Capítulo 27 #2
El espacio era estrecho. Dos mesas, tres bancos, una chimenea apagada, la escalera al piso alto contra la pared izquierda, el pasillo al fondo. Uno de los atacantes fue hacia Mateo. Otro hacia el pasillo. El tercero directo a la mesa de Joaquín.
El que iba a por Mateo llevaba espada corta y broquel.
Mateo había soltado ya el montante; allí dentro no había espacio para blandirlo.
Desenfundó el messer del cinto. La hoja del messer era larga, de un solo filo, curvada hacia la punta.
Mateo paró el tajo del atacante con el broquel, no con el filo, y le entró con un revés bajo, ascendente, por el muslo interior.
La hoja mordió la tela del calzón, la piel y el músculo aductor, y alcanzó la arteria femoral.
La sangre salió a presión, como agua de boca de cántaro roto, y manchó la bota derecha de Mateo hasta la rodilla.
El hombre se dobló hacia delante con las dos manos en la ingle.
Mateo no lo remató. La sangre ya empapaba el calzón hasta el tobillo y le dejaba un charco que crecía con cada respiración. Mateo apartó el pie y siguió.
Miguel esperaba al que iba al pasillo.
Tenía la espada en la diestra y la daga en la zurda, la postura que había aprendido en las prácticas de Sevilla con un maestro que cobraba por cuchilla rota y enseñaba sin compasión.
El atacante venía con espada sola y confianza de sobra.
Miguel fintó al rostro con la punta de la espada —un amago corto, no compromiso de estocada— y el otro paró alto, levantando el acero por encima de la línea de los ojos.
Ese fue el momento. Miguel dejó caer el hombro izquierdo y entró con la daga por debajo, buscando hueco entre el costillar del costado izquierdo.
La hoja entró limpia hasta la cruz. El atacante abrió mucho los ojos y bajó la espada como si le hubiera dejado de pesar de pronto.
Miguel retiró la daga. Dio medio paso atrás.
La espada del otro cayó primero. El cuerpo después.
Miguel se quedó mirando la hoja gotear. Cerró la mano sobre la empuñadura. Se giró hacia la mesa de Joaquín sin darle a Mateo el tiempo de decir nada.
Joaquín seguía sentado.
El tercer atacante, al ver al escribano quieto con una daga corta sobre los pliegos, debió pensar que era la presa más fácil del salón.
Saltó sobre la mesa con la espada levantada y el grito ya en la garganta, dispuesto a bajar el arma sobre la coronilla de Joaquín con todo el peso del acero y del torso.
Joaquín esperó hasta el último paso.
Cuando el atacante tenía el pie derecho sobre el tablero y el brazo armado subía para el tajo, Joaquín le dio una patada a la pata delantera de la mesa en dirección contraria al hombre.
La pata saltó medio palmo hacia atrás. La mesa se inclinó hacia delante de golpe, vaciándose.
Pliegos, tintero y un cuaderno blanco resbalaron por el tablero al suelo.
El atacante perdió el equilibrio. El torso se le adelantó a los pies y aterrizó sobre el tablero inclinado boca abajo, con los brazos abiertos como un hombre que se tira de bruces a un arroyo sin saber que no hay agua.
La espada salió despedida de su mano y rebotó contra el suelo con un tintineo seco.
Joaquín ya estaba en pie.
Rodeó la mesa sin prisa. Pasó el brazo derecho por debajo de la mandíbula del atacante, le levantó la cabeza un palmo del tablero y le apoyó el filo de la daga contra la garganta.
Un solo pasaje, de izquierda a derecha, de oreja a oreja, hundiendo el filo lo necesario para cruzar los cartílagos y abrir las dos yugulares y la tráquea en un solo trazo.
La sangre salió a chorro continuo, sin pausa, empapando el tablero, los pliegos del cifrado, los pliegos vírgenes, y derramándose por el borde al suelo en cascada.
El hombre quedó boca abajo sobre la madera, los brazos todavía abiertos, desangrándose, con ese borboteo lento y obstinado que no se acaba hasta que el cuerpo se vacía.
Joaquín limpió el filo en la manga del muerto, apartó los pliegos que aún podían salvarse y los dejó en el suelo a un lado. Volvió a la mesa —la parte limpia, la de su silla— y se sentó. La patada había desplazado la mesa un cuarto de pulgada. Joaquín la corrigió con la rodilla.
Desde el pasillo llegó el grito de Julián.
En el pasillo, mientras la sala común se resolvía, los dos veteranos de Fabián no habían tenido la misma suerte que los del frente.
Los cuatro atacantes del corral reventaron la contraventana de la despensa. Tres siguieron al pasillo. El cuarto se desvió hacia la puerta del fondo, donde estaba la celda.
El primero en entrar al pasillo lo recibió Lope, el mayor de los veteranos, con un tajo corto que le partió la cara desde el pómulo hasta la mandíbula.
El hombre cayó aullando. Pero el segundo, un portugués flaco y rápido, ya estaba dentro y le hundió la hoja en la espalda, por debajo del omóplato.
