Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Miguel había distribuido a tres hombres del muelle en los accesos durante la tarde.

Estibadores que conocían cada tablón del puerto y que no le debían nada a nadie que no fuera Rodrigo.

Les había dado las instrucciones una sola vez, sin repetir.

Turnos, posiciones, señas. Si veían algo, no intervenían.

Observaban y memorizaban. Si alguien les preguntaba, estaban haciendo inventario por orden del contramaestre.

Miguel se apostó detrás de un montón de tablones apilados, en el ángulo muerto del almacén.

Un gato cruzó el paso, se detuvo a mirarlo con dos puntos amarillos en la oscuridad, y desapareció entre las cajas.

Miguel pensó en las noches de guardia durante la campaña de Granada, cuando era mozo de tienda y su única responsabilidad era que el fuego no se apagara y que el caldo no se enfriara antes de que los oficiales volvieran de reconocimiento.

Ahora Rodrigo le había dado un tramo de muelle, tres hombres apostados a sus órdenes y una orden que sonaba simple pero pesaba como plomo.

Observar y no intervenir. El frío y la oscuridad eran soportables.

Lo que pesaba era la espera, las horas vacías entre un sonido y el siguiente, el músculo que pedía caminar cuando la orden era quedarse quieto.

Las horas pasaron con la lentitud de la brea fría.

Miguel apretaba y aflojaba los dedos alrededor del mango de su daga para espantar el entumecimiento, y cambiaba el peso de un pie al otro, atento a no arrastrar las suelas.

El frío del puerto pesaba distinto al de Granada.

Era húmedo, lento, acababa encontrando cualquier rendija, dispuesto a quedarse hasta el alba.

Dos veces oyó pasos que se acercaban y resultaron ser marineros de guardia haciendo su ronda. La primera vez cerró la mano sobre la daga antes de reconocer el ritmo regular de quien camina sin ocultarse. La segunda, aflojó los dedos antes de que el sonido acabara de llegar.

Una hora antes de la medianoche pasó un hombre solo por el callejón de las huertas. Se detuvo un momento al otro lado del muro, lo suficiente para que Miguel se quedara sin respirar, y siguió. Nada. O nada todavía.

Miguel pensó en Rodrigo diciéndole que durmiera algo antes. Pensó en que no había dormido. Pensó en que probablemente eso era exactamente lo que el capitán había calculado que ocurriría.

Poco antes de la medianoche, algo rompió el silencio.

Pisadas. Dos, quizá tres pares de pies sobre tierra suelta, acercándose por el callejón.

Miguel cerró la mano sobre el mango de la daga y cerró la boca al aire.

Las pisadas se detuvieron al otro lado del muro, a menos de diez varas de donde él estaba apostado.

Una voz masculina murmuró algo que no llegó a entender y otra voz respondió con una risa breve, rasposa, de las que salen de una garganta seca.

Una silueta asomó por la esquina del paredón.

Miguel distinguió el contorno de una cabeza, un hombro, el brillo de algo metálico en la cintura que podía ser una hebilla o una hoja.

La figura se detuvo un instante en el borde del paso, midiendo distancias con los ojos o buscando algo que debería haber estado ahí.

Luego retrocedió. Los pasos se alejaron por el callejón, más rápidos que al llegar.

Miguel aflojó los dedos de la daga. Le temblaba el pulso, fino, contenido.

El cuerpo se había preparado para actuar y no había podido.

Repasó lo que había visto. Una sombra, un brillo metálico, dos voces sin rostro.

No bastaba para informar ni para moverse del puesto.

Lo guardó en la memoria y siguió esperando.

Fue después de la medianoche cuando los vio.

Dos figuras salieron del callejón y cruzaron el acceso norte sin detenerse.

Una tercera se quedó atrás, pegada al muro, apenas visible al amparo del último poste.

Caminaban juntos, casi hombro con hombro, y entre los dos cargaban algo envuelto en arpillera que no era ni grande ni pesado, pero que manejaban con un cuidado que no correspondía a su tamaño.

El primero era bajo, corpulento, con la capucha calada hasta las cejas.

El segundo caminaba con la cabeza descubierta, pero Miguel solo le vio la nuca y la forma de las orejas antes de que las nubes cerraran el cielo.

El primero le susurró una orden al otro antes de bajar por el costado.

Miguel no captó las palabras. Solo el nombre con que lo llamaba, Benito.

No bajaron al muelle por la pasarela. Rodearon la popa de la Pinta por la orilla, donde los pilotes creaban un laberinto de sombras, y desaparecieron por el costado de babor.

Miguel contuvo la respiración y escuchó.

El chapoteo suave del agua contra la madera.

El crujido de una tabla bajo un peso que no debería estar allí. Luego nada.

La orden de Rodrigo latía en sus sienes, «observar, memorizar, informar» . Su instinto le pedía cruzar el muelle y seguirlos, pero sabía que un error ahora delataría toda la red de vigilancia que habían montado.

