Capítulo 26 #3
Álvaro se lanzó. La espada buscó el pecho en línea recta mientras el cuchillo describía un arco lateral dirigido a las costillas.
Rodrigo paró la espada girando el acero para desviar el filo hacia arriba y bajó la daga para cruzar el cuchillo.
Llegó tarde. La punta le abrió un surco en el costado izquierdo, al filo de las costillas.
Piel. Solo piel. Pero la línea de fuego fue inmediata, y la sangre empezó a bajar por la cadera, metiéndose entre la tela y la cintura del calzón.
Rodrigo contraatacó antes de que Álvaro recuperara la guardia.
Un tajo descendente a la muñeca izquierda, la del cuchillo, en el instante en que el brazo del adversario está extendido y la muñeca queda expuesta.
Álvaro retiró la mano, pero no lo bastante rápido.
La hoja le mordió el dorso de la mano y abrió la carne.
Brotó sangre, casi negra en la penumbra.
Álvaro gruñó. No gritó. El cuchillo cayó al suelo con un tintineo que las paredes del almacén absorbieron.
Quedaban tres hojas. Dos eran suyas.
El combate se trasladó hacia la puerta. Rodrigo empujaba, Álvaro retrocedía. A sus pies, el aceite derramado de la lámpara brillaba sobre las tablas. Cualquier chispa de los aceros en aquel suelo podía prender el almacén entero. Cada paso hacia la puerta era un paso lejos del fuego.
Salieron al aire nocturno. El frío golpeó la herida del costado de Rodrigo y el corte se contrajo. La sangre de Álvaro goteaba desde la mano herida y dejaba un rastro irregular sobre las tablas del muelle.
Rodrigo sintió el cansancio. Cansancio de semanas sin dormir del todo, anterior al duelo y mayor que él, el cuerpo siempre tenso, la mente siempre calculando distancias. La espada pesaba el doble de lo que debía. El brazo derecho empezaba a temblar con la vibración fina que precede al calambre.
Álvaro también lo notó. Bajó ligeramente la punta de la hoja, invitándole a atacar primero.
Era una trampa.
Rodrigo no la aceptó. Mantuvo la guardia. Respiró por la nariz. Dejó que el silencio trabajara.
Álvaro atacó con un movimiento inesperado.
Un golpe descendente dirigido por encima del hombro de Rodrigo, hacia la línea de amarre de la carabela más cercana.
Cortar esa cuerda, soltar la nave, dejarla a la deriva contra las otras.
Rodrigo interceptó el filo a medio recorrido, trabó los aceros y empujó con el hombro.
La fuerza del impacto hizo retroceder a Álvaro tres pasos. La madera del muelle vibró bajo ambos.
Álvaro compensaba las heridas con velocidad de piernas. Le metió una rodilla en el muslo, lo embistió con el cuerpo y aprovechó el desequilibrio para lanzar una estocada que Rodrigo desvió con el fuerte de la hoja. El filo le rasgó la carne del hombro.
No profunda. Suficiente para que el brazo perdiera medio segundo de reacción. Notó la merma y adelantó el codo para compensar.
Ese medio segundo podía costarle la vida.
Rodrigo cambió el ritmo. Dejó de responder y comenzó a atacar. Golpes cortos, directos, sin ornamento. Álvaro paraba, retrocedía, paraba. Su fluidez se quebraba bajo la presión constante.
Un corte lateral al costado izquierdo. Álvaro giró para esquivarlo, pero el acero de Rodrigo encontró tela y carne.
La punta trazó un corte horizontal a la altura de las costillas, abriendo el jubón, la camisa y la piel de debajo.
La carne se vio brillante y roja bajo la escasa luz. Empapó la tela en un segundo.
Álvaro retrocedió. Respiraba más hondo y cada inspiración tiraba del corte entre las costillas. La mano izquierda goteaba a ritmo constante. Pero no bajaba la espada.
Lo que vino después no lo esperó nadie.
Álvaro se llevó la mano izquierda a la espalda y desenfundó un arcabuz de mano que había ocultado bajo la capa.
La funda de cuero que le tapaba el serpentín se quedó atrás, colgando del cordel que la ataba al cinto, y la brasa salió al aire por primera vez en toda la noche.
Corrió la tapa de la cazoleta con el pulgar.
La culata le resbalaba con la sangre del dorso.
Cerró el puño dos veces sobre ella antes de que agarrara.
Arma de asesino, de las que se cargan antes de salir y se disparan a distancia de aliento.
Un soldado no la habría llevado al cinto.
Rodrigo no esperó. Se lanzó hacia la izquierda mientras aquella mano peleaba con la culata, y ya estaba fuera de línea cuando el disparo quebró el aire.
