Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Miguel halló a Rodrigo despierto, sentado en la capitanía con un candil encendido y los pliegos de Joaquín desplegados sobre la mesa. No se había quitado el jubón ni las botas.

Miguel se detuvo en el umbral. Tenía la ropa húmeda del relente y barro en las botas hasta el tobillo. Rodrigo levantó la vista del pliego, vio la manga izquierda oscurecida por la sangre seca y esperó.

—Dos hombres cruzaron el acceso norte después de medianoche con un bulto envuelto en arpillera.

Un tercero se quedó de vigía en el callejón.

Fueron a la Pinta por babor, rodeando los pilotes.

No subieron por la pasarela. El primero no salió por donde entró.

Sigue a bordo o encontró otra salida. El segundo volvió. —Hizo una pausa—. Me encontró.

—¿Y?

—Está en el acceso norte. Ya no es un problema.

Rodrigo no dijo nada durante un momento.

—¿Y esa herida?

—Superficial. No me impide nada.

—El segundo. ¿Adónde fue?

—Al puerto. No lo seguí.

—Bien. —Rodrigo dejó el pliego en la mesa—. Eso significa que Mendoza sabe esta noche que el acceso norte estaba vigilado. Y que quien lo vigilaba no era un aprendiz. —Una pausa—. ¿Qué más?

—Un hombre con ropa de calafate subió por la pasarela horas después. Mangas cortas, manos sin callos. Estuvo bajo cubierta el tiempo justo para dejar esto. —Le tendió el envoltorio.

—¿Lo reconociste?

—Solo la complexión y las mangas. —Miguel hizo una pausa—. La arpillera del bulto estaba en la bodega de proa. Vacía, detrás de un tonel. Sancho está peinando la nave desde la sentina al palo. Si esconde algo, lo sabremos antes del amanecer.

Rodrigo se pasó la mano por la cara, frotándose los ojos con los nudillos. El pliego estaba en cifra. Las monedas eran el precio de algo, y ese algo había entrado en la Pinta por babor, rodeando los pilotes, en manos de dos hombres que sabían exactamente qué puerta no vigilaba nadie.

Tenía un método y una ruta. Lo que faltaba era saber para qué.

—Esto va a Joaquín en cuanto amanezca —dijo, dejando el pliego sobre la mesa—.

Que no salga de la capitanía hasta tenerlo descifrado.

—Hizo una pausa—. Y el guardia de cubierta de la Pinta que dejó pasar al del calafate.

Dile a Sancho que lo releve antes del primer turno de carga.

Sin explicaciones, sin acusaciones. Lo desplaza a otro puesto y pone a uno de los veteranos de Fabián en su lugar.

Que no salga del puerto hasta que tengamos el descifrado.

Y antes del relevo, que baje a la Pinta con dos hombres y la registre cuaderna por cuaderna.

Bodega, sentina, pañoles, entrecubiertas.

El primero de los dos que viste no volvió a salir.

Si sigue a bordo, lo quiero fuera antes del amanecer.

Si ha escapado, quiero saber por dónde. El hombre del acceso norte.

Antes de que amanezca del todo, que dos de los hombres de Fabián lo retiren y lo lleven a la casa del corregidor.

Muerte en riña de puerto. Sin más explicación que esa.

—¿Cuántas horas has dormido esta noche? —preguntó a Miguel.

—No las he contado.

—Pues deja de no contarlas y acuéstate. Te necesito lúcido al amanecer.

Miguel se dio la vuelta para salir.

—Miguel.

Se detuvo.

—Buen trabajo.

El muchacho no dijo nada. Pero la línea de sus hombros se aflojó un grado, como un cabo que alguien deja de tensar, y desapareció hacia su catre.

Rodrigo se quedó en la capitanía hasta que la línea del horizonte empezó a separar el mar del cielo.

Antes del alba, Mateo llamó con los nudillos una vez y entró sin esperar respuesta.

Dejó un trozo de badana doblado sobre la mesa.

Al lado, un pliego doblado en cuatro y cinco monedas genovesas, lo que el saboteador de la Pinta llevaba en el envoltorio de cáñamo.

—Sancho ha peinado la Pinta de la sentina al palo —dijo Mateo—. Del primero, ni cabello ni rastro. Escapó por la orilla antes de que cerráramos los accesos.

—Al que disparó Sancho, portugués fronterizo. El pliego que llevaba iba a las marismas. Lista de nombres con cifras al lado. Cantó dos horas. Después dejó de hablar. No llegó al alba.

Salió sin añadir palabra.

En la badana, tres nombres escritos con letra apretada y sin florituras.

La caligrafía de alguien que escribe poco y solo cuando no hay más remedio.

Rodrigo los leyó. Reconoció uno de los tres, un estibador que había estado demasiado cerca de los barriles equivocados demasiadas tardes.

Los guardó. Antes del zarpe, los tres estarían lejos de las naves.

Un recado a Fabián bastaría para asegurarlo al caer la mañana.

Uno de los hombres de Fabián trajo razón del herido del callejón.

Se había desangrado antes de abrir la boca. De ese tampoco sacaría nombres.

Sobre la mesa, los pliegos de Joaquín, el cifrado nuevo del calafate y lo que aún quedaba sin descifrar del cofre de Duarte, las monedas que habían comprado dos traiciones distintas y la badana de Mateo apuntaban al mismo casco. La Santa María .

Repasó cada posición, cada nombre, cada cabo cortado y cada barril movido.

Después dejó los pliegos donde estaban y se acercó a la ventana abierta. La capitanía olía a tinta vieja y a sebo de candil, y por debajo de eso a humedad de muelle, ese tufo a barro removido y a madera que respira sal.

Allí estaban.

Las tres siluetas oscuras contra un agua más oscura, los mástiles desnudos cortando un cielo sin estrellas y sin alba todavía, las amarras cantando de tarde en tarde con el balanceo lento de la marea baja.

Las había recorrido cien veces en los últimos días.

Por dentro, por fuera, palmo a palmo, barril a barril, hasta que cada cuaderna le sonaba a número y cada nudo a nombre. Esta vez no las contó. Las miró.

Eran tres naves. Solo eso. Tres cascos pequeños sobre un mar que empezaba a removerse, noventa hombres durmiendo o fingiendo dormir bajo cubierta, una reina detrás, y por delante el agua que solo Colón decía saber leer.

Apoyó la mano en el alféizar. La piedra estaba fría.

Un perro ladró dos veces en algún cobertizo y dejó de ladrar.

El viento del suroeste movió la lona de un puesto cerrado y la dejó quieta.

Rodrigo no apartó la mirada hasta que la primera claridad dibujó el horizonte.

Los cascos cargaban barriles, jarcia nueva, provisiones verificadas una por una.

Se ajustó la espada al costado y salió al muelle con la decisión ya hecha. La capitanía era papel. Un edificio público, una puerta que cualquier mano forzaba en el primer descuido. Antes de la próxima caída del sol, los pliegos, los cifrados y los hombres dormirían todos bajo el techo de Fabián.

Quedaba la jornada que Colón le había concedido. Al anochecer del día que ya empezaba, el Almirante esperaría respuesta. Al alba siguiente, o se desplegaban las velas o se perdía la empresa.