Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Noche de cuchillos

Álvaro corrió como puede correr un cuerpo roto que exprime lo último que le queda. Tres zancadas tambaleantes hacia la niebla del muelle, la mano izquierda apretada contra el costado, los tablones resonando bajo sus botas.

Rodrigo cambió las armas de mano y lanzó la daga con la diestra.

El filo cruzó la distancia en un arco corto y se clavó en el omóplato izquierdo de Álvaro con un sonido blando, el de una hoja que entra en carne a través de tela.

Álvaro se arqueó. Las piernas le fallaron medio paso después.

Cayó de rodillas sobre la madera del muelle con un golpe que le arrancó un gruñido entre los dientes apretados.

Rodrigo echó a andar hacia él. Sin detener el paso envainó la espada y, al pasar por el sitio del disparo, se inclinó y recogió del tablón el arcabuz de mano, caliente todavía en la cazoleta, ligero, bien terminado, italiano probablemente.

Apagó la brasa de la mecha entre dos dedos y se metió el arma bajo el cinto, contra el costado sano.

La espada de Álvaro había quedado a una vara escasa entre dos pilotes.

Rodrigo la dejó donde estaba. Cargar a un prisionero atado y dos aceros más por una niebla cerrada eran tres tareas para más manos de las que tenía.

Llegó en cuatro zancadas. Arrancó una cuerda de amarre de un noray y le ató las muñecas a la espalda, por debajo de la daga que aún sobresalía del hombro.

El nudo fue seco, de campaña, de los que se hacen sin pensar porque los dedos los han atado mil veces a ciegas.

Rodrigo se agachó. Agarró la empuñadura de la daga y la extrajo de un tirón. La sangre brotó espesa y oscura, empapando la camisa desde el omóplato hasta la cintura. Álvaro no gritó. Apretó la mandíbula hasta que los tendones del cuello se le marcaron como cuerdas de vihuela.

Álvaro tenía la cara contra el suelo, la mejilla aplastada en la madera húmeda, los ojos abiertos. Le dio la vuelta.

—Última oportunidad —dijo Rodrigo. La daga goteaba entre los dos—. ¿Os rendís o cavamos el hoyo?

Álvaro respiraba en sacudidas cortas. La sangre del hombro, la del costado y la del antebrazo se mezclaban debajo de él en un charco que la madera absorbía con lentitud.

—Sois un hombre extraño, Salazar —dijo con la voz rota por el dolor.

Rodrigo sostuvo la mirada sin alterarla. Álvaro esperó la réplica. No llegó.

—Acepto —dijo Álvaro.

Una sola palabra. Limpia, sin matices, pronunciada con la misma economía con que Álvaro había manejado el punzón en los barriles noches atrás.

Rodrigo esperó. Pero Álvaro no añadió nada.

No pidió condiciones, no negoció plazos, no apeló a nombres poderosos que pudieran respaldarle.

Aceptó cortado y aceptó callado. Aquella quietud le dijo a Rodrigo que Álvaro no trabajaba solo.

Rodrigo se irguió. Limpió la daga en el muslo y la envainó. Se ajustó la capa sobre el flanco, apretando la tela contra la herida para que la presión hiciera el trabajo de la venda. Levantó la vista hacia la niebla del muelle. Nadie a la vista.

Levantó a Álvaro tirando de la cuerda que le ataba las muñecas.

El hombre se irguió con un quejido que no intentó disimular.

La herida del omóplato le había doblado la espalda hacia delante y la sangre le empapaba la camisa entera.

El costado abierto le obligaba a tomar el aire a sorbos cortos para no tirar del corte intercostal.

Rodrigo lo empujó con la palma abierta. Álvaro caminó dos pasos antes de que la pierna izquierda le cediera medio palmo y tuviera que recobrarse buscando el equilibrio que le faltaba en el brazo destrozado.

No había dignidad en aquella marcha. Un hombre atado, sangrante, empujado a lo largo de un muelle desierto, respirando con un silbo corto entre los dientes, dejando un rastro irregular de sangre sobre los tablones, que crujían bajo ambos.

Rodrigo tensó la cuerda y echó a andar a través de la niebla, con el prisionero tres pasos por delante.

El camino de vuelta fue más largo que el de ida.

Cada paso tiraba de la herida con una punzada que subía desde las costillas hasta la axila y bajaba hasta la cresta del hueso de la cadera.

El relente había clareado un poco pero la humedad seguía en el aire, fría y densa, y se le metía por la raja de la manga buscando la piel desnuda del brazo.

Rodrigo ya no podía caminar pegado a las paredes.

La mano izquierda le presionaba el flanco y la derecha sostenía la cuerda que llevaba a Álvaro un par de varas por delante, y un hombre con un prisionero atado de noche en un puerto lleno de borrachos y rateros no puede permitirse darle la espalda a ninguna pared.

Pasó frente a la misma taberna de antes.

Los dos marineros ya no estaban en el umbral.