El estruendo fue seco y brutal, un puñetazo de sonido que hizo temblar los pilotes del muelle.
La bala impactó contra un barril a su espalda y lo reventó en una lluvia de astillas y salmuera.
El retroceso le arrancó el arma vacía de una mano que aún agarraba pero ya no sujetaba. El hierro rebotó contra los tablones con un sonido hueco. Un quejido se le escapó con él. La mano izquierda le quedó abierta y temblando, con la sangre del dorso corriéndole hasta la punta de los dedos.
Rodrigo se irguió. La bala le había pasado a un palmo de la cadera. Ni siquiera la sintió. Lo que sintió fue otra cosa. La certeza fría de que el hombre que tenía enfrente había cruzado la última línea que separaba el combate de la ejecución.
Rodrigo hizo algo que no había hecho en toda la pelea, bajó la daga un palmo y abrió el flanco izquierdo, poco, lo justo para que Álvaro lo viera y lo buscara.
Álvaro lo buscó.
El paso lateral fue corto y seco.
La hoja trazó un arco corto, dirigido al antebrazo derecho de Álvaro. El tajo cruzó del codo a la muñeca y le abrió la carne hasta los tendones. La sangre salpicó los tablones. Los dedos se le abrieron solos, lentos, con la torpeza de lo que ya no obedece.
Álvaro no soltó la espada. La retuvo un latido más con los últimos tendones que respondían, e intentó una maniobra final, un giro sobre sí mismo buscando pasar bajo el brazo de Rodrigo.
En un hombre sin heridas habría sido limpio.
En un hombre con la mano izquierda herida, el costado sangrando y el antebrazo abierto fue medio paso demasiado lento.
Rodrigo cruzó su hoja sobre la de Álvaro, la trabó en el tercio fuerte y giró la muñeca. El acero chirrió. Los dedos sin gobierno no pudieron resistir la torsión. La espada de Álvaro salió despedida, girando, y cayó sobre los tablones del muelle con un sonido que la niebla devoró.
Silencio.
Un segundo. Dos.
Rodrigo mantuvo la punta de su espada a tres dedos del cuello de Álvaro. La yugular palpitaba bajo la piel, visible aun en la oscuridad.
Álvaro no alzó las manos. No retrocedió. Se mantuvo erguido, la sangre descendiendo por el antebrazo y el costado, la mirada firme.
—Terminadlo —dijo sin temblor.
Rodrigo sostuvo la posición. Podía matarlo. Un movimiento. Dos pulgadas de acero y la amenaza cesaba. La niebla protegía secretos. Nadie vería.
«Matar al peón no descubre al alfil».
—No —dijo Rodrigo. Bajó la espada un palmo, sin retirarla del todo—. Seréis juzgado por la Corona, no por mí.
Álvaro sangraba desde el codo. La sangre le corría entre los dedos de la mano derecha y goteaba sobre el entarimado.
—Escuchadme bien —dijo Rodrigo, sin mover la punta de la hoja—.
Rendíos y atenderemos vuestras heridas. Os llevarán ante la Corte para que respondáis por vuestros delitos.
No por cortesía. Para que no digan que os ejecutaron en un muelle de Palos.
Si no aceptáis, no habrá juicio. Habrá un cadáver con vuestro nombre y un hoyo sin lápida.
Los ojos de Álvaro buscaron algo en el rostro de Rodrigo. La grieta, el temblor, la duda que permite negociar. No la encontraron.
—No soy el único —dijo Álvaro, presionándose el brazo herido con la mano izquierda—.
Pero eso ya lo sabéis. Hay hombres en Sevilla, en Córdoba y en la propia Corte que vigilan esta expedición.
Mercaderes, letrados, gente con documentos firmados y sellos que pesan más que vuestra espada.
Yo era la mano que movía las piezas en este puerto.
Cortada la mano, buscarán otra. —La sangre de la herida había empezado a gotear con más frecuencia, y Álvaro la siguió como si estuviera contando las gotas—.
Entregadme a la Corona y esos hombres desaparecerán antes de que el primer juez abra el expediente.
Dejadme ir y os daré nombres. Uno por uno.
Rodrigo no movió la hoja.
—Los nombres los daréis en Sevilla. Ante quien corresponda. No ante mí en un muelle a oscuras.
La tensión de los hombros de Álvaro cedió por primera vez desde que el duelo había comenzado. Pero no hacia la rendición. Hacia otra cosa. Rodrigo lo vio en el cambio de peso sobre la pierna izquierda, en la ligera rotación del torso, medio segundo antes de que ocurriera.
Álvaro giró y corrió.