Capítulo 26 #2
Rodrigo ajustó el tapón. Encontró otros dos en la segunda fila.
Los corrigió con la misma calma mecánica con que un artificiero desactiva una mecha.
En la tercera fila, un barril llevaba el tapón firme y, entre las duelas, una cuña de madera insertada al ras, invisible a menos que se palpara con los dedos.
La cuña ensanchaba la junta lo bastante para que el contenido rezumara gota a gota, empapando el suelo de madera con un lento riego de aceite que a lo largo de una noche podía cubrir medio almacén.
Rodrigo extrajo la cuña, la olió —aceite rancio y resina—, y la guardó en el cinto.
En el almacén contiguo encontró tres cuerdas de amarre con cortes parciales a la altura de la gaza.
Cortes limpios, hechos con una hoja afilada, que dejaban intacta la superficie exterior pero seccionaban las fibras internas.
A simple vista, la cuerda parecía entera.
Bajo tensión, reventaría. Quien había hecho aquello conocía el oficio del mar.
Un hombre de tierra habría cortado la cuerda entera, delatándose.
El muelle entero estaba preparado para arder.
Detrás había trabajo de horas, metódico, distribuido entre varios almacenes por manos que conocían el oficio.
Rodrigo palpó la cuña en el cinto, junto a la nota de cuatro palabras.
Ahora sabía a qué venía la cita. No a hablar.
A ganar tiempo mientras el fuego hacía su trabajo.
El almacén central estaba al fondo, entre dos cobertizos de redes que apestaban a pescado seco. La puerta, entornada. Una rendija de luz amarilla por el suelo, tan angosta que podría ser una vela o un farol o una trampa con forma de cualquiera de las dos cosas.
Rodrigo se pegó a la pared. Esperó. Tres minutos. Quizá cuatro. Ningún sonido que no fuera el agua contra los pilotes y el crujir de las maderas con la marea.
Desenvainó con la mano pegada al cuerpo, frenando el acero contra el cuero de la vaina para que no cantara al salir. Avanzó los últimos diez pasos pegado a la sombra del cobertizo de la izquierda, donde la oscuridad era más espesa y el suelo más firme. Empujó la puerta con la punta del pie.
Chirrió. Por supuesto que chirrió.
«Mal comienzo».
Rodrigo respiró al cruzar el umbral y el aceite de linaza le llenó la garganta.
Barriles apilados hasta el techo, rollos de cuerda amontonados junto a las paredes, herramientas colgadas del muro del fondo.
Una lámpara de aceite colgaba de una viga central, dando una luz pardusca que apenas alcanzaba las esquinas.
Dejó que sus ojos recorrieran el espacio dos veces antes de moverse.
A la izquierda, una pared de barriles apilados en tres filas, lo bastante altos para esconder a un hombre agachado.
Si el enemigo estaba ahí, el primer tajo vendría bajo y desde la sombra, buscando las piernas.
A la derecha, un estante de herramientas con ganchos vacíos que proyectaban sombras alargadas sobre la pared de tablas, y detrás del estante una zona de oscuridad que la lámpara no alcanzaba.
Ahí se pondría él si fuera el que espera.
Al fondo, más barriles, sacos de cáñamo, y una puerta lateral que daba al muelle.
Salida o entrada, según quién la usara y para qué.
Si las cosas se torcían, eran diez pasos hasta esa puerta.
Doce si el suelo estaba mojado. Las vigas de arriba crujían con el peso de algo —ratas, humedad, años— y la lámpara se balanceaba con una corriente de aire que venía de alguna rendija que Rodrigo no podía ver.
Un hombre podía esconderse en media docena de sitios distintos en una estancia así, y si esperaba quieto el tiempo suficiente, el que entraba buscándolo terminaba por moverse primero.
Rodrigo lo sabía. Lo sabía cualquiera que hubiera pasado una noche en un edificio tomado por el enemigo, contando sombras y descontando las que se movían.
Dio tres pasos hacia el centro. Nada. Avanzó otros tantos.
—Tardasteis más de lo que esperaba —dijo una voz desde la derecha.
Rodrigo giró con la hoja adelantada. Álvaro Mendoza estaba apoyado contra una columna de barriles, los brazos cruzados, la espada aún en la vaina.
Vestía de oscuro, sin adornos, con la misma sobriedad con que se movía por el puerto de día.
La capa le colgaba con un peso desigual, más cargada por el costado izquierdo.
Del aire venía un olor a cuerda quemada.
Rodrigo lo achacó a la lámpara. El único lujo visible era la hebilla de plata del cinturón, que captó un destello de la llama y lo devolvió frío.
—Me detuve a escuchar —respondió Rodrigo.
—¿Y?
—Nada que no esperara.
Álvaro descruzó los brazos sin desplazar los pies. Midió el aire entre ambos antes de hablar. No había prisa en ninguno de sus gestos.
—Podríais haber traído hombres —dijo.
—Podríais haberme tendido una emboscada. No lo hicisteis.
—No.
—¿Por qué?
Álvaro sonrió. Una sonrisa sin calor, aprendida en antesalas de poderosos, con los dientes a la vista y los ojos en otra parte.
