Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

La guardia

Al caer la noche, Mendoza bajó por la escalera trasera de la taberna del Gallo y caminó hacia las marismas por un sendero que bordeaba los corrales de sal.

La oscuridad le sentaba bien. Caminaba por ella como por un pasillo conocido, sin tantear, sin tropezar.

El almacén donde se reunió con Tomé y Cosme era un cobertizo de tablas mal ajustadas, con hedor de algas y grasa de ballena rancia.

Una lámpara de aceite temblaba sobre un barril invertido que hacía las veces de mesa.

Cosme ya estaba dentro, sentado sobre un tonel volcado con los hombros encogidos y un pañuelo oscuro apretado contra la boca. Cargaba con una tos crónica y una deuda de juego que nadie le había perdonado.

—Duarte —dijo Mendoza.

La tos le sacudió el pecho dos veces antes de que Cosme pudiera responder.

—No ha aparecido en tres días —dijo Cosme entre dos golpes de pecho—. Ni en la taberna ni en el almacén. Su habitación está vacía.

Mendoza no necesitó más. Tres días sin contacto significaba captura o huida, y Duarte no habría huido sin cobrar.

—Villarroel ha copiado tres veces el mismo inventario esta semana —dijo Cosme cuando recuperó el resuello—.

Cada copia con una cifra distinta en los toneles de vino.

Le pregunté cuál era la buena y me dijo que la que tuviera el sello más reciente.

El contacto no sabe cuál es la cifra real. Solo copia lo que le ponen delante.

Tomé llegó después, sacudiéndose el barro de las botas. Traía el ceño más apretado de lo habitual y serrín en las mangas. Mendoza lo miró sin hablar.

—El acceso norte —dijo Tomé.

—¿Qué hay en el acceso norte? —Mendoza sostuvo la mirada.

—Un muchacho —dijo Tomé—. No es marinero, no carga fardos. Está ahí para mirar. Lleva ahí unos días, cambia dos palabras con los estibadores, sin prisa ni recado claro, y siempre vuelve al mismo paso entre el almacén de cuerdas y el muro de las huertas.

—¿Desde cuándo? —preguntó Mendoza.

—Dos o tres días. No más.

Mendoza calculó el dato en silencio. Un vigía joven que observaba.

Eso significaba que Salazar había montado su propia red de observación.

El muchacho, por sí solo, apenas sabía nada.

Lo que contaba era lo que revelaba, que Salazar estaba dejando de defender para empezar a buscar.

Y la capitanía estaba limpia, solo borradores, nada de valor.

Joaquín sabía dónde esconder lo que importaba.

Sacó de su jubón un pequeño pliego cifrado y lo depositó sobre el barril.

—Esto sale mañana a Sevilla con el primer arriero. Dudas. Fechas que no cuadran. Cifras que se contradicen entre registros. Ningún nombre.

—¿Y si regresan con éxito? —preguntó Cosme.

—Mejor —respondió Mendoza—. Cada registro tiene ya su irregularidad esperando turno en los archivos. Lo que mando no acusa. Pregunta. Y la Corona lo lee antes de que la flota toque tierra.

—¿Y Salazar? —preguntó Tomé—. Si descubre algo…

—Salazar es hombre de honor —dijo Mendoza—. Sin pruebas, no se mueve. Cuando las tenga, ya estaremos lejos y el papel habrá hecho lo suyo.

Cosme recogió el pliego cifrado del barril con el mismo gesto con que habría recogido cualquier encargo sin nombre ni explicación.

Lo entregaría al arriero antes del alba.

Tomé salió primero, sin despedirse. Cosme lo siguió después de un nuevo espasmo que dejó el pañuelo más oscuro de lo que estaba.

Mendoza permaneció un instante más, escuchando el sonido del agua contra los pilotes de las marismas.

Apagó la lámpara de un soplo que dejó el cobertizo a oscuras.

El sabotaje material había fracasado. Duarte había caído en las marismas y a estas alturas ya habría hablado lo que sabía, que no era todo pero era bastante. La expedición no terminaba en el muelle.

«Han encontrado lo que les dejé encontrar. Lo importante sigue donde lo escondí».

Volvió a la taberna del Gallo por el mismo sendero de las marismas, sin antorcha, con la oscuridad como único manto.

Subió la escalera trasera sin hacer ruido y cerró la puerta con llave.

Se tumbó en el catre sin desvestirse. No cerró los ojos.

Se quedó mirando el techo de vigas sucias, escuchando los mástiles que crujían en el puerto.

Tres golpes suaves en el postigo. La seña de apuro, dos pausados y uno rápido.

Se levantó, descorrió el pestillo sin encender vela y miró hacia el callejón. En la sombra, una figura con la capucha echada hacia atrás. El tercero. Solo.

—Benito ha muerto —dijo la voz desde abajo, apenas audible—. El acceso norte estaba vigilado. Un muchacho. —Calló un instante—. No era tan joven.

Mendoza cerró el postigo y volvió al catre.

Benito. Un nombre menos. Un cuerpo que Salazar encontraría al amanecer, con herida de daga limpia, sin vacilación.

