había dejado caer el arcabuz descargado contra la cadera. Ya tenía la mano en el morral de pólvora. Los cuatro desde la puerta lo vieron comenzar la recarga sin que cambiara nada en su cara.

El del jubón verde había vuelto al centro de la calle. Cincuenta pasos. Probó una puerta con el hombro sin soltar el cuaderno y la puerta no cedió.

Sancho vertió la pólvora en la boca del cañón. La medida, calculada a ojo por costumbre de veinte años, fue la justa. Sacó la baqueta del bastidor, la metió por la boca del cañón, atacó la carga con dos golpes secos y la devolvió al bastidor.

El del jubón verde miró atrás por primera vez. Vio el cuerpo de su compañero en el empedrado y a un hombre solo, sin prisa, cargando un arcabuz. Echó a correr otra vez. Setenta pasos.

Sancho sacó del morral una pelota de plomo envuelta en un taco de estopa, la introdujo por la boca, volvió a sacar la baqueta y atacó el taco contra la pólvora con tres golpes más cortos.

Atornilló la baqueta de nuevo al bastidor.

Sacó una pizca de pólvora fina del morral y la echó en la cazoleta. Cerró el serpentín sobre ella.

El del jubón verde buscó la salida al muelle en la segunda bocacalle. Tampoco era esa. No era de Palos. Volvió al centro de la calle Mayor porque era la única que iba al agua, y la neblina del fondo le rozaba ya el cuerpo. Noventa pasos.

Lo que ninguno de los de la puerta veía todavía, porque la neblina seguía espesa al fondo, era que de la bocacalle del muelle acababa de salir una silueta con capa oscura que sostenía una cuerda tensa, y al extremo de la cuerda otra silueta caminaba un par de varas por delante.

Sancho levantó el arcabuz. Echó la vista al cielo por encima de los tejados, sin apuntar todavía.

La ramita de romero seguía entre sus dientes, oscura de haberla masticado media ronda.

Cerró los ojos. Inspiró despacio por la nariz.

El aire venía cargado de humedad del río.

Sancho sabía que con aquel aire la pelota caería antes. Abrió los ojos.

Apuntó.

El del jubón verde iba por los cien pasos. La neblina le comía ya los talones y el jubón empezaba a perder el color.

Sancho subió la boca del cañón un palmo por encima de la cabeza del hombre. No esperó a que la silueta se apagara. Llevaba media calle viéndolo frenar, girar y volver, y esperó lo único que le faltaba, que se le acabaran las puertas y corriera recto. Acomodó la respiración al pulso.

Disparó.

El estruendo rebotó entre las paredes de la calle Mayor con un trueno corto y brutal.

Una nube blanca salió de la boca del arcabuz y otra gris más pequeña de la cazoleta.

El retroceso subió por el hombro de Sancho y bajó por la cadera hasta las botas.

El humo tapó la calle a la altura de Sancho un par de latidos.

Nadie dijo nada.

Durante dos latidos nadie se movió. El humo tapaba el fondo de la calle. Los cuatro de la puerta no veían nada y no se movieron. Dos latidos. Tres. El humo se abrió.

La pelota alcanzó al del jubón verde un poco a la izquierda de la columna, entre los omóplatos.

El hombre cayó.

No se tambaleó. No dio un paso más. Se abrió de brazos y cayó de bruces sobre el empedrado con la cara por delante, y el cuaderno —blanco, atado con un cordel— se le escapó de la mano y resbaló dos palmos por delante de él sobre la piedra mojada.

A quince pasos del cuerpo, una silueta emergió de la niebla del fondo.

Rodrigo se detuvo en seco. La cuerda de Álvaro se tensó cuando el prisionero, que no había visto nada, siguió caminando medio paso más antes de sentir el tirón.

Rodrigo reparó en el cuerpo del jubón verde.

Levantó la vista. Calle abajo, en el umbral de la posada, distinguió las cinco siluetas.

Sancho con el arcabuz todavía humeante apuntando en su dirección, Mateo con el montante bajado, Miguel dando el primer paso adelante, Diego un paso detrás de Miguel, Joaquín inmóvil en la puerta con la mano todavía apoyada en el hombro del muchacho.

Joaquín le dio a Miguel la palmadita que no le había dado antes. Una sola, firme.

Miguel salió corriendo calle Mayor abajo, hacia el cuerpo del jubón verde y hacia Rodrigo. Un segundo después, Diego salió detrás de él a la misma zancada pero sin desviarse hacia el cuaderno. Venía a por Rodrigo, o más exactamente a por la cuerda que Rodrigo llevaba en la mano.

Rodrigo esperó donde estaba. No dio un paso más ni atrás ni adelante. La camisa se le había empapado en un óvalo que se ensanchaba a cada respiración. Lo peor vendría después, cuando el cuerpo se relajara y el nervio empezara a hablar.

Miguel llegó primero. Se arrodilló junto al cuerpo del jubón verde sin tocarlo, cogió el cuaderno del empedrado, lo sacudió para quitarle el agua y lo apretó contra el pecho con las dos manos. Levantó los ojos hacia Rodrigo. No dijo nada.

—¿El cuaderno de Joaquín? —preguntó Rodrigo.

—Sí, señor.

Diego llegó un paso después. No miró el cuerpo ni el cuaderno. Miró a Rodrigo, miró a Álvaro atado al final de la soga, y alargó la mano izquierda hacia la cuerda.

—Yo me encargo —dijo.

Rodrigo sostuvo la cuerda un momento más.

Giró a Álvaro para mirarlo de frente. La cara del prisionero era una máscara de sangre seca, sudor y brea, y los ojos que le devolvieron la mirada ya estaban calculando el siguiente movimiento.

Álvaro había visto todo lo que había que ver.

El cuerpo en el empedrado, el cuaderno en las manos del muchacho, la humareda al fondo de la calle. Sabía lo que significaba.

—Si sobrevivís —dijo Rodrigo—, quizá algún día sepáis para qué protegía yo esa expedición.

—Y vos, si vivís lo suficiente, qué bandera me obligaba a impedirla.

Rodrigo soltó la cuerda. Diego la recogió con la misma mano con que la había pedido, sin decir nada más, y echó a andar con Álvaro hacia el muelle del sur, hacia el almacén donde iban a encerrarlo hasta el amanecer.

Rodrigo se quedó solo con Miguel a dos pasos, el cuerpo del jubón verde entre ambos, el cuaderno apretado contra el pecho del muchacho. La calle Mayor olía aún a pólvora. La humareda del arcabuz de Sancho se había disipado, pero el olor seguía pegado al aire húmedo del alba.

—Vamos —dijo Rodrigo.

Miguel se incorporó. Caminaron los últimos cien pasos juntos hacia la posada, con el cuerpo del jubón verde a su espalda en mitad del empedrado y el cuaderno manchado entre ellos. Miguel ajustó el paso al suyo sin decirlo.

En la puerta de la posada esperaban los otros tres sin moverse. Sancho bajó el arcabuz cuando Rodrigo estuvo a veinte pasos. Mateo apoyó el montante contra la jamba.

Nadie dijo nada hasta que Rodrigo pisó el escalón.