—Porque esto merece resolverse entre los dos solos.
—El cofre de oro no funcionó —dijo Rodrigo—. Las amenazas por mensajero, tampoco. Y ahora preparáis los almacenes para arder mientras me citáis aquí para ganar tiempo.
Álvaro no perdió la compostura. Solo una contracción breve en la comisura.
Rodrigo observó la postura, los pies, la mano derecha que colgaba natural junto a la vaina.
Álvaro era diestro, eso ya lo sabía. Más ágil que fuerte, esquivaba antes de bloquear.
Lo había estudiado en los días anteriores lo mismo que estudiaba cualquier terreno, sin prisa, sin conclusiones previas, dejando que los datos hablasen solos.
Los datos decían que sería rápido y que dolería.
—Entonces —dijo Rodrigo, ajustando la empuñadura— hablemos.
Álvaro atacó sin aviso.
Lo trajo en finta. Un amago a la derecha que escondía un empuje de hombro izquierdo.
Rodrigo lo leyó tarde. El flanco quedó descubierto un instante de más y la hoja de Álvaro le rasgó la manga desde el codo hasta la muñeca.
Tela. Solo tela. Pero por un dedo menos habría sido la vena que corre por la cara interna del antebrazo, y entonces el suelo se habría oscurecido muy deprisa.
Rodrigo escupió al suelo entre los dientes apretados.
Retrocedió tres pasos rápidos. Topó con un barril. Lo usó. Subió el pie, empujó, y el barril rodó entre ambos con estrépito de madera y metal. Álvaro saltó a un lado en seco. Había esquivado cosas peores que barriles en su vida.
Rodrigo aprovechó la distancia para recuperar el aliento. Flexionó los dedos de la mano derecha, uno a uno, comprobando que la empuñadura no resbalara. La palma estaba húmeda. No de sudor, del agua que se filtraba desde el techo a través de las tablas carcomidas.
Álvaro no cargó. Esperó con la punta de la espada a la altura del pecho de Rodrigo, inmóvil.
Tenía los pies separados a la anchura de los hombros, el peso adelantado sobre la pierna izquierda.
Posición de academia. Limpia, correcta, eficiente.
Buen dinero pagado a buenos maestros de esgrima y memoria que no falla.
Rodrigo lo atacó primero. Un revés ascendente que buscaba el costado izquierdo, rápido pero sin comprometer el equilibrio.
Álvaro lo desvió con una parada que giró el filo de Rodrigo hacia el techo y devolvió una estocada directa al pecho.
Rodrigo la esquivó torciendo el torso. Sintió el aire desplazado por la punta pasar a un palmo de las costillas.
—Campaña de Granada —dijo Álvaro, recuperando la postura sin alterar la respiración—. Se os nota en los pies.
—Y a vos se os nota la corte. Atacáis cuando el otro habla.
Chocaron de nuevo. Cuerpo a cuerpo, hoja contra hoja, la guardia de Rodrigo bloqueando un golpe descendente que le entumecía el brazo hasta el hombro.
Álvaro había puesto todo su peso en el tajo y la vibración subió por la hoja como un latigazo de hierro que le aflojó los dedos del meñique y el anular.
Rodrigo apretó la empuñadura. Si la soltaba, lo siguiente que sentiría sería el filo entrándole por la clavícula.
El aliento de Álvaro venía cargado de vino de Jerez y de algo más frío que el vino. Sus ojos no mostraban rabia. Álvaro peleaba con método. Medía cada movimiento, ahorraba cada gesto.
Rodrigo giró sobre el talón izquierdo. Aprovechó el impulso.
La empuñadura de su espada conectó con el pómulo de Álvaro con un golpe seco que resonó en las vigas y derramó aceite de la lámpara que colgaba encima.
El golpe le devolvió una sensación limpia y seca a través de la empuñadura. El hueso había cedido bajo el acero.
Álvaro no cayó.
Escupió en el suelo. Se limpió la boca con el dorso de la mano izquierda y observó el rastro oscuro en los nudillos.
—Bien —dijo.
Solo eso.
Volvió a la guardia. La mejilla se le hinchaba debajo del ojo derecho, cerrándole el campo de visión por ese lado. La sangre del labio inferior le corría por la barbilla. No se la limpió.
Rodrigo ajustó la empuñadura. Los nudillos del golpe le latían con un pulso propio, caliente y seco.
Entonces Álvaro sacó el cuchillo con la zurda.
Lo llevaba al cinto, junto a la cadera, y el gesto fue rápido, natural.
El cuchillo había estado allí desde el principio, esperando.
Rodrigo sacó la daga antes de que el cuchillo de Álvaro terminara de salir.
Dos armas cada uno. Ahora era cuestión de quién sabía usarlas.
Álvaro tenía la velocidad y el suelo a su favor, el espacio corto donde una hoja breve maniobra mejor que una larga.
Rodrigo tenía la experiencia de haber peleado en sitios peores, trincheras, escalas de asedio, corredores de alcazabas donde el acero rebotaba en los muros.