Rodrigo de Salazar: Enemigo sin bandera (Rodrigo de Salazar 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Sombras en el muelle

En la Pinta , Diego trabajaba despacio, cabo por cabo, sin saltarse uno.

Llevaba horas desmontando la jarcia de mesana.

Abría cada trenza con los dedos, pasaba la yema por las fibras del alma y enrollaba la soga antes de dejarla.

El carpintero jefe lo observaba de reojo desde su banco sin decir nada.

Diego tampoco. No buscaba conversación, y el otro lo sabía.

El quinto cabo lo encontró en el trinquete.

El mismo tajo interno, las fibras del alma seccionadas con herramienta idéntica, las exteriores intactas.

Lo desenrolló entero, lo examinó a la luz y lo dejó caer al suelo entre los desechados como si fuera uno más.

El maestro frunció el ceño al verlo descartar una trenza aparentemente sana pero no preguntó. Diego contó con eso.

Tomé llevaba dos horas sin aparecer en cubierta.

Diego miró hacia la caseta del contramaestre.

La red que alguien había estado remendando por la mañana seguía colgada del poste, con la aguja todavía ensartada en el último nudo, como si el hombre que la trabajaba hubiera tenido intención de volver. No había vuelto.

Diego ató el cabo nuevo, comprobó la tensión con el peso del cuerpo y siguió hacia el siguiente. Si Tomé había bajado a tierra, alguien lo vería. Si seguía a bordo, acabaría saliendo.

Media hora después, Tomé subió por la plancha con las manos vacías y serrín en las mangas. Cruzó la cubierta sin mirar a Diego, que trabajaba de espaldas y, por eso mismo, lo vio perfectamente en el reflejo del cubo de agua que tenía a sus pies. Tomé bajó a la bodega. Diego siguió trabajando.

Tenía un nombre, una cara y dos horas sin explicar. Lo demás, mañana.

La bodega de la Pinta olía a vinagre y a madera mojada.

Mateo bajó por la escotilla con dos hombres de Sevilla detrás.

Abajo los esperaban tres marineros de Pinzón que no se movieron del fondo cuando los vieron entrar.

Ninguno llevaba armas a la vista, pero tenían los puños cerca del costado y los pies plantados, sin amago de apartarse.

Mateo no los saludó. Se acercó al primer barril marcado con el sello de la Santa María , tanteó la marca de cera con el pulgar y comprobó que coincidía con las que llevaba anotadas en un trozo de badana.

Agarró el barril por los cantos y lo levantó solo, sin pedir ayuda, dejando que el peso le marcara los tendones del cuello.

Lo subió por la escotilla mientras los hombres de Pinzón observaban sin parpadear.

El segundo barril estaba más adentro, detrás de tres toneles de bizcocho. Mateo tuvo que mover los toneles para alcanzarlo, y al hacerlo uno de los marineros de Pinzón dio un paso adelante.

—Esos son nuestros.

Mateo lo miró. No dijo nada. Dejó el tonel de bizcocho en el suelo con cuidado, se enderezó, y siguió moviendo el siguiente.

El marinero abrió la boca para hablar otra vez, pero el hombre de Sevilla que estaba más cerca apoyó la mano en la empuñadura de la espada sin sacarla, y el gesto bastó.

El marinero retrocedió. No hubo más palabras en la bodega durante la siguiente hora.

Cuando Mateo sacó el tercer barril a cubierta, Pinzón estaba en la pasarela con los brazos cruzados.

No dijo nada al ver a sus propios hombres apartados contra la borda y al sevillano de Rodrigo cargando agua que no debía estar allí.

Pero se quedó mirando hasta que el último barril cruzó la pasarela.

Mateo bajó con él al hombro y enfiló hacia el almacén de poniente, donde volverían a repartirlo bajo registro nuevo.

Al doblar la esquina del cobertizo donde se guardaba la estopa, dos estibadores subían en dirección contraria cargando un rollo de lona entre los dos.

El primero era grande, de cuello grueso y hombros anchos.

El segundo, más bajo y nervioso. Mateo los reconoció antes de que ellos lo reconocieran a él.

El grande levantó la vista, vio a Mateo y se detuvo en seco. El rollo de lona se le escurrió del hombro y cayó al suelo con un golpe blando. El bajo chocó contra su espalda y soltó su extremo del rollo.

—Señor —dijo el grande, y la palabra le salió rápida, ensayada desde hacía días.

Mateo lo miró. El estibador tenía un mendrugo de bizcocho en la mano y lo masticaba por el lado izquierdo, con la lengua tanteando el hueco donde había estado el diente. La mandíbula aún mostraba el cerco amarillento del golpe de una semana atrás.

—La lona —dijo Mateo, señalando el rollo en el suelo.

Los dos se agacharon a recogerlo con una diligencia que ningún contramaestre les habría arrancado. Lo cargaron de nuevo, firme, derecho, y se apartaron contra la pared del cobertizo para dejar paso.

—Buen trabajo —dijo Mateo al pasar, sin detenerse, sin sonreír.

Cuando los dejó atrás, el grande soltó el aire que llevaba conteniendo desde que lo había visto doblar la esquina. El bajo murmuró algo entre dientes que sonaba a promesa de no volver a abrir la boca en una taberna mientras viviera.