La puerta estaba cerrada y la luz de dentro se había apagado.

El silencio del muelle era distinto al de antes, más espeso, más completo.

A esa hora los borrachos ya dormían. Solo quedaban despiertos los perros, los vigías y los hombres que volvían de donde no debían haber ido.

En la posada, mientras Rodrigo subía desde el muelle con Álvaro atado al extremo de la cuerda, los perros de la calle Mayor dejaron de ladrar.

Miguel lo oyó primero. Llevaba media hora junto a la ventana contando faroles y escuchando los ruidos normales del puerto antes del alba.

El chapoteo de una barca contra un pilote, el crujido de jarcias, un borracho cantando en algún callejón lejano.

Todo estaba donde debía estar. Los perros de la calle Mayor ladraban cada vez que un gato cruzaba el empedrado.

Era lo que hacían todas las noches del año.

Esa noche, de un momento a otro, enmudecieron.

Dos calles, tres calles, y el silencio fue apagando el empedrado hasta cubrirlo todo.

Miguel se volvió.

—Mateo.

Mateo ya estaba en pie. Había dejado el messer sobre la mesa y tenía el montante en las manos antes de que Miguel terminara el nombre.

Diego cogió el arco del rincón sin decir palabra y subió la escalera de dos en dos.

Joaquín dejó la pluma en el tintero, lo tapó, lo guardó en el arcón de los papeles, desenvainó la daga y la posó sobre el pliego recién terminado de descifrar.

Todo en el tiempo que tarda un hombre en contar tres.

En el extremo de la posada, en la habitación de custodia donde Duarte seguía encadenado con Esteban y Barahona, Fabián escuchó la quietud que caía sobre la calle y corrió el pestillo de hierro por dentro.

Sus dos hombres se pusieron en pie con los aceros cortos en la mano.

En el pasillo entre la celda y la sala común, otros dos veteranos de Fabián, Lope y Julián, se colocaron a ambos lados del corredor con las espaldas contra la pared y las espadas desenvainadas.

Eran de los que Rodrigo había hecho subir de refuerzo dos noches atrás, cuando aún se discutía si la posada era o no una ratonera.

Lope, mayor, gallego de Lugo y manos enormes.

Julián, más joven, hablaba poco y peleaba menos.

Ninguno de los dos había estado en Granada.

Aún no sabían lo que era una puerta reventada a hachazos.

El primer hachazo cayó sobre la puerta de calle un latido después.

La madera del quicio saltó en astillas. El segundo hachazo reventó el pestillo y la puerta se abrió hacia dentro, rebotando contra la pared interior con un estrépito que los hombres del fondo escucharon como la señal que aguardaban.

El primer atacante entró corriendo, con el hacha ya levantada por encima del hombro, sin reducir el paso.

Mateo estaba en el centro del salón con los dos pies plantados y el montante sujeto con las dos manos a la altura de la cintura.

No se movió hasta que el otro tuvo las botas dentro del umbral.

Entonces dio un paso al frente y empujó la hoja del montante contra el pecho del atacante con todo el peso del torso.

El acero entró por el esternón y no se detuvo.

Salió por la espalda del hombre tras un crujido corto de hueso astillado y un avance sordo por la carne de detrás, como una estaca que rompe primero una tabla y después se hunde en arena mojada.

Mateo no paró. Siguió empujando. El atacante, clavado en la hoja, retrocedió tambaleándose hacia la calle con los brazos abiertos, y la propia inercia del empuje hizo que el cuerpo terminara deslizándose hasta el suelo y liberando la hoja por su propio peso con un ruido húmedo de entrañas removidas.

Cayó de espaldas sobre el empedrado con el montante ya libre de él y los ojos todavía sorprendidos por algo que no alcanzaba a entender.

Detrás venían otros dos.

Mateo giró el montante en horizontal.

El filo lo había usado. Ahora usaba el mango.

El segundo atacante venía con una cuchilla de faena levantada sobre la cabeza y no vio el cambio de ángulo hasta que el mango de madera de haya le cruzó la sien con el peso de los dos brazos detrás.

El chasquido del hueso temporal cediendo bajo la madera fue corto y limpio.

El hombre cayó de lado con la cuchilla todavía en la mano.

La cabeza golpeó el suelo y quedó inmóvil.

El tercero dudó. Frente a la puerta reventada y los dos cadáveres del umbral se quedó un instante demasiado largo, calculando entre entrar y dar la vuelta. Ese instante lo mató.

Una flecha descendió desde la ventana del piso alto con un zumbido corto.

Entró por el hueco entre la clavícula y el trapecio del tercer atacante, bajó un palmo por dentro del torso y cortó algo esencial.

El hombre cayó de rodillas primero, con la mano buscando la madera de la flecha que le salía del cuello, y de costado después, cuando el cuerpo comprendió que los dedos ya no iban a resolverle nada.

Diego recargaba arriba.

En la sala común entraron los tres siguientes.