Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

Acero y niebla

La nota llegó al anochecer, sin firma. Rodrigo la leyó dos veces bajo la llama de un cabo de vela que chisporroteaba en sebo rancio.

Cuatro palabras. «Esta noche. El almacén» .

La tinta era fresca, tan fresca que el dedo índice se manchó al pasar sobre la segunda línea.

El mensajero, un crío de no más de diez años, había desaparecido antes de que pudiera preguntarle nada.

La dobló. La guardó.

Afuera bajaba el relente del Tinto. Una humedad de agosto que pudría más que mojaba. Rodrigo se ciñó la capa, comprobó que la hoja salía limpia de la vaina y se dirigió a la puerta sin decirle nada a nadie.

Mateo lo esperaba en el umbral. Lo había olido, como siempre.

—Señor, no debéis ir solo.

—Quédate.

—Pero señor...

—He dicho que te quedes.

Mateo apretó la mandíbula. Tenía esa costumbre cuando tragaba una orden que no le gustaba.

Los maseteros se le marcaban bajo la barba como nudos de soga mojada.

Llevaban demasiados años juntos para que protestara en voz alta, pero los suficientes también para que Rodrigo supiera que aquella noche no dormiría.

Diego estaba apoyado contra la pared del fondo, con los brazos cruzados. No dijo nada. Se limitó a medir a Rodrigo con los ojos, la capa primero, el acero después, la puerta al final.

Miguel se puso en pie en cuanto Rodrigo cogió la capa.

—Iré yo también, señor.

—No.

—Si es una trampa y estáis solo…

—He dicho que no.

Miguel abrió la boca una vez más. Rodrigo se volvió hacia él antes de que pudiera hablar.

—Esto lo resuelvo solo o no se resuelve. ¿Lo entiendes?

Miguel lo entendía. No le gustaba, pero lo entendía. Apretó los labios y asintió.

Joaquín no se había movido de la mesa. Llevaba allí desde antes de que Rodrigo recibiera la nota, con los mismos papeles que había traído al anochecer y una vela que ya era un cabo de dos dedos.

La luz de la llama le ahondaba las cuencas de los ojos y le daba al rostro una sombra cóncava que lo hacía parecer más viejo de lo que era, o exactamente lo viejo que era por dentro.

Tenía extendido sobre la mesa el trozo de cuero donde Rodrigo había copiado las muescas de los barriles noches atrás, junto a una columna de números y tres pliegos de jarcias con anotaciones que no cuadraban entre sí.

La tinta de Joaquín era espesa, más espesa de lo necesario, porque diluirla era para él una concesión a la pereza.

Las anotaciones cubrían los márgenes del cuero y los pliegos.

Tablas de equivalencias provisionales, frecuencias de símbolos tachadas y rehechas tres y cuatro veces, flechas que conectaban grupos de muescas con palabras que después había descartado.

Un campo de batalla de papel y tinta donde solo su autor veía el orden.

—Llevo horas probando desplazamientos —dijo en voz baja, para nadie en particular—. Cifrados de sustitución con claves de cuatro, cinco, seis letras. Ninguno abre el patrón.

Rodrigo se detuvo en la puerta.

—¿Y?

Joaquín mojó la pluma. Trazó tres cifras. Las borró con el canto de la uña. Trazó otras tres.

—Diez —dijo—. Las posiciones se desplazan en bloques de diez. La clave es un nombre de diez letras.

El silencio fue breve pero espeso. Rodrigo miró los papeles.

Miró a Joaquín. La respuesta estaba ahí, flotando entre ambos con la obscenidad de las cosas obvias que nadie ha visto durante demasiado tiempo.

El nombre de la nave que iba a llevarlos al otro lado del mundo estaba dentro del cifrado.

Y quienes lo habían escrito querían impedir que esa nave llegara a ninguna parte.

— Santa María —dijo Rodrigo.

Joaquín se quedó inmóvil con la pluma suspendida sobre el papel. Cerró los ojos un instante y exhaló sin hacer ruido.

—La nave capitana. Diez letras. Han usado contra ella su propio nombre.

Aplicó el desplazamiento sobre las primeras líneas del cifrado.

Los números que llevaban horas sin sentido empezaron a soltar palabras con la cadencia de una cerradura que por fin encuentra su llave.

Joaquín levantó los ojos. La vela le recortaba la mitad del rostro en luz amarilla y la otra mitad en sombra.

—Hay más —dijo a media voz—. Mucho más. Dadme una hora.

Rodrigo sostuvo la mirada un instante. No respondió. Cogió la capa.

—Esperad —dijo Joaquín sin levantar la vista del papel—. Una hora. Si la clave es correcta, sabré qué dice el cifrado antes de que salgáis por esa puerta.

—Y quien me ha citado sabrá que no voy a ir.

—O sabréis vos a qué os enfrentáis.

—Ya lo sé.

Joaquín apartó la vista del papel. Lo que fuera que iba a decir se le quedó en la boca. Conocía esa expresión. La había visto en Granada, antes de cada salida nocturna que nadie había autorizado y de la que Rodrigo siempre había vuelto, hasta ahora.

—Una hora —repitió Joaquín.