Lope no tuvo tiempo de gritar. Se torció en el mismo impulso del impacto, con el acero del portugués todavía clavado en la espalda, y devolvió un revés ciego que pilló al portugués de lleno en la garganta.
El portugués cayó a sus pies sin un sonido.
Lope se desplomó de rodillas un instante después, con la hoja del enemigo aún hundida en él.
Dejó caer la cabeza contra la pared y se quedó así.
Julián peleaba con el último cuando este le abrió un tajo en el hombro derecho que le dejó el brazo colgando. Cambió la espada a la zurda con la mandíbula apretada, pero la izquierda no sabía pelear igual.
El atacante que había abierto el hombro a Julián se disponía a rematarlo cuando oyó algo a su espalda.
Diego había bajado la escalera con la daga.
La cuerda del arco se le había enganchado en una astilla del dintel al tensar el último tiro y había perdido la flecha contra la pared opuesta.
Dejó el arco. Bajó. Vio a Julián en el suelo y al atacante sobre él, y entró desde atrás sin que el otro terminara de volverse.
Le cortó la corva derecha de un tajo. La pierna cedió de golpe y el hombre cayó de rodillas.
Diego le agarró el pelo, le tiró la cabeza atrás y le clavó la daga hasta la guarda detrás de la clavícula.
La mantuvo dentro mientras el hombre se vaciaba por dentro.
Cuando la sacó, el cuerpo cayó de bruces sobre las piernas de Julián.
Diego se arrodilló junto a Julián. Le apretó la mano contra el hombro abierto para contener la hemorragia. Julián abrió los ojos.
—Lope —dijo.
—Luego —respondió Diego.
En la celda, Fabián y los dos hombres de custodia no habían tenido que contener a los cuatro atacantes del corral, porque tres se habían desviado al pasillo. El cuarto, convencido de que la puerta del fondo era más débil que la de los veteranos, se había separado del grupo a última hora.
Se había equivocado.
Fabián abrió el pestillo desde dentro una sola vez, en el momento en que el atacante echaba todo el cuerpo contra la puerta.
La madera cedió sin encontrar resistencia.
El hombre entró de cabeza, empujado por su propio impulso, y los dos de custodia lo esperaban a ambos lados del vano.
El primero le clavó la daga en el costado derecho.
El segundo le entró por la espalda. El atacante intentó gritar y la sangre le llenó la boca antes de que el sonido saliera.
Cayó de lado en el suelo de la celda, con la cabeza a medio palmo de la bota de Duarte, que no había movido un músculo.
Fabián cerró el pestillo otra vez.
Los tres volvieron a la espera.
La espada del muerto, una hoja barata de Flandes que había cruzado demasiadas veces contra demasiadas cosas peores que la madera, se había partido por la punta cuando el hombre se apoyó con ella contra el marco al caer.
La punta rota, un trozo de acero del largo de un dedo meñique, saltó al interior de la celda y fue a parar sobre la paja del jergón de Duarte, a dos palmos de su cadera.
Duarte no bajó la vista. No movió la cara. No cambió la respiración.
Despacio, deslizó la bota izquierda sobre la paja hasta que la esquirla quedó cubierta.
Fabián pasó junto a él al rato con el candil, se aseguró de que las ligaduras no se hubieran aflojado y volvió a su puesto junto a la puerta. No echó un vistazo al suelo. No había razón.
En la sala común se hizo silencio. Los hombres tardaron un latido en confirmarlo con la mirada.
El suelo estaba lleno de muertos. El hombre al que Mateo había herido en el muslo se había desangrado junto a la mesa.
En el pasillo, Lope y uno de los atacantes yacían muertos; Julián seguía vivo, herido junto a la pared.
Solo dos atacantes seguían en pie en la puerta de la calle, indecisos entre entrar y escapar.
Veían a Mateo en el centro del salón con el montante recogido del suelo en una mano y el messer en la otra y la cara vuelta hacia el pasillo, de donde había llegado el grito.
Uno de los atacantes aprovechó el segundo.
No entró a pelear. Entró a coger. Cruzó la sala en tres zancadas, agachado, sin amenazar a nadie, y antes de que Mateo girara la cabeza ya tenía el cuaderno blanco de Joaquín en la mano y se retiraba reculando.
El otro, en el umbral, lo cubría con el cuchillo en alto sin atreverse a cruzar.
Salieron corriendo calle Mayor abajo, hacia el puerto.
Entonces Joaquín vio la mesa.
En el desorden de la patada, del cuerpo boca abajo, del charco de sangre que empapaba los pliegos, un cuaderno faltaba. Joaquín lo entendió en un segundo. El cuaderno de trabajo con las tablas, las tentativas y el método que llevaba semanas afinando, no estaba.
Joaquín se dio la vuelta hacia la puerta. Los dos que salían corriendo. Uno llevaba el cuaderno, vestía jubón verde. El otro no llevaba nada en las manos.
Joaquín ya estaba en la puerta cuando oyó el estruendo del arcabuz.
Sancho venía de la ronda del muelle norte.