Sancho encontró al muchacho del pellejo de vino en el almacén de velamen, donde lo habían mandado a doblar lonas como castigo por quedarse dormido. Tenía la cara hinchada, los párpados enrojecidos, y las manos le temblaban sobre las lonas como si no supiera qué hacer con ellas.

Sancho se sentó en un fardo de lona a tres pasos de él. No frente a él — al lado, un poco atrás, donde el mozo tendría que girar la cabeza para mirarlo.

—¿Cómo te llamas?

—Alonso. Alonso de Moguer.

—¿Primera vez que sales de Moguer, Alonso?

El mozo no levantó los ojos del suelo.

—También fue la mía, hace mucho. —Sancho cruzó las piernas sobre la lona plegada—. ¿Cuántos años tienes?

—Diecinueve.

—Diecinueve. —Sancho dejó la cifra, sin prisa—.

A los diecinueve yo ya llevaba dos quemaduras y un dedo menos.

El dedo me lo llevó una cuerda de ancla en Cádiz.

La primera quemadura, una sartén en la cocina de mi madre.

La segunda… —se tocó la cicatriz que le bajaba por la sien sin apartar la ramita de romero— esa fue una cazoleta de arcabuz que reventó en Málaga.

El cirujano dijo que debía dar gracias por conservar el ojo.

Alonso giró la cabeza por primera vez. La cicatriz de Sancho tenía el brillo rosado de la piel que ha crecido donde no debía, tirante y lisa, y bajaba desde la sien hasta la línea de la mandíbula como un surco abierto con cuchara.

—El vino —dijo Sancho— no era tuyo.

No era una pregunta.

—No.

—¿Quién te lo dio?

Alonso volvió a mirar las lonas.

—Un hombre. No sé su nombre. Trabajaba en el almacén de cuerdas, o eso decía. Me lo ofreció al principio de la guardia, dijo que las noches en el muelle eran largas y que un trago ayudaba.

—¿Qué aspecto tenía?

—Bajo. Fuerte. Llevaba una capucha puesta, no le vi bien la cara. Hablaba raro, como si no fuera de aquí. No de Moguer ni de Palos.

—¿Raro cómo? —Sancho dejó de masticar un instante.

—Las eses. Las arrastraba. Y decía «vosmecé» en lugar de «vos».

Sancho mordió el tallo. «Vosmecé» era fórmula portuguesa, o fronteriza.

—¿Te pidió algo a cambio del vino?

—No. Solo dijo que me lo bebiera y que durmiera bien, que la guardia no valía el frío. Yo le dije que no bebía en servicio. Él se rio y dejó el pellejo junto a mi puesto. —Alonso se frotó los ojos con el dorso de la mano—. No sé cuándo me lo bebí. Juro que no recuerdo haberlo abierto.

—¿Dónde está el pellejo?

—Fabián se lo llevó.

—¿Recuerdas el olor? ¿Sabía raro, amargo, más dulce de lo normal?

Alonso frunció el ceño, haciendo memoria.

—Dulce. Más dulce que el vino que bebo en casa. Pensé que era vino especiado, de los que venden en la feria.

Sancho se levantó del fardo. Adormideras. O belladona diluida. Había visto mezclas así antes. Embotaban la voluntad antes que la vista. El chaval podía estar diciendo la verdad.

—Alonso.

El chaval levantó la vista.

—No eres culpable de lo que no elegiste. Pero si vuelves a ver a ese hombre, no le hables, no lo mires, y búscame a mí. ¿Entendido?

Alonso asintió. Le tembló la barbilla un instante antes de apretarla.

Sancho salió del almacén mascando la ramita con el lado bueno de la boca.

Antes de buscar a Rodrigo, Sancho recorrió los tres muelles con el romero entre los dientes y el mapa de las posiciones grabado en la cabeza. No llevaba papel. Lo llevaba todo en la memoria.

A los de Moguer los relevó uno a uno, sin reunirlos. Juntarlos para el cambio habría dejado un hueco visible desde la pasarela. Pasándolos por separado, ningún puesto quedó descubierto a la vez. A cada uno le dijo lo mismo.

—Descansad. Mañana os necesito frescos.

Ninguno preguntó.

Los cuatro veteranos de Fabián ya sabían dónde ir.

Sancho les había mandado aviso antes de salir del almacén de velamen, con uno de los chavales que Fabián tenía repartiendo bizcocho por los muelles, un crío descalzo que cargaba su cuenco de barro como si fuera un escudo.

Cuando llegó al primer puesto, el veterano ya estaba en posición.

Sancho comprobó el ángulo de visión, movió al hombre tres pasos a la izquierda sin decirle por qué y siguió al siguiente puesto.

Tardó menos de media hora. Ninguno de los relevados supo que lo había sido.

Pasó por donde Fabián tenía el odre. Lo olió, lo volvió del revés y rebañó el interior con la yema. El residuo era espeso, más oscuro que el vino, con ese olor dulzón que dejan las adormideras cuando se cuecen en líquido caliente. No había duda.

Fue a buscar a Rodrigo. Tenía una descripción, un acento y la confirmación del odre. No tenía un nombre. Pero la red se iba estrechando.

Rodrigo escuchó el informe sin interrumpir. Cuando Sancho terminó, lo despidió con una seña y se quedó solo junto a la puerta del almacén.