—No la tengo.

Salió a la bruma.

Cuando la puerta se cerró, los cuatro se quedaron callados. Mateo fue el primero en moverse. Se sentó, sacó el messer y empezó a limpiarlo sin necesidad. Diego permaneció donde estaba, con los ojos fijos en la puerta, queriendo ver a través de ella.

Joaquín volvió al cuero con las muescas. La pluma rascaba el papel con un ritmo que era lo único que sonaba en la habitación aparte del goteo de los aleros. Probó una secuencia, la tachó. Probó otra. Torció la boca.

—Necesitaría el registro de tripulación que vimos en el astillero —dijo sin levantar la vista—. El que tenía las firmas de embarque.

—Está en el baúl de Rodrigo —dijo Diego.

—Lo sé —contestó Joaquín—. Y Rodrigo tiene la llave.

Mateo miró a Diego. Diego miró a Joaquín. Ninguno propuso forzar el baúl. El silencio lo dijo todo. Se esperaba al capitán o no se hacía nada.

Miguel caminó hasta la ventana. La calle estaba vacía salvo por un perro que olisqueaba un charco y un farol que parpadeaba al fondo, perdiendo luz a cada ráfaga de humedad.

Se quedó allí, contando los faroles encendidos, luego los apagados, luego calculando la distancia entre cada uno y la siguiente zona de sombra donde un hombre podría emboscarse.

—Si no vuelve antes del amanecer —dijo Mateo—, voy a buscarlo.

—Solo no —dijo Diego.

Mateo levantó los ojos del messer. No dijo nada, pero la manera en que sostuvo la mirada de Diego fue respuesta suficiente. Iría solo o acompañado, pero iría.

Joaquín siguió escribiendo. La vela perdió otro dedo de cera.

Las calles de Palos a esa hora eran territorio de ratas y borrachos. Rodrigo caminó pegado a las paredes, evitando los charcos que reflejaban la luz mortecina de los faroles. Cada veinte pasos se detenía, escuchaba, contaba respiraciones.

«Podría ser una trampa».

Lo era casi con certeza. Un hombre que llevaba semanas moviendo piezas en la sombra no citaba a su adversario por cortesía. Lo citaba porque le convenía el terreno, el momento, o ambos. Rodrigo lo había sabido desde que el crío puso el papel en su mano y salió corriendo sin esperar respuesta.

Siguió andando.

Pasó frente a una taberna de la que salía un ruido de voces y el olor agrio del vino peleón.

Dos marineros discutían en el umbral, uno con la camisa manchada de sangre vieja y el otro sosteniendo un cuchillo de faena con cara de no recordar cómo había llegado a su mano.

Rodrigo pasó sin mirarlos. No era su problema esa noche.

Dobló hacia el muelle de poniente. Menos gente, más agua estancada, madera podrida bajo los tablones.

Las antorchas escaseaban y las que quedaban peleaban contra la humedad con llamas que más parecían heridas que luz.

A su derecha, las siluetas de dos carabelas y una nao se mecían en la oscuridad.

La Santa María era la más grande, la más quieta, la que ocupaba el centro del muelle con la solidez de un animal echado que espera a que lo monten.

Rodrigo se demoró en ella. En pocos días estaría a bordo de esa nave, si es que llegaba vivo al amanecer.

Redujo el paso. Los ojos tardaban en acostumbrarse a la negrura.

Lo había aprendido en Granada. Antes, en realidad, pero Granada lo había confirmado con suficientes muertos como para no olvidarlo.

Una noche en los fosos de la Alhambra, un hombre de su compañía corrió tres pasos de más buscando la escalera de asalto y pisó un travesaño podrido.

Cayó de espaldas con un ruido blando. La caída no lo mató, pero alertó a un vigía moro, que le encontró el cuello antes de que el eco del golpe se apagara.

Rodrigo ya no recordaba su cara, pero recordaba el ruido de su cuerpo al caer y la ausencia de sonido que lo siguió.

Lo recordaba sin querer, reduciendo el paso, pegando la suela al tablón antes de cargar el peso, buscando con la puntera el borde de cada tabla antes de confiar la pierna. La noche traía brea quemada, ese hedor que se mete en la ropa y no sale ni con lejía ni con años.

La puerta de un almacén lateral estaba entreabierta. No la del almacén de la cita, sino la que daba al depósito de jarcia y barriles de aceite. Rodrigo se detuvo. Las bisagras todavía olían al sebo con que las habían engrasado hacía poco. Alguien acababa de entrar o no había terminado de salir.

Empujó con la punta de los dedos. Los barriles se alineaban contra el muro del fondo, apretados en varias filas. Rodrigo recorrió la primera fila tocando los tapones con las yemas de los dedos. Uno, dos, tres, cuatro, firmes. El quinto giró medio cuarto de vuelta bajo la presión de su pulgar.

Aflojado.

No arrancado. No roto. Aflojado lo justo para que un golpe casual, el balanceo de una maniobra de izado, bastara para liberar el contenido. Aceite de lámpara. Si llegaba a la sentina de una carabela y una chispa encontraba el charco, no habría tiempo ni para gritar.