Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

Volvió hacia las naves por el paso habitual, el callejón entre el almacén de cuerdas y el cobertizo de la estopa, el único atajo al muelle central sin dar rodeo por la puerta principal. Lo había cruzado cuatro veces desde la mañana.

El callejón tenía lo justo de sombra para que tres hombres cupieran de pie sin que nadie los viera desde el muelle.

Rodrigo los sintió antes de verlos. No un movimiento. Una ausencia de ruido demasiado perfecta para ser vacío.

Se giró a tiempo de ver al primero pero no de esquivarlo.

El hombre lo embistió por el costado y lo estampó contra la pared de piedra.

El golpe le sacó el aire. El segundo le agarró el brazo de la espada antes de que pudiera desenvainarla.

El tercero fue directo al jubón. Conocía la posición exacta del bolsillo interior.

No eran ladrones de muelle. Un ladrón de muelle habría empezado por gritar, por amenazar, por dejar que el miedo abriera camino antes del cuchillo. Estos no dijeron nada.

Rodrigo cedió hacia el primero para liberar el brazo izquierdo y sacó la daga.

No tuvo ángulo limpio. La metió donde encontró sitio, que fue bajo la axila, entre dos costillas del atacante que lo sujetaba contra la pared.

La hoja entró hasta la cruz y algo caliente se le derramó sobre los dedos.

El herido soltó un sonido breve, a medio camino entre el quejido y la tos, y retrocedió un paso con la respiración cortada.

Fue suficiente para que Rodrigo se despegara de la pared y girara.

El tercero ya tenía la mano en el jubón.

Rodrigo le agarró la muñeca y tiró, pero el hombre arrancó el pliego antes de que el tirón se lo impidiera y se soltó hacia el callejón.

El segundo, el que le había agarrado el brazo, le había soltado al ver herido al primero y ya retrocedía.

Sacó el cuchillo más por reflejo que por intención. Rodrigo ya tenía la espada fuera.

No hubo duelo. Vio el acero, calculó, y desapareció detrás del tercero.

Rodrigo se quedó solo en el pasaje. El del costado estaba en el suelo, con la mano apretada contra la herida y la respiración agitada.

Vivo, pero no sería un problema por mucho tiempo.

Se llevó los dedos a la ceja izquierda. El golpe contra la pared se la había abierto y la herida ya sangraba más de lo que merecía.

Se pasó el dorso del puño por el pómulo y se lo dejó manchado.

Tendría que lavarse antes de volver a las naves.

Revisó el jubón. El pliego que faltaba era el resumen limpio que Joaquín había redactado esa mañana, los manifiestos cruzados, las fechas, el patrón del sabotaje al agua de la Santa María .

No el original con las marcas, que seguía con Joaquín.

Pero sí todo lo que él sabía, escrito en papel, en manos de quien lo había mandado a buscarlo.

Miró al hombre en el suelo.

—¿Quién te envía?

El otro cerró los ojos. Rodrigo no esperaba respuesta y no la hubo. Lo dejó donde estaba y fue a buscar a uno de los hombres de Fabián. Le señaló el callejón con la cabeza. Que lo retiraran y lo tuvieran vigilado hasta que pudiera interrogarlo, o hasta que el cuerpo respondiera por él.

Pasó por la escribanía antes de volver a las naves.

Joaquín estaba donde siempre, inclinado sobre los registros con el farol a dos dedos del papel. Levantó la vista cuando Rodrigo entró, vio la ceja y esperó.

—Han robado el resumen —dijo Rodrigo—. Tres hombres en el callejón entre el almacén de cuerdas y el cobertizo de la estopa. Uno está fuera de combate. Los otros dos siguen en el puerto.

Joaquín no alteró la expresión.

—¿El original?

—Una copia, el original sigue en su sitio.

—Entonces saben lo que escribí. No lo que sé. —Volvió a los pliegos—. Convendría revisar las naves.

—Avisad a Mateo y a Sancho —dijo Rodrigo—. Ojo en los callejones. De día es cuando Mendoza se atreve. Nadie camina distraído, nadie repite ruta. La noche ya tiene sus rondas.

La inspección de la Santa María la hizo con Mateo.

Cuando Rodrigo subió por la pasarela, Mateo lo miró una vez, vio la ceja, y no dijo nada.

Siguió con lo suyo. La revisión del herraje que había ordenado el día anterior no había terminado, y la segunda bodega aún estaba pendiente.

Mateo se agachó junto a un cajón de herramientas de carpintería y sacó un puñado de clavos de forja.

Los extendió sobre la palma a la luz del farol.

Las cabezas de cuatro clavos mostraban un rebaje circular, fino, hecho con lima de platero.

No era hierro blando como el de la Pinta .

Era acero bueno, debilitado después de forjado.

La intención permanece, aunque cambie el método.

—Estos también —dijo Rodrigo, girando uno entre los dedos. La marca de la lima era regular, paciente—. Apártalos con los demás.

Bajaron a la sentina. El agua estancada les llegaba al tobillo.

Subía un tufo a madera carcomida, con regusto a herrumbre.

Mateo alumbraba desde babor, con el farol pegado al casco, mientras Rodrigo recorría con los dedos los pernos de los herrajes de popa por estribor, uno por uno.

Dos agujeros limpios, sin restos de óxido en los bordes.

Los pernos, sacados hacía poco y con herramienta adecuada.

—Aquí faltan dos —dijo Rodrigo.

—Tres —corrigió Mateo desde el otro lado de la cuaderna—. Este de aquí también. Y mirad la madera alrededor. Alguien metió una cuña de pino blando para que el hueco no se notara al tacto.

Rodrigo palpó la cuña. Encajaba a la perfección.

Un carpintero de a bordo, en una revisión rápida, habría pasado la mano y sentido resistencia donde debía haberla.

Solo un examen minucioso la habría detectado.

Con tres pernos menos en los herrajes de popa, la estructura aguantaría la navegación ordinaria.

Un temporal de costado, con la mar golpeando el casco por la aleta, pondría una tensión que el resto de los pernos no podría absorber solo.

—No es trabajo de marinero borracho —murmuró Mateo.

—No.

Subieron a cubierta. Afuera había cerrado la noche. Las antorchas del muelle ardían ya entre los almacenes. El aire fresco les secó el sudor de la ropa.

—Señor —dijo Mateo en voz baja, acercándose mientras caminaban hacia la pasarela—, algunos de los que han tocado estas herramientas llevan días con la mirada huida y las manos torpes. No es miedo al mar. Es otra cosa.

—¿Nombres?

—Aún no. Pero los tendré.

—Tenedlos antes del amanecer. Sin interrogatorios, sin presión. Solo ojos y oídos.

Mateo bajó por la plancha con el farol en la mano. Rodrigo lo vio desaparecer entre los almacenes. Antes del alba tendría los nombres sobre la mesa.

Rodrigo bajó de la pasarela y cruzó el muelle hacia la capitanía.

El pestillo de la puerta cedía un dedo más de lo habitual cuando lo empujó.

Alguien había forzado el marco con algo plano —una hoja o una palanca fina— dejando una marca de astilla en la madera que no estaba por la mañana.

Dentro, una de las velas de Joaquín estaba caída sobre la mesa, el sebo derramado y ya frío. Varios pliegos habían rodado al suelo.

Rodrigo no los recogió. Examinó primero el rincón donde Joaquín guardaba los originales, la tablilla suelta del suelo, el hueco entre la viga y la pared. El forro de cuero seguía allí, con los pliegos marcados dentro.

El intruso había encontrado una mesa revuelta y papeles de poco valor. Nada que Joaquín no hubiera dejado a la vista precisamente para que hubiera algo que encontrar.

Sacó los pliegos del jubón, los desplegó sobre la mesa junto a los que había recogido del suelo y los examinó. Nada faltaba que no faltara ya. Enderezó la vela.

Se quedó un momento en el centro de la habitación.

Para forzar la capitanía en el momento exacto en que estaba vacía, alguien había tenido que saber cuándo se alejaba.

Lo habían observado durante todo el día y habían esperado la primera ausencia lo bastante larga.

La misma lógica del asalto en el callejón. Sin improvisación.

Volvió al muelle. Tenía guardias que cambiar.