Eso decía algo sobre el mozo. El bulto, al menos, había entrado.

Si hubiera fallado en eso, el hombre lo habría dicho.

Lo del calafate iría aparte, por su propia vía, y el informante no tenía por qué saberlo.

* * *

Horas antes, cuando la noche empezó a cerrarse sobre Palos, Rodrigo cruzó entre los almacenes donde las antorchas del muelle no alcanzaban y la oscuridad agrandaba cada sonido.

El crujido de las amarras, el golpe del agua contra los cascos, el ladrido lejano de un perro que no encontraba a su dueño.

Levantó la vista. La luna entraba y salía entre nubes bajas.

Convocó a los jefes de guardia una hora antes del relevo y les comunicó el cambio de turnos.

Los hombres escucharon sin preguntar. Uno de ellos, un contramaestre de la Santa María con la nariz desviada por una vieja fractura, se limitó a asentir y repartir posiciones. Los otros siguieron su ejemplo.

Rodrigo se quedó solo junto a la borda de la Santa María .

Apoyó las manos en la madera húmeda y dejó que el frío de la noche le trabajara los nudillos.

Desde cubierta se veían las luces del puerto.

Antorchas en los almacenes, un farol balanceándose en la pasarela de la Pinta , la silueta del centinela de la Niña recortada contra el cielo con nubes.

Todo en su sitio. Eso era lo que más le hacía desconfiar.

Mendoza operaba con intermediarios y con sus propias manos.

Su objetivo era envenenar la reputación de la expedición ante la Corona.

Hundir las naves era secundario. Eso lo sabía.

Lo que no sabía era cuántos hombres tenía todavía en pie, qué documentos había tocado antes de que nadie lo buscara, qué movía fuera del puerto por cauces que él no había visto.

Pasó el pulgar por una astilla de la borda hasta que la madera le mordió la yema.

El dolor era pequeño y le despejó la cabeza un instante.

Aquello tendría que resolverse en el mar, lejos del muelle y sin testigos.

Esta noche tenía guardias que cambiar y bodegas que revisar. Se apartó de la borda y empezó a caminar.

Sancho cruzó el muelle central con el arcabuz corto colgado del hombro, la cuerda encendida y la punta protegida bajo la capa, oliéndole a esparto quemado cerca de la oreja.

Llevaba la primera vuelta de la noche. Miguel tomaría el relevo antes de medianoche, apostado en el acceso norte. Hasta entonces la ronda era suya.

Dobló la caseta del contramaestre y se detuvo. Había algo en la popa de la Pinta que no debía estar. Una sombra, pegada al codaste, descolgándose por una soga.

Sancho se agachó detrás de un tonel de brea. El fugitivo bajó dos varas más y saltó al muelle con un bulto en la mano izquierda. Un envoltorio pequeño, cerrado con cáñamo. Miró a ambos lados. Echó a andar hacia la bocacalle que daba a las marismas.

—¡Alto!

El grito cortó el silencio del agua. El otro no se volvió. Corrió.

Sancho descolgó el arcabuz, lo apoyó encima de la madera, aproximó la mecha a la cazoleta y calculó. Veinte varas, viento en contra, luna baja. La pierna derecha del fugitivo entraba y salía del haz de una antorcha colgada en el muro del almacén.

La brasa tocó la pólvora.

El disparo rompió la noche. Fogonazo anaranjado, golpe seco, olor a azufre quemado llenándole la boca antes de que el culatazo le llegara al hombro. El saboteador dio un paso, dos, y cayó de lado sobre los tablones, agarrándose el muslo derecho con ambas manos. El envoltorio rodó un palmo más allá.

Sancho se acercó sin recargar. En la pasarela de la Pinta , dos cabezas se habían asomado al estruendo, vieron al sevillano de Salazar de pie sobre un cuerpo y volvieron a meterse abajo sin decir palabra.

En el muelle nadie más se movió. La consigna de la noche había corrido.

La sangre manaba de la herida en chorro espeso, oscura contra la tela del calzón, sin el latigazo rítmico que marca la femoral rota.

La gran arteria estaba intacta. El hueso, también.

Perdería la pierna si no le ataban un torniquete antes del amanecer. Pero hablaría antes de perderla.

—No te muevas.

Le puso la bota sobre el pecho. El saboteador gimió una palabra que no fue palabra. Sancho recogió el envoltorio con la punta de la daga, sin tocarlo, y silbó corto hacia la pasarela. Dos de los hombres de Fabián aparecieron en segundos. Habían estado más cerca de lo que el otro había calculado.

—A la posada. Vivo. Torniquete en el muslo antes de moverlo, o no aguanta. Que Mateo lo vea antes del alba.

Se volvió. Mascó la ramita de romero con el lado bueno de la boca y empezó a cargar de nuevo la cazoleta.

Miguel llegó al lugar cuando la segunda guardia ya había tomado posiciones en el resto del muelle.

El acceso norte era un paso estrecho entre el último almacén de cuerdas y el muro bajo que separaba el puerto de las huertas.

Por el día, los cargadores lo usaban para traer madera desde los carros que no cabían por la calle principal.

Por la noche, no lo usaba nadie. O no debía usarlo.