Contó hasta cien. Nadie apareció. Los tablones contra los que se apoyaba le habían dejado la marca de las vetas en la piel a través de la tela del jubón.

En algún momento el gato volvió a cruzar el paso con un ratón entre los dientes, y Miguel pensó que aquel animal era mejor centinela que la mitad de los hombres de la leva.

Se desplazaba con paso de pluma, veía en la oscuridad y no necesitaba que nadie le pagara para estar alerta.

El primero no volvió. El segundo sí.

Salió solo por el costado de babor, sin el bulto. Cruzó los pilotes de la orilla y dobló hacia el acceso norte con paso rápido. Miguel se aplastó contra los tablones y se quedó sin aire. El otro pasó a cuatro pasos, se detuvo, rastreó la oscuridad con los ojos.

Sus ojos encontraron a Miguel.

No hubo palabras. El hombre sacó el cuchillo y se lanzó en el mismo movimiento. Miguel esquivó hacia la izquierda y la hoja le pasó por el flanco del jubón, rozando sin morder. Chocaron. El impulso del otro era mayor y Miguel cedió un paso, los tablones en la espalda, sin sitio para retroceder más.

El atacante era bajo pero sólido, con antebrazos curtidos por años de cargar peso muerto. Empujó con el cuerpo, intentando fijar a Miguel contra la madera y meterle el cuchillo por el costado. Miguel giró las caderas, dejó que el peso pasara de largo y le golpeó la nuca con el codo.

El otro trastabilló.

Fue suficiente.

Miguel sacó la daga y se la enterró por debajo de las costillas, entrando hacia arriba, hasta que el mango le topó con la ropa.

El atacante exhaló. Un sonido corto, como el de alguien a quien le acaban de dar una mala noticia.

Las piernas le fallaron y se dejó caer en silencio, agarrándose a Miguel un momento antes de soltarse.

No gritó.

Miguel le retiró la daga con las dos manos, porque la hoja salía con más dificultad de la que había entrado. En el callejón de las huertas, pasos rápidos se alejaban hacia el puerto. El tercero había oído y había decidido.

Se puso en pie. Le temblaban las piernas, el cuerpo haciendo cuentas de lo que acababa de ocurrir. Se apretó el antebrazo izquierdo contra el pecho. El cuchillo le había abierto una raja en la manga y debajo, pero no era profunda. Sangre, no muerte.

Limpió la daga en la tierra, no en la ropa.

Se arrancó una tira de la camisa interior y se la anudó sobre la raja, dando dos vueltas apretadas hasta que sintió el pulso del corte latir contra la tela.

La sangre la oscureció enseguida pero dejó de gotear.

Volvió a los tablones. Se apostó de nuevo en su sitio, con el cuerpo muerto a tres pasos y la espalda en la madera.

Rodrigo había dicho que observara y memorizara.

La orden seguía vigente con un cadáver o sin él.

Uno de los estibadores apostados vino a buscarlo al filo del alba.

Un antiguo ballestero reconvertido en estibador que dormía junto a las redes del muelle sur.

Llevaba dos horas apostado entre los fardos del lado norte cuando lo había visto.

Un hombre de complexión mediana, sin capa, con ropa de calafate que no le sentaba del todo porque las mangas le quedaban cortas y las manos que asomaban no tenían callos de brea.

Había subido por la pasarela de la Pinta con un cubo de pez en una mano y un fardo de estopa en la otra.

El guardia de cubierta lo había dejado pasar.

Trabajo nocturno. Nada raro en vísperas de zarpar.

Había estado bajo cubierta el tiempo que se tarda en rezar dos padrenuestros largos.

Cuando salió, llevaba el cubo vacío y el fardo más ligero.

Miguel anotó la hora, la complexión, la ropa, las mangas cortas, las manos sin callos, la dirección sur.

Subió a la Pinta antes de que el primer turno de carga comenzara.

En la bodega de proa, junto a las cuadernas de babor, dio con lo que buscaba.

Un rastro de pez fresca sobre una junta de calafateo que ya estaba sellada.

Quien la había retocado no estaba reparando una filtración.

Estaba ocultando algo debajo. Hincó la uña en el borde de la junta y la pez cedió blanda, recién aplicada.

Debajo, la estopa de relleno estaba suelta, y entre la estopa y el forro del casco, un hueco del tamaño de un puño contenía un envoltorio de tela encerada.

No lo tocó. Bajó de la Pinta y fue a buscar a Diego.

Lo encontró revisando jarcias en la Niña . No le explicó nada. Le dijo el número de cuaderna y el lado. Diego lo miró un instante, dejó el cabo en el suelo y subió a la Pinta sin hacer preguntas.

Bajó con el envoltorio en la mano, sin abrirlo, y se lo entregó sin darle más importancia que a una herramienta prestada.

—¿Sabes qué es? —preguntó Miguel.

—No. Y tú tampoco. Vamos con Rodrigo.