Capítulo 24 #2
En la calle, un par de frailes franciscanos discutían con un vendedor de cuerdas sobre el precio de un fardo de esparto, y un niño descalzo corría detrás de un perro con las costillas marcadas.
El mundo seguía girando alrededor de asuntos que no tenían nada que ver con barriles saboteados ni cabos cortados.
La conspiración sucedía en los márgenes del puerto, en horas sin testigos, mientras Palos vivía su rutina de redes, gritos y comercio de taberna.
Duarte estaba encadenado en la posada, bajo custodia de dos hombres de Fabián, pero la capa oscura seguía en el puerto. El portugués había concertado, y este otro ejecutaba. Siempre habían sido dos, y Rodrigo solo había visto a uno.
Entró en el almacén de cuerdas. La luz que se colaba por las rendijas de los postigos cortaba el aire en láminas polvorientas.
En un rincón, junto a la puerta trasera que daba al callejón de las huertas, encontró lo que buscaba.
Una señal de tiza en la pared, a la altura de la cintura, medio borrada por un trapo húmedo.
Una raya vertical con dos horizontales cruzadas, el mismo sistema que usaban los correos de campaña para marcar un punto de contacto activo.
Alguien había dejado la señal y alguien había intentado eliminarla cuando ya no la necesitaba.
La tiza era clara, del mismo tipo que se usaba para señalar los barriles, y la puerta trasera no tenía cerrojo.
Rodrigo conocía ese sistema desde la campaña de Loja. Significaba que aquel callejón había sido punto de encuentro entre dos hombres que no debían verse en público. Ya no lo sería.
Mandó a un carpintero a poner una tranca.
Mateo lo encontró de camino a los almacenes de poniente.
—Ayer por la mañana, un hombre intentó colar un pliego en la escribanía.
Pelo oscuro, peinado para atrás. Vestía de funcionario.
Lo rechacé y no discutió. Lo recogió y se fue.
Y otro. Un pelirrojo lleva dos días delante de la escribanía.
No entra, no pregunta. Mira y se va. Siempre a las mismas horas.
—Cuando vuelva mañana —dijo Rodrigo—, que uno de los de Fabián le pegue la sombra hasta que entre en algún sitio. No lo tocamos aún. Queremos la casa donde va a dormir, no la cara. Si zarpamos antes de tenerla, que el dato viaje a Sevilla con Fabián.
—¿Qué contenía el pliego? —Rodrigo no aflojó el paso.
—No lo he leído.
Rodrigo archivó el dato junto a los demás. Aquel hombre tenía otro camino preparado al mismo sitio. Por eso no había discutido la negativa.
Un grumete de la Santa María , un muchacho de boca abierta y piernas largas, lo encontró cuando revisaba los cabos de popa. Lo había enviado Damián, el escribiente del almacén de los Quintero, con el recado y la orden de esperar respuesta antes de volver.
—Señor, en el almacén de los Quintero dicen que parte del agua destinada a la Santa María ha sido trasladada a la Pinta .
—¿Trasladada? —Rodrigo se enderezó. Primero los barriles movidos a escondidas durante la noche. Ahora una orden oficial para que el desplazamiento pareciera legítimo. La misma diana, dos flechas distintas—. ¿Por orden de quién?
—No lo sé, señor. Dicen que hay documento firmado.
Caminaron rápido hacia el almacén. Damián lo esperaba detrás de su mesa, pálido, pasándose la lengua por los labios mientras sujetaba el borde del libro de registro.
—Ved, señor —dijo Damián, ofreciendo el pliego—. Aquí consta la corrección.
Rodrigo examinó el sello. Auténtico a primera vista.
La firma, convincente. La caligrafía, impecable salvo por un detalle que un ojo menos entrenado habría pasado por alto.
La presión del trazo en la fecha variaba levemente.
Rodrigo había visto ese tipo de vacilación antes, en documentos interceptados durante la campaña de Granada.
—¿Quién os trajo esto? —preguntó.
—El señor Álvaro —respondió Damián sin vacilar—. Dijo que era disposición reciente.
Rodrigo permaneció inmóvil. El nombre cayó en el silencio del almacén como una piedra en un pozo del que llevaba días escuchando el eco sin poder ver el fondo. Álvaro. Álvaro Mendoza.
«Confirmado. Está aquí. Pero una confirmación no es una prueba».
—Restituid la distribución original —ordenó—. Alegad confusión en la copia. Yo asumiré la responsabilidad.
Salió. La luz oblicua de la tarde le obligó a entornar los ojos al cruzar el umbral.
Encontró a Joaquín entre los rollos de jarcia. Tenía sobre la mesa dos trozos de cera, uno oscuro y uno claro, con un fragmento de espejo inclinado entre ellos para comparar el reflejo a la luz del farol.
—La cera nueva es de Sevilla también —dijo Joaquín sin levantar la vista—. Del mismo proveedor que la original, o de uno que le compra el género. No es cera de mercado. Alguien con acceso a los mismos suministros que la Corona.
—Mendoza —dijo Rodrigo sin preámbulo—. Álvaro Mendoza. El escribiente del almacén de los Quintero lo identificó. Él entregó el documento falso del agua.
—Eso lo explica —Joaquín dejó el trozo de cera sobre la mesa—. ¿Queréis que lo mande a seguir?
Rodrigo negó con un movimiento de cabeza.
—No. Mendoza descubrirá a cualquiera que le pongáis detrás. Hay otra cosa. Saber qué registros ha tocado antes de que nosotros empezáramos a vigilar. Los primeros días, cuando nadie lo buscaba.
Joaquín hizo un cálculo mental.
—Eso nos llevaría varios días.
—No tenemos días —dijo Rodrigo, leyéndole el cálculo—. Tenemos una noche. Empezad por los registros de provisiones de la Santa María . Si ha tocado los de la Pinta o la Niña , lo sabremos después. Antes del amanecer quiero saber cuánto daño hay que no hemos visto.
—¿Y si encuentro alteraciones que ya no se pueden corregir? —preguntó Joaquín—. Registros que ya viajaron a Sevilla o copias que ya están fuera de nuestro alcance.
—Entonces lo sabré —respondió Rodrigo—. Y sabré que el daño no se queda en Palos.
Joaquín recogió el farol de la mesa y partió hacia la escribanía sin añadir nada.
Diego se cruzó con él en la puerta, entrando cuando Joaquín salía. Se detuvo frente a Rodrigo.
—El hombre de la red. Tomé. Esta mañana remendaba junto a la caseta. Esta tarde ha desaparecido dos horas de cubierta y ha vuelto con serrín en las mangas. No viene de ningún astillero de Huelva.
—Lo tengo desde mediodía —dijo Rodrigo—. Seguid vigilándolo.
Diego se marchó sin añadir palabra.
Martín Alonso Pinzón apareció cuando Rodrigo regresaba de los almacenes.
Venía con el ceño fruncido y esa forma de caminar que llenaba el muelle antes que su cuerpo.
—Mis hombres no van a tolerar más registros —dijo Pinzón, plantándose delante de Rodrigo con los brazos cruzados—. Llevan tres días vaciando bodegas y llenándolas otra vez. Empiezan a pensar que la expedición está maldita antes de soltar amarras.
—Vuestra bodega tenía tres barriles que no le pertenecían —respondió Rodrigo, sin detenerse—. Si preferís que el agua de la Santa María aparezca en la Pinta sin explicación, os dejo que se lo contéis vos a los marineros.
Pinzón parpadeó.
—¿Tres barriles?
—Con el sello de la nave capitana. Y en la bodega de la Pinta siguen apareciendo pipas con sellos manipulados.
Pinzón no respondió enseguida. Era muchas cosas —ambicioso, orgulloso, capaz de negociar con Dios y con el diablo—, pero no era traidor.
—Encontrad al responsable —espetó Pinzón—. Y cuando lo tengáis, quiero que se me avise.
—Se os avisará. Pero necesito que vuestros hombres colaboren sin rechistar. Si la tripulación se parte en bandos, perdemos antes de zarpar.
Pinzón lo sopesó. Luego añadió, con un tono que se había quedado entre la advertencia y el consejo.
—Llevo tres días con la marinería cuchicheando. Y eso, en cuanto soltemos amarras, ya es asunto mío. Resolved lo vuestro antes de zarpar.
No esperó respuesta. Se dio la vuelta hacia el muelle de la Pinta , gritando órdenes a sus hombres antes de llegar a la pasarela.
Al pasar junto a la Niña , Vicente Yáñez Pinzón salía de la bodega de proa con un rollo de estopa bajo el brazo y las manos manchadas de brea hasta las muñecas.
Lo vio, le sostuvo la mirada un instante y le hizo una inclinación breve con la cabeza.
No necesitaba más. Rodrigo se la devolvió.
Martín Alonso gobernaba a gritos. Vicente gobernaba mirando.
El sol de poniente alargaba las sombras de los mástiles sobre el muelle cuando Rodrigo empezó el recorrido.
Tres muelles, cuatro almacenes, dos cobertizos y las pasarelas de las tres naves.
Cada respuesta genera la otra pregunta. Caminaba sin apuro, con las manos libres y los ojos moviéndose sin que la cabeza los siguiera.
En el muelle central contó los barriles que habían salido del almacén de poniente y los comparó con los que había ordenado devolver por la mañana.
El número cuadraba. Buscó entre ellos el tonel que había visto sin marca al amanecer.
Estaba allí, con la raya de tiza en el fondo, reciente.
Diego Quiroga lo había encontrado y marcado sin que nadie se lo dijera.
Lo anotó mentalmente. El cuadre había llegado demasiado limpio en un puerto con un enemigo suelto.
Convenía revisarlo dos veces antes de fiarse.
Comió de pie junto a la pasarela de la Santa María , sin dejar de mirar las cubiertas, un trozo de bizcocho duro y un puñado de aceitunas negras que alguien había dejado en un cuenco de barro junto a la caseta del contramaestre.
El bizcocho sabía a serrín y las aceitunas a sal vieja.
Era lo primero que se llevaba al estómago desde el amanecer.
Pensó en Hernando, en la pierna que dejó en Granada, y siguió masticando.
Pasó junto al callejón que separaba el almacén de cuerdas del muro de las huertas.
La puerta trasera que había mandado trancar seguía cerrada.
Pero la tranca tenía una marca de golpe en el travesaño que no estaba cuando había ordenado colocarla.
Alguien había probado desde fuera. No había podido pasar, pero lo había intentado.
Lo guardó junto a los demás datos sin nombre que iba